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¿Qué busca Trump al hablar con Putin mientras Zelenski exige firmeza?

Trump se mueve entre Putin y Zelenski mientras Kiev reclama firmeza de EE.UU. La guerra de Ucrania entra en una fase delicada para Occidente

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acuerdo Putin y Trump sobre Irán

Resumen

  • Trump habló con Putin y Zelenski antes de la cumbre de la OTAN en Ankara
  • Kiev pide firmeza de EEUU y más defensa aérea ante los misiles rusos
  • Putin negocia sin ceder y Ucrania teme una paz con concesiones territoriales

Donald Trump ha vuelto a colocarse en medio de la guerra de Ucrania con una llamada de casi 90 minutos a Vladimir Putin y otra conversación posterior con Volodímir Zelenski, justo antes de la cumbre de la OTAN en Ankara. El movimiento llega con una idea sencilla, al menos en apariencia: presentarse como el dirigente capaz de desbloquear una guerra enquistada, aunque el campo de batalla, las condiciones rusas y la urgencia ucraniana no caben precisamente en una frase de campaña.

Zelenski ha pedido firmeza estadounidense porque sabe que la diplomacia sin defensas aéreas suena muy bien en los salones, pero bastante peor bajo los misiles. La conversación con Trump, descrita por Kiev como positiva, incluyó la situación en el frente de unos 1.200 kilómetros y el compromiso de seguir hablando durante la cumbre de la OTAN. La guerra, mientras tanto, no se ha detenido para dejar sitio a la foto: Rusia volvió a golpear Kiev con misiles y drones, con al menos 11 muertos, según los primeros balances.

Trump vuelve al centro del tablero ucraniano

La llamada entre Trump y Putin se produjo el 4 de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos, con Moscú cuidando mucho la escenografía. El Kremlin la presentó como una conversación “constructiva” y “de trabajo”, esa clase de lenguaje diplomático que sirve para decir algo sin decirlo todo. Yuri Ushakov, asesor de Putin, aseguró que Trump ofreció ayuda para encontrar una salida a la guerra y que Rusia sigue defendiendo una solución político-diplomática, aunque “teniendo en cuenta” sus posiciones de fondo. Ahí está el truco, o el muro.

La posición rusa no ha cambiado en lo esencial. Moscú insiste en que cualquier acuerdo debe reconocer su control sobre el Donbás, una exigencia que Ucrania rechaza porque supondría premiar la invasión y convertir la frontera en una cicatriz legalizada. Putin habla de negociación, sí, pero su ejército sigue presionando en el este y el Kremlin mantiene el relato de que avanza sobre el terreno. Kiev, por su parte, niega algunas de esas conquistas anunciadas por Moscú, como la de Kostiantynivka, ciudad estratégica de Donetsk que Rusia dice haber tomado y Ucrania afirma seguir defendiendo.

Zelenski pide a Washington algo más que buenas palabras

Zelenski sabe que Trump quiere aparecer como pacificador. También sabe que Ucrania no necesita solo un mediador con teléfono directo a Moscú, sino munición, escudos antiaéreos y garantías políticas. Por eso su mensaje sobre la determinación estadounidense no es una cortesía para quedar bien con la Casa Blanca: es una forma elegante de decir que sin Estados Unidos no hay presión suficiente sobre Putin.

El presidente ucraniano ha elevado en los últimos días el tono sobre los misiles Patriot, convertidos en una obsesión razonable para Kiev. No por fetichismo militar, sino porque los Patriot son una de las pocas herramientas capaces de interceptar misiles balísticos rusos. Tras los últimos bombardeos, Ucrania volvió a subrayar que la falta de interceptores deja agujeros en el cielo. Y esos agujeros caen sobre bloques de viviendas, estaciones eléctricas, hospitales, colegios. La geopolítica, cuando baja al suelo, huele a polvo, gas quemado y escaleras reventadas.

La cumbre de Ankara, escaparate y prueba de realidad

Trump tiene previsto reunirse con Zelenski durante la cumbre de la OTAN en Turquía, donde también quiere empujar a los aliados a aumentar el gasto en defensa. Según un alto funcionario estadounidense, el frente lleva meses prácticamente congelado y ninguna de las dos partes logra avances decisivos. Esa lectura alimenta la prisa de Trump: si nadie gana claramente, quizá haya margen para vender una negociación. El problema es que una guerra congelada no es una guerra apagada. Es hielo con artillería debajo.

