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Naturaleza

Por qué las borrascas dejan cada vez menos playa en la costa

La erosión costera no empieza con el temporal: años de cambios dejan la playa expuesta cuando llega el oleaje.

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el mar se come las playas con cada borrasca

Después de una borrasca, una playa puede amanecer estrecha, con un escalón abrupto en la arena y el paseo marítimo cubierto de restos. En puntos de Matalascañas, Cataluña y la Comunitat Valenciana, los temporales han dejado daños en accesos, barandillas y equipamientos junto a la orilla. La imagen parece repentina, pero suele revelar un desgaste anterior: el oleaje golpea una costa que, en muchos tramos, ya había perdido arena y espacio para amortiguar su energía.

La erosión no responde a una causa única. Se combinan el fuerte oleaje, la menor llegada de sedimentos desde los ríos, las construcciones demasiado próximas al agua y, de forma creciente, la subida del nivel del mar y los episodios extremos. Una borrasca puede retirar arena de manera temporal o agravar un déficit persistente; distinguir ambas situaciones es esencial. No todo retroceso visible significa que la playa haya desaparecido para siempre, pero tampoco todo lo que se pierde vuelve a su sitio.

El temporal muestra el daño, pero no siempre lo inicia

Una playa no es una superficie fija, sino una franja que cambia con las mareas, las corrientes y el oleaje. Durante un temporal, las olas pueden arrancar arena de la parte alta y desplazarla hacia barras sumergidas, donde queda almacenada mar adentro. Por eso, al bajar la intensidad del oleaje, parte de ese material puede regresar poco a poco. La playa se estrecha de golpe y luego recupera anchura, aunque el proceso no siempre es completo ni ocurre al mismo ritmo en todos los lugares. El aspecto de la costa al día siguiente no basta para medir cuánto sedimento se ha perdido de forma permanente.

El problema se vuelve más serio cuando sucesivos temporales encuentran una playa que no ha tenido tiempo de recomponerse. Si el oleaje intenso se repite y la arena que se desplaza no vuelve, el balance queda en negativo. Entonces aparecen señales como escaleras que quedan colgadas, accesos socavados o un desnivel marcado entre la arena y la parte urbanizada. El temporal funciona como una prueba de esfuerzo: hace visible una fragilidad acumulada que en los meses tranquilos podía pasar inadvertida. La borrasca acelera y expone el desgaste; no necesariamente lo ha creado en una sola noche.

También importa dónde rompe la ola. Un paseo, un muro o una escollera son superficies rígidas; una duna o una playa ancha pueden deformarse y absorber parte de la energía. Cuando el agua alcanza una estructura dura, puede socavar su base, levantar losas o llevarse la arena que la cubría. En Matalascañas, los temporales han dejado precisamente daños en paseos y servicios costeros, mientras en otros tramos de Cataluña y Valencia se han visto playas muy rebajadas. El mismo oleaje causa efectos distintos según la anchura de la playa y lo que encuentre detrás de ella.

La arena también depende de lo que baja por los ríos

La arena de una playa forma parte de un circuito. Los ríos transportan sedimentos desde el interior hasta la costa, y las corrientes y el oleaje los redistribuyen a lo largo del litoral. Parte del material se guarda en dunas y barras submarinas, que actúan como reservas. Si ese aporte fluvial disminuye, el mar sigue moviendo arena, pero el sistema recibe menos material para compensar lo que los temporales desplazan o dispersan. El catedrático Miguel Ortega, especialista en gestión de puertos y costas e hidráulica litoral, identifica esa reducción de sedimentos como una de las piezas centrales del problema. Una playa puede perder su capacidad de recuperación mucho antes de que el déficit resulte evidente a simple vista.

Presas, embalses y otras regulaciones de los ríos retienen parte de los materiales que antes podían llegar a las desembocaduras. Estas infraestructuras cumplen funciones sociales y económicas, pero también pueden alterar el suministro natural de sedimentos al litoral. No significa que una presa explique por sí sola la erosión de una playa concreta: intervienen la forma de la costa, las corrientes, los temporales y las obras próximas. Sí ayuda a entender por qué una playa castigada no siempre vuelve a ganar terreno cuando se calma el mar. Si entra menos arena de la que sale, el sistema pierde reservas y cada episodio intenso encuentra menos margen.

