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Naturaleza

Por qué Rumanía recupera el 94% de sus envases y España no

El depósito convierte botellas y latas en envases retornables, pero desplegarlo en España exige resolver un reto logístico.

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Pagar para reciclar funciona

En Rumanía, devolver una botella o una lata permite recuperar un depósito de 0,50 leu, equivalentes a 50 bani, y el sistema ha registrado picos de retorno de hasta el 94% de los envases incluidos. En España, en cambio, el contenedor amarillo sigue siendo la vía habitual y el Sistema de Depósito, Devolución y Retorno (SDDR) aún no funciona a escala nacional. El contraste no se explica porque aquí falte una ley: pesan el retraso en los objetivos de recogida, la complejidad de organizar miles de puntos de retorno y las dudas sobre cómo encajar el nuevo circuito con el que ya existe.

La expresión pagar por reciclar puede llevar a engaño. El dinero que se recupera no es un premio, sino un depósito que se adelanta al comprar la bebida y se devuelve al entregar el envase. España tiene que desplegar un sistema de este tipo tras no alcanzar el objetivo de recogida separada de botellas de plástico fijado para 2023, aunque el calendario legal y la capacidad real de ponerlo en marcha no son lo mismo. Esa diferencia está en el centro del debate sobre cuándo llegará a las tiendas.

Rumanía convirtió el envase en un retorno pendiente

El sistema rumano lo gestiona RetuRO y aplica un depósito de 0,50 leu por cada envase de bebida incluido. El importe se paga junto con la compra y se recupera al devolver la botella o la lata en un punto habilitado, que puede ser una máquina en una gran superficie o un mostrador atendido manualmente. La operación se integra en el recorrido habitual de compra: llevar los envases al comercio no exige, en principio, organizar un viaje específico para reciclar.

Las cifras difundidas por el operador han llegado a mostrar cientos de millones de unidades recogidas en un mes y tasas de retorno de hasta el 94% en periodos de máxima actividad. Ese porcentaje no significa que Rumanía recicle el 94% de todos sus residuos ni de todos los envases que produce. Se refiere a los envases de bebidas identificados y sujetos al sistema. La precisión importa: el depósito captura un flujo concreto, especialmente expuesto a perderse en la calle, en papeleras o entre residuos mezclados.

También cuenta el estado en que vuelve el material. Una botella recogida por separado suele llegar menos contaminada que otra mezclada con restos de comida u otros residuos; lo mismo ocurre con las latas. Recuperar más envases y conservarlos en mejores condiciones puede facilitar su reciclaje, aunque el depósito no sustituye a las plantas ni garantiza por sí solo que cada unidad acabe convertida en un producto nuevo. Es una pieza de una cadena industrial más amplia.

El depósito no es un premio por portarse bien

En la caja, el depósito eleva temporalmente el importe de la compra. Cuando el consumidor devuelve un envase aceptado por el sistema, recupera esa cantidad. Por eso se parece más a una fianza que a una recompensa: el dinero ya formaba parte del pago y vuelve si se cumple la condición de retorno. El incentivo económico funciona porque hace visible el valor del envase, incluso después de beber su contenido.

La diferencia respecto a una campaña de concienciación es sencilla. Un mensaje puede recordar que una botella debe separarse, pero no modifica necesariamente el coste de tirarla en el lugar equivocado. Con un depósito, dejarla en una papelera o abandonarla supone renunciar a una cantidad recuperable. Eso no elimina el comportamiento incívico ni convierte cada envase en una moneda de valor elevado; crea, más bien, una razón inmediata para conservarlo y devolverlo.

El sistema tampoco significa que alguien pague al ciudadano por hacer un favor al reciclaje. El consumidor adelanta el importe y lo recupera si entrega el envase incluido, normalmente identificable mediante el etiquetado correspondiente. La devolución depende de que el envase pueda reconocerse y validarse, y las reglas concretas sobre su estado, los puntos disponibles y la forma de reembolso deben quedar claras para que el gesto cotidiano no se convierta en una disputa en la tienda.

España no alcanzó el primer objetivo de recogida

La normativa española sobre envases se apoya, entre otras normas, en la Ley 7/2022 y el Real Decreto 1055/2022. Para las botellas de plástico de bebidas de un solo uso, el objetivo de recogida separada para 2023 era del 70%. El cálculo comunicado para ese año quedó en el 41,3%: se pusieron en el mercado 214.039 toneladas y se recogieron separadamente 74.482 toneladas mediante entidades locales y otras 14.017 por vías privadas o complementarias. La distancia entre el objetivo y el resultado activó el mecanismo previsto para implantar un SDDR.