La cita de Ankara llega con varias capas superpuestas. Europa mira a Trump con prudencia porque su relación con la OTAN siempre ha tenido algo de regateo inmobiliario: cuánto pagas, qué recibes, quién se está aprovechando. Turquía, anfitriona, vuelve a ocupar un lugar útil entre Moscú, Kiev y Occidente. Y Ucrania llega con una prioridad muy concreta: más defensa aérea, más presión sobre Rusia y menos ambigüedad. La palabra paz queda estupenda en un comunicado; la palabra Patriot, para Kiev, salva vidas.

Putin escucha, pero no cede

Putin aceptó hablar largo y tendido con Trump porque le conviene. No hay misterio. Cada llamada con Washington le devuelve una parte del protagonismo internacional que Occidente intentó arrebatarle tras la invasión de febrero de 2022. Le permite aparecer como interlocutor inevitable, no como agresor aislado. Y, de paso, explotar las dudas dentro del bloque occidental, donde conviven la fatiga de guerra, los cálculos electorales, el miedo al coste económico y esa vieja tentación europea de llamar realismo a la resignación.

La retórica rusa mantiene una doble vía: proclama disposición diplomática y, al mismo tiempo, sostiene demandas máximas. Moscú acusa a Kiev y a sus aliados europeos de prolongar la guerra, mientras sus fuerzas continúan los ataques y el Kremlin exige condiciones territoriales que Ucrania considera inaceptables. Es la diplomacia del martillo: se habla de paz mientras se golpea la mesa. A veces, también ciudades.

La guerra sigue hablando más alto que los teléfonos

Los últimos ataques sobre Kiev explican por qué Zelenski mide cada palabra dirigida a Trump. Rusia lanzó una nueva oleada de misiles y drones contra la capital ucraniana en vísperas de la cumbre aliada, con edificios residenciales dañados y civiles atrapados bajo los escombros. Las defensas ucranianas derribaron parte de los proyectiles, pero los misiles más avanzados volvieron a exponer la falta de interceptores Patriot. Esa es la parte que ningún comunicado puede maquillar demasiado.

La guerra de Ucrania ha entrado en una fase incómoda para todos. Rusia no ha conseguido una victoria rápida ni limpia; Ucrania resiste, pero depende de armas occidentales para sostener su defensa; Europa quiere firmeza, aunque teme el desgaste; Estados Unidos vuelve a tener en Trump a un presidente que mezcla presión, espectáculo y diplomacia personal. Es una combinación poderosa, sí. También imprevisible. Y en una guerra de desgaste, la imprevisibilidad puede abrir puertas o romper cerraduras.

El dilema de Trump: mediador o vendedor de paz

Trump quiere convertir su relación con Putin en una palanca. Esa es su apuesta. Cree que la política exterior funciona mejor cuando se reduce a jefes hablando entre ellos, sin demasiada liturgia, sin demasiados papeles, sin demasiados diplomáticos respirando por la nuca. A veces esa vía permite desbloquear conflictos; otras, los simplifica hasta deformarlos. Ucrania no es un malentendido entre líderes. Es una invasión, una ocupación parcial, una guerra con miles de muertos y un problema jurídico básico: qué ocurre con la soberanía de un país cuando el agresor exige quedarse con parte del botín.

Para Kiev, el riesgo es evidente. Una negociación acelerada podría terminar presionando más al invadido que al invasor, sobre todo si Washington busca un resultado rápido para exhibirlo como éxito político. Zelenski intenta evitar esa trampa con un mensaje calibrado: agradece la implicación de Trump, celebra la conversación, pero recuerda que la “resolución” estadounidense será decisiva. Traducido del idioma presidencial al castellano de la calle: hablar está bien; aguantar a Putin, mejor.

La paz no se improvisa en una llamada

La llamada de Trump a Putin importa porque confirma que Washington vuelve a intentar mover las piezas principales de la guerra. Importa también porque Zelenski ha visto una oportunidad y una amenaza en el mismo gesto: oportunidad, si Trump usa su influencia para reforzar a Ucrania y presionar al Kremlin; amenaza, si convierte la paz en un acuerdo rápido con demasiadas concesiones territoriales. Ahí está el nervio de la noticia.

Putin gana tiempo cuando habla sin ceder. Zelenski gana aire si consigue que Estados Unidos mantenga armas, sanciones y respaldo político. Trump gana escenario si logra presentarse como el hombre que puede cerrar una guerra que otros no han sabido apagar. Pero la paz en Ucrania no depende solo de una llamada larga ni de una frase rotunda. Depende de algo menos vistoso: condiciones verificables, garantías de seguridad, defensa aérea suficiente y una verdad incómoda para cualquier vendedor de soluciones exprés. Rusia empezó esta guerra. Ucrania no puede pagar sola el precio de terminarla.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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