Las obras costeras pueden cambiar ese reparto. Puertos, diques y espigones alteran la deriva litoral, el movimiento de arena paralelo a la costa. Una estructura puede favorecer la acumulación en un lado y reducir el paso de sedimentos hacia el otro; el tramo que gana arena no siempre indica que el conjunto haya mejorado. El desequilibrio puede aparecer más lejos y tardar en hacerse visible. Por eso, cuando una intervención parece resolver el problema local, conviene observar también los sectores vecinos y la evolución del sistema completo. La costa no termina en el límite municipal: la arena que se retiene en un punto puede faltar en otro.

Una playa estrecha tiene menos defensa natural

Las dunas son algo más que montículos de arena. Guardan sedimentos, moderan el efecto del viento y pueden ofrecer espacio para que la playa cambie de forma ante el oleaje. Los humedales costeros también contribuyen a amortiguar impactos. Cuando esas zonas se eliminan o quedan sepultadas por paseos, aparcamientos y urbanizaciones, la costa pierde parte de su capacidad de adaptación. Greenpeace ha señalado que la urbanización reduce la resiliencia del litoral, entre otras razones, al ocupar dunas y humedales. Una playa con espacio para moverse puede responder de forma distinta a otra encajada entre el mar y el hormigón.

Cuando detrás de la playa hay edificios o infraestructuras, la arena no puede desplazarse tierra adentro con libertad. El litoral queda atrapado entre el agua y una barrera fija. Si el nivel del mar o el oleaje empujan la línea costera hacia tierra, la playa pierde anchura en vez de migrar. Esa situación, conocida como encajonamiento costero, explica por qué algunos paseos y accesos quedan expuestos incluso cuando el temporal no es excepcional. El mar no avanza por capricho hasta el cemento: la falta de espacio reduce el colchón natural que separa las olas de lo construido.

La ocupación de la primera línea también crea una presión constante para defender lo que ya existe. Tras los daños llegan las reparaciones, los refuerzos y, a veces, nuevas estructuras rígidas. Proteger viviendas, servicios y espacios públicos es una preocupación legítima, pero cada obra necesita considerar sus efectos sobre la arena y los tramos próximos. Además, si se repone exactamente lo que se rompió en el mismo lugar, sin revisar el riesgo, el resultado puede repetirse. La vulnerabilidad no está solo en la fuerza del mar, sino también en cuánto se ha acercado la actividad humana a su recorrido.

Las señales locales de una costa en retroceso

En el litoral de Nules y otros municipios del sur de Castellón, la asociación local Platges de Nules ha vinculado la regresión de la costa con las alteraciones del transporte de áridos y con la construcción y ampliación del puerto de Borriana, iniciada a finales de los años veinte del siglo pasado. La entidad ha señalado que algunos tramos habrían perdido más de 150 metros de anchura respecto a referencias históricas. Es una reivindicación local que pone el foco en una historia larga: el problema no se limita al último temporal ni a una sola playa. En esa franja, la pérdida de arena se describe como un proceso de décadas, con efectos que alcanzan a Nules, Moncofa, Xilxes y Almenara.

La discusión sobre las actuaciones pendientes también forma parte del paisaje costero. Tras el temporal Gloria se aprobó en Nules, en febrero de 2020, una declaración institucional en defensa del litoral sur. La asociación ha reclamado una intervención integral y ha diferenciado entre los tramos donde se han acometido trabajos, como parte de Les Marines, y playas como Bovalar, l’Alcúdia y Serratelles, para las que ha pedido medidas de protección o regeneración. El caso muestra por qué el consenso sobre la necesidad de actuar no resuelve por sí solo qué obra conviene ni cuándo llega. La distancia entre los anuncios y la ejecución puede dejar expuestos los mismos puntos temporada tras temporada.

