Historia
Muere Hamad bin Khalifa Al Thani: ¿cómo transformó el Qatar moderno?
La muerte de Hamad bin Khalifa Al Thani despide al emir que convirtió Qatar en potencia energética, financiera y diplomática a escala global.

Resumen
- Muere Hamad bin Khalifa Al Thani, antiguo emir y arquitecto del Qatar moderno
- El gas, Al Jazeera y el fondo soberano multiplicaron la influencia de Doha
- Su legado combina modernización, poder diplomático y escasa apertura política
El antiguo emir de Qatar Hamad bin Khalifa Al Thani ha muerto este domingo, 12 de julio de 2026, a los 74 años. El Diwan del Emir, máximo órgano de la jefatura del Estado, confirmó el fallecimiento durante la mañana sin comunicar hasta ahora la causa. Las autoridades han decretado cuatro días de luto nacional, con las banderas a media asta y la suspensión de la actividad en ministerios y organismos públicos desde el lunes 13 hasta la reincorporación de los empleados el domingo 19.
Su muerte despide a la figura que gobernó Qatar entre 1995 y 2013 y convirtió una pequeña monarquía del golfo Pérsico en una potencia energética, financiera y diplomática con una influencia bastante mayor que su tamaño. Gas natural licuado, Al Jazeera, fondos soberanos, mediaciones internacionales y un Mundial de fútbol: casi todas las palancas con las que Doha pesa en el mundo llevan, de una forma u otra, la huella de Hamad.
Muere el antiguo emir de Qatar a los 74 años
Hamad bin Khalifa recibió en Qatar el tratamiento de Padre Emir desde que cedió el poder a su hijo Tamim bin Hamad Al Thani en junio de 2013. Aquella retirada voluntaria fue excepcional en una región donde los tronos suelen abandonarse con mucha menos naturalidad, por enfermedad irreversible, fallecimiento o mediante esas discretas reorganizaciones familiares que, traducidas al lenguaje corriente, acostumbran a llamarse golpes palaciegos.
La oración fúnebre fue anunciada para después del rezo del magreb de este domingo en la mezquita Imam Muhammad bin Abdul Wahab, en Doha, antes del entierro en el cementerio de Lusail. El emir Tamim recibiría las condolencias de dirigentes extranjeros, miembros de la familia Al Thani y representantes de la sociedad catarí en el palacio de Lusail. Qatar ha detenido buena parte de su pulso institucional para despedir a quien diseñó su salto al escaparate mundial.
El gas que cambió el horizonte de Doha
Nacido en Doha en enero de 1952, Hamad estudió en la Real Academia Militar de Sandhurst y se incorporó a las Fuerzas Armadas de Qatar después de graduarse en 1971. En 1977 fue nombrado heredero y ministro de Defensa; años más tarde presidió el órgano encargado de la planificación económica. Es decir, cuando alcanzó el trono no llegó precisamente con una libreta vacía. Conocía el aparato militar, las cuentas públicas y, sobre todo, la extraordinaria reserva de riqueza que dormía bajo las aguas del Golfo.
Su gran apuesta fue acelerar la explotación del North Field, uno de los mayores yacimientos de gas natural del planeta, y construir la infraestructura necesaria para enfriar ese gas, licuarlo y enviarlo por barco a mercados lejanos. La primera exportación catarí de gas natural licuado salió a finales de 1996; en 2006, Qatar se había convertido en el primer exportador mundial, y en 2010 alcanzó una capacidad anual de 77 millones de toneladas. El desierto empezó a llenarse de tuberías, terminales, grúas y edificios de cristal. El dinero, desde luego, también llegó.
Durante sus 18 años de reinado, el producto interior bruto catarí a precios corrientes pasó de unos 30.000 millones de riales a cerca de 735.000 millones, más de 24 veces su nivel inicial, según las cifras difundidas por la agencia estatal. La renta por habitante creció desde alrededor de 60.000 hasta 370.000 riales. Son datos oficiales y, por tanto, retratan el balance con la iluminación amable del palacio; aun así, la magnitud del cambio económico resulta difícil de discutir.
Del golpe contra su padre a una abdicación insólita
Hamad llegó al poder el 27 de junio de 1995 al deponer a su padre, Khalifa bin Hamad Al Thani, mientras este se encontraba fuera del país. Fue un golpe incruento, una de esas sucesiones familiares que no necesitan tanques recorriendo avenidas porque el auténtico movimiento ocurre tras las puertas del palacio. El nuevo emir tenía 43 años y un programa acelerado: modernizar el Estado, explotar el gas y emancipar la política exterior catarí de la sombra saudí.
La paradoja llegó en 2013. El dirigente que había apartado a su padre cedió voluntariamente el mando a su hijo Tamim bin Hamad Al Thani, entonces de 33 años. No renunció porque una revuelta amenazara el régimen ni porque el ejército llamara a la puerta. Argumentó que había llegado el momento de una nueva generación, con nuevas ideas y energías. El relevo ordenado aseguró la continuidad del sistema y dejó a Tamim un país rico, conectado y ya acostumbrado a jugar varias partidas diplomáticas a la vez.
Al Jazeera, el Mundial y una cartera de iconos
En 1996 nació Al Jazeera, la cadena que rompió el tono dócil y ceremonioso dominante en buena parte de la televisión árabe. La emisora dio espacio a opositores, debates políticos y críticas que irritaron a numerosos gobiernos de la región. También fue acusada de adaptar su línea editorial a los intereses estratégicos de Doha. Ambas cosas pueden ser ciertas: revolucionó el ecosistema audiovisual árabe y, al mismo tiempo, multiplicó el poder blando de Qatar con una eficacia que habría despertado la envidia de cualquier ministerio de propaganda.
