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Naturaleza

¿Por qué la mariposa monarca sigue en mínimos en EEUU?

La mariposa monarca del oeste repunta en California, pero sigue en mínimos históricos: 12.260 ejemplares y presión para declararla amenazada.

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mariposa monarca sigue en mínimos

La mariposa monarca del oeste repunta en California, pero sigue en mínimos históricos: 12.260 ejemplares y presión para declararla amenazada.

La mariposa monarca del oeste, la que pasa el invierno sobre todo en la costa de California, sigue en “mínimos históricos” pese a un pequeño repunte: el recuento realizado entre noviembre y diciembre de 2025 contabilizó 12.260 ejemplares en 249 puntos del estado. Es más que en 2024, cuando se registraron 9.119, pero la lectura general no cambia: continúa siendo el tercer dato más bajo desde 1997, el año en que este seguimiento empezó a tomar forma con regularidad y método.

Con ese número en la mesa, la National Wildlife Federation (NWF) pidió el jueves 29 de enero que el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE. UU. deje de aplazar la decisión y registre a la monarca como especie amenazada. La científica Rebeca Quiñonez-Piñón, en nombre de la organización, lo resumió con una frase que suena a ultimátum, sin melodrama: cifras tan bajas marcan una tendencia de declive y, si se pretende salvar a la monarca, hace falta protección oficial ya, sin más prórrogas.

Un conteo que no es solo un número

El dato de 12.260 no nace de una suposición al aire. Es el resultado de un recuento coordinado en plena temporada de invernada, cuando las monarcas del oeste se agrupan en arboledas y parques de la franja costera de California, buscando ese punto exacto entre humedad y temperatura que les permita resistir meses sin gastar energía a lo loco. Ahí es donde el conteo se vuelve posible: las mariposas se “apagan” un poco, cuelgan en racimos y se dejan ver, como si el invierno las ordenase en un inventario natural. En esos 249 puntos se cuentan individuos, se comparan tendencias, se anotan localizaciones; la cifra final se publica como fotografía de una población que, año tras año, parece más frágil.

La comparación con 2024 —9.119— puede tentar a una lectura amable, casi optimista, pero el contexto la enfría: que suba algo un año no significa recuperación cuando se viene de niveles críticos. Y el antecedente que más pesa, por puro contraste, es 2020, el peor registro hasta la fecha, con 1.901 monarcas. Entre esos mínimos y el leve rebote de 2025 hay una realidad incómoda: una población pequeña oscila con facilidad, se vuelve vulnerable a cualquier golpe, y la variación interanual deja de ser “ruido” para convertirse en síntoma de precariedad. Por eso la NWF insiste en la etiqueta de “amenazada”: no por la palabra, sino por las consecuencias prácticas que arrastra.

California, el refugio de invierno que se estrecha

La monarca occidental vive una paradoja muy californiana: depende de una costa inmensa, pero en la práctica necesita enclaves concretos, parches de vegetación que funcionen como refugio. En invierno, las mariposas buscan arboledas que amortigüen el frío nocturno, que no se recalienten en las horas de sol y que mantengan cierta humedad; si el lugar se seca, se calienta o queda expuesto al viento, el coste energético sube y la mortandad puede dispararse. El hábitat de invernada no es un decorado; es una pieza de supervivencia. Y ahí entra el gran enemigo silencioso: la pérdida y fragmentación del hábitat. Donde antes había continuidad de espacios verdes, ahora hay cortes, vallas, carreteras, urbanizaciones, cambios en el arbolado, mantenimiento agresivo en parques, podas fuera de temporada… y, a veces, incendios que alteran el paisaje durante años.

Además, la costa de California se ha vuelto un tablero imprevisible. Una temporada puede traer tormentas que tiran ramas y abren claros; otra, un otoño anormalmente cálido que mantiene actividad cuando debería haber reposo; otra, sequía y vegetación debilitada que pierde capacidad de ofrecer microclimas estables. En poblaciones grandes, la naturaleza se permite fallos. En poblaciones pequeñas, cada fallo pesa. El resultado se ve en la frase que se repite en los comunicados: “mínimos históricos”. Suena grandilocuente, pero aquí es literal. Y no se trata solo de cuántas monarcas hay, sino de cuántas llegan a reunirse en sitios de invernada con condiciones adecuadas para sostener la migración como fenómeno, no como recuerdo.

