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¿Por qué Marta Gómez abandonó llorando el plató de ‘Malas lenguas’?

Marta Gómez dejó el plató de TVE entre lágrimas tras acusar a Jesús Cintora de humillarla. La escena en directo que sacudió ‘Malas lenguas’.

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RTVE sube a Cintora al prime time

Resumen

  • Marta Gómez dejó llorando ‘Malas lenguas’ tras acusar a Cintora
  • Cintora negó la humillación y dijo que solo pidió respetar el turno
  • El incidente reabrió el debate sobre trato y precariedad en televisión

Marta Gómez Montero abandonó entre lágrimas el plató de ‘Malas lenguas Noche’, en La 2, después de acusar al presentador Jesús Cintora de haberla humillado. La periodista se negó a responder a una pregunta sobre las polémicas declaraciones de Alberto Núñez Feijóo acerca del absentismo laboral, recogió sus papeles, se quitó el micrófono y salió del estudio en pleno directo.

No fue uno de esos enfados televisivos que duran hasta publicidad. Gómez Montero aseguró que llevaba tiempo soportando una situación dolorosa por razones económicas y familiares. Su frase, «no me vas a volver a humillar», revelaba un conflicto anterior que la audiencia desconocía. Cintora negó que en el programa se humillara a nadie y explicó después que únicamente le había pedido, mediante un gesto, que respetara el turno de palabra.

El momento en que Marta Gómez Montero dijo basta

El incidente ocurrió durante la emisión del sábado 11 de julio. La mesa analizaba las palabras de Feijóo sobre el absentismo y las bajas laborales cuando Cintora dio paso a Marta Gómez Montero. Ella no entró en el debate político. Con la voz rota, comunicó que no pensaba contestar y dijo sentirse «absolutamente humillada».

La colaboradora afirmó que había aguantado durante mucho tiempo para pagar las facturas y por sus hijos, pero que ya no podía continuar. No detalló qué episodios concretos habían provocado ese desgaste ni señaló a otros integrantes del espacio. Su reproche estuvo dirigido directamente a Jesús Cintora, sentado a pocos metros, mientras el resto de los tertulianos asistía en silencio a una escena que ya no cabía en la escaleta.

Antes de marcharse recurrió a El coronel no tiene quien le escriba, la novela de Gabriel García Márquez. Recordó el áspero diálogo final entre el coronel y su esposa y remató con una declaración difícil de rebajar para horario familiar: «Prefiero comer mierda». Después se levantó, agarró sus documentos y abandonó el estudio llorando.

Del debate político a una ruptura personal

La televisión de tertulia vive de la interrupción, del gesto impaciente y de esa coreografía en la que cuatro voces intentan atravesar la misma puerta. Aquí ocurrió algo distinto. Gómez Montero no discutió una idea ni protestó porque le cortaran una intervención: presentó la situación como el último capítulo de un trato humillante continuado.

Ese matiz importa. La emisión demuestra que la periodista formuló la acusación y que estaba visiblemente afectada, pero las imágenes no permiten establecer por sí solas qué había sucedido antes ni si existió un patrón de comportamiento vejatorio. Hasta el momento no se ha conocido un relato público detallado de esos antecedentes por parte de Gómez Montero.

La respuesta de Jesús Cintora tras la espantada

Cintora reaccionó inicialmente con desconcierto. Preguntó a la colaboradora qué le ocurría y, cuando ella ya había salido, sostuvo que «aquí no se humilla a nadie». También pronunció un seco «ella sabrá», una expresión que, en una escena tan cargada, cayó sobre el plató como una carpeta cerrada de golpe.

Esther Palomera tomó entonces la palabra para intentar devolver el programa al terreno del debate. Reconoció que lo sucedido había dejado mal cuerpo a quienes se encontraban en el estudio. La conversación continuó, aunque el contenido político había quedado reducido a ruido de fondo. Cuando alguien abandona llorando, incluso la tertulia más disciplinada pierde el hilo.

Minutos después, Cintora ofreció una explicación más extensa. Señaló que solo había hecho un gesto para pedir a Gómez Montero que esperase su turno de palabra y recordó que esa indicación se traslada habitualmente a todos los colaboradores. Añadió sus disculpas en caso de que se hubiera sentido mal y afirmó que estaba invitada a regresar cuando quisiera.

