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Economía

Por qué la factura eléctrica del sur se dispara durante el verano

El calor, la refrigeración y el aislamiento explican una brecha de hasta 128 euros entre ciudades españolas este verano.

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Aire acondicionado en una vivienda relacionado con por qué vivir en el sur cuesta más luz en verano

Vivir en el sur de España sale más caro en verano porque el calor obliga a consumir mucha más electricidad, sobre todo para refrigerar viviendas que, en muchos casos, retienen peor el fresco y dejan escapar antes el alivio. Esa combinación empuja el recibo al alza justo cuando las olas de calor llegan antes y duran más.

La diferencia no es menor: en el verano de 2025, un hogar medio en Córdoba pagó 235 euros por la luz entre junio y agosto, mientras que en León la cifra se quedó en 107 euros. La brecha, de 128 euros, resume una desigualdad energética que no depende de una sola causa, sino de un clima más duro, equipos menos eficientes, edificios peor aislados y, en muchos casos, menor capacidad económica para absorber ese gasto.

Un verano que aprieta antes y deja menos margen

El arranque del verano ya no espera al calendario. A finales de mayo, buena parte de España entra en días de calor extremo en los que el ventilador deja de ser un apoyo puntual y el aire acondicionado pasa a funcionar durante horas. Eso se nota de inmediato en la factura, especialmente en el sur, donde la temperatura exterior se mantiene alta desde la mañana hasta bien entrada la noche.

Las ciudades del valle del Guadalquivir, el sureste peninsular y parte del interior sur comparten una misma presión térmica: jornadas largas, noches cálidas y viviendas que acumulan calor como una sartén sobre el fuego. En ese contexto, refrigerar no es un lujo estacional, sino una necesidad doméstica. Y cuando el equipo trabaja más tiempo y más fuerte, el consumo se dispara casi sin que el usuario lo perciba minuto a minuto.

Los datos de Hello Watt, elaborados a partir del consumo real de contadores residenciales en Datadis y cruzados con la tarifa regulada PVPC, dibujan una foto clara. La media nacional se situó en 149 euros en los meses de junio, julio y agosto, pero el mapa está muy partido: Córdoba, Murcia, Palma, Sevilla, Almería y Málaga se mueven en la zona alta; León, Zamora, Soria, Burgos y Salamanca se quedan en el extremo opuesto. No es solo una cuestión de euros, sino de geografía aplicada al bolsillo.

El aire acondicionado marca la diferencia

La refrigeración es el factor más visible y también el más inmediato. Allí donde el termómetro roza o supera con frecuencia los 38 o 40 grados, el hogar medio necesita enfriar estancias durante más horas y a menudo con más potencia. El problema se agrava cuando el aparato es antiguo o barato, porque suele ofrecer menos eficiencia por cada kilovatio consumido.

Hay una relación muy sencilla entre precio y rendimiento: los equipos más asequibles suelen gastar más para lograr el mismo efecto. En la práctica, eso significa que dos casas con el mismo tamaño y la misma tarifa pueden acabar pagando cantidades muy distintas si una dispone de climatización moderna y la otra recurre a modelos antiguos, aparatos portátiles o soluciones poco optimizadas. La tecnología del equipo pesa tanto como el uso que se le da.

Además, el comportamiento cambia con la vida diaria. En zonas turísticas, en segundas residencias o en alojamientos vacacionales, el control del consumo suele relajarse. El aire queda encendido más tiempo del necesario, las puertas se abren con frecuencia y el termostato se baja de más para recuperar rápidamente una sensación de confort. Ese gesto tan pequeño, repetido a lo largo de semanas, termina alimentando el recibo con la constancia de una gotera.

Las casas del sur retienen peor el alivio

La factura no solo sube por el calor exterior, sino por la forma en que las viviendas responden a ese calor. En el sur de España, una parte importante del parque residencial fue concebida con criterios muy distintos a los de hoy: ventilación natural, muros pensados para disipar temperatura y menos atención al aislamiento térmico. Ese diseño funciona razonablemente bien para dejar pasar el aire, pero peor para conservar el frescor cuando el sol aprieta sin tregua.