Dos poblaciones, dos inviernos y una misma alarma

La monarca no es una única historia, sino dos, y conviene no mezclarlas. Está la población oriental, la más numerosa, que pasa el invierno en las montañas del centro de México, y está la población occidental, la que se refugia principalmente en California. Son rutas distintas, inviernos distintos, presiones parecidas. La oriental cruza grandes distancias hacia bosques de altura; la occidental se pega al Pacífico y busca refugios costeros. En ambos casos, la migración no es un viaje individual de una única mariposa “heroica” que va y vuelve: es un relevo por generaciones. Varias generaciones se suceden para completar el ciclo anual, con crías que nacen, se alimentan, se desplazan, se reproducen y mueren mientras otra generación toma el testigo.

Esa mecánica de relevo hace que la especie dependa de una red de lugares: zonas de cría con la planta adecuada, corredores con flores para alimentarse, refugios de invernada estables. Si se rompe un tramo, el resto se resiente. Y aquí entra el detalle biológico que lo explica casi todo: la monarca pone huevos en el algodoncillo (conocido también como milkweed), porque las orugas lo necesitan para desarrollarse. Sin algodoncillo, la reproducción cae. Sin reproducción, el relevo generacional se descompone. Y cuando el relevo falla, la migración deja de ser migración y se convierte en una suma de movimientos dispersos, más cortos, menos sincronizados, más vulnerables. Por eso el debate ya no es “si hay menos mariposas este año”, sino si el sistema que las sostiene —hábitat de cría, alimento, refugio— sigue funcionando como red.

Para qué sirven de verdad las monarcas

Reducir a la monarca a “mariposa bonita” es quedarse en la superficie. Su papel en el ecosistema empieza por algo básico: como adulto, se alimenta de néctar y, al visitar flores, contribuye a la polinización de plantas silvestres. No es la polinizadora más eficiente del planeta, no compite con ciertas abejas en cantidad de polen transportado, pero sí forma parte de ese ejército de insectos que sostiene la reproducción de muchas especies vegetales. Y cuando se habla de polinización, se habla de algo muy poco poético y muy concreto: que haya semillas, frutos, continuidad de plantas y alimento para otros animales. En esa cadena, cada eslabón pequeño suma.

La monarca, además, funciona como especie paraguas sin necesidad de eslóganes. Proteger lo que necesita —algodoncillo para las larvas, plantas con flor para el néctar, refugios invernales con microclimas adecuados— beneficia a otros insectos polinizadores, a aves insectívoras, a reptiles y anfibios que dependen de ecosistemas más variados. Cuando se restaura un corredor de plantas nativas, cuando se reduce el uso indiscriminado de químicos, cuando se conserva vegetación que antes se consideraba “maleza”, lo que se está haciendo es ensanchar el margen de vida para muchas especies, no solo para una mariposa icónica. Y ese carácter icónico, sin romanticismos, tiene un valor práctico: la monarca es visible, reconocible, se puede contar. Cuando un insecto tan conocido cae a mínimos históricos, el mensaje suele ser que el problema es mayor que una sola especie.

Lo que las empuja hacia abajo: químicos, clima y un mapa roto

La NWF lo resumió con tres causas principales que se repiten una y otra vez porque encajan con lo que se ve en el terreno: cambio climático, pérdida y fragmentación del hábitat y uso excesivo e innecesario de pesticidas. No es una frase comodín; es un diagnóstico con piezas que se refuerzan entre sí. La pérdida de hábitat no es solo que desaparezcan sitios de invernada; es que se reduzcan también las zonas de cría y los corredores de alimentación. La fragmentación es aún más traicionera: no hace falta arrasar todo un paisaje, basta con cortarlo en pedazos para que deje de ser útil para una especie migratoria que depende de continuidad.