En El Portil, en Huelva, los temporales también han puesto en evidencia la estrechez de algunos sectores y la cercanía de viviendas, pasarelas y carreteras. En episodios recientes descritos por vecinos, el agua avanzó sobre la playa y amenazó accesos; la preocupación no se limitaba a las construcciones, sino a la pérdida de la propia franja arenosa que las protege. Son ejemplos distintos, pero comparten un rasgo: cuando la playa ya es estrecha, unos pocos metros de retroceso tienen consecuencias visibles para el uso cotidiano y para las infraestructuras. La costa puede pasar de una playa utilizable a un frente expuesto sin que el cambio se distribuya de forma uniforme.

El cambio climático agrava un problema que ya tenía raíces

La subida del nivel del mar modifica la altura de partida desde la que actúa el oleaje. Puede hacer que las olas alcancen con más facilidad zonas que antes quedaban menos expuestas y aumentar la frecuencia de los impactos sobre playas estrechas o estructuras próximas. A ello se suma la posibilidad de episodios intensos y temporales encadenados, que dejan menos tiempo para la recuperación. Elvira Jiménez, portavoz de Greenpeace, ha descrito la subida del nivel del mar como un factor crónico y los fenómenos extremos como golpes puntuales capaces de amplificar sus efectos. Cuando ambos coinciden con una costa urbanizada y con poco sedimento, el daño puede crecer más que la suma de cada factor por separado.

Eso no significa que el cambio climático explique por sí solo todo retroceso observado hoy. Ortega ha subrayado la importancia de la construcción cerca de la orilla y de la falta de aportes fluviales, y ha matizado que la subida del mar todavía no es la única explicación para muchos casos. La diferencia entre una tendencia global y las causas concretas de un tramo importa: un puerto, una playa sin dunas o un déficit local de sedimentos pueden tener un peso decisivo. La explicación más rigurosa no elige entre clima y urbanismo, sino que identifica cómo se combinan en cada lugar.

El efecto del clima también se acumula. Unos pocos milímetros de subida anual pueden parecer irrelevantes frente a una ola que levanta varios metros de agua, pero el nivel de referencia influye en dónde y con qué frecuencia descarga su energía el oleaje. En una costa ancha, el cambio puede ser más fácil de absorber; en otra, pegada a un paseo rígido, un aumento pequeño puede traducirse en más ocasiones de impacto directo. Ortega ha planteado que el retroceso asociado al cambio climático podría apreciarse más en un horizonte de 20 o 30 años, aunque la evolución depende de las condiciones de cada litoral. El riesgo se construye por acumulación y no siempre aparece de golpe en una única cifra.

Por qué un espigón o una aportación de arena no bastan siempre

Los espigones y diques pueden proteger un tramo o favorecer que la arena se acumule en un sector, pero también modificar las corrientes y el transporte litoral. Si la obra interrumpe el movimiento natural de sedimentos, otro punto puede quedar con menos aporte. El resultado depende de la forma de la costa, de la orientación del oleaje y de la escala de la intervención. De ahí que una solución eficaz en un lugar no se pueda copiar automáticamente en el siguiente. El litoral responde como un sistema conectado, no como una suma de parcelas aisladas.

La regeneración artificial, mediante aportaciones de arena, puede recuperar anchura y ofrecer un margen temporal, por ejemplo en playas de gran uso. Sin embargo, si la causa del déficit permanece, el material añadido puede volver a dispersarse con los temporales. No es necesariamente una medida inútil: puede cumplir una función concreta, pero sus resultados dependen de la disponibilidad de sedimento, del diseño y del comportamiento del tramo. Presentarla como una reparación definitiva sin atender al balance de arena crea expectativas difíciles de sostener. Si el sistema sigue perdiendo más de lo que recibe, la reposición tiende a convertirse en mantenimiento repetido.

Las defensas de hormigón también tienen límites. Pueden resguardar ciertas infraestructuras, pero no recrean una playa ni garantizan que el oleaje deje de afectar a los sectores cercanos. En ocasiones, el agua y las corrientes se concentran o cambian de comportamiento junto a la estructura. El hecho de que un muro siga en pie no demuestra que la dinámica costera esté equilibrada. Por eso, las decisiones técnicas deben valorar no solo la resistencia de la obra, sino también qué ocurre con la arena y con los tramos colindantes. Más estructura no equivale necesariamente a más seguridad para toda la costa.

