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¿Qué enfermedad padece Laura Sánchez? Toda la verdad
La modelo y actriz Laura Sánchez, de 44 años, convive desde 2021 con una diabetes tipo 1, una enfermedad crónica y autoinmune que le obliga a depender de la insulina para regular el azúcar en sangre.

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Laura Sánchez cuenta cómo su diabetes tipo 1 transformó su vida, del estrés por la maternidad y los juicios por Naia a una etapa más serena.
La modelo y actriz Laura Sánchez, de 44 años, convive desde 2021 con una diabetes tipo 1, una enfermedad crónica y autoinmune que le obliga a depender de la insulina para regular el azúcar en sangre. No se trata de la forma más frecuente de diabetes, sino de la variante en la que el propio sistema inmunitario destruye las células del páncreas encargadas de producir insulina. Desde entonces su día a día incluye controles constantes de glucosa, ajustes de medicación y revisiones médicas periódicas, pero con la enfermedad estabilizada y bajo control.
En su visita al programa “Y ahora Sonsoles”, en Antena 3, la onubense ha explicado que el origen de su diagnóstico está ligado a un “estrés emocional prolongado” que arrastró durante años y que ella relaciona directamente con su experiencia como madre, con la “no maternidad” y con la etapa de conflictos en torno a su hija Naia. Asegura que ese nivel de tensión mantenida, alimentado por el cortisol —la hormona del estrés—, acabó “enfermándola” y desembocando en una diabetes tipo 1 que describe como una enfermedad “crónica, autoinmune y, de momento, sin cura”, aunque perfectamente compatible con una vida activa, con trabajo, pareja y proyectos.
Una diabetes tipo 1 que marcó un antes y un después
El punto de inflexión para Laura Sánchez llegó en 2021. Hasta ese momento, su imagen pública estaba asociada a las grandes pasarelas, a su papel como actriz en televisión y a su faceta de empresaria vinculada a la moda y los eventos. En apariencia, una vida frenética, pero saludable. Sin embargo, en una revisión médica comenzaron a aparecer alteraciones en sus analíticas que encendieron las alarmas y terminaron con una derivación al servicio de endocrinología.
Fue allí donde recibió un diagnóstico que no encajaba con los tópicos que todavía rodean a esta patología: diabetes tipo 1. Ni sobrepeso, ni sedentarismo, ni antecedentes familiares claros. Los especialistas comprobaron que su páncreas prácticamente había dejado de producir insulina y que su organismo necesitaba recibirla desde fuera para poder funcionar con normalidad. Esa forma de diabetes, habitualmente asociada a personas jóvenes y a un fuerte componente autoinmune, se cruzaba de golpe en la vida de una mujer en plena madurez profesional y personal.
La reacción inicial de la modelo fue de incredulidad. Ella misma ha contado que lo primero que pensó fue que había algún error, que “no podía ser diabética” porque no encajaba en la imagen que tenía de la enfermedad. Su endocrina le dejó claro que debía empezar de cero, aprender qué significaba convivir con una diabetes tipo 1, cómo medir la glucosa, cómo calcular los hidratos de carbono de cada comida y cómo ajustar las dosis de insulina. Laura terminó convirtiendo ese aprendizaje en una especie de reto personal: entender a fondo la patología para poder manejarla sin que se convirtiera en un muro infranqueable en su vida.
Tras el impacto inicial, reorganizó la agenda y las prioridades. En lugar de ocultarlo, decidió normalizarlo. Hoy es habitual verla hablar con naturalidad de sus controles de glucosa, de los cambios en la rutina, de la necesidad de escuchar al cuerpo. No dramatiza, pero tampoco edulcora el proceso: explica que hay días más complicados, que las cifras no siempre responden como se espera y que la disciplina es constante, aunque desde fuera apenas se note.
Del plató de Antena 3 al relato sobre el cortisol
La entrevista de este 12 de noviembre en “Y ahora Sonsoles” ha sido el momento en que Laura Sánchez ha hilado, con más detalle que nunca, la relación entre su diabetes y el estrés prolongado que vivió durante años. Sentada frente a Sonsoles Ónega, en un tono sereno pero contundente, ha descrito cómo los médicos, al descartar antecedentes familiares y otros factores habituales, empezaron a indagar en su historia personal y en el contexto emocional en el que se encontraba cuando debutó la enfermedad.
En ese relato aparece una palabra clave: cortisol. Laura afirma que “el cortisol” fue lo que la enfermó. No lo dice como una simple metáfora. El cortisol es una hormona producida por las glándulas suprarrenales que ayuda al organismo a responder al estrés. Cuando esa respuesta se mantiene durante demasiado tiempo, los niveles de cortisol se alteran y terminan influyendo en la tensión arterial, en el metabolismo de la glucosa y en muchos otros procesos del cuerpo. En su caso, los especialistas le hablaron de un cuadro de “estrés emocional prolongado en el tiempo”, no un episodio aislado, sino muchos conflictos encadenados durante años.
