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¿Puso Trump a Al Sharaa al frente de Siria para atacar a Hezbolá?

Trump afirmó que ayudó a situar a Al Sharaa en Siria y propuso usar su Gobierno contra Hezbolá, pero la frase viral exagera su alcance real.

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Trump en la sala oval

Donald Trump afirmó que había sido «muy responsable» de lo ocurrido en Siria y describió al presidente Ahmed al Sharaa como una persona que él mismo había ayudado a colocar en el poder, junto con Recep Tayyip Erdogan y otros dirigentes. En la misma intervención sostuvo que había recomendado a Israel dejar que el Gobierno sirio se ocupara de Hezbolá en Líbano.

La declaración existe, pero la frase viral que circula en castellano fusiona dos afirmaciones distintas y las presenta como una confesión cerrada: Trump habría instalado a Al Sharaa para convertirlo en un instrumento contra la milicia libanesa. Eso no está demostrado. No hay pruebas públicas de que Estados Unidos nombrara al presidente sirio, organizara su ascenso o controle cada decisión del nuevo Gobierno sirio.

Lo que sí muestran sus palabras es una idea bastante clara. Donald Trump considera a Ahmed al Sharaa una pieza útil para reducir la influencia de Irán y presionar a Hezbolá, mientras atribuye a Washington y Turquía un peso decisivo en la consolidación del poder nacido tras la caída de Bashar al Assad. La diferencia entre ayudar, respaldar y «poner» a alguien en la presidencia no es menor. En Oriente Próximo, una palabra mal traducida puede llevar más explosivos que un convoy.

Trump sí lo dijo, pero no como circula

El mandatario estadounidense habló de Hezbolá mientras criticaba la campaña militar israelí contra el movimiento chií. Según su relato, el Ejército israelí llevaba demasiado tiempo combatiendo a la organización y estaba causando un número excesivo de víctimas civiles. También reprochó los ataques contra edificios residenciales enteros para alcanzar a miembros concretos de la milicia.

Fue entonces cuando presentó a Al Sharaa como una alternativa. Aseguró que el dirigente sirio había recompuesto el país con rapidez, que era capaz y que mantenía una posición claramente hostil hacia Hezbolá. Después añadió que había sugerido a Israel dejar que Siria asumiera esa tarea, una fórmula ambigua que puede significar desde presión fronteriza hasta cooperación militar o política.

Trump introdujo luego la frase más controvertida: dijo que el hombre que gobierna Siria era alguien a quien él había «puesto ahí», junto con Recep Tayyip Erdogan y otras personas. Es una afirmación extraordinaria incluso dentro de su lenguaje habitual, acostumbrado a narrar la diplomacia como si cada Gobierno llevara una etiqueta con su nombre.

Dos afirmaciones convertidas en una confesión

La versión viral presenta todo como una sola operación perfectamente ordenada: Trump habría colocado a Al Sharaa y después habría aconsejado a Israel utilizarlo contra Hezbolá. La intervención real fue más deslavazada. El presidente vinculó su influencia sobre Siria, su apoyo político al nuevo dirigente y su propuesta para que Damasco actuara contra la organización libanesa, pero no describió una conspiración con fases, órdenes y fechas.

Tampoco explicó mediante qué mecanismo habría situado a Al Sharaa en la presidencia ni aportó documentos, operaciones encubiertas o acuerdos que probaran una instalación estadounidense del nuevo poder. El salto entre la fanfarronería presidencial y la conclusión de que Siria es una marioneta de Estados Unidos resulta tentador, sí, pero sigue siendo un salto.

Que una potencia respalde a un gobernante, levante sanciones y le ofrezca reconocimiento internacional demuestra influencia geopolítica. No demuestra necesariamente que lo nombrara, que controle por completo su aparato estatal o que pueda dictar cada movimiento de su Ejército. Las relaciones de dependencia existen, y pesan; la obediencia automática es otra cosa.