Pesticidas: el golpe que no siempre se ve

Cuando se habla de pesticidas suele imaginarse una nube y un insecto cayendo, y no siempre es así. A veces el efecto es indirecto: herbicidas que eliminan las plantas donde la monarca pone huevos; tratamientos en campos y jardines que reducen la floración; químicos que permanecen en hojas y tallos y alteran la supervivencia de larvas. La palabra “excesivo” que usa la NWF importa porque sugiere lo que muchos biólogos llevan años señalando: parte del uso de pesticidas no es estrictamente necesario, es hábito, rutina, una forma de “limpiar” la naturaleza para que no moleste. Y la monarca, por definición, necesita naturaleza que moleste un poco: bordes de caminos con plantas silvestres, márgenes de cultivos, praderas, franjas verdes con diversidad.

En el oeste estadounidense, donde la agricultura intensiva convive con grandes áreas urbanas, el problema se vuelve mixto: por un lado, espacios agrícolas con presión química; por otro, entornos urbanos donde el control de plagas se aplica por estética o por prevención, sin calibrar impacto en insectos beneficiosos. Ese choque se nota en la disponibilidad de algodoncillo y plantas de néctar. Y sin esa base vegetal, la monarca es un fantasma naranja: puede verse algún ejemplar, pero no se sostiene una población robusta. Por eso Quiñonez-Piñón insistió en reducir pesticidas como una de las medidas centrales; no es un capricho ambientalista, es atacar un factor de mortalidad y de pérdida de recursos alimentarios.

El clima como ruleta: calor, sequía y extremos

El cambio climático no actúa como un interruptor que se enciende un día. Actúa como una suma de desplazamientos: más olas de calor, sequías más largas, lluvias concentradas en episodios violentos, incendios más frecuentes e intensos, inviernos raros con días demasiado templados y noches que siguen siendo frías. Para una mariposa migratoria, esa inestabilidad es un problema doble. Primero, porque altera la fenología de las plantas: cuándo brotan, cuándo florecen, cuánto néctar ofrecen. Segundo, porque cambia la fisiología y el comportamiento del insecto: cuándo se reproduce, cuánto dura el periodo de reposo invernal, qué tan lejos puede desplazarse sin gastar reservas.

En California, donde la costa suele ser refugio climático, los extremos también han entrado. Y una población pequeña lo acusa de inmediato. Si el otoño llega más cálido, las monarcas pueden mantenerse activas más tiempo, gastar energía y llegar al invierno en peor condición. Si una tormenta fuerte golpea un enclave de invernada, puede destruir ramas y abrir el dosel que da sombra y protección. Si la sequía debilita arboledas, cambia el microclima. Todo eso no se traduce en un titular, pero sí en conteos como el de 12.260: una cifra que revela un sistema bajo estrés sostenido, con escaso margen para absorber golpes.

Un territorio cada vez más discontinuo

La pérdida de hábitat suele contarse como superficie, pero para la monarca lo crucial es la conectividad. La mariposa necesita que, entre el lugar donde nace y el lugar donde inverna, existan escalas con alimento y reproducción. Cuando el territorio se convierte en islas, la migración se vuelve más cara energéticamente y más incierta. A eso se suma una cuestión casi doméstica: el algodoncillo ha sido tratado durante años como mala hierba en muchos lugares, y se ha eliminado de márgenes y campos. El resultado es un paisaje más “ordenado” y, a la vez, más pobre biológicamente.

En el caso de la población occidental, el dato de 249 puntos de conteo también sugiere otra cosa: el seguimiento necesita cubrir muchos lugares porque la distribución puede cambiar con facilidad. Si en un invierno las monarcas se dispersan más, pueden aparecer en pequeñas agrupaciones en muchos sitios y desaparecer de los grandes refugios tradicionales. Eso complica la lectura y, aun así, la tendencia se mantiene: mínimos históricos. No es una cuestión de “se movieron a otro árbol”. Es que hay menos. Y, sobre todo, hay menos con la estabilidad suficiente como para sostener una migración que necesita masa crítica, continuidad y reproducción exitosa.

