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¿Cómo será el USS Defiant, el buque de guerra de 17.000 millones?
El USS Defiant aspira a ser el gran buque de guerra de EEUU frente a China: coste, arsenal, riesgos y dudas tras un proyecto militar colosal.

Resumen
- El USS Defiant es aún un proyecto naval, no un buque operativo
- Su coste estimado alcanza 17.000 millones y su arsenal sigue sin cerrar
- China impulsa el plan, pero astilleros y retrasos amenazan su futuro
El USS Defiant no es todavía un buque de guerra navegando hacia el Pacífico, ni siquiera una nave cuya quilla haya sido colocada públicamente. Es el nombre reservado para el futuro BBG-1, primer acorazado lanzamisiles de la llamada clase Trump y pieza central de la “Golden Fleet” con la que Estados Unidos pretende recuperar capacidad industrial, potencia de fuego y presencia naval frente al avance de China.
La cifra de 17.000 millones de dólares tampoco es el precio de un contrato cerrado. Es una estimación inicial que todavía puede variar mientras se decide el diseño, la propulsión y el arsenal definitivo. El presupuesto naval para el año fiscal 2027 contempla 837 millones para investigación y desarrollo y otros 1.000 millones para compras anticipadas; la adquisición formal del primer barco está prevista, de momento, para el ejercicio de 2028. Mucho dinero, sí, pero aún lejos de tener un gigante gris terminado junto al muelle.
De momento, una maqueta con nombre de acorazado
La prueba más tangible de que el proyecto ha pasado del discurso político al trabajo técnico es, curiosamente, una maqueta. El Centro de Guerra Naval de Superficie de Carderock confirmó en junio de 2026 que sus especialistas estaban perfeccionando un modelo a escala del futuro USS Defiant, presentado meses antes en un simposio de la Marina. El equipo añadió ventanas al puente, marcas en la cubierta de vuelo, celdas de lanzamiento vertical, pequeños helicópteros y otros detalles del concepto naval.
La propia Marina continúa definiéndolo como un acorazado futuro propuesto. No es una precisión menor. El modelo sirve para estudiar volúmenes, disposición de sistemas y apariencia general, pero no equivale a un plano cerrado de construcción. En otras palabras: Washington ya ha impreso el barco en tres dimensiones, aunque todavía debe resolver cómo fabricarlo en acero, con qué motores moverlo y cuánto costará realmente mantenerlo durante varias décadas.
El nombre apareció en diciembre de 2025, cuando Donald Trump anunció la creación de una nueva clase de grandes buques de combate. El plan comenzaría con dos unidades y podría crecer, según la ambición presidencial, hasta 20 o 25 acorazados. Una flota colosal sobre el papel; el papel, como saben bien los astilleros, desplaza exactamente cero toneladas.
Un arsenal flotante entre el destructor y el portaaviones
El concepto sitúa al USS Defiant en una categoría peculiar. Su código BBG-1 combina la denominación histórica de los acorazados, “BB”, con la letra que identifica a los buques armados con misiles guiados. No sería un portaaviones ni una resurrección literal de los Iowa de la Segunda Guerra Mundial, con gruesos cinturones de acero y cañones de 406 milímetros. Se parecería más a un enorme crucero lanzamisiles concebido como centro de mando y plataforma de ataque a larga distancia.
Las primeras dimensiones difundidas colocan su desplazamiento entre 30.000 y 40.000 toneladas, más del doble que un destructor furtivo de la clase Zumwalt y alrededor de cuatro veces el tamaño de un Arleigh Burke. Exceptuando los portaaviones, sería uno de los mayores combatientes de superficie construidos por Estados Unidos desde mediados del siglo XX.
Ese tamaño permitiría transportar más armamento, combustible, sensores, generadores eléctricos y equipos de mando. También ofrecería reservas de espacio y energía para incorporar tecnologías todavía inmaduras. Ahí está parte del atractivo: construir no solo para las armas disponibles, sino para las que quizá funcionen dentro de quince años.
