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¿Por qué España cae en lectura según PISA 2025 y qué debe cambiar?
España registra en PISA 2025 sus peores datos históricos y la lectura se convierte en el mayor aviso, con una caída más fuerte que en Europa.

Resumen
- España cae a 451 puntos en lectura y firma su peor resultado en PISA
- La brecha con la UE crece porque España retrocede más que su entorno
- Uno de cada tres alumnos no alcanza el nivel básico de comprensión lectora
España sale mal parada del nuevo informe PISA 2025, y esta vez el problema resulta difícil de maquillar con una comparación conveniente o un cambio de escala. Los estudiantes españoles obtienen 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Respecto a PISA 2022 pierden 23 puntos en comprensión lectora, 16 en matemáticas y ocho en ciencias. Son resultados situados en la zona más baja de la serie española desde que esta evaluación internacional comenzó a principios de siglo.
El dato verdaderamente incómodo está en la lectura. No porque matemáticas pueda respirar tranquila —ni mucho menos—, sino porque comprender lo que se lee sostiene casi todo lo demás: entender el enunciado de un problema, interpretar un gráfico, distinguir una evidencia de una opinión o seguir una explicación científica. España ha perdido 45 puntos en competencia lectora desde 2015 y vuelve a alejarse de la media de la Unión Europea y de la OCDE. No estamos ante un suspenso escolar en sentido estricto, porque PISA no aprueba ni suspende países. Estamos ante algo más útil y menos reconfortante: una señal de deterioro sostenido.
La fotografía tampoco autoriza el cómodo consuelo de que todo se deba a una generación especialmente desafortunada. El retroceso aparece en muchos países desarrollados y alcanza incluso a sistemas tradicionalmente excelentes. Pero España cae más que su entorno inmediato, especialmente en lectura, justo cuando leer bien significa mucho más que pasar los ojos por una pantalla llena de palabras.
Qué es realmente el informe PISA y qué mide
PISA son las siglas del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes de la OCDE. En 2025 participaron más de 760.000 alumnos de 15 años de 91 países y economías, una muestra que representa aproximadamente a 33 millones de adolescentes. La edición publicada el 8 de septiembre de 2026 tiene como ámbito principal las ciencias, aunque también evalúa lectura y matemáticas e incorpora nuevas competencias relacionadas con la resolución de problemas mediante herramientas digitales.
Conviene aclarar una confusión habitual. PISA no pregunta simplemente si un estudiante recuerda qué ocurrió en una fecha concreta, sabe recitar una fórmula o reconoce la definición que figuraba en el libro de texto. Busca comprobar qué sabe hacer con lo aprendido cuando se encuentra ante situaciones nuevas. En lectura, por ejemplo, mide la capacidad de comprender, utilizar y reflexionar sobre textos para adquirir conocimientos, alcanzar objetivos y desenvolverse en la sociedad.
Por eso sus resultados importan, aunque tampoco sean las tablas de la ley bajadas del Sinaí educativo. PISA trabaja con muestras, posee márgenes estadísticos y no mide todas las virtudes posibles de un sistema escolar: creatividad, cultura humanística, expresión oral, sensibilidad artística o capacidad de cooperación no caben enteras dentro de una puntuación. Pero cuando una tendencia se repite durante años y afecta simultáneamente a varias competencias fundamentales, despacharla como una simple manía de la OCDE empieza a parecer una forma bastante sofisticada de mirar hacia otro lado.
La lectura se convierte en el gran agujero español
El resultado español de 451 puntos en lectura queda diez puntos por debajo de la media de la OCDE, situada en 461, y ocho por debajo de la Unión Europea, con 459. En 2022 España prácticamente había convergido con ambos promedios. Tres años después vuelve a abrirse distancia porque la caída española ha sido más intensa: 23 puntos, frente a 15 en la OCDE y 16 en la UE.
Más revelador que la posición en una clasificación es lo que ocurre dentro del aula. Solo el 68% de los estudiantes españoles alcanza al menos el nivel 2 en lectura. Dicho al revés: aproximadamente uno de cada tres no llega al umbral que PISA considera básico para identificar la idea principal de un texto de longitud moderada, localizar determinada información y reflexionar sobre su finalidad cuando recibe indicaciones para hacerlo. En 2022 los alumnos situados por debajo de ese nivel eran el 24%; en 2025 son el 32%.
El techo tampoco tranquiliza. Apenas un 2% alcanza los niveles superiores de lectura, frente al 6% de promedio de la OCDE. Son los estudiantes capaces de enfrentarse a textos largos y abstractos, relacionar información compleja y diferenciar hechos y opiniones mediante indicios que no aparecen subrayados en fluorescente. En matemáticas sucede algo parecido: el 4% alcanza los niveles de excelencia, la mitad que en la OCDE.
