Ciencia
¿Cómo influye el olor del padre en el cerebro y desarrollo del bebé?
El olor del padre deja huella en el cerebro del bebé y puede favorecer procesos ligados a la atención, el vínculo y el aprendizaje temprano.

El olor corporal del padre parece ser mucho más que una señal familiar para un bebé. Una nueva investigación ha observado que esa huella olfativa puede favorecer la sincronización de la actividad cerebral durante las interacciones sociales y está relacionada con procesos que intervienen en la atención, el aprendizaje y la maduración cerebral durante los primeros meses de vida. No convierte una camiseta usada en un estimulador neuronal —conviene aclararlo antes de que el entusiasmo doméstico se desmande—, pero sí revela hasta qué punto el cerebro infantil reconoce y utiliza señales que los adultos apenas percibimos.
El hallazgo procede de un experimento con 40 bebés y sus padres en el que los investigadores midieron simultáneamente la actividad cerebral del adulto y del niño mientras interactuaban cara a cara. Los bebés mostraron una mayor sincronización neuronal con su propio padre que con un hombre desconocido. La sorpresa llegó después: cuando el desconocido llevaba una camiseta impregnada con el olor corporal del padre, la sincronía entre ambos cerebros aumentaba hasta acercarse a la observada durante la interacción paterna.
Un olor familiar cambia la conversación entre dos cerebros
El trabajo, publicado en Science Advances y encabezado por la investigadora Yaara Endevelt-Shapira, se adentra en un terreno que hasta hace poco había recibido mucha menos atención que el vínculo entre madre y bebé: el papel de las señales olfativas del padre durante el desarrollo temprano.
La hipótesis de partida tiene bastante lógica biológica. El olfato es uno de los sistemas sensoriales que funcionan desde etapas muy tempranas y proporciona al bebé información estable cuando otros sentidos todavía están madurando. Una cara cambia con la luz, la distancia o el movimiento; una voz puede sonar distinta. El olor familiar, en cambio, permanece como una especie de firma invisible.
Los investigadores recurrieron a una electroencefalografía simultánea, conocida también como EEG dual o hyperscanning. En términos sencillos, adulto y bebé llevan sensores que registran al mismo tiempo la actividad eléctrica cerebral. Después se analiza hasta qué punto determinados ritmos neuronales evolucionan de manera coordinada mientras ambos se miran, gesticulan, vocalizan y responden el uno al otro.
No significa que dos cerebros empiecen a pensar lo mismo. La sincronía cerebral describe patrones temporales de actividad que se coordinan durante una interacción compartida. Algo parecido a dos músicos que no tocan la misma nota, pero sí consiguen mantener el compás.
La camiseta del padre fue la pieza decisiva
Cada bebé participó en varias interacciones breves: una con su padre y otras con hombres desconocidos. En una de estas últimas situaciones, el adulto llevaba una prenda previamente usada por el padre; en otra, una camiseta limpia y sin ese olor familiar. El orden de las pruebas se modificó para evitar que la secuencia condicionara los resultados.
Cuando aparecía el olor paterno, aumentaba la sincronización entre el cerebro del bebé y el del desconocido. El efecto resulta especialmente interesante porque el padre no estaba físicamente sustituyendo al extraño ni interviniendo en la escena. Era su señal olfativa la que modificaba el contexto en el que el niño procesaba aquella interacción.
Los autores también observaron cambios relacionados con una activación positiva parecida a la que suele aparecer durante la relación con el propio padre. Dicho de otro modo: para el cerebro infantil, aquel olor conocido parecía introducir algo familiar dentro de una situación que, visualmente, no lo era.
Las ondas alfa y la atención del bebé
Una parte especialmente llamativa del estudio se encuentra en las ondas alfa, un tipo de actividad eléctrica cerebral vinculada, entre otras funciones, con la regulación de la atención. Los resultados apuntan a que la relación con el padre favorece conexiones entre ambos hemisferios cerebrales dentro de este ritmo neuronal.
Esto importa porque durante una interacción social aparentemente sencilla están ocurriendo muchas cosas. El bebé observa unos ojos, escucha una voz, procesa movimientos, detecta expresiones, anticipa respuestas. Su cerebro tiene que seleccionar estímulos y mantener la atención en medio de un pequeño torrente sensorial.