La brecha no es un detalle administrativo. La recogida separada mide cuánto material se captura por las vías establecidas para reciclarlo, no cuánto se fabrica ni cuánto termina necesariamente convertido en otro envase. El dato de 2023 indica que el modelo existente no alcanzó el umbral fijado para esas botellas. La obligación de activar el depósito nace de ese incumplimiento y de los plazos establecidos en la normativa nacional, no de que la Unión Europea haya ordenado que todos los países adopten el mismo sistema en una fecha única.

En el plano europeo, los objetivos para este flujo elevan la exigencia: la referencia es el 77% de recogida para 2025 y el 90% para 2029. La normativa española contempla que, si no se logra el objetivo, se implante el sistema de depósito dentro del plazo previsto. El incumplimiento de 2023 convirtió una posibilidad regulatoria en un paso exigido, pero todavía hacía falta concretar quién lo gestionaría, qué envases abarcaría y cómo se organizarían los puntos de devolución.

Una obligación legal no monta por sí sola una red

El calendario ha generado titulares sobre una puesta en marcha antes de que termine 2026, con noviembre señalado como horizonte de implantación. Sin embargo, anunciar una fecha no equivale a tener listas las máquinas, las rutas de recogida, el etiquetado y los acuerdos con comercios de todo el país. En marzo de 2026 se habían postulado para gestionar el sistema Ecoembes, la Asociación SDDR para España y Procircular. La selección de un operador y la definición de las reglas son parte del trabajo pendiente, no un trámite que pueda separarse de la operación diaria.

José María Bonmatí, presidente de la Asociación SDDR para España, ha advertido de que poner en marcha un sistema nacional para noviembre de 2026 sería inviable por la complejidad del despliegue y la falta de seguridad jurídica. Ha situado el volumen en torno a 18.000 millones de envases al año y ha calculado un coste operativo de entre 400 y 600 millones de euros anuales. Son estimaciones expresadas por un representante del sector, no un coste oficial definitivo. La magnitud del sistema ayuda a entender por qué la fecha legal y la preparación material pueden chocar.

El debate no se resuelve simplemente contando máquinas. Hay que fijar cómo se compensará a los establecimientos, quién recogerá los envases acumulados, cómo se evitará el fraude y qué entidad liquidará los depósitos. También deben coordinarse los fabricantes, distribuidores, comercios y administraciones. Sin reglas previsibles, cada participante puede temer que el coste o el trabajo recaiga sobre él, y esa incertidumbre retrasa decisiones que necesitan inversiones y cambios logísticos.

Sangüesa puso a prueba el gesto en pequeño

La experiencia de Sangüesa, en Navarra, permitió observar cómo podía funcionar un sistema de devolución en un entorno concreto. El piloto ofrecía un depósito reembolsable de 10 céntimos por latas y botellas de plástico de menos de tres litros, incluidas bebidas como agua, refrescos, zumos y cerveza. El retorno se realizaba mediante máquinas de vending inverso, que reciben los envases, y el proyecto contó con la participación del Gobierno de Navarra, la Mancomunidad de la Comarca de Sangüesa, el ayuntamiento y comercios locales.

Un ensayo de este tipo permite examinar cuestiones que un diseño sobre el papel no resuelve: cuándo acude la gente, cuánto espacio ocupan los envases, qué mantenimiento requieren las máquinas y cómo se organizan las recogidas. También muestra si los puntos elegidos encajan con las rutinas de compra. La participación del comercio local es una condición operativa, no un añadido decorativo: sin lugares accesibles donde devolver los envases, el incentivo pierde fuerza y la devolución se vuelve una tarea extra.

Un piloto, por útil que sea, no demuestra automáticamente que el mismo diseño pueda ampliarse sin cambios a todo el territorio. Sangüesa no reproduce la densidad comercial de una gran ciudad, los flujos turísticos de una costa en verano ni la dispersión de los municipios pequeños. Su valor está en que hace visibles los problemas concretos y permite ensayar respuestas. La escala nacional exige adaptar la fórmula a realidades muy distintas, en vez de tratar la experiencia local como una prueba concluyente.

El punto débil está en la logística cotidiana

España no es solo una red de grandes supermercados. El sistema tendría que funcionar en barrios con tiendas pequeñas, pueblos, bares, gasolineras, quioscos y zonas con una población que aumenta durante las vacaciones. Un comercio con poco espacio no puede almacenar indefinidamente bolsas de envases, y una máquina necesita sitio, mantenimiento y recogidas regulares. La devolución manual puede servir donde no cabe la automatización, pero requiere tiempo y una compensación adecuada. El diseño debe impedir que el retorno convierta la tienda en un almacén improvisado.

El turismo añade picos de consumo que no se reparten de manera uniforme durante el año. José María Bonmatí ha citado como referencia un volumen de 94 millones de turistas anuales para ilustrar la dimensión de esa variable. Más allá de la cifra concreta de cada ejercicio, el desafío es evidente: algunas zonas reciben muchos más visitantes en ciertos meses y generan envases lejos de los puntos donde se vendieron. La red de recogida debe soportar esos aumentos estacionales sin quedarse corta justo cuando más envases circulan.

