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Naturaleza

Lamido de patas en perros: alergias, dolor y señales de alarma

Una pata roja, húmeda o dolorida no siempre apunta a alergia: el patrón del lamido aporta pistas.

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las cuatro patas de un perro

Un lamido breve después del paseo o durante el aseo suele formar parte de la rutina de un perro. La señal cambia cuando el gesto se repite durante largos ratos, deja el pelo empapado o termina en enrojecimiento, heridas, pérdida de pelo o mal olor. En esos casos, suele haber picor, irritación o dolor que conviene identificar, no una simple costumbre inocua.

La distribución ofrece pistas, aunque no permite diagnosticar por sí sola. Una pata concreta puede apuntar a una espina, una uña lesionada o dolor localizado; varias patas afectadas hacen pensar también en alergias o irritantes. Además, lamerse puede agravar el problema: la saliva mantiene la piel húmeda y facilita que la irritación se convierta en lesión o infección. El lamido es a la vez una señal y un factor que puede perpetuar el daño.

Cuándo el aseo se convierte en una señal

No existe un número universal de lamidos que permita separar lo normal de lo preocupante. Importan más la duración, la insistencia y los cambios que aparecen en la pata. Si el perro se detiene unos segundos y la piel mantiene su aspecto habitual, lo más probable es que esté aseándose; si vuelve una y otra vez al mismo punto, mordisquea los dedos o interrumpe el descanso para lamerse, merece atención.

La piel también cuenta su propia historia. Puede estar roja y caliente, húmeda y reblandecida, o engrosada y oscura cuando la irritación lleva tiempo. El pelo claro adquiere a veces un tono marrón rojizo por pigmentos de la saliva, entre ellos las porfirinas. Ese tinte suele ser una huella de lamido repetido, pero no revela por sí mismo cuál fue la causa inicial.

Las patas están expuestas a superficies muy distintas y tienen espacios estrechos entre los dedos, donde se acumulan humedad, suciedad y restos vegetales. El césped, la arena, el asfalto, los productos de limpieza del suelo y, en invierno, la sal empleada en algunas zonas pueden irritar la piel. Un problema pequeño puede pasar desapercibido hasta que el lamido lo vuelve visible.

Lo que revela el patrón: una pata, varias o todas

Cuando el perro insiste en una sola pata, sobre todo si el cambio empezó de repente, conviene pensar primero en una molestia localizada. Una astilla, una espiga, una pequeña piedra, un corte, una almohadilla agrietada o una uña rota pueden provocar lamido concentrado. También puede haber dolor en una articulación o en los tejidos cercanos, aunque no se vea una herida evidente.

Si lame varias patas o alterna entre ellas, el origen puede estar menos localizado. Las alergias ambientales suelen afectar a la piel de las patas y pueden acompañarse de molestias en las orejas, el hocico, las axilas o el abdomen. La alergia alimentaria también puede manifestarse en la piel y no necesariamente causar síntomas digestivos. Que estén afectadas varias patas orienta, pero no demuestra que haya una alergia.

El contexto añade información: si el lamido aparece tras pasear por un lugar concreto, después de limpiar el suelo o en determinadas épocas, puede existir una relación con el entorno. Si se concentra cuando el perro está solo o coincide con un cambio importante de rutina, el estrés también puede influir. Sin embargo, observar una coincidencia no basta para descartar dolor, picor o infección; las causas físicas y conductuales pueden coexistir.

Alergias: picor que puede volver una y otra vez

La dermatitis atópica es una reacción a elementos del entorno, como pólenes, ácaros o mohos. En algunos perros, las patas son uno de los lugares donde el picor se hace más evidente. En vez de estornudos, pueden aparecer lamido, rascado, enrojecimiento o molestias recurrentes en las orejas. Los síntomas pueden fluctuar y empeorar en ciertos periodos, aunque el patrón varía entre animales.