La modelo enlaza ese diagnóstico con una etapa especialmente intensa de su vida privada, marcada por conflictos, exigencias y una sensación constante de estar a la defensiva. Habla de “calentones” repetidos, de episodios de tensión que no se resolvían y que se acumulaban. Cuando mira atrás, interpreta que el cuerpo acabó pasando factura. No presenta esa idea como una verdad absoluta aplicable a todo el mundo, pero sí como su experiencia personal: la de una mujer que, tras años soportando presión sin levantar el pie, termina con una enfermedad crónica que la obliga a parar, a repensar el ritmo y a colocar la salud en el centro.
En el plató de Antena 3, Laura también ha puesto el foco en la desinformación que existe sobre la diabetes. Recordó que al recibir el diagnóstico pensaba que bastaba con “no comer dulces” para no tener la enfermedad, y que desconocía por completo la diferencia entre tipo 1 y tipo 2. Desde entonces se ha implicado en jornadas con endocrinos y especialistas, donde se aborda cómo reconocer síntomas previos, qué hábitos de vida ayudan a mantener un mejor control y por qué es tan importante la detección temprana. Esa visibilidad desde un rostro conocido contribuye, poco a poco, a ajustar la percepción pública de la dolencia.
Maternidad, juicios y la figura de Naia en esta historia
En el corazón del relato de Laura Sánchez aparece un nombre propio: Naia, la hija que tuvo durante su relación con el exfutbolista Aitor Ocio. La modelo no esquiva el tema y vincula de forma directa parte de su estrés a los años de batalla judicial por la custodia de la niña, un proceso largo y expuesto mediáticamente que la colocó durante mucho tiempo en el centro de un conflicto emocional profundo.
Laura resume ese periodo con una frase que ha resonado con fuerza: la enfermedad, dice, se la provocó “la maternidad, o la no maternidad, o la falta de maternidad”. En esas palabras se condensa la mezcla de amor, culpa, presión y angustia que vivió en torno a su papel de madre, a las decisiones de los tribunales, a la organización de las visitas, a los cambios de residencia y a todo lo que rodea una disputa judicial por un menor. No se limita a una anécdota aislada: lo describe como un clima de tensión sostenida durante años que, junto a otros factores personales, terminó en el diagnóstico de diabetes tipo 1.
En la actualidad, la situación es muy distinta. Naia vive en Estados Unidos, en Connecticut, donde combina los estudios con su formación como futbolista. Madre e hija mantienen una relación muy cercana, pese a la distancia, y se esfuerzan por pasar tiempo juntas siempre que sus agendas lo permiten. Hicieron, por ejemplo, un viaje por carretera por la Toscana que ambas recuerdan como un punto de unión importante, una especie de premio tras tantos años de complicaciones.
Hay un símbolo que las acompaña: el número 13:13. Cuando Naia era más pequeña y empezó a usar móvil, enviaba un mensaje de “te quiero” justo a esa hora. Con el tiempo, esa rutina se convirtió en un código íntimo entre ambas, hasta el punto de que madre e hija acabaron tatuándose el 13:13 en la piel. Un gesto sencillo que refleja una relación tejida a base de pequeñas complicidades cotidianas, muy lejos del ruido que rodeó las etapas más difíciles del pasado.
En paralelo, la modelo dice haber aprendido a filtrar mejor lo que le afecta y lo que no. Asegura que intenta estar “untada en mantequilla” frente a todo lo externo que considera absurdo, para que resbale y no vuelva a instalarse el estrés que tanto daño le hizo. No se trata de una frase vacía: detrás están años de terapia, de duelo —incluida la muerte de su padre en 2023— y de cambios en la forma de organizar su vida profesional y privada.
Vivir con diabetes tipo 1 en plena vida pública
Diagnóstico y control médico
La diabetes tipo 1 obliga a una vigilancia constante, también para alguien con la agenda y la exposición pública de Laura Sánchez. El eje de todo es el control de la glucosa en sangre: saber en qué nivel está antes de comer, después de las comidas, antes de hacer ejercicio o antes de dormir. Para ello se utilizan desde las tiras clásicas con pinchazo en el dedo hasta los actuales sensores continuos, que permiten conocer la glucosa en tiempo casi real mediante un pequeño dispositivo adherido a la piel.
En su caso, el diagnóstico en 2021 llegó lo suficientemente pronto como para evitar complicaciones graves como una cetoacidosis diabética, una situación de urgencia que aparece cuando la falta de insulina es extrema. Desde entonces, las revisiones periódicas con endocrinología forman parte de su calendario. En estas consultas se revisan analíticas, se ajustan dosis, se comprueba la hemoglobina glicosilada —el parámetro que indica el control de la glucosa en los últimos meses— y se vigilan posibles efectos en órganos sensibles como los riñones, los ojos o el sistema cardiovascular.
España cuenta hoy con decenas de miles de personas con diabetes tipo 1, muchas de ellas diagnosticadas en la infancia o la adolescencia. La experiencia acumulada ha permitido perfeccionar los protocolos de seguimiento y prevención, y ha extendido el uso de tecnología que hace apenas una década era minoritaria. Laura se ha sumado a esta nueva generación de pacientes que incorporan sensores, bombas y otras herramientas a su rutina, y que, al mostrarlas sin tabúes, ayudan a normalizarlas.