También importa qué distancia debe recorrer una persona para recuperar el depósito. Si el punto de retorno queda fuera de la ruta habitual o tiene horarios limitados, devolver el envase exige tiempo y espacio en casa. En cambio, cuando la devolución coincide con la compra, el sistema se vuelve más natural. La comodidad no es un detalle secundario: forma parte del mecanismo que permite alcanzar tasas altas. De ahí que la logística, aunque sea menos vistosa que el porcentaje de retorno, pueda decidir el resultado.

El sistema nuevo convivirá con el contenedor amarillo

La implantación del SDDR no implica necesariamente retirar el contenedor amarillo. La recogida selectiva municipal seguiría atendiendo los envases que no entren en el depósito y otros residuos de envases, mientras que el nuevo circuito se centraría en determinadas bebidas. Esa convivencia plantea un reto de información: el consumidor debe saber qué envase lleva depósito y dónde devolverlo, sin interpretar que todos los envases tienen que seguir el mismo recorrido. Dos vías pueden complementarse, pero requieren límites comprensibles.

El sistema actual incluye la responsabilidad ampliada del productor, por la que las empresas que ponen envases en el mercado asumen obligaciones sobre su gestión. Un SDDR no borra de un día para otro esa estructura ni la red que financia la recogida selectiva. Habría que redefinir quién gestiona cada flujo y cómo se distribuyen los costes. El riesgo de duplicar tareas o confundir responsabilidades explica parte de la resistencia, aunque mantener intacto el modelo anterior tampoco resuelve por sí solo la falta de recogida observada.

La discusión afecta a intereses diferentes. Los fabricantes necesitan saber qué costes asumirán; los distribuidores, cuánto espacio y trabajo requerirá la devolución; los municipios, qué residuos dejarán de recoger y cómo cambiará su factura; y los recicladores, qué material recibirán. La botella que vuelve por una máquina deja de circular por otros canales, por lo que la transición debe ordenar el reparto de envases, información y recursos. No es una competición entre contenedor y depósito, sino una reorganización del sistema.

Qué envases podrían llevar depósito en España

El SDDR previsto no abarcaría cualquier recipiente. La normativa incluye botellas de plástico de un solo uso de hasta tres litros para bebidas como agua, zumos y néctares, refrescos, bebidas energéticas e isotónicas y bebidas alcohólicas. Para asegurar la viabilidad del circuito, también incorpora latas y envases de cartón para bebidas, como los briks, de esos mismos productos. Los envases de bebidas lácteas quedan fuera del grupo descrito. La inclusión depende del tipo de envase y del contenido, no de que sea simplemente reciclable.

El importe mínimo fijado es de 10 céntimos por unidad, aunque la cantidad definitiva debe concretarse para el sistema autorizado. El depósito aparecería asociado a la compra y se reembolsaría al devolver un envase reconocido. La normativa permite que los puntos de retorno se organicen mediante comercios, centros específicos, contenedores u otras fórmulas. La norma establece un suelo económico, pero deja por definir aspectos esenciales de la operativa, incluidos el despliegue de los puntos y la forma de devolución.

Los establecimientos que venden las bebidas deberán participar, con condiciones específicas posibles para tiendas pequeñas de hasta 120 metros cuadrados. Ese margen importa en un país con comercios de tamaños y capacidades muy distintos. El etiquetado también será decisivo: debe distinguir los envases adheridos y permitir validarlos en el retorno. El consumidor tendrá que identificar qué unidades pertenecen al circuito, mientras los operadores deberán evitar que un mismo envase se devuelva varias veces o fuera del sistema correspondiente.

Europa empuja, pero no fija un único día para todo

El Reglamento europeo de envases y residuos de envases, conocido como PPWR y aprobado como Reglamento (UE) 2025/40, entró en vigor en febrero de 2025 y comenzó su aplicación general en agosto de 2026. No es una norma dedicada solo a devolver botellas: fija un marco más amplio para reducir residuos, impulsar envases reciclables y reutilizables, armonizar el etiquetado y aumentar el contenido reciclado en determinados plásticos. Sus obligaciones tienen calendarios y ámbitos distintos, por lo que no debe confundirse su fecha general de aplicación con la puesta en marcha automática del SDDR español.

La Unión Europea también marca el 90% de recogida de envases de bebidas para 2029 como referencia. Ese objetivo hace más difícil sostener indefinidamente un sistema que no alcance los resultados exigidos, pero no determina por sí solo cómo debe ser cada red nacional ni resuelve sus problemas de implantación. La presión europea es un marco de objetivos y obligaciones, no una máquina que aparezca de un día para otro en cada supermercado.

