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¿Por qué preocupa a Europa la victoria de AfD en Alemania y España?

AfD logra un 43,8% en Sajonia-Anhalt y sacude Europa: Rusia, Ucrania, el cordón sanitario y el posible impacto político sobre Vox en España.

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Kaja Kallas volviendo la cabeza

Foto: European Union — © European Union, 1998–2026, Attribution — vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • AfD ganó Sajonia-Anhalt con un récord del 43,8% y quedó cerca de la mayoría
  • Europa teme que su auge altere los consensos sobre Rusia, Ucrania y la UE
  • Vox crece en España, pero el efecto dominó político no es automático

La preocupación que recorre varias capitales europeas tras la victoria de Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt no nace simplemente de que un partido de extrema derecha haya ganado unas elecciones regionales. Lo que inquieta es la magnitud del resultado, el lugar donde se ha producido y, sobre todo, lo que podría anunciar: AfD obtuvo el 43,8% de los votos, más del doble que cinco años antes, logró 39 de los 83 escaños del Parlamento regional y dejó a la CDU del canciller Friedrich Merz en un lejano 17,2%. Se quedó a solo tres diputados de la mayoría absoluta.

El temor europeo tiene, por tanto, una base bastante concreta. Alemania es el país más poblado de la Unión Europea, su mayor economía y una pieza decisiva en cuestiones como Ucrania, Rusia, defensa, inmigración, energía e integración europea. AfD defiende posiciones mucho más favorables a normalizar las relaciones con Moscú, rechaza la actual ayuda militar a Kiev, exige un endurecimiento radical de la política migratoria y mantiene una visión mucho más soberanista de la UE. Una victoria regional no cambia mañana la política exterior alemana, claro. Pero cuando esa formación aparece además con un 27% en intención de voto nacional, por delante de la CDU/CSU, el asunto deja de parecer una rareza encerrada tras las fronteras de un Land oriental.

Europa no teme a un Land: teme el precedente

Sajonia-Anhalt tiene poco más de dos millones de habitantes y no representa por sí sola a los más de 80 millones de alemanes. Conviene decirlo antes de convertir Magdeburgo en una bola de cristal. El este alemán posee una historia económica, demográfica y política particular: pérdida de población desde la reunificación, salarios y riqueza inferiores a los de buena parte del oeste, envejecimiento, sensación de abandono y una relación cultural con Rusia distinta de la que existe en Renania, Baviera o Hamburgo. Allí AfD lleva años creciendo sobre un terreno especialmente fértil.

Pero el resultado del 6 de septiembre de 2026 tampoco puede despacharse como una extravagancia oriental. La participación alcanzó el 77,8%, 17,5 puntos más que en los anteriores comicios regionales. No fue, por tanto, la victoria silenciosa de una minoría especialmente movilizada mientras los demás se quedaban en casa. AfD consiguió atraer antiguos abstencionistas y ampliar su apoyo en prácticamente todo el territorio, también fuera de sus bastiones rurales.

Ahí aparece la primera inquietud para París, Varsovia, Bruselas o La Haya. Durante años una interpretación bastante cómoda sostuvo que estas fuerzas tenían un techo: podían protestar, hacer ruido, condicionar debates e incluso ganar elecciones, pero acabarían encerradas fuera de los gobiernos por la resistencia del resto de partidos. El resultado de Sajonia-Anhalt pone ese techo electoral peligrosamente cerca del suelo.

AfD no dispone de mayoría absoluta, pero sus 39 diputados de 83 transforman el problema. Ya no basta con que dos partidos tradicionales pacten entre ellos para mantenerla fuera. Las combinaciones se vuelven difíciles, las coaliciones más heterogéneas y la aritmética empieza a trabajar para quien denuncia precisamente esas alianzas como una maniobra del sistema contra sus votantes. Una paradoja bastante incómoda: cuanto mayor es AfD, más complicado resulta aislarla; cuanto más complicada resulta esa exclusión, más fácil le resulta presentarse como víctima de un bloque establecido.

El 43,8% que rompe la política alemana

Alemania conoce bien el concepto de Brandmauer, literalmente “muro cortafuegos”: el compromiso de los grandes partidos de no gobernar con AfD. Friedrich Merz lo ha mantenido después de la derrota y ha descartado una cooperación de la CDU con la formación ultraderechista. AfD, mientras tanto, intenta encontrar una rendija y ha llamado a diputados conservadores a construir una mayoría alternativa.

