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¿Por qué cada vez más jóvenes dicen que no tienen amigos cercanos?

Cada vez más jóvenes llegan a la edad adulta con menos amigos cercanos. Redes, pandemia, dinero y falta de espacios ayudan a entender el cambio.

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los jóvenes tienen menos amigos

Resumen

  • Uno de cada 20 jóvenes en Inglaterra dice no tener ningún amigo cercano
  • Las redes, la pandemia y la precariedad ayudan a explicar este cambio
  • También pesan la falta de espacios baratos y la pérdida de hábitos sociales

Nunca había sido tan fácil hablar con alguien y, al mismo tiempo, tan complicado encontrar con quién salir un viernes por la noche. La soledad entre los jóvenes no responde a una sola causa: se cruzan el uso problemático de las redes sociales, las secuelas de la pandemia, el deterioro de la salud mental, el teletrabajo, la falta de espacios asequibles para reunirse y algo bastante menos abstracto que cualquier algoritmo: socializar cuesta dinero.

Los datos empiezan a poner números a esa paradoja. Una investigación del Institute for Public Policy Research señala que uno de cada 20 jóvenes en Inglaterra afirma no tener ningún amigo cercano, frente a aproximadamente uno de cada 100 en 2014. Entre los jóvenes de 16 a 21 años, la proporción que cuenta con al menos tres amigos cercanos ha pasado del 85% en 2012-2014 al 72% en 2023-2025. No es una pequeña oscilación estadística. Algo ha cambiado en la manera de relacionarse.

Un cambio que ya se mide, no solo se siente

El estudio dibuja una generación que llega a la vida adulta con menos vínculos sólidos, más malestar psicológico y una relación menos optimista con su entorno. Los investigadores hablaron con más de 150 jóvenes de distintas zonas de Inglaterra y analizaron datos acumulados durante años. Su diagnóstico va mucho más allá de aquello de que “los chicos de ahora no saben relacionarse”, una frase particularmente cómoda porque permite culpar a quien sufre el problema y marcharse a tomar café.

También se ha deteriorado la percepción de la calidad de las amistades. Menos adolescentes de 14 y 15 años dicen estar satisfechos con sus amigos que hace una década. Paralelamente, la investigación encontró niveles elevados de malestar psicológico: el 47% de las mujeres de 16 a 24 años y el 36% de los hombres de esa edad alcanzaban el umbral utilizado por el estudio para medirlo.

Conviene, sin embargo, separar dos cosas que suelen meterse en el mismo saco. Tener pocos amigos no equivale automáticamente a sentirse solo. Hay personas felices con un círculo diminuto y otras rodeadas de gente que sienten que no tienen a nadie. La investigación sobre la soledad juvenil lleva tiempo situando a las personas de 14 a 24 años entre los grupos con mayores niveles de aislamiento percibido. La novedad puede estar, al menos en parte, en la pérdida de amistades cercanas y en una creciente insatisfacción con las relaciones existentes.

La paradoja del móvil: mucha conexión, poca compañía

El teléfono es el sospechoso perfecto. Cabe en el bolsillo, está siempre presente y resulta tremendamente fotogénico cuando llega el momento de buscar culpables. Pero decir que las redes sociales destruyen la amistad sería demasiado sencillo.

Una revisión científica publicada en 2026, que reunió 59 estudios y más de 81.000 adolescentes y adultos jóvenes, encontró una asociación clara entre el uso problemático de las redes sociales y una mayor soledad. En cambio, la relación entre el mero tiempo pasado en redes y sentirse solo era mucho más pequeña. Es una diferencia importante: cuatro horas hablando, compartiendo intereses o manteniendo amistades a distancia no necesariamente producen el mismo efecto que cuatro horas atrapado en comparaciones, conflictos, acoso o desplazamiento compulsivo de pantalla.

El problema no son solo las horas de pantalla

Las redes pueden mantener una amistad y también convertirla en una especie de escaparate permanente. El grupo de WhatsApp nunca duerme. Instagram enseña fiestas a las que uno no fue. TikTok sirve una procesión infinita de vidas aparentemente más divertidas. Y un comentario desagradable que antes moría en el patio del instituto puede quedarse guardado, compartirse y reaparecer a las tres de la madrugada.

Para algunos jóvenes, buena parte de la amistad se desarrolla precisamente en esos espacios digitales. Determinadas relaciones mantenidas en redes y chats grupales pueden derivar rápidamente en acoso, hostigamiento y aislamiento. La tecnología no inventó la crueldad adolescente, desde luego. Le dio notificaciones push.

El fenómeno también se ha vuelto visible dentro de las propias redes. Tess Lavanda, una joven británica de 22 años, publicó un vídeo contando que no tenía amigos en Londres. Superó el medio millón de visualizaciones. Sus publicaciones posteriores sobre vivir sola, cumplir años sin compañía o pasar el verano en soledad recibieron miles de interacciones de personas que reconocían situaciones parecidas. La soledad compartida en internet, que durante años se escondía como una pequeña vergüenza privada, empieza a tener incluso su propia estética digital.

La pandemia terminó; algunos hábitos se quedaron

Quien tenía 14 años en 2020 pasó una parte extraordinariamente delicada de su adolescencia aprendiendo que acercarse a otra persona podía ser peligroso. Se cerraron colegios, universidades, locales, actividades deportivas y lugares de encuentro; muchas relaciones quedaron reducidas durante meses a una pantalla.