La fecha de agosto de 2026 importa porque coloca en vigor el nuevo marco europeo y acelera la adaptación de fabricantes y distribuidores. Pero las normas sobre diseño, reciclabilidad o contenido reciclado no se traducen todas en una única fecha ni en la misma exigencia para cada producto. España debe atender a la vez el calendario europeo y el desencadenante de su legislación nacional. Mezclar ambos procesos puede hacer parecer que el depósito está ligado a agosto, cuando la causa directa de su activación es el incumplimiento del objetivo español de recogida.

Más retorno no equivale automáticamente a reciclaje perfecto

El SDDR puede reducir el número de botellas y latas que se pierden en la calle o quedan fuera de los circuitos de recogida. Como el envase conserva un valor recuperable, alguien puede recogerlo incluso si no fue quien compró la bebida. Ese efecto puede ser visible en parques, playas y espacios públicos. El incentivo cambia el destino probable del envase, aunque no elimina la necesidad de limpieza urbana ni resuelve todos los residuos abandonados.

La calidad del material recuperado también puede mejorar cuando las unidades se recogen separadas y con menos contaminación. El PET y el aluminio, por ejemplo, tienen usos industriales y su aprovechamiento depende de cómo llegan a las plantas. Sin embargo, una alta tasa de retorno no demuestra por sí sola que todo el material se recicle efectivamente o que vuelva a convertirse en el mismo producto. Recogida, clasificación y reciclaje son etapas relacionadas, pero distintas, y medir una no permite dar por completadas las demás.

El balance ambiental debe incluir el transporte, el almacenamiento, las máquinas y el tratamiento posterior, además del material recuperado. También debe compararse con el coste de recoger envases dispersos y de gestionar los flujos actuales. No hay una respuesta puramente moral que haga desaparecer esos cálculos. La eficacia depende del diseño completo y de la calidad de los datos, no solo del incentivo que ve el consumidor en el ticket.

El coste de no cambiar también existe

Las estimaciones de entre 400 y 600 millones de euros al año atribuidas a Bonmatí muestran la escala económica que puede alcanzar un sistema nacional, pero no son una factura cerrada para cada hogar. Parte del funcionamiento se relacionaría con la logística, el tratamiento de los envases, los puntos de retorno y la compensación a los comercios. También pueden influir los depósitos que no se reclaman y el valor del material recuperado. Que el depósito no sea un impuesto no significa que el sistema carezca de costes.

Si una persona no devuelve el envase, pierde el depósito adelantado. En un sistema bien organizado, el objetivo central debería ser que la mayoría de las unidades vuelva, no sostener la operación a costa de depósitos olvidados. Aun así, el dinero no reclamado forma parte del debate sobre la financiación y la transparencia. Las reglas deben explicar quién conserva esos importes y cómo se usan, porque esa respuesta influye en la confianza pública tanto como la facilidad para recuperar el dinero.

El modelo actual también tiene costes, aunque no siempre se vean en el momento de tirar una botella: recogida municipal, limpieza de espacios públicos y materiales que no llegan a convertirse en recursos aprovechables. El SDDR exige inversión y coordinación; mantener la situación existente tiene consecuencias propias. La comparación útil no es entre un sistema caro y otro gratis, sino entre costes, resultados y responsabilidades de cada alternativa.

La botella que vuelve revela el verdadero reto

Rumanía demuestra que un depósito claro, puntos de devolución y una operación coordinada pueden elevar mucho el retorno de los envases incluidos. Su 94% es una cifra llamativa, pero no una garantía de que cualquier país obtenga el mismo resultado sin adaptar el modelo. España parte de otra red comercial, un territorio diverso y un sistema de recogida ya establecido. La lección no es copiar el porcentaje, sino entender qué condiciones lo hicieron posible.

España dispone de legislación, objetivos y una obligación de avanzar hacia el depósito después de quedarse lejos del objetivo de recogida de 2023. Lo que mantiene abierto el debate es cómo desplegarlo con seguridad jurídica, quién asumirá los costes, dónde se devolverán los envases y cómo se evitará que el sistema nuevo desordene el antiguo. El calendario exige decisiones, pero la infraestructura necesita planificación; apresurar una fecha sin resolver las operaciones puede convertir una herramienta eficaz en una experiencia frustrante.

La transformación más profunda ocurre cuando una botella deja de parecer un residuo sin valor y pasa a ser un envase que todavía tiene un destino. Esa diferencia puede cambiar hábitos y mejorar la recogida, pero solo si devolverlo resulta sencillo y el material continúa su recorrido hasta una gestión adecuada. El desafío español no es convencer de que reciclar importa, sino conseguir que el retorno funcione en la vida real: en el supermercado, en el comercio pequeño, en el pueblo y en la costa llena de visitantes.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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