No es únicamente una cuestión de etiqueta ideológica. La organización de AfD en Sajonia-Anhalt está oficialmente clasificada por el servicio regional de protección de la Constitución como una organización de extrema derecha confirmada, tras considerar que parte de su actividad política atenta contra principios esenciales del orden democrático y la dignidad humana protegidos por la Constitución alemana. La situación jurídica de AfD en el ámbito federal es diferente: una decisión judicial de febrero de 2026 impidió provisionalmente tratar al conjunto del partido como organización de extrema derecha confirmada mientras se resuelve el procedimiento principal. Esa distinción jurídica importa; meterlo todo en el mismo saco sería cómodo, pero incorrecto.

El cordón sanitario afronta una prueba inédita

La alternativa inmediata pasa por la formación del Gobierno regional. AfD quedó a tres escaños de la mayoría y el BSW, el movimiento nacido alrededor de Sahra Wagenknecht, superó por poco el umbral electoral. Entre ambos existen enormes diferencias económicas y sociales, pero también coincidencias relevantes en su rechazo al apoyo militar a Ucrania, su crítica a la inmigración y su voluntad de reconstruir relaciones con Rusia. La posibilidad de algún tipo de entendimiento, apoyo externo o colaboración parlamentaria ya no pertenece al terreno de la ciencia ficción.

La llegada de AfD al Gobierno de un Land tendría sobre todo un enorme valor simbólico. Alemania es un Estado federal y los gobiernos regionales manejan competencias importantes en educación, policía, administración y cultura; participan además en la vida institucional federal a través del Bundesrat. No podrían decidir que Alemania abandone la OTAN ni suspender por su cuenta la ayuda militar a Ucrania, pero sí convertirían una fuerza hasta ahora excluida del Ejecutivo en partido de gobierno.

Y las barreras psicológicas también cuentan en política. Mucho.

AfD ya había terminado primera en Turingia en 2024 sin conseguir gobernar. Sajonia-Anhalt va varios pasos más allá porque la distancia respecto a sus adversarios es gigantesca. La CDU no perdió por unas décimas: quedó a más de 26 puntos. El viejo centro político alemán se encontró, de repente, mirando el marcador desde la otra punta del estadio.

Rusia convierte el resultado en un problema de seguridad

La reacción más significativa desde Bruselas llegó de Kaja Kallas. La alta representante de la UE para Asuntos Exteriores no centró sus críticas en inmigración ni en la identidad europea, sino en Rusia. Kallas vinculó el ascenso de fuerzas como AfD con el riesgo de que Europa reduzca su respuesta frente al sabotaje, los ciberataques y otras operaciones híbridas que los gobiernos europeos atribuyen a Moscú. Alemania responsabilizó precisamente a Rusia del reciente intento de ataque con drones contra el aeropuerto de Leipzig/Halle.

La preocupación tiene una lógica estratégica. AfD sostiene desde hace años que deberían terminar las sanciones contra Moscú y mejorar las relaciones germano-rusas. Sus posiciones sobre Ucrania chocan frontalmente con las de Merz, que ha reafirmado después de las elecciones que Alemania debe seguir defendiendo su libertad frente a Rusia y apoyando a Kiev.

El contraste se vuelve todavía más llamativo al mirar la sociedad alemana. Según el DeutschlandTrend de ARD publicado días antes de las elecciones, el 56% de los alemanes consideraba que Rusia amenaza fuertemente la seguridad del país. Entre los simpatizantes de AfD, sin embargo, predominaba la visión contraria y también un rechazo mucho mayor al envío de armas a Ucrania. No estamos únicamente ante una pelea de partidos; son dos lecturas distintas del lugar que Alemania debe ocupar en Europa.

Francia y Polonia reaccionaron desde esa misma sensación de alarma. El ministro francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot, calificó a AfD de formación “neonazi, antieuropea y pro-Putin” y sostuvo que no cabe compromiso con ella. Donald Tusk fue todavía menos diplomático al atacar a quienes celebraban en Polonia el resultado alemán. Mientras tanto, dirigentes de la derecha populista europea, entre ellos Santiago Abascal, recibieron la victoria en términos exactamente opuestos: como una señal de cambio político en el continente.

La fotografía europea queda así partida en dos. Para unos, Sajonia-Anhalt es una advertencia. Para otros, un modelo.

Vox y España: un eco real, pero no una fotocopia

La posibilidad de un efecto dominó que alcance España existe como onda política europea, pero no como automatismo electoral. Los electores españoles no votarán a Vox porque AfD haya vencido junto al Elba. Cada país tiene sus conflictos, instituciones y memorias. Lo que sí se contagia con relativa facilidad son los temas, los marcos políticos y la sensación de que opciones antes consideradas periféricas pueden ganar.