Una vivienda mal aislada actúa como una caja con rendijas. El aire frío se escapa, el calor entra con facilidad y el aparato de refrigeración debe trabajar más tiempo para mantener una temperatura estable. El resultado es doble: más consumo y menos sensación de confort, porque la casa tarda en estabilizarse y vuelve a calentarse enseguida. La ineficiencia del edificio castiga por partida doble.

Esa desigualdad arquitectónica suele pasar desapercibida hasta que llega un verano muy duro. Entonces se entiende que el coste de vivir en un piso orientado al sol, sin sombra suficiente, con carpinterías viejas o con techos que absorben calor como una placa, no se mide solo en grados, sino en euros. La vivienda, en este caso, no amortigua el clima: lo amplifica.

La tarifa es la misma, el consumo no

La tarifa regulada es nacional y no cambia por vivir en una provincia u otra. El precio de la energía no se asigna en función del código postal, sino de la electricidad que cada hogar usa y de la hora en que la usa. Por eso la gran brecha territorial no nace del contrato, sino del patrón de consumo. Donde hace más calor, se consume más; donde las viviendas están mejor aisladas o las noches refrescan antes, el gasto se modera.

En verano, la demanda eléctrica en España sube por dos vías al mismo tiempo. Una es doméstica, por la climatización de las casas; la otra es territorial y turística, por el aumento de población flotante en zonas costeras y ciudades de ocio. Más gente, más calor y más horas de uso de equipos de refrigeración empujan el sistema en la misma dirección. El efecto se multiplica cuando coincide con una oferta energética menos favorable.

La consecuencia es visible en los recibos del mercado regulado y, con cierto desfase, también en el mercado libre. Aunque una tarifa fija pueda amortiguar parte de la subida, el verano sigue siendo una estación cara para buena parte de los hogares del sur. Y en los meses de calor intenso, incluso las familias que creen tener un gasto controlado descubren que el aire acondicionado se convierte en el principal protagonista del consumo.

El precio mayorista también aprieta

El calor no solo eleva el uso de electricidad; también tensa el mercado que la fija. Cuando la demanda sube, el sistema necesita activar tecnologías más caras, como los ciclos combinados de gas, que suelen marcar el precio en las horas en que las renovables no bastan para cubrir el consumo. Eso sucede con más frecuencia al caer la tarde, cuando la producción solar pierde fuerza pero las temperaturas siguen altas.

Ese mecanismo explica por qué el verano puede resultar más caro incluso con muchas horas de sol. La fotovoltaica ayuda a abaratar la electricidad en el tramo central del día, pero al anochecer la red depende más de fuentes con costes superiores. El sistema marginalista hace que la última tecnología necesaria para satisfacer la demanda arrastre el precio del resto, de modo que una tarde muy caliente acaba dejando huella en todo el conjunto del mercado.

La presión también llega por la evolución del gas y por la menor aportación hidráulica en determinadas semanas. Cuando llueve menos y los embalses retienen agua para meses posteriores, la producción hidroeléctrica deja de actuar como colchón barato. El resultado es un verano más sensible a cualquier tensión internacional, a la situación de las reservas y a la fuerza del viento, que suele ayudar menos en los meses más cálidos.

Una brecha energética que también es social

Las diferencias en euros serían ya llamativas por sí solas, pero el problema se agranda cuando se cruzan con la renta. Según el análisis de Hello Watt, ninguna de las diez ciudades con mayor factura estival supera la renta media nacional por hogar, salvo Palma. Es decir, las zonas donde más cuesta refrescar la casa suelen coincidir con hogares que tienen menos margen para hacerlo sin esfuerzo.

En Córdoba, por ejemplo, un hogar medio dedicó alrededor del 2,6% de su renta trimestral a pagar la luz en verano, frente al 1% registrado en ciudades como Donostia. Eso significa que el mismo servicio básico pesa mucho más sobre los ingresos según el lugar en el que se viva. La energía deja de ser un gasto uniforme y se convierte en una carga desigual.