Cómo llegó Ahmed al Sharaa al poder en Siria

Ahmed al Sharaa, conocido durante años por su nombre de guerra Abu Mohamed al Julani, encabezó Hayat Tahrir al Sham, la organización islamista que dominaba la provincia de Idlib y que procedía del antiguo Frente al Nusra, vinculado en sus orígenes a Al Qaeda. Su pasado explica buena parte del estupor provocado por su rápida transformación en interlocutor aceptable para Occidente.

Sus fuerzas lideraron la ofensiva rebelde que derrumbó el régimen de Assad en diciembre de 2024. El avance fue vertiginoso. El Ejército sirio se desmoronó, Rusia estaba absorbida por la guerra de Ucrania e Irán y Hezbolá llegaban debilitados por los enfrentamientos regionales. Damasco cayó y Bashar al Assad huyó a Rusia.

Al Sharaa se convirtió primero en dirigente de facto. El 29 de enero de 2025, las facciones que habían derrotado al antiguo Gobierno lo designaron presidente para el periodo de transición, suspendieron la Constitución anterior y le concedieron la facultad de formar un consejo legislativo provisional. La proclamación surgió del mando de las fuerzas rebeldes sirias, no de una ceremonia organizada en la Casa Blanca.

La cronología limita la interpretación literal de Trump. La caída de Assad ocurrió el 8 de diciembre de 2024, cuando Joe Biden todavía ocupaba la presidencia estadounidense. Trump regresó a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 y la designación formal de Al Sharaa llegó nueve días después. Estados Unidos podía influir en el reconocimiento posterior, pero no fue quien protagonizó sobre el terreno el derrumbe militar del antiguo régimen.

Washington ya había iniciado contactos con los nuevos dirigentes antes del regreso de Trump. La relación cambió después a gran velocidad: de perseguir a Al Julani por su trayectoria yihadista a tratarlo como un actor con el que convenía negociar. Ese viraje no borra el pasado; muestra, más bien, cómo funciona la política exterior cuando los intereses regionales pesan más que las fotografías del archivo.

De perseguido por terrorismo a socio de Washington

La relación entre Estados Unidos y el antiguo dirigente yihadista dio un giro de ciento ochenta grados. Hayat Tahrir al Sham figuró durante años en las listas de terrorismo, mientras Al Sharaa cargaba con el legado del Frente al Nusra y su antigua vinculación con Al Qaeda. El nuevo contexto convirtió al adversario de ayer en posible socio de mañana. Nada nuevo bajo el sol diplomático.

Con la Administración Trump, esa distancia se redujo todavía más. Washington impulsó el levantamiento de sanciones contra Siria, abrió vías de cooperación económica y política y favoreció la normalización internacional de las nuevas autoridades. La metamorfosis fue rápida: del cartel de buscado a las alfombras oficiales, con apenas una pausa para recolocar las cámaras.

Ese cambio convirtió a Trump en uno de los principales padrinos internacionales del nuevo Gobierno sirio. Padrino, aliado, protector o socio condicionado son términos discutibles, pero razonables. Creador absoluto del presidente sirio exige pruebas que no han aparecido. Turquía, por su parte, sí acumulaba una influencia considerable sobre varias fuerzas opositoras y sobre el norte del territorio sirio.

Por qué Trump quiere a Siria frente a Hezbolá

Hezbolá fue uno de los apoyos militares más importantes de Bashar al Assad durante la guerra civil siria. Sus combatientes intervinieron en numerosas batallas junto al Ejército gubernamental y contribuyeron a sostener durante años al antiguo régimen. Para los nuevos dirigentes de Damasco, la organización libanesa no es solo una fuerza extranjera vinculada a Irán; también es un enemigo que combatió directamente contra la rebelión.

El interés de Washington resulta evidente. Una Siria separada de Irán, enfrentada a Hezbolá y dispuesta a cooperar con Estados Unidos e Israel alteraría el equilibrio regional. Cortaría corredores logísticos, complicaría el movimiento de armas entre Irak, Siria y Líbano y debilitaría la red de aliados construida por Teherán.

