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Historia

¿Quién fue Peppino di Capri, autor de Champagne y leyenda de Sanremo?

Peppino di Capri muere a los 86 años tras seis décadas de música. La historia del cantante de Champagne, Sanremo y la gran canción italiana.

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Peppino di Capri

Resumen

  • Peppino di Capri murió a los 86 años en la isla que dio nombre a su carrera
  • El cantante dejó clásicos como Champagne y dos victorias en Sanremo
  • Su legado unió canción napolitana, rock, Eurovisión y más de seis décadas

Peppino di Capri ha muerto este sábado 11 de julio de 2026 a los 86 años en la isla que le dio casa, apellido artístico y buena parte de su manera de entender la música. El cantante y pianista italiano, cuyo verdadero nombre era Giuseppe Faiella, falleció tras una larga enfermedad en Villa Castiglione, en Capri, apenas dieciséis días antes de cumplir 87 años. La familia no ha comunicado un diagnóstico concreto.

Se marcha uno de los últimos protagonistas de aquella canción italiana que logró ser sentimental sin resultar empalagosa, popular sin pedir perdón por ello y cosmopolita sin renunciar al acento napolitano. Champagne, Roberta, St. Tropez Twist, Nun è peccato o Un grande amore e niente più forman parte de un repertorio que cruzó seis décadas y acompañó a Italia desde el blanco y negro televisivo hasta la música digital. Lo hizo sentado ante el piano, con voz de crooner y sin confundir la elegancia con el aspaviento, una distinción que hoy casi parece una extravagancia.

Peppino di Capri murió en su tierra natal, el lugar que nunca fue para él un simple decorado de postal. Allí había nacido el 27 de julio de 1939, allí comenzó a tocar y allí realizó también su última aparición pública: el 4 de agosto de 2025 sorprendió al público durante el festival Il Cinema in Certosa y volvió a cantar acompañado por los Capri Rockers, la formación dirigida por su hijo Edoardo Faiella. Sonaron, entre otras canciones, Luna caprese, St. Tropez Twist y Champagne. El cuerpo estaba ya frágil; la música, no tanto.

El funeral se celebrará el domingo 12 de julio a las 17:00 horas en la antigua catedral de Santo Stefano, junto a la célebre Piazzetta de Capri. El Ayuntamiento ha declarado una jornada de luto oficial y ha definido al artista como un embajador de la isla en el mundo, una fórmula institucional que esta vez no parece escrita por un comité: pocos nombres han llevado Capri tan lejos y durante tanto tiempo.

El músico deja tres hijos: Igor, conocido como Nico, nacido de su matrimonio con Roberta Stoppa, y Edoardo y Dario, fruto de su relación con Giuliana Gagliardi, su segunda esposa, fallecida en 2019. Su vida privada apareció en algunas canciones no como carnaza biográfica, sino transformada en melodía; una diferencia bastante sustancial, aunque cierta televisión lleve años empeñada en abolirla.

Giuseppe Faiella nació en una familia de músicos. Su padre vendía discos e instrumentos y tocaba varios de ellos; su abuelo había formado parte de la banda de Capri. Peppino se sentó ante el piano siendo todavía un niño y, con apenas cuatro años, interpretaba canciones estadounidenses para las tropas aliadas destinadas en la isla durante la Segunda Guerra Mundial. Aquellas armonías llegadas de ultramar dejaron huella: jazz, swing y más tarde rock and roll, mezclados con la tradición napolitana que escuchaba en casa y en las calles.

Estudió piano clásico, aunque pronto le tiraron más los clubes nocturnos de Capri e Ischia que la disciplina severa del conservatorio. Actuó primero junto al batería Ettore Falconieri y después creó una banda que acabaría llamándose Peppino di Capri e i suoi Rockers. En 1958 consiguió un contrato discográfico con Carisch y comenzó una carrera profesional que no se limitaría a interpretar canciones: ayudó a cambiar su sonido, su vestuario y hasta la forma en que los jóvenes italianos se relacionaban con ellas.

Su fórmula parecía sencilla, aunque no lo era: tomar la melodía napolitana, abrir las ventanas y dejar entrar el ritmo americano. Las guitarras y el saxofón se mezclaban con el piano; la nostalgia seguía ahí, pero ya no caminaba arrastrando los pies. Canciones como Malatia, Nun è peccato, Nessuno al mondo o Luna caprese conservaron el perfume del sur mientras hablaban el idioma musical de una generación que quería bailar, viajar y mirar más allá del campanario.

A comienzos de los sesenta, Peppino di Capri se convirtió en una figura central del twist italiano. Su versión de Let’s Twist Again llegó al número uno y St. Tropez Twist, publicada en 1962, viajó por Europa con una ligereza que anticipaba el turismo de masas, los descapotables y ese Mediterráneo cinematográfico donde todo el mundo parecía tener vacaciones largas y camisas impecables. La realidad, naturalmente, era menos glamurosa; la canción hacía el resto.