Naturalizar, reforzar o dejar espacio al litoral

La recuperación de dunas y humedales, la retirada de obstáculos que interrumpen el movimiento de arena y la reducción de la exposición de ciertas infraestructuras forman parte de las opciones de naturalización. No siempre son posibles en una costa densamente construida, y tampoco eliminan todos los riesgos. Su objetivo es recuperar funciones que una playa degradada ha perdido: almacenar sedimentos, disipar energía y permitir cambios naturales de forma. La naturaleza no detiene el mar, pero puede ofrecer una defensa flexible que una superficie rígida no proporciona.

La ingeniería, por su parte, aporta cálculos y soluciones necesarias para proteger infraestructuras que seguirán expuestas. El arquitecto Sigfrido Herráez ha advertido de que algunos desarrollos urbanísticos han quedado obsoletos y ha defendido revisar los coeficientes de seguridad y la planificación de las estructuras. La lluvia y el viento no son las únicas cargas que deben considerarse en una franja costera: también cuentan el oleaje, las mareas y la capacidad de la playa para amortiguarlos. Reconstruir tras un destrozo exige revisar el riesgo, no limitarse a reproducir el diseño anterior.

En ciertos lugares aparece una posibilidad más difícil: el retroceso planificado, es decir, retirar o reubicar de manera ordenada algunos elementos expuestos para devolver espacio a la playa. No es una solución sencilla ni aplicable de forma idéntica en todas partes. Afecta a usos consolidados, a propiedades y a decisiones políticas, pero permite reconocer que defender cada metro de primera línea puede resultar inviable o trasladar el daño a otro punto. Se puede plantear por fases y empezar por equipamientos reubicables, aunque cada caso necesita una evaluación específica. La elección real no siempre es entre salvarlo todo o abandonarlo, sino entre distintas formas de reducir la exposición.

La próxima borrasca encontrará una costa con menos margen

Un informe elaborado en 2024 por varios centros de investigación recogía la convergencia de varios factores: erosión, reducción de sedimentos retenidos por presas y embalses, aumento del nivel del mar y daños causados por temporales. Esa combinación coincide con las explicaciones de especialistas en costas, organizaciones ambientales y profesionales de la arquitectura. El litoral español no afronta un fenómeno idéntico en cada municipio, pero sí una presión común: usos intensivos junto al agua y una dinámica natural que no se detiene porque haya paseos, viviendas o servicios. El temporal permite ver en pocas horas lo que el déficit de arena y la ocupación de la costa han ido preparando durante años.

Tras cada episodio vuelve la decisión inmediata: qué reparar, qué reforzar y qué reconstruir de otra manera. En lugares como Matalascañas, Nules o El Portil, el deterioro de paseos, accesos y playas conecta el problema físico con la seguridad y la vida local. La urgencia de restaurar un servicio no elimina la necesidad de valorar sus efectos sobre la costa; tampoco significa que todas las defensas deban retirarse. El diagnóstico ha de considerar las particularidades de cada tramo, la procedencia de la arena, las obras existentes y la exposición de quienes viven o trabajan allí. La respuesta más resistente empieza por entender qué proceso está dañando cada playa y qué consecuencias tendrá la intervención alrededor.

Las borrascas seguirán formando parte del clima costero, pero sus efectos dependen en buena medida del estado previo de la playa. Donde hay sedimentos, dunas y espacio, el litoral puede absorber mejor los cambios; donde faltan arena y margen, el oleaje llega antes a las infraestructuras. El debate no consiste solo en decidir cuánto hormigón añadir después de cada destrozo, sino en determinar qué elementos se pueden proteger, cuáles deben adaptarse y dónde conviene devolver terreno al sistema natural. El mar no inventa la fragilidad de una costa en una noche: la hace visible cuando ya queda poco espacio para ceder.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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