El debate sobre Feijóo que quedó sepultado

La pregunta que desencadenó el episodio estaba relacionada con las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo sobre el absentismo laboral. El líder del PP había defendido la necesidad de combatir lo que calificó como un «cáncer» que España no puede pagar y cuestionó que un trabajador mantenga iguales ingresos y prestaciones cuando acude a su puesto que cuando no lo hace.

Las palabras abrieron una fuerte controversia porque mezclaban el debate sobre el absentismo injustificado con las bajas médicas. El propio PP reconoció posteriormente que Feijóo no se había explicado bien, aunque insistió en la necesidad de abordar el aumento de las ausencias laborales. Gobierno y sindicatos replicaron que una incapacidad temporal reconocida por un médico no equivale a faltar voluntariamente al trabajo.

Era, en teoría, la cuestión que Marta Gómez Montero debía analizar. Pero su negativa cambió por completo el centro de gravedad del programa. De la Seguridad Social se pasó a la dignidad profesional; de las estadísticas laborales, a una mujer quitándose el micrófono con las manos temblorosas. La televisión es así de frágil: prepara durante horas una discusión y termina contando aquello que nadie había previsto.

Un desencuentro que no nació aquella noche

Gómez Montero utilizó la expresión «no me vas a volver», de modo que su acusación remitía a experiencias anteriores. Ambos habían mantenido desacuerdos en emisiones recientes. En junio, por ejemplo, Cintora interrumpió una intervención suya sobre Víctor de Aldama para rebatir una afirmación acerca de la situación judicial del empresario.

Aquel choque puede ayudar a comprender que la relación televisiva ya tenía aristas, pero no basta para explicar la reacción del sábado. Presentarlo como la causa sería rellenar con imaginación el espacio que todavía ocupan los hechos no aclarados. Ni Gómez Montero ha vinculado públicamente su salida a un episodio específico ni se conoce, por ahora, una versión más amplia sobre lo ocurrido fuera de cámara.

Quién es Marta Gómez Montero

Marta Gómez Montero es una periodista especializada en información política, particularmente en la actividad parlamentaria y en el seguimiento del Partido Popular. Inició su trayectoria en la televisión autonómica gallega y trabajó durante unos 15 años en la Cadena SER. También ha participado en espacios de Telemadrid, Antena 3 y Trece.

Su presencia en Malas lenguas no era ocasional. Había formado parte de numerosas mesas del programa junto a periodistas y analistas de sensibilidades políticas distintas. Esa continuidad profesional convierte la escena en algo más serio que el enfado de una invitada recién llegada: quien se marchó conocía el formato, sus ritmos y las maneras del presentador.

El episodio también ha expuesto la precariedad de los colaboradores televisivos. Cuando Gómez Montero explicó que había aguantado para pagar facturas y mantener a sus hijos, introdujo en directo una realidad poco glamurosa: detrás de las luces, los rótulos y las discusiones nacionales hay profesionales que dependen de cada intervención para sostener su economía.

Una acusación que RTVE no puede reducir a un mal gesto

Hasta el mediodía del 12 de julio no constaba una declaración pública posterior de Marta Gómez Montero ni una decisión comunicada por RTVE sobre su continuidad. La única respuesta emitida en el programa fue la de Cintora, que negó cualquier intención de humillarla, ofreció disculpas por el malestar causado y dejó abierta la puerta a su regreso.

La escena exige algo más que escoger rápidamente un bando en las redes sociales. Una periodista ha denunciado sentirse humillada; un presentador sostiene que se limitó a ordenar el debate. Ambas afirmaciones forman parte de los hechos, pero no pesan igual que una investigación interna, los testimonios del equipo o una explicación completa de la protagonista.

Malas lenguas nació para desmontar discursos, contrastar mensajes y separar información de propaganda. Ahora ese mismo criterio tendrá que aplicarse dentro de casa. Porque el ruido televisivo admite casi todo —aspavientos, interrupciones, egos con micrófono—, pero cuando una profesional abandona llorando, despacharlo como un simple problema de turnos resulta demasiado cómodo. Y bastante poco convincente.

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