Misiles hipersónicos, láseres y una cubierta para aeronaves
Las especificaciones preliminares incluyen espacio para misiles Conventional Prompt Strike, proyectiles hipersónicos diseñados para alcanzar objetivos lejanos a enorme velocidad; varios sistemas láser, artillería electromagnética o railgun, equipos avanzados de guerra electrónica y una cubierta capaz de operar aeronaves V-22 Osprey y futuros helicópteros. La dotación estimada se movería entre 650 y 850 personas, muy por encima de la habitual en los grandes destructores modernos.
El buque también ha sido presentado como plataforma para misiles de crucero lanzados desde el mar con cabezas nucleares. Conviene separar dos conceptos que suelen mezclarse: portar armas nucleares no significa necesariamente disponer de propulsión nuclear. El secretario de la Marina, John Phelan, ha dejado abierta la posibilidad de instalar un reactor, pero esa decisión no está tomada y encarecería notablemente el programa.
Los láseres y el cañón electromagnético aportan ese brillo futurista tan agradecido en una ilustración, aunque su integración plantea dudas reales. Son sistemas que demandan cantidades enormes de electricidad, refrigeración y mantenimiento; el railgun, en particular, lleva años tropezando con el desgaste de sus componentes y con dificultades para convertir una demostración de laboratorio en un arma naval fiable. El Defiant quiere ser una navaja suiza de 40.000 toneladas. Falta saber cuántas hojas podrán abrirse a la vez.
De dónde salen los 17.000 millones de dólares
La estimación inicial sitúa al primer USS Defiant por encima de los 17.000 millones de dólares, unos 4.000 millones más que un portaaviones de la clase Ford según la comparación ofrecida por responsables navales. No obstante, los primeros ejemplares de cualquier clase suelen absorber los gastos de diseño, pruebas, nuevas cadenas de suministro y corrección de fallos; las unidades posteriores deberían resultar más baratas, al menos en la teoría contable.
El presupuesto solicitado no entrega de una vez esos 17.000 millones. Los 1.837 millones planteados para 2027 financiarían investigación, ingeniería y componentes que requieren largos plazos de fabricación. La compra principal llegaría en 2028 y necesitaría la aprobación del Congreso, probablemente distribuida durante varios ejercicios. El coste anunciado es, pues, una referencia temprana, no una factura definitiva.
Las estimaciones independientes tampoco dibujan un barco barato. Algunos cálculos sitúan una nave de este tamaño en torno a los 9.000 millones durante una producción regular y acercan el primer ejemplar a 13.500 millones antes de incorporar inflación, retrasos o tecnologías especialmente complejas. La cifra de 17.000 millones no parece, bajo esa luz, una extravagancia imposible; más bien una advertencia escrita con muchos ceros.
China está al fondo de todo el proyecto
El USS Defiant se vende como respuesta al crecimiento de la Marina china, pero la competición no consiste simplemente en contar barcos como quien cuenta fichas sobre una mesa. Pekín ha concentrado gran parte de su estrategia en la primera cadena de islas, el arco que atraviesa Japón, Taiwán y Filipinas, y ha desarrollado misiles capaces de amenazar bases, portaaviones y rutas logísticas estadounidenses a grandes distancias.
China posee una flota numéricamente mayor y una industria naval capaz de producir buques comerciales y militares a un ritmo difícil de igualar. Estados Unidos conserva ventajas sustanciales en submarinos nucleares, aviación embarcada, experiencia operativa, alianzas y capacidad de actuar lejos de sus costas, pero afronta un problema incómodo: debe cruzar medio océano para combatir en una zona rodeada de sensores, aeródromos y misiles chinos.
La presión asiática explica el intento estadounidense de aumentar rápidamente su potencia ofensiva. La flota dispone de miles de celdas de lanzamiento vertical repartidas entre buques de superficie y submarinos, pero estudia cómo añadir más misiles antes del final de la década, incluso instalando lanzadores en barcos existentes, mercantes adaptados o plataformas no tripuladas.