La presión sobre Washington: especie amenazada y qué implicaría

La petición de la National Wildlife Federation no llega de la nada. En diciembre de 2024, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE. UU. propuso incluir a la mariposa monarca en la lista de especies amenazadas. La propuesta, según se explicó entonces, buscaba frenar el declive y activar herramientas de protección. Pero, a fecha de este nuevo comunicado y del recuento de 2025, esa propuesta todavía no se ha hecho efectiva. Ahí está el núcleo del choque: organizaciones de conservación y científicos piden velocidad; la administración avanza con la lentitud típica de procesos regulatorios complejos, con periodos de revisión, coordinación y, sí, presión política.

Para los defensores de la protección, la etiqueta de “amenazada” no es un gesto simbólico. Permite a la agencia federal coordinar recursos e investigación, diseñar regulaciones específicas y trabajar con un abanico amplio de actores: científicos, agencias gubernamentales, tribus nativas americanas, organizaciones conservacionistas y propietarios privados. También crea un marco formal para priorizar hábitat, fijar criterios y evitar que la conservación dependa solo de proyectos puntuales o de buena voluntad local. Por eso la conservacionista Emma Pelton, de la Sociedad Xerces, remarca que por segundo año consecutivo se registran mínimos históricos y que hace falta actuar sobre hábitat y pesticidas, además de defender políticas favorables a la vida silvestre. Su mensaje no va de heroísmos individuales; va de estructura, de reglas, de escala.

Las monarcas como termómetro de una crisis más grande

Cuando una especie tan conocida cae a cifras como 12.260 en todo un estado como California, lo que aparece es una especie de radiografía del paisaje. La monarca es fácil de reconocer y, por eso, fácil de convertir en señal. Si ella se desploma, suele ser porque el territorio se está volviendo menos habitable para muchos insectos, no solo para ella. Y ese “menos habitable” no es abstracto: es menos plantas nativas, menos flores, más química, más calor extremo, más fragmentación, menos refugios estables. La monarca pone nombre y rostro —o alas— a un problema que, de otra manera, quedaría enterrado bajo palabras técnicas.

Los datos del recuento, vistos en frío, dibujan una historia de resistencia frágil. Sube respecto a 2024, pero sigue en niveles de alarma. En términos de tendencia, no hay un retorno claro a abundancias que permitan hablar de estabilidad; hay, más bien, un suelo que no deja de acercarse. Y en ese contexto, la insistencia de la NWF tiene lógica: sin protección oficial y sin medidas de escala contra los factores que se repiten —pesticidas, clima, hábitat roto—, cada invierno se convierte en una lotería donde el premio es “no caer aún más”.

El repunte de 2025 no cambia el veredicto

La tentación de quedarse con el titular amable —“repunte” — es comprensible, pero engañosa. En un sistema biológico dañado, los pequeños rebotes pueden ocurrir sin que el problema de fondo se resuelva, del mismo modo que una fiebre puede bajar unas horas sin que la infección desaparezca. El recuento de 12.260 monarcas occidentales en California, frente a 9.119 el año anterior, da un respiro estadístico, pero no reescribe el diagnóstico: tercer registro más bajo desde 1997 y una población que ya ha demostrado que puede tocar un fondo aún más duro, como ocurrió en 2020 con 1.901.

Por eso la discusión se ha desplazado del “qué cifra salió este año” al “qué herramientas se activan para que la cifra deje de ser noticia”. Ahí encaja la demanda de Rebeca Quiñonez-Piñón y el énfasis de Emma Pelton: reducir el uso de pesticidas, mitigar el impacto del cambio climático y conservar —de verdad— el hábitat. No es una receta breve ni una solución inmediata; es un paquete de decisiones que se notan en el territorio. Mientras tanto, la monarca occidental sigue colgada del invierno californiano como de una cuerda fina, visible, icónica, y cada vez más escasa: una alarma naranja que, por desgracia, ya no sorprende, pero sigue diciendo lo mismo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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