En junio de 1965 actuó como telonero de The Beatles durante la única gira italiana del cuarteto de Liverpool, en sus conciertos de Milán, Génova y Roma. La escena resume bien su posición: no era un imitador provinciano aguardando la llegada de la modernidad, sino un músico ya consagrado que dialogaba con ella desde Capri. Después grabó versiones italianas de canciones anglosajonas, entre ellas Girl, sin abandonar por eso el napolitano ni su identidad musical.

La relación de Peppino di Capri con el Festival de Sanremo fue larga, intensa y, a ratos, casi matrimonial: quince participaciones entre 1967 y 2005, con sus entusiasmos, sus desencuentros y dos victorias. La primera llegó en 1973 con Un grande amore e niente più; la segunda, en 1976, con Non lo faccio più. Entre medias hubo canciones que quedaron por debajo en la clasificación y bastante por encima en la memoria popular, que suele ser un jurado menos ceremonioso y, a la larga, más justo.

También en 1973 publicó Champagne, el tema que terminó convirtiéndose en su tarjeta de visita universal. La canción fue escrita por Mimmo di Francia, su colaborador y cuñado, y llegó a Peppino cuando todavía llevaba el título provisional Una coppa di champagne. Él intuyó que allí había algo más que una pieza romántica: una pequeña representación teatral sobre la despedida, el orgullo herido y una copa utilizada como escudo.

Champagne ha sonado desde entonces en bodas, despedidas, restaurantes y películas, además de noches cuya solemnidad probablemente no la merecía. Esa es la suerte de los clásicos populares: dejan de pertenecer a quien los grabó y empiezan a servir para todo, incluso para situaciones contrarias al sentido de la letra. Peppino la interpretaba con contención, casi conversando, porque sabía que una emoción bien afinada no necesita que el cantante se arroje al suelo.

En 2023 regresó al escenario del Ariston para recibir el Premio Ciudad de Sanremo a la trayectoria. Era el reconocimiento formal a un artista que había acompañado al festival durante más de medio siglo y había sobrevivido a modas, formatos, jurados y presentadores. No es poca cosa; Sanremo cambia cada año para seguir siendo Sanremo, mientras algunos de sus mejores músicos permanecen precisamente porque nunca se empeñaron en parecer nuevos.

En 1991 representó a Italia en el Festival de Eurovisión, celebrado en Roma, con Comme è ddoce ’o mare. Cantó íntegramente en napolitano y terminó en séptima posición con 89 puntos. Lo hizo mucho antes de que la industria cultural descubriera que las lenguas regionales podían venderse como autenticidad cuidadosamente empaquetada. En su caso no había campaña: el napolitano era el lugar desde el que cantaba.

La elección reflejaba toda su carrera. Peppino di Capri podía adaptar un éxito estadounidense, competir en Sanremo, abrir para los Beatles y viajar por Brasil, Alemania o España, pero seguía regresando al sonido de Nápoles y al mar de Capri. Su música fue internacional sin volverse intercambiable, una forma de cosmopolitismo bastante más fértil que borrar el acento para no incomodar a nadie.

Roberta apareció en 1963 y tomó el nombre de su primera esposa, la modelo turinesa Roberta Stoppa. El tema se llamaba inicialmente Lo sai, pero el cantante decidió rebautizarlo e introducir el nombre de ella en la letra. La canción terminó siendo uno de sus mayores éxitos internacionales: íntima, sencilla, ligeramente dolida. No necesitaba exhibir una tragedia; le bastaba un piano y esa voz que parecía pedir disculpas incluso cuando formulaba un reproche.

Champagne ofrecía una escena distinta, más adulta y nocturna: una relación acabada, un brindis que no celebra nada y un hombre intentando conservar la compostura. Entre ambas canciones transcurre buena parte del personaje artístico de Peppino di Capri. El enamorado ingenuo y el caballero vencido, siempre con la corbata en su sitio. Su repertorio entendió algo que la música romántica olvida con frecuencia: el amor también está hecho de ironía, silencios incómodos y frases que llegan tarde.

Las primeras reacciones han recordado al músico cercano además del artista. Tullio De Piscopo lo describió como memoria histórica de la música italiana; el alcalde de Nápoles, Gaetano Manfredi, anunció que la ciudad buscará una forma adecuada de preservar su legado. Capri guardará luto oficial mientras su Piazzetta, acostumbrada al ruido elegante del verano, despide al vecino que convirtió el nombre de la isla en firma artística.

Peppino di Capri no fue solo la voz de Champagne ni una reliquia amable de los años sesenta. Modernizó la canción napolitana, introdujo el rock and roll en el salón italiano, ganó dos veces Sanremo, cantó en Eurovisión y mantuvo durante más de sesenta años una identidad reconocible. Pianista antes que celebridad, músico antes que personaje, supo vivir dentro de la canción popular sin despreciarla ni convertirla en una caricatura.

Quedan los discos, las grabaciones y ese modo suyo de apoyar las manos en el piano antes de empezar, como quien se dispone a contar algo en voz baja. Capri seguirá oliendo a sal, limones y crema solar. En algún restaurante sonará Champagne al caer la noche y alguien levantará una copa sin conocer ya toda la historia. Ahí empieza la posteridad de verdad: cuando la canción continúa aunque el nombre necesite ser explicado.

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