La pérdida de 45 puntos españoles en lectura desde 2015 sirve para entender que el problema no nació durante un trimestre particularmente malo. Como referencia aproximada, la OCDE utiliza alrededor de 20 puntos para representar el aprendizaje asociado a un curso escolar. Eso no permite afirmar mecánicamente que cada adolescente haya perdido dos cursos —la educación no funciona como un cuentakilómetros—, pero sí muestra la magnitud del retroceso acumulado.
España vuelve a alejarse de Europa
La comparación europea aporta un matiz importante. Europa tampoco vive una edad dorada de pupitres silenciosos y adolescentes devorando a Cervantes bajo un árbol. La media de la UE cae hasta 459 puntos en lectura, 463 en matemáticas y 481 en ciencias. Alemania pierde terreno en matemáticas, Francia también retrocede y países como Irlanda, Países Bajos o Dinamarca sufren descensos en lectura. La crisis de rendimiento tiene, por tanto, dimensiones continentales.
Pero compartir enfermedad no convierte automáticamente en buena una temperatura de 39 grados. España ha descendido más que el promedio europeo en las tres competencias desde 2022 y abandona la convergencia que había logrado en la anterior edición. Mientras tanto, Estonia e Irlanda continúan entre las referencias europeas según la materia y Polonia se mantiene entre los sistemas con mejores resultados en ámbitos fundamentales. Finlandia, símbolo educativo durante años, también ha perdido posiciones. Las reputaciones, al parecer, tampoco hacen los exámenes por los alumnos.
El descenso no es exclusivamente español
La OCDE registra en 2025 sus promedios más bajos de toda la serie en ciencias, lectura y matemáticas. Entre 2015 y 2025 la lectura ha perdido 28 puntos de media en los países de la organización. Singapur sigue en cabeza y Japón, Corea y Estonia permanecen entre los grandes referentes, pero incluso varios de los mejores sistemas han retrocedido.
El dato sirve para evitar una explicación demasiado cómoda en clave de política española. Culpar a una única ley educativa, a un ministro o a una comunidad autónoma cabe estupendamente en un eslogan; cabe bastante peor en los datos internacionales. Solo una pequeña parte de los países de la OCDE o de la UE participantes mejora en lectura respecto a la edición anterior. Existe, por tanto, un fenómeno internacional, aunque España tenga sus propios problemas y su caída sea particularmente intensa.
Menos concentración, más pantallas y aulas más complejas
PISA no encuentra una causa mágica. Encuentra varias piezas que, colocadas juntas, forman una imagen poco agradable. Los estudiantes muestran más dificultades ante tareas que exigen concentración sostenida, menor perseverancia y mayor tendencia a contestar precipitadamente. La llamada lectura apresurada —leer rápido pero interpretar mal— ha ganado terreno y afecta a una parte creciente del alumnado.
Es una pista interesante porque la lectura contemporánea se parece cada vez más a atravesar una estación de metro a la hora punta: titulares, vídeos, mensajes, avisos, enlaces, notificaciones. Mucho texto, sí; poca permanencia sobre un mismo texto. Leer constantemente no equivale necesariamente a leer profundamente. Un adolescente puede pasar horas descifrando palabras en una pantalla y entrenar muy poco la capacidad de seguir un razonamiento de cuatro páginas sin cambiar de ventana.
Las aulas añaden otra capa. En España, el 39% de los estudiantes afirma que el ruido y el desorden interrumpen la mayoría o todas las clases de ciencias, frente al 31% de la OCDE. El 34% dice haber faltado al menos un día completo durante las dos semanas anteriores a la prueba, frente al 22% de promedio internacional. También ha descendido el acompañamiento familiar declarado: en 2025, el 69% asegura que sus padres o tutores le preguntan al menos una vez por semana qué ha hecho en el colegio, frente al 77% registrado en 2022.
Hay, además, un problema de recursos. El 49% de los directores españoles incluidos en PISA señala escasez de profesorado, mientras que una proporción todavía mayor considera insuficiente el personal de apoyo. Es una diferencia especialmente relevante en aulas más diversas, donde confluyen necesidades educativas especiales, situaciones socioeconómicas distintas, alumnado recién llegado y ritmos de aprendizaje que raramente caben en una clase teórica diseñada para un estudiante promedio que quizá nunca existió.
Y aparece la inteligencia artificial. Convendría resistirse tanto al entusiasmo infantil como al pánico moral. Una parte muy importante del alumnado de la OCDE utiliza chatbots de IA al menos semanalmente para aprender. PISA observa asociaciones entre determinados usos intensivos para resumir, redactar o investigar y peores resultados en algunas competencias, aunque eso no demuestra que la IA sea la causa. La herramienta importa menos que lo que se delega en ella. Si el alumno pide a una máquina que piense siempre por él, el músculo intelectual también puede acostumbrarse al ascensor.
Qué debería cambiar en la educación española
La primera respuesta está delante de los ojos: recuperar la lectura sostenida y comprensiva como una competencia transversal, no como un asunto encerrado en la asignatura de Lengua. Se aprende a leer también en Historia, cuando se confrontan dos documentos; en Biología, cuando se interpreta una explicación causal; en Matemáticas, cuando hay que entender exactamente qué pide un problema. Un alumno que no comprende bien el enunciado puede conocer el procedimiento y aun así quedarse delante de él como quien posee la llave correcta pero no encuentra la cerradura.
