Naturaleza
¿Por qué el pato Merlín dispara la venta de aves en México?
Merlín convierte a los patos en moda mundialista en México y destapa una historia incómoda de ventas, vacío legal y abandono animal.

Resumen
- Merlín disparó la venta de patos pekín en mercados de Ciudad de México
- Veterinarios alertan de un vacío legal que deja a estas aves desprotegidas
- El abandono en canales o reservas puede acabar con la muerte de los animales
La fama de Merlín, el pato que México ha adoptado como mascota sentimental del Mundial, ha abierto una grieta bastante menos simpática que sus vídeos con camiseta verde: la venta masiva de crías de pato pekín americano en mercados de Ciudad de México. En el centro de la capital, EFE constató la descarga de cientos de ejemplares hacinados en cajas, vendidos por unidad o al por mayor por entre 30 y 50 pesos, unos 1,72 a 3 dólares. Barato como un llavero. Vivo como un animal que necesita agua limpia, alimento, espacio y cuidados.
El problema no es Merlín. Merlín, de hecho, parece cuidado por su familia y se convirtió en fenómeno viral tras aparecer con la camiseta de México durante la Copa Mundial de 2026; incluso llegó a la conferencia matutina de Claudia Sheinbaum y fue descrito por la prensa internacional como el pato de dos años que se robó una parte del escaparate mundialista. El problema es la fotocopia cutre del fenómeno: comprar un pato por impulso, porque “se parece a Merlín”, y abandonarlo cuando el encanto baja, el olor sube y la realidad entra por la cocina.
La fiebre Merlín llega al mercado
La escena tiene algo de postal torcida. Camionetas descargando patitos de madrugada, cajas de cartón, recuentos apresurados, vendedores que murmuran la palabra mágica —Merlín— como quien activa una caja registradora. En el mercado de mascotas ubicado en la alcaldía Venustiano Carranza, las ventas han crecido al calor del ave mundialista y los comerciantes reconocen que el pato “se vende bien”. Normal: cuesta poco, cabe en una caja y entra por los ojos.
La raza en cuestión, el pato pekín americano, no es un juguete de temporada. Es un ave doméstica, criada tradicionalmente para producción de carne o huevo, no para vivir en un piso pequeño ni para desfilar por la ciudad como accesorio futbolero. Requiere agua para limpiar pico y ojos, dieta adecuada, higiene constante y un entorno protegido. Dicho sin barniz: un pato no es un peluche con patas naranjas.
La moda, como casi todas las modas con animales, funciona con un mecanismo sencillo y algo cruel. Primero llega la ternura: el vídeo viral, la camiseta diminuta, el “qué mono”. Luego llega el mercado. Después, muchas veces, el cansancio. Y al final aparece el canal, el parque, el estanque, ese falso “lo libero para que viva feliz” que en realidad puede ser una condena.
El vacío legal que deja a los patos en tierra de nadie
El veterinario zootecnista Jorge Monroy López, docente de la UNAM, lo resume con una expresión incómoda: vacío legal. Los patos pekín, al no ser tratados por la Profepa como fauna silvestre bajo la Ley General de Vida Silvestre y al quedar encuadrados por otros marcos como animales de producción, terminan sin una figura clara como animales de compañía.
Ahí empieza el limbo. Para la autoridad ambiental federal, puede no ser fauna silvestre. Para la lógica agropecuaria, puede ser producción. Para quien lo compra en una caja, es mascota. Para el animal, todas esas categorías administrativas importan entre poco y nada: o recibe cuidados, o enferma; o tiene espacio y manejo adecuado, o sufre.
La Profepa sí mantiene canales de denuncia ambiental y actúa frente a la tenencia y compraventa irregular de fauna silvestre o exótica, pero el caso de los patos domésticos deja una zona gris especialmente útil para quienes comercian con ellos sin certificados, sin trazabilidad y sin demasiadas preguntas. México, país de burocracias densas y grietas muy transitables, vuelve a demostrar que entre una ley y otra cabe un camión lleno de animales.
Comprar sin certificado también es comprar a ciegas
Monroy López alerta también sobre la compra de animales sin documentación. No es un detalle menor. Cuando un ave se vende sin certificado, el comprador no sabe de dónde viene, en qué condiciones fue criada, qué manejo sanitario tuvo, si estuvo mezclada con animales enfermos o si forma parte de una cadena irregular. Una mascota adquirida como capricho puede traer detrás una historia bastante menos tierna que la foto para redes.
En el caso de los mercados y las ventas en línea, el problema se vuelve más resbaladizo. La preocupación alcanza a los marketplace de grandes plataformas, donde la compraventa de animales puede moverse con rapidez, entre anuncios fugaces, perfiles opacos y entregas que dejan poco rastro. La mascota convertida en paquete. Un clic, una transferencia, una caja.