La investigación plantea que las señales olfativas paternas pueden actuar como un marco de familiaridad que facilite ese procesamiento. El olor conocido no transporta conocimientos ni enseña palabras, naturalmente. Lo que podría hacer es proporcionar al cerebro una referencia estable mientras aprende a desenvolverse en interacciones sociales cada vez más complejas.
Aquí aparece el vínculo con el aprendizaje. Si una señal familiar ayuda a organizar la atención y la interacción, puede crear unas condiciones cerebrales más favorables para el aprendizaje asociativo, es decir, para conectar personas, sensaciones, acciones y consecuencias. Los autores consideran que este mecanismo podría participar en el desarrollo posterior de capacidades sociales y conductuales más sofisticadas.
El olfato infantil estaba bastante infravalorado
Durante años, buena parte de la investigación se concentró en el olor materno. Se sabe que los bebés responden muy pronto a señales químicas familiares y que el olor de la madre puede influir en la atención hacia los rostros, el procesamiento de expresiones emocionales y otras respuestas cerebrales.
No es extraño. Antes incluso de contemplar el mundo con una visión madura, el niño llega equipado con un olfato funcional. La experiencia prenatal también lo ha expuesto a señales químicas procedentes del entorno materno. Tras el nacimiento, ese paisaje cambia de golpe: luces, voces, temperaturas, contacto físico… y olores.
La investigación sobre el padre amplía ahora el cuadro. El cerebro infantil no parece construir su universo sensorial alrededor de una única figura. Reconoce señales paternas, aprende su significado y puede asociarlas a experiencias repetidas de interacción.
El padre no es una copia sensorial de la madre
Eso tampoco implica que los efectos maternos y paternos sean idénticos. La investigación contemporánea sobre desarrollo infantil lleva tiempo mostrando que las relaciones con distintos cuidadores pueden aportar estímulos diferentes. El nuevo estudio añade el olor a ese mosaico.
Los autores vinculan la presencia paterna con una interacción caracterizada por una activación positiva y estimulante, mientras que el olor parece conservar parte de esa huella incluso cuando el padre no está presente. Es una perspectiva interesante: el vínculo no quedaría almacenado únicamente como una imagen o una voz reconocible, sino también como una experiencia multisensorial.
Vista así, la familiaridad de un bebé se parece menos a una fotografía y más a una habitación conocida a oscuras. No hace falta verla para reconocerla; basta un sonido, una textura… o un olor.
Lo que el estudio no demuestra
El resultado merece atención precisamente porque no hace falta inflarlo. La investigación muestra una asociación experimental entre olor paterno, sincronía cerebral e interacción social, pero no demuestra que exponer deliberadamente a un bebé a una camiseta usada vaya a aumentar su inteligencia, acelerar el lenguaje o producir ventajas cognitivas medibles a largo plazo.
Tampoco la sincronización cerebral equivale por sí sola a un mejor desarrollo. Es un indicador utilizado para estudiar cómo dos personas coordinan su actividad neuronal durante una experiencia compartida. Los propios resultados abren preguntas que necesitarán muestras mayores, distintas edades y seguimientos prolongados antes de conocer qué consecuencias tienen estas respuestas meses o años después.
Hay además una diferencia importante entre detectar un mecanismo y convertirlo en recomendación clínica. Este trabajo no propone tratamientos ni pautas especiales para padres. No hay perfume paterno que comprar, ni frecuencia de exposición prescrita, ni ritual doméstico respaldado por estos datos. La ciencia, por fortuna, sigue siendo menos pintoresca que algunos titulares.
El cerebro del bebé aprende también por la nariz
La parte verdaderamente interesante del hallazgo está en otra parte. Durante los primeros meses, un bebé aprende quién pertenece a su entorno mediante una combinación de rostro, voz, tacto, movimiento y olor. El nuevo estudio señala que la identidad del padre también queda codificada a través del olfato y que esa señal es suficientemente relevante como para alterar la dinámica cerebral cuando el niño interactúa con otra persona.
Eso obliga a ampliar una imagen demasiado visual de la primera infancia. Los adultos solemos imaginar que reconocer consiste en mirar una cara. Para un bebé, el mundo probablemente sea bastante menos ordenado: piel, calor, balanceo, sonidos, leche, ropa, respiración, voces y olores forman una sola escena.
Y ahí, casi sin hacerse notar, aparece el padre. Su olor puede convertirse en una referencia de familiaridad que el cerebro infantil reconoce incluso cuando él no está delante. Una presencia sin imagen, discreta y biológicamente antigua, que ahora empieza a dejar también su rastro en los electroencefalogramas.

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