Y España llega a este momento con Vox lejos de ser una fuerza marginal. Los sondeos publicados precisamente este 7 de septiembre sitúan al partido de Santiago Abascal entre el 17,8% y el 19,2% de estimación de voto. El barómetro de 40dB coloca a Vox en el 17,8% y al PP en el 32,4%, de modo que ambos sumarían por primera vez en esa serie un 50,2%. GAD3 eleva a Vox al 19,2%, mientras Sigma Dos lo sitúa en el 17,9%. Son encuestas, no urnas, pero dibujan una horquilla bastante consistente.

El crecimiento español tiene, además, gasolina doméstica. La reciente crisis migratoria de Ceuta ha devuelto la inmigración al centro del debate político y el sondeo de 40dB coloca a Vox como el partido que más ciudadanos consideran capaz de gestionar esa materia: un 27%, por delante del PSOE y del PP. Pretender explicar ese movimiento por lo ocurrido en Alemania sería confundir correlación con causalidad. Vox estaba creciendo antes de que se abrieran las urnas de Sajonia-Anhalt.

Parecidos importantes y diferencias que también cuentan

AfD y Vox coinciden en su crítica a las políticas migratorias europeas, el rechazo de buena parte de la agenda climática comunitaria, la defensa de una Europa de Estados soberanos y una narrativa muy dura contra los partidos tradicionales. Vox celebró públicamente el triunfo alemán. Pero no son el mismo partido ni pertenecen siquiera al mismo grupo en el Parlamento Europeo.

Los seis eurodiputados de Vox forman parte de Patriotas por Europa, junto con fuerzas como el Reagrupamiento Nacional francés, el Fidesz húngaro o la Liga italiana. Los 15 eurodiputados alemanes de AfD están integrados en Europa de las Naciones Soberanas, un grupo diferente y situado todavía más a la derecha del tablero parlamentario europeo. La ultraderecha continental, pese a la imagen de bloque compacto que a veces ofrece desde fuera, está llena de rivalidades, estrategias nacionales y discrepancias, especialmente sobre Rusia, la OTAN, la economía y Estados Unidos.

Eso no elimina el efecto político. Una victoria espectacular de AfD permite a Vox, al Reagrupamiento Nacional francés, al FPÖ austríaco o a otras fuerzas sostener una idea bastante poderosa ante sus electores: ganar es posible. También desplaza el debate de los partidos conservadores tradicionales. Cuando una fuerza situada a su derecha crece, la tentación del centro-derecha suele ser endurecer su lenguaje sobre inmigración, seguridad o identidad para recuperar votantes. A veces funciona. Otras veces el elector prefiere el original a la copia, una vieja crueldad del mercado político.

La onda expansiva empieza por Berlín, no termina allí

Lo sucedido en Sajonia-Anhalt no significa que AfD vaya a gobernar Alemania ni que una cadena de partidos semejantes esté a punto de conquistar Europa. El continente no funciona como una hilera de fichas de dominó. Italia, Francia, Alemania, Polonia, Países Bajos o España tienen sistemas electorales, sociedades y equilibrios partidistas distintos.

Pero tampoco estamos ante una anécdota regional. AfD acaba de lograr el mejor resultado de su historia en unas elecciones estatales, está en condiciones de disputar el poder regional y aparece simultáneamente como primera fuerza en una encuesta nacional de referencia, con el 27%. El partido de Merz, mientras tanto, carga con un nivel muy elevado de insatisfacción hacia el Gobierno federal.

Eso es lo que verdaderamente preocupa fuera de Alemania. No el color de un parlamento regional, sino la posibilidad de que el centro político del país más poderoso de la UE se fracture hasta dificultar las mayorías necesarias para gobernar y, con ellas, los grandes consensos europeos sobre Rusia, Ucrania, defensa, inmigración e integración comunitaria. Una Alemania políticamente bloqueada ya sería un problema para Bruselas; una Alemania en la que AfD termine condicionando esas decisiones desde el poder sería otra cosa bastante mayor.

España no está al margen de ese clima. Vox ronda uno de cada cinco votos en varios sondeos y PP y Vox aparecen con una mayoría holgada en distintas estimaciones publicadas en septiembre. Pero la lección alemana no consiste en que España vaya inevitablemente detrás. Es más incómoda: cuando amplias capas de electores creen que inmigración, inseguridad económica, identidad nacional o deterioro de los servicios públicos no reciben respuestas convincentes, el cordón sanitario puede contener un partido durante un tiempo, pero difícilmente contiene el malestar que alimenta sus votos.

Sajonia-Anhalt ha dejado esa idea escrita en cifras. 43,8%. A veces toda una época política cabe en un número.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.