La Brigada de Vigilancia Animal de Ciudad de México tiene entre sus funciones el rescate y protección de animales en abandono o maltrato, el retiro de ejemplares en riesgo y los operativos contra la venta ilegal de animales en vía pública o anomalías en establecimientos. No es un adorno institucional: es precisamente el tipo de engranaje que se vuelve decisivo cuando la moda se desmadra.
Cuando acaba la ternura: canales, abandono y muerte
La parte más dura llega después de la compra. Los especialistas temen que muchas de estas aves acaben “liberadas” en canales, parques o reservas urbanas, como la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, descrita por animalistas como uno de esos lugares donde terminan demasiadas mascotas que sus dueños ya no quieren. La palabra suena dulce. El resultado, casi nunca.
“Liberar” un pato doméstico no es devolverlo a la naturaleza. Es dejarlo solo en un entorno para el que no está preparado. Un ave criada en cautividad no sabe buscar alimento como una parvada adaptada al lugar, puede ser atacada o rechazada por otros patos y queda expuesta a perros, contaminación, hambre y enfermedades. Abandonar no es liberar. Es desplazar la culpa unos metros más lejos.
Alejandra Loera Valencia, responsable del santuario Alitas Felices, ha participado en rescates de crías de pato abandonadas en la vía pública y de ejemplares adultos domesticados en el Canal Nacional, donde pueden ser atacados o rechazados por aves silvestres. Su temor es claro: que la fiebre por Merlín pase, como pasan las canciones del verano, y dentro de dos meses aparezcan más patos tirados. Sin épica. Sin Mundial. Solo animales fuera de sitio.
Merlín no es el culpable: el símbolo se volvió mercancía
Conviene separar al pato real del negocio que crece a su sombra. Merlín se hizo famoso porque apareció en la calle, con su familia, en plena euforia mundialista. Su imagen con camiseta de México lo convirtió en fenómeno viral y lo llevó hasta la conferencia presidencial. De pronto, un pato doméstico pasó a ocupar el lugar que antes reservábamos a las mascotas oficiales, los cromos, los cánticos y esas pequeñas supersticiones futboleras que parecen inofensivas hasta que alguien las monetiza.
La FIFA puso un límite sensato: Merlín pudo entrar al perímetro del Estadio Azteca para una grabación, pero no permanecer en el recinto durante un partido, por normas que prohíben animales en los estadios para proteger su bienestar. Hasta el fútbol, ese gran templo del disparate organizado, entendió algo básico: una multitud, ruido, calor, focos y empujones no son necesariamente un buen sitio para un animal.
La contradicción está servida. Merlín se convierte en icono de ternura popular; la industria informal responde llenando cajas de patitos. Un animal querido por una familia puede terminar inspirando la compra de otros muchos que no tendrán esa suerte. Pasa con perros de película, con gatos de redes, con peces de moda, con conejos de Pascua. Cambia el animal. El guion, casi nunca.
Qué dice este fenómeno sobre México y sus animales
México arrastra una crisis de abandono animal de enorme escala. Las estimaciones citadas por organizaciones y medios mexicanos hablan de cerca de 30 millones de animales en situación de calle, aunque no existe un censo oficial que mida con precisión el abandono de aves domésticas. La cifra, aun tomada como aproximación, dibuja un paisaje saturado: refugios desbordados, rescates privados, voluntarios haciendo de dique con las manos.
En Ciudad de México, la legislación local establece como objetivo proteger a los animales, garantizar su bienestar, brindar buen trato, manutención, alojamiento, desarrollo natural y salud, además de evitar maltrato, crueldad y sufrimiento. Sobre el papel, el principio está claro. En la calle, como siempre, la tinta se enfrenta al polvo, al comercio informal y a la idea persistente de que un animal barato es un animal prescindible.
El caso Merlín deja una lección social bastante nítida: si un pato viral puede disparar compras impulsivas, el problema no está en el pato, sino en una cultura que confunde cariño con posesión rápida. Tener un animal exige constancia, dinero, espacio, veterinario y responsabilidad. Lo demás es decoración emocional. Bonita en pantalla. Mala vida fuera de ella.
El pato que puso el espejo delante
Merlín podría acabar siendo algo más que una anécdota simpática del Mundial. La animalista Alejandra Loera Valencia lo planteó con una imagen poderosa: el pato tiene micrófono y podría hablar por su especie. No hablará, claro. Graznará, como mucho. Pero alrededor de ese graznido se escucha bastante: mercados que venden al ritmo de la moda, autoridades atrapadas entre competencias, compradores que improvisan mascotas y santuarios que luego recogen las consecuencias.
La historia empezó con una camiseta verde y un ave caminando entre aficionados. Podría terminar con cientos de patos abandonados cuando el Mundial apague sus luces. O podría servir para recordar algo muy elemental, casi antiguo: un animal no se compra porque esté de moda. Menos aún porque salga bien en la foto.

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