La normalidad regresó, pero no todo volvió exactamente a su sitio. Algunos jóvenes arrastraron ansiedad ante espacios concurridos, inseguridad y pérdida de hábitos sociales. Para determinadas personas, después de la pandemia, volver a ambientes con mucha gente resultaba abrumador.

Hay un detalle pequeño que explica bastante. Las amistades profundas rara vez nacen de una entrevista formal para convertirse en amigos. Empiezan con encuentros insignificantes: coincidir varias veces en una cafetería, hablar después de clase, esperar juntos un autobús, ver siempre a la misma persona en el gimnasio. Los investigadores llaman a esto vínculos débiles. Son conocidos, compañeros, caras familiares. No acudirían necesariamente a recogerte al aeropuerto, pero forman el terreno donde después puede crecer una amistad.

Esas conversaciones aparentemente triviales están desapareciendo de parte de la vida cotidiana. Más trabajo desde casa, menos lugares compartidos y una tendencia a ocupar cualquier minuto muerto mirando el teléfono reducen esas oportunidades. Antes se esperaba mirando alrededor. Ahora se espera mirando una pantalla. Parece una diferencia mínima hasta que se repite cientos de veces al año.

Salir cuesta dinero y faltan lugares donde simplemente estar

La amistad necesita tiempo, pero también necesita geografía. Un banco, una cancha, una biblioteca, un centro juvenil, un bar que uno pueda pagar. Y ahí aparece una explicación mucho menos vistosa que TikTok: cada vez existen menos lugares gratuitos o baratos para reunirse.

Los datos oficiales británicos muestran la dimensión del cambio. El gasto en servicios juveniles de las administraciones locales de Inglaterra cayó un 73% en términos reales entre 2010-2011 y 2022-2023. Investigaciones gubernamentales anteriores ya habían constatado que el número medio de centros juveniles respaldados por las autoridades locales había bajado de 14 por área en 2011-2012 a ocho en 2018-2019. El número de trabajadores juveniles a tiempo completo también se ha reducido aproximadamente un tercio desde 2012.

Mientras desaparecen parte de esos espacios, el ocio comercial ocupa su sitio. Quedar puede significar transporte, café, cena, cine, copas o alguna actividad de pago. Para un adulto con sueldo quizá sean veinte o treinta euros sin demasiada historia; para un estudiante o alguien con un empleo precario pueden ser la frontera entre salir o quedarse en casa.

Hay jóvenes que directamente no pueden permitirse el transporte necesario para ver a amigos que viven fuera de su entorno escolar. A eso se suman alquileres elevados, dificultades para independizarse y empleos inestables. La amistad no cotiza en bolsa, pero tampoco vive al margen de la economía.

Cuando tener amigos parece otra cosa que demostrar

Hay otra capa, más difícil de medir. Durante mucho tiempo, la vida social fue algo que sucedía; ahora también se exhibe. Cumpleaños, viajes, conciertos, cenas, festivales, grupos enormes alrededor de una mesa. Las redes convierten la amistad en contenido y el contenido altera inevitablemente las expectativas sobre la amistad.

Un adolescente puede tener dos buenos amigos y, aun así, concluir que su vida social es pobre después de ver durante una hora imágenes de grupos de quince personas sonriendo en Ibiza. La comparación no se produce con la vida real de los demás, sino con su selección más brillante.

Esa presión encaja con otro dato del estudio: la caída de la satisfacción con las amistades existentes. No solo importa cuántos amigos tiene alguien; importa lo que cree que debería estar recibiendo de ellos.

Aparece entonces una contradicción muy contemporánea. Se habla más de vulnerabilidad, ansiedad y emociones que hace unas décadas, lo cual ha roto silencios bastante dañinos. Al mismo tiempo, algunas relaciones soportan expectativas enormes: el amigo debe comprender, responder, acompañar, validar y estar disponible. La amistad siempre fue refugio, pero convertir cada vínculo en una relación perfecta es una receta bastante eficaz para acabar decepcionado.

Una generación conectada, pero con menos lugares para encontrarse

Reducir todo esto a “los móviles tienen la culpa” tranquiliza porque ofrece un villano reconocible. Los datos describen algo bastante más complejo. Los jóvenes han crecido atravesando austeridad, pandemia, digitalización acelerada, vivienda cara y precariedad económica, junto con la desaparición de numerosos espacios comunitarios. Cada elemento pesa de manera distinta y ninguno explica por sí solo por qué alguien llega a los 20 años y siente que no tiene a quién llamar.

Tampoco hay pruebas para afirmar que toda una generación haya perdido la capacidad de hacer amigos. Las redes permiten mantener relaciones a miles de kilómetros, encontrar comunidades que antes eran inaccesibles y conocer a personas con intereses muy específicos. El mismo internet que puede alimentar comparaciones dolorosas permite que una joven publique que está sola y medio millón de personas reconozcan esa sensación.

Ahí está la rareza del momento: nunca hubo tantos mecanismos para entrar en contacto y, sin embargo, el contacto no garantiza intimidad. Un seguidor no es necesariamente un amigo. Un mensaje no sustituye siempre una tarde compartida. Y cientos de pequeñas interacciones digitales no producen automáticamente ese tipo de confianza que permite llamar a alguien cuando la vida se tuerce.

La amistad sigue necesitando una materia bastante antigua: tiempo compartido, encuentros repetidos, confianza y lugares donde permanecer sin tener que justificar la estancia con una compra. Nada especialmente sofisticado. Quizá precisamente por eso resulte tan fácil olvidarlo en una sociedad capaz de conectar dos teléfonos situados en extremos del planeta, pero cada vez menos segura de dónde pueden sentarse juntos dos chavales de la misma calle.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.