Tratamiento, tecnología y posibles complicaciones
El tratamiento de base de la diabetes tipo 1 es siempre el mismo: insulina. El cuerpo ya no la produce en la cantidad necesaria, así que hay que administrarla desde fuera. Existen insulinas de acción rápida, que se usan para cubrir las comidas, y de acción prolongada, que mantienen una base estable a lo largo del día. La pauta se adapta a cada paciente y cambia con el tiempo, según la edad, el peso, la actividad física y otros factores.
En los últimos años se han extendido las bombas de insulina y los sistemas de asa cerrada, que conectan la bomba con el sensor de glucosa y ajustan automáticamente parte de la dosis. Aunque no sustituyen por completo al páncreas, se acercan a un “páncreas artificial” que reduce picos y bajones y mejora la calidad de vida. España ha ido incorporando de forma progresiva estas tecnologías a la cartera pública, lo que ha permitido que muchas personas, también adultas, accedan a ellas con mayor facilidad.
Para una figura pública como Laura Sánchez, esto significa que debajo de un vestido de gala puede llevar un sensor, que en mitad de una comida de trabajo tiene que sacar un medidor, o que antes de entrar a un evento necesita calcular cuánta insulina se aplica. Ella ha decidido no esconderlo y mostrar, cuando lo considera oportuno, ese reverso menos visible de su día a día. Esa normalidad con la que habla de sus inyecciones o de los “valores” de glucosa sirve de espejo a quienes viven procesos similares sin focos ni cámaras.
A medio y largo plazo, el objetivo de todo este esfuerzo es evitar complicaciones. Una diabetes mal controlada puede dañar los vasos sanguíneos y los nervios y aumentar el riesgo de infarto, ictus, insuficiencia renal, problemas de visión o lesiones en pies y manos. De ahí la insistencia de los especialistas en mantener la glucosa lo más estable posible, en fomentar el ejercicio físico, en no fumar y en cuidar la presión arterial y el colesterol. El mensaje de Laura, cuando habla de su rutina, encaja en esa misma idea: la enfermedad exige disciplina, pero con tratamiento y seguimiento se puede llevar una vida plena.
Salud y estrés en la nueva vida de Laura Sánchez
Hoy, la imagen de Laura Sánchez combina varias capas: la de la supermodelo que empezó con 16 años tras el consejo de su padre, la de la actriz y empresaria que se ha movido en primera línea de la moda, la de la madre que ha atravesado un proceso complejo con su hija y la de la mujer que ha tenido que reorganizarlo todo tras un diagnóstico de diabetes tipo 1. A esa mezcla se suma su faceta más reciente: la de pareja del torero Manuel Escribano, con quien mantiene una relación consolidada desde 2024 y al que acompaña a menudo en la plaza, asumiendo el miedo lógico pero sin dejar que la profesión de él marque su vida de forma negativa.
También hay un gesto simbólico que habla de su nueva etapa: decidió dejar de teñirse y lucir sus canas con naturalidad. Lo cuenta como una especie de liberación personal, una forma de aceptar el paso del tiempo y de priorizar la salud por encima de la imagen perfecta. Insiste en que las arrugas le preocupan poco, que lo que le importa de la edad es lo que implica para el cuerpo, para los análisis y para la energía con la que afronta el día. Esa coherencia entre discurso y apariencia ha convertido su melena plateada en un pequeño emblema de libertad para muchas mujeres de su generación.
En paralelo, sigue activa en sus proyectos profesionales, con su marca de bañadores, trabajos de comunicación, colaboraciones en televisión y presencia en eventos. Todo ello, atravesado por una idea que repite cuando habla de su enfermedad: no merece la pena añadir estrés innecesario a lo que ya es inevitable. El esfuerzo ahora se orienta a seleccionar las batallas, a distinguir lo urgente de lo superfluo, a dosificar la exposición y a proteger el espacio personal donde se recarga y cuida la salud.
El caso de Laura Sánchez pone nombre y rostro a una realidad que, muchas veces, queda en segundo plano: la interacción entre estrés prolongado y salud física, y la importancia de la detección temprana y del acceso a un tratamiento adecuado. Su historia recuerda que la diabetes tipo 1 no es una condena, sino una condición que obliga a aprender, a seguir controles y a apoyarse en la medicina y la tecnología, sin perder de vista que detrás de los datos analíticos hay siempre una biografía, una familia, un duelo, una maternidad o una vida profesional exigente.
En su relato no hay triunfalismo, pero sí una idea clara: el diagnóstico de 2021 le cambió la hoja de ruta, la obligó a mirarse de otra manera y a conceder al cuerpo la importancia que quizá nunca tuvo en pleno ritmo de pasarelas, rodajes y juicios. Hoy, la combinación de diabetes controlada, vínculo sólido con Naia y estabilidad sentimental con Manuel Escribano dibuja una etapa distinta, más atenta al equilibrio que a la perfección. Una etapa en la que la enfermedad ya no es solo un golpe, sino también un recordatorio diario de que la salud, cuando se pierde un poco, coloca todo lo demás en su sitio.

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