Eso obliga a trabajar textos con cierta longitud y dificultad, a ampliar vocabulario, resumir con palabras propias, localizar contradicciones, contrastar fuentes y explicar por qué una conclusión se desprende —o no— de lo leído. Precisamente las capacidades que PISA señala como más debilitadas son también las que ganan importancia en un ecosistema saturado de contenido generado mediante inteligencia artificial: evaluar información, conectar fuentes y pensar críticamente.
También hay que discutir el uso de los dispositivos sin convertir la escuela en un museo de tecnología apagada. Una parte relevante del alumnado de la OCDE asegura que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante las clases. No se desprende de ahí que una tableta sea intrínsecamente enemiga del conocimiento. Sí aparece algo bastante menos revolucionario: una herramienta que interrumpe constantemente deja de ser una herramienta educativa. Pantallas con finalidad, momentos sin pantalla y reglas comprensibles parecen una respuesta más sensata que el péndulo habitual entre digitalizarlo todo y prohibirlo todo.
Después están los recursos y la organización. Reforzar plantillas docentes sin disponer de especialistas, orientadores, profesionales de apoyo y tiempo para atender diferencias reales tiene un límite físico. La inclusión educativa funciona cuando viene acompañada de medios. Sin ellos, la palabra queda estupenda en una ley y bastante más deslucida a las 10.30 de la mañana delante de treinta alumnos que necesitan cosas distintas.
España también necesita políticas educativas capaces de sobrevivir a un ciclo electoral. Tras PISA 2022 se anunció un programa de refuerzo en matemáticas y comprensión lectora que no llegó a desplegarse plenamente en los términos inicialmente previstos. Tres años después, el problema es mayor. La evaluación diagnóstica temprana, el apoyo intensivo a quien empieza a quedarse atrás y el seguimiento de resultados requieren continuidad durante años, no una nueva colección de siglas cada vez que cambia el color del despacho ministerial.
Eso no significa reducir la educación a preparar PISA. Sería una ironía bastante pobre: enseñar a contestar un examen que pretende medir si el alumno sabe desenvolverse fuera de los exámenes. Significa prestar atención a las habilidades de fondo que la prueba revela debilitadas y utilizar sus datos junto a las evaluaciones nacionales, autonómicas y del propio centro.
PISA es una alarma, no una sentencia
Hay datos españoles que permiten huir del fatalismo. El 90% de los alumnos afirma sentirse integrado y perteneciente a su escuela, un resultado especialmente elevado dentro de PISA 2025. En resolución computacional de problemas, además, España se sitúa cerca del promedio de los países desarrollados. El sistema conserva fortalezas importantes; precisamente por eso resulta absurdo describirlo como un solar y tan poco serio como fingir que los resultados académicos carecen de importancia.
Tampoco todos los descensos implican necesariamente que la escuela enseñe menos en absolutamente todos los ámbitos. Las generaciones cambian, cambian sus hábitos y aparecen competencias que PISA solo empieza a medir. Pero hay un suelo difícil de relativizar. Leer un texto, comprenderlo, relacionar argumentos y separar hechos de opiniones continúa siendo necesario con libro, móvil, inteligencia artificial o unas gafas futuristas que todavía no hayan llegado al recreo.
Una sociedad que lee deprisa también decide deprisa
El verdadero alcance de PISA 2025 no termina en los institutos. Un adolescente que aprende a leer de forma superficial será dentro de pocos años un ciudadano que deberá interpretar un contrato, una nómina, una noticia, una instrucción médica, un programa electoral o una respuesta generada por una inteligencia artificial. La competencia lectora no es decoración cultural. Es autonomía personal y también calidad democrática.
España no está sola en el retroceso, pero eso ofrece contexto, no absolución. La UE cae, la OCDE cae y algunos de los sistemas educativos más admirados también muestran grietas. España, sin embargo, pierde terreno con mayor rapidez y acumula una década especialmente mala en lectura. La señal es suficientemente clara como para abandonar dos tentaciones muy españolas: convertir cada dato educativo en munición partidista o explicar que, en realidad, el termómetro tiene algo contra nosotros.
PISA no dice que los jóvenes españoles sean menos inteligentes. Dice algo bastante más concreto y corregible: una proporción creciente llega a los 15 años con dificultades para extraer todo el sentido de lo que lee, mientras disminuye el grupo capaz de enfrentarse a textos complejos con gran competencia. Y ese problema atraviesa después las matemáticas, las ciencias y casi cualquier aprendizaje serio.
Antes de discutir cuál será la escuela del futuro convendría asegurar algo mucho más antiguo: que un alumno pueda sentarse ante un texto, permanecer allí unos minutos y entender de verdad lo que tiene delante. Parece modesto. En 2026, quizá ya no lo sea.