Este patrón encaja con una realidad conocida por economistas y expertos en pobreza energética: quien vive en una zona más calurosa tiende a necesitar más refrigeración, pero no siempre puede permitirse equipos mejores o viviendas más eficientes. El círculo se cierra con facilidad. Menor renta, menos inversión en mejora del hogar; menos inversión, más consumo; más consumo, factura más alta. Y el calor, lejos de igualar a todos, agranda la distancia.

Córdoba, Murcia y Sevilla en la parte alta del mapa

Córdoba encabeza la lista con 235 euros de gasto estival en electricidad. Le siguen Murcia con 221 euros, Palma con 213, Sevilla con 209 y Almería y Málaga con 198 euros. Por encima de la media nacional aparecen también Alicante, Jaén, Mérida y Badajoz. No es una casualidad estadística: son ciudades donde el verano pega con más persistencia, la noche refresca menos y la necesidad de enfriar se prolonga.

En el extremo opuesto, León y Zamora registran 107 euros, mientras que Soria y Burgos se sitúan en 109 y Salamanca en 110. Palencia, Ávila, Cuenca, Segovia y Lugo también quedan por debajo de la media nacional. El mapa eléctrico de verano se parece menos a una tabla de precios y más a una radiografía climática del país.

Que Palma aparezca entre las zonas más caras merece una lectura aparte. El calor se combina allí con una alta intensidad turística y un patrón de ocupación que eleva el uso de climatización en hogares, alojamientos y segundas residencias. El mar suaviza algunos extremos, pero la presión de la demanda no desaparece. La factura final lo refleja con una claridad que no deja espacio para la sorpresa.

Lo que cambia cuando llega el aire caliente

El verano altera tres piezas al mismo tiempo: el consumo, el comportamiento del mercado y la capacidad del hogar para absorber el golpe. En primavera, la combinación de más viento, menor uso de refrigeración y, en ocasiones, mayor aportación hidráulica, suele abaratar el coste de la electricidad. Pero al llegar los días más duros, ese equilibrio se rompe con rapidez. La demanda sube, el viento suele flojear y el gas toma un papel más importante.

En paralelo, los hogares del sur pagan una especie de impuesto climático no escrito. No aparece en la factura con ese nombre, pero opera como tal: más horas de climatización, más desgaste de equipos, más dependencia de una vivienda que no aísla bien. Es una carga estructural que no se soluciona con un solo ajuste doméstico, porque nace de la unión entre el territorio, el parque inmobiliario y la forma en que se organiza el mercado eléctrico.

Por eso el debate sobre la luz en verano no debería reducirse a cuánto cuesta encender el aire. La cuestión de fondo es por qué unas regiones soportan una penalización más dura que otras para cubrir una necesidad tan básica como dormir, trabajar o descansar sin asfixia. Y en España, donde los veranos tienden a hacerse más largos y más intensos, esa pregunta ya no es coyuntural: apunta a una tendencia que puede volverse cada vez más visible en los próximos años.

Un recibo que también habla del país que se está calentando

La electricidad del verano funciona como un termómetro social además de energético. Mide cuánto calor soporta una casa, cuánto cuesta mantenerla habitable y qué margen tienen sus ocupantes para defenderse del clima. Cuando una ciudad como Córdoba dobla con claridad el gasto de León en los meses de verano, no solo se ve una diferencia de consumo: se ve también una diferencia de exposición al calor, de calidad del aislamiento y de capacidad de pago.

La brecha seguirá existiendo mientras el sur siga enfrentándose a temperaturas más extremas y buena parte del parque de viviendas conserve las mismas limitaciones de siempre. La mejora de la eficiencia, el refuerzo del aislamiento y la sustitución de aparatos antiguos aliviarían el problema, pero el dato de fondo sigue ahí: en verano, vivir en el sur cuesta más luz porque cuesta más mantener la casa a raya frente al calor.

La factura, al final, no es solo un número. Es la traducción doméstica de un país desigual en clima, renta y vivienda. Y cuando el termómetro se dispara, esa desigualdad deja de ser abstracta y entra en el buzón con forma de recibo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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