Historia
La mano neandertal de Abauntz: 46.000 años guardando ADN en un valle de Navarra
Seis huesos de una mano y ADN de hace 46.000 años: el primer neandertal confirmado de Navarra apareció en la cueva de Abauntz.

Resumen
- La cueva de Abauntz (Navarra) ha entregado los primeros restos de neandertal de la comunidad: seis fragmentos óseos de la mano derecha de un varón de hace 46.000 años.
- El estado de conservación es excepcional: han permitido recuperar ADN antiguo y datar los fósiles directamente por carbono-14.
- Abauntz está en un corredor natural entre la Península y Europa: clave para entender la movilidad de los últimos neandertales del Pirineo occidental.
Hace 46.000 años, en un valle de lo que hoy es Navarra, un hombre entró en una cueva y dejó allí algo más que sus herramientas: dejó su mano. Bueno, los huesos de su mano. Seis fragmentos —tres metacarpianos, una falange y dos restos más— que han permanecido enterrados en la cueva de Abauntz desde poco antes de que su especie entera desapareciera de Europa. Y ahora han resultado ser el hallazgo que faltaba en el mapa neandertal del Pirineo.
La noticia se presentó este lunes 19 de octubre en un acto institucional encabezado por la presidenta del Gobierno de Navarra, María Chivite. Detrás hay años de excavaciones y un consorcio científico internacional: IPHES-CERCA, la Universidad de Varsovia, el Museo del Hombre de París, el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig y la Universidad de Viena.
Un vacío en el mapa que por fin se rellena
Puede sorprender que Navarra, con su historial arqueológico, no tuviera ni un solo fósil neandertal confirmado. Pero era así: había abundantes evidencias indirectas —herramientas de piedra, yacimientos con industria musteriense— de que los neandertales habían pasado por el Pirineo occidental, pero ningún resto humano atribuido directamente a la especie.
«Por primera vez disponemos de restos humanos que nos permiten identificar directamente la presencia de neandertales en Navarra», explica Andion Arteaga, codirectora del proyecto. «Este descubrimiento llena un vacío importante en el registro paleoantropológico del Pirineo occidental y abre nuevas posibilidades para investigar a las poblaciones que habitaron esta región durante las etapas finales de la historia neandertal».
El detalle geográfico importa. La cueva de Abauntz, situada junto a Arraitz-Orkin, en el valle de Ultzama, al norte de Pamplona, está en un corredor natural entre la península ibérica y el resto del continente europeo. Los grupos que se movían a ambos lados de los Pirineos pasaban por ahí. Cada fósil encontrado en ese embudo vale doble.
Y Abauntz no era una desconocida para los arqueólogos. La cavidad lleva décadas dando alegrías: en su interior apareció una célebre piedra grabada del Magdaleniense, hace unos 13.000 años, que muchos investigadores interpretan como uno de los mapas más antiguos del mundo, con montañas, un río y manadas de cabras grabadas sobre la roca. Que la misma cueva entregue ahora los primeros neandertales de Navarra confirma algo que los prehistoriadores llevan años sospechando: Abauntz fue un lugar al que la humanidad volvió una y otra vez, durante decenas de miles de años.
¿Cómo sabemos que era neandertal, varón y de hace 46.000 años?
Identificar seis fragmentos de hueso de hace decenas de milenios suena a trabajo imposible, pero la combinación de tres técnicas lo ha hecho viable:
- ✓Paleoproteómica: el análisis de proteínas permitió identificar como humanos dos de los fragmentos, incluso cuando la morfología no bastaba.
- ✓Análisis genético: la recuperación de ADN antiguo confirmó que se trata de un neandertal —no de un sapiens— y que era de sexo masculino.
- ✓Datación directa por radiocarbono: en lugar de datar el sedimento, se dató el propio hueso. 46.000 años.
El parangón con El Sidrón no es casual. El yacimiento asturiano demostró que el ADN neandertal ibérico puede leerse con un detalle asombroso: parentescos de primer grado, individuos diestros o zurdos, e incluso indicios de su dieta. Si Abauntz confirma una conservación genética similar, el Pirineo occidental podría convertirse en la segunda gran ventana genética al final de la especie en la Península.
«El hecho de haber podido recuperar ADN antiguo y obtener dataciones directas de los fósiles es especialmente relevante. Esta combinación nos proporciona una base excepcional para estudiar las características biológicas de este individuo y profundizar en las relaciones entre las poblaciones neandertales que ocuparon esta parte de Europa», destaca Mikel Arlegi, codirector de la investigación.
Qué hacía este hombre en la cueva
Los fósiles no aparecieron solos. El contexto arqueológico incluye herramientas de piedra y restos de animales, algunos con marcas claras de haber sido procesados y consumidos por los grupos humanos que ocuparon la cavidad. Es decir: no hablamos de un enterramiento ritual, sino de vida cotidiana. Gente que cazaba, descuartizaba, comía y fabricaba utensilios al abrigo de Abauntz.
Hay un detalle inquietante: algunos de los restos presentan marcas de mordeduras de carnívoro. Después de la muerte, el individuo pasó por los dientes de algún animal antes de quedar sellado por el sedimento. La tafonomía —la historia de lo que le ocurre a un cuerpo después de morir— añade una capa más al relato.
«Por primera vez disponemos de restos humanos que permiten identificar directamente la presencia de neandertales en Navarra.» — Andion Arteaga, codirectora del proyecto
Los últimos milenios: una especie al borde del adiós
La fecha del hallazgo es tan valiosa como los huesos. Hace 46.000 años, los neandertales aún ocupaban distintos puntos de Europa, pero estaban viviendo su tramo final: unos pocos milenios después, hacia los 40.000 años, la especie desapareció del continente, en un periodo marcado también por la expansión de Homo sapiens.
Las causas de esa desaparición siguen siendo uno de los grandes debates de la paleoantropología, y rara vez apuntan a un solo culpable. Sobre la mesa hay cambios climáticos bruscos, la competencia directa con los sapiens —más numerosos, con redes sociales más amplias y tecnología más versátil— y una demografía frágil: grupos pequeños y aislados, con poca diversidad genética, mucho más vulnerables a cualquier sacudida ambiental. La genética de Abauntz puede ayudar a comprobar en qué estado demográfico estaban las poblaciones del Pirineo occidental en ese tramo final: si eran grupos conectados con el resto de Europa o bolsillos aislados al borde del colapso.
Los análisis genéticos continúan y podrían aportar información sobre el parentesco de este individuo con otras poblaciones neandertales europeas, su organización social y la dinámica demográfica de unos grupos que, en el Pirineo occidental, vivieron literalmente en la frontera de la extinción. Saber de dónde venían y con quién se relacionaban los últimos neandertales navarros es una pieza más del gran puzle: por qué nosotros seguimos aquí y ellos no.
De momento, la mano de Abauntz ya ha hecho historia: es la prueba fósil que faltaba para afirmar que los neandertales habitaron Navarra. El valle de Ultzama, ese corredor entre dos mundos, acaba de ganar un vecino ilustre de 46.000 años. Y los genetistas, trabajo para una década.