Trump parece considerar que Al Sharaa puede realizar parte de ese trabajo con menos coste político y menos destrucción que Israel. Su argumento es crudo: si el Ejército israelí no puede atacar a Hezbolá sin derribar edificios y multiplicar las víctimas civiles, Siria podría ejercer presión desde su frontera, cerrar rutas de suministro o facilitar información. Otra cosa es que Damasco acepte convertirse en policía de la estrategia estadounidense.

El problema es que trasladar fuerzas sirias al territorio libanés no sería una operación limpia ni sencilla. Siria mantuvo tropas en Líbano durante casi tres décadas, hasta 2005, y aquella presencia dejó una memoria amarga de ocupación, control político, desapariciones y violencia. Volver a cruzar la frontera despertaría fantasmas que nunca terminaron de marcharse.

También existe una dimensión interna. Una ofensiva contra Hezbolá podría tensionar a la población chií, alimentar enfrentamientos sectarios y ofrecer a Irán un argumento para reactivar redes armadas. En una región donde cada vacío de poder acaba alquilado por alguien, la idea de una intervención breve parece casi una broma administrativa.

Damasco no ha aceptado la misión

El Gobierno sirio ha negado que esté preparando una intervención militar en Líbano. Al Sharaa ha rechazado los rumores sobre una entrada de sus fuerzas, mientras sus asesores insisten en que el apoyo al Estado libanés debe centrarse en fortalecer sus instituciones, no en sustituirlas mediante una nueva presencia armada siria.

Estados Unidos sí ha explorado fórmulas para que Damasco ayude a desarmar a Hezbolá en el este de Líbano o cierre los corredores utilizados para el transporte de armas. Sin embargo, las autoridades sirias temen quedar atrapadas en otra guerra, abrir un frente con comunidades libanesas y reactivar tensiones sectarias dentro de un país que apenas intenta salir de catorce años de conflicto.

Tampoco está claro que el nuevo Ejército sirio disponga de cohesión, recursos y disciplina suficientes para una operación de esa magnitud. El Gobierno de Al Sharaa todavía intenta integrar facciones armadas, controlar todo el territorio y construir instituciones nacionales. Lanzarse sobre Líbano podría ser menos una demostración de fuerza que una zambullida en aguas oscuras.

La prioridad de Damasco continúa siendo consolidar el poder interno, reconstruir infraestructuras y obtener reconocimiento internacional. Convertirse en brazo ejecutor de una ofensiva contra Hezbolá podría facilitar apoyos exteriores, pero también romper equilibrios internos muy frágiles. Al Sharaa necesita a Washington; eso no significa que pueda obedecer cada encargo sin pagar un precio.

Una frase que revela más de Trump que de Siria

Trump ha reconocido algo relevante: considera a Ahmed al Sharaa una pieza útil de su arquitectura regional y cree que Estados Unidos, Turquía y otros actores desempeñaron un papel decisivo en la consolidación del nuevo poder sirio. También ha dejado claro que quiere aprovechar esa relación para reducir la capacidad militar y política de Hezbolá.

Eso no equivale a demostrar que el presidente sirio sea un títere manejado desde Washington. Al Sharaa necesita inversiones, alivio de sanciones, protección diplomática y acceso a mercados; su margen de autonomía está condicionado, como ocurre con tantos gobiernos débiles rodeados de potencias. Dependencia no significa obediencia automática.

La frase de Trump revela, sobre todo, una visión patrimonial de la política internacional: dirigentes que se colocan, países que se ordenan y guerras que se encargan a un tercero. La realidad siria es menos cómoda. Al Sharaa llegó mediante una victoria militar interna favorecida por el derrumbe de Assad y por un contexto internacional excepcional. Trump ayudó después a legitimarlo y fortalecerlo. Entre ambas cosas hay una diferencia enorme, aunque una frase lanzada ante las cámaras intente borrarla.

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