El Defiant propone otra receta: no repartir únicamente el arsenal, sino concentrar una parte enorme en un barco especialmente protegido y conectado. Sería un puño naval visible desde muy lejos. También, claro, un objetivo que el adversario no necesitaría buscar con lupa.
La apuesta naval y el cuello de botella industrial
Durante los últimos años, la doctrina estadounidense ha favorecido las operaciones marítimas distribuidas: numerosos barcos separados, enlazados mediante sensores y comunicaciones, capaces de lanzar ataques coordinados sin ofrecer al enemigo una única pieza decisiva. Frente a cientos de misiles antibuque, concentrar demasiado poder en una sola plataforma puede parecer tan prudente como guardar todas las llaves de casa bajo el mismo felpudo.
El USS Defiant se aparta parcialmente de esa lógica. Sus defensores consideran que una gran plataforma dispone de mejores radares, defensas aéreas más densas, mayor autonomía y suficiente potencia eléctrica para derribar drones y misiles con armas de energía dirigida. También podría actuar como nodo de mando para destructores, submarinos, aeronaves y sistemas no tripulados.
Los críticos ven el reverso: un buque extremadamente caro obliga a rodearlo de escoltas, submarinos, aviones y barcos logísticos. Si queda dañado, la pérdida operativa y política sería inmensa. Y ningún casco, por sofisticado que sea, disfruta de invulnerabilidad frente a salvas masivas, torpedos, minas, ataques cibernéticos o satélites que revelan su posición. La guerra naval moderna tiene poca consideración por la nostalgia.
Estados Unidos no carece de diseños ambiciosos; carece, sobre todo, de astilleros con margen suficiente para construirlos en plazo. Los grandes programas navales acumulan miles de millones en sobrecostes y años de demora. A comienzos de 2026, varios proyectos calculaban entregar barcos después de la fecha contractual y algunas unidades arrastraban retrasos superiores a tres años.
Faltan soldadores, mecánicos, montadores de tuberías e ingenieros experimentados. Las instalaciones envejecen y, al mismo tiempo, deben producir submarinos estratégicos Columbia, submarinos Virginia, destructores, portaaviones, buques anfibios y unidades auxiliares. La Marina calcula que la industria necesitará cientos de miles de trabajadores adicionales durante la próxima década; sus astilleros públicos y diques secos cargan, en muchos casos, con décadas de servicio a sus espaldas.
El peligro es que el Defiant absorba personal, presupuesto y capacidad industrial de programas menos espectaculares, pero imprescindibles. Un acorazado puede dominar las fotografías; un petrolero, un buque de municiones o un taller flotante mantiene la guerra en marcha. Sin esa retaguardia, el gigante se convierte en una fortaleza con el depósito vacío.
Entre el símbolo y el acero
El USS Defiant representa una idea reconocible: responder al ascenso chino recuperando una gran nave de prestigio, cargada de misiles y tecnologías avanzadas, capaz de encabezar grupos de combate y mostrar la bandera estadounidense sin modestia. Tiene nombre, clasificación, presupuesto preliminar y maqueta oficial. Todavía no tiene un diseño congelado, un astillero anunciado públicamente ni una fecha firme de entrada en servicio.
Algunos analistas sitúan una eventual incorporación durante la primera mitad de la década de 2030, siempre que el Congreso mantenga la financiación y el programa sobreviva a cambios de gobierno, revisiones técnicas y sobrecostes. Es una condición considerable: en la construcción naval, ocho o diez años dan para muchas ceremonias y también para unas cuantas cancelaciones discretas.
Estados Unidos quiere que el Defiant sea la respuesta visible al poder marítimo de China. Antes tendrá que demostrar algo más prosaico: que puede diseñarlo sin convertirlo en un catálogo de armas inmaduras, financiarlo sin vaciar otros programas y construirlo sin repetir los retrasos que atenazan a su flota. El océano admite discursos grandiosos. El acero, bastante menos.

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