Hamad impulsó igualmente la creación de la Qatar Investment Authority en 2005 para invertir fuera del país los ingresos acumulados por los hidrocarburos. A partir de ahí, el nombre de Qatar comenzó a aparecer vinculado a inmuebles, bancos, aerolíneas, comercios y empresas occidentales. El emirato compró visibilidad, rentabilidad y relaciones políticas. Un fondo soberano puede ser una hucha; bien utilizado, también es una llave que abre despachos.
El fútbol completó esa estrategia. En diciembre de 2010, Qatar ganó la organización del Mundial de 2022, el primero celebrado en un país árabe y musulmán. Hamad apareció sosteniendo el trofeo tras el anuncio, una imagen que condensaba el proyecto entero: un Estado diminuto, con la población de una gran ciudad, ocupando el centro del escenario global. La concesión desencadenó una gigantesca transformación urbana, aunque también expuso al país a investigaciones sobre el proceso de elección y a una intensa crítica por las condiciones de los trabajadores migrantes.
Una diplomacia capaz de hablar con casi todos
La política exterior de Hamad siguió una regla bastante sencilla de formular y mucho más difícil de ejecutar: no depender de un único aliado. Qatar consolidó su relación militar con Estados Unidos y acogió instalaciones esenciales para el Mando Central estadounidense, mientras mantenía canales abiertos con Irán, Hamas, los talibanes y los Hermanos Musulmanes. Aquella elasticidad incomodaba a Washington, irritaba a Riad y, sin embargo, convertía a Doha en una mesa útil cuando otros interlocutores ni siquiera se hablaban.
Bajo su mandato, Qatar intervino como mediador internacional en crisis de Líbano, Darfur, Yemen y Afganistán. El Acuerdo de Doha de 2008 ayudó a desactivar una grave confrontación política libanesa, mientras que la diplomacia catarí patrocinó negociaciones y reconciliaciones de resultado desigual en otros conflictos. No era filantropía geopolítica. Mediar daba prestigio, protección y acceso; una póliza de seguro tejida con conversaciones.
Esa política tuvo un reverso polémico. La cercanía con movimientos islamistas y la cobertura de Al Jazeera alimentaron la desconfianza de varios vecinos del Golfo. Los críticos acusaron a Qatar de sostener actores desestabilizadores; Doha defendió que mantener contactos no equivalía a compartir sus objetivos. Hamad dejó así una diplomacia hábil e incómoda, a veces contradictoria: aliada de Occidente, socia gasística de medio mundo y anfitriona de grupos que otros gobiernos preferían no recibir ni en la antesala.
Reformas visibles sin una democracia liberal
La modernización del emir no se limitó al gas. En 1995 se creó la Fundación Qatar para impulsar la educación, la ciencia y la investigación; después llegaron la Ciudad de la Educación, universidades extranjeras, museos, hospitales y nuevas infraestructuras. También se levantó la censura previa de la prensa local, desapareció el Ministerio de Información y las mujeres obtuvieron el derecho a votar y presentarse en las elecciones municipales de 1999.
La Constitución permanente fue aprobada en referéndum en 2003 y entró en vigor en 2004, con referencias a la separación de poderes, las libertades y la participación ciudadana. Pero Qatar continuó siendo una monarquía hereditaria sin partidos políticos y con una capacidad muy limitada para fiscalizar al poder. La modernización avanzó deprisa en aeropuertos, universidades y balances empresariales; en pluralismo político caminó con zapatos bastante más pesados.
También persistieron problemas graves relacionados con los derechos laborales, la libertad de expresión, la situación de las mujeres y la persecución de las relaciones entre personas del mismo sexo. El legado de Hamad no cabe, por tanto, en la cómoda postal del gobernante visionario ni en la caricatura del autócrata enriquecido por el gas. Construyó instituciones, abrió espacios antes inexistentes y elevó el nivel de vida de los ciudadanos cataríes, pero nunca convirtió esa apertura en una democracia comparable a las occidentales.
El hombre se va, su arquitectura permanece
Hamad bin Khalifa Al Thani gobernó un país pequeño como quien maneja una embarcación ligera entre petroleros: aprovechando cada corriente, sin dejar de vigilar a los gigantes. Transformó el gas en riqueza, la riqueza en inversiones, las inversiones en influencia y la influencia en seguridad. Pocas biografías políticas explican con tanta claridad cómo un territorio reducido puede ampliar su tamaño en el mapa sin mover una sola frontera.
El actual emir, Tamim bin Hamad Al Thani, heredó y prolongó esa arquitectura. La diplomacia mediadora, la relación con Estados Unidos, los canales con Irán y los movimientos palestinos, la expansión del fondo soberano y el uso del deporte como escaparate nacieron o maduraron durante el mandato de su padre. El Qatar contemporáneo, con sus luces intensas y sus zonas de sombra, es en buena medida la obra de Hamad.
Su muerte llega cuando Doha ya no necesita presentarse ante el mundo: organiza negociaciones, abastece de energía, posee activos estratégicos y ocupa un lugar fijo en las conversaciones sobre Oriente Próximo. Ese fue el triunfo político del antiguo emir. Logró que un país fácil de pasar por alto se volviera imposible de ignorar.

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