La alergia alimentaria puede afectar a perros que llevan tiempo comiendo el mismo alimento y no siempre viene acompañada de vómitos o diarrea. El picor puede mantenerse durante todo el año y afectar también a otras zonas. Ingredientes como pollo, ternera, trigo o soja aparecen entre los posibles desencadenantes, pero no se puede identificar una alergia concreta mirando la pata o cambiando de pienso de forma improvisada.

Para comprobar una posible reacción alimentaria, el veterinario puede proponer una dieta de eliminación estricta durante ocho a 12 semanas, con una proteína nueva o una dieta veterinaria hidrolizada. La prueba pierde valor si durante ese periodo se añaden premios, sobras o complementos que no forman parte del plan. La elección y la interpretación corresponden al profesional, porque otras causas de picor pueden parecerse y una mejoría aislada no siempre confirma el diagnóstico.

También existe la dermatitis por contacto: la piel reacciona a algo que toca, como determinados productos de limpieza o una superficie irritante. En ese caso, las zonas más expuestas pueden ser las almohadillas y los espacios entre los dedos. Enjuagar las patas con agua tibia después del paseo puede retirar suciedad o residuos, pero no sustituye la evaluación si el enrojecimiento persiste o el perro continúa lamiéndose.

Cuando el lamido abre la puerta a una infección

La humedad constante y la piel inflamada favorecen el crecimiento de microorganismos que normalmente pueden estar presentes sin causar problemas. Entre ellos se encuentra la levadura Malassezia, que puede proliferar cuando cambia el equilibrio de la piel. Las infecciones bacterianas también pueden aparecer, a veces como complicación de una alergia o de una herida. En lugar de señalar una causa única, el término pododermatitis describe la inflamación de la piel de la pata.

El enrojecimiento entre los dedos, la hinchazón, las costras, los granitos, la piel oscurecida o un olor nuevo pueden acompañar a una infección. El olor por sí solo no permite saber si hay levaduras, bacterias o ambas, y tampoco identifica el tratamiento adecuado. Una pata húmeda y maloliente necesita valoración si los signos son persistentes o empeoran.

Así se forma un círculo difícil de romper: la piel irritada pica, el perro lame para aliviarse, la saliva mantiene la zona mojada y la barrera cutánea se debilita. Después pueden aparecer pequeñas fisuras y una infección secundaria, que añade más picor y dolor. En procesos prolongados, la piel puede engrosarse y el pelo teñirse; detener el lamido sin controlar el problema de base suele dejar intacta la causa.

Si el veterinario sospecha infección, puede tomar una muestra de la piel o del exudado y examinarla al microscopio mediante citología. Esa prueba ayuda a buscar levaduras, bacterias y signos de inflamación. En casos recurrentes o profundos pueden ser necesarias otras pruebas. El aspecto de la pata orienta, pero la citología puede aclarar qué microorganismos participan.

Dolor, heridas y cuerpos extraños

Las espigas, las astillas y los fragmentos de cristal o grava pueden quedar atrapados entre los dedos o clavarse en una almohadilla. El lamido suele concentrarse en el punto afectado y puede empezar de forma brusca; a veces se acompaña de cojera o de rechazo a apoyar la pata. Algunos cuerpos extraños no se ven a simple vista, especialmente si la piel está inflamada o el perro no tolera que se la manipulen.

También pueden doler una uña quebrada, una lesión en su base, una grieta en la almohadilla o el espolón, el dedo situado más arriba en la pata. Las caminatas largas y las superficies muy calientes o ásperas pueden causar daños. Revisar con calma las almohadillas, las uñas y los espacios entre los dedos después de un paseo ayuda a detectar cambios visibles, pero no conviene tirar de un objeto clavado si está profundo o el animal siente dolor.

El dolor no siempre nace en la piel. Una articulación inflamada, un esguince u otro problema musculoesquelético pueden hacer que el perro se lama cerca de la zona molesta. La rigidez al levantarse, la cojera intermitente o la reticencia a subir escaleras aportan contexto. Si el lamido se concentra en una pata y cambia la forma de caminar, el dolor debe considerarse junto con las causas cutáneas.

En ocasiones menos habituales, los bultos dolorosos, las heridas que drenan o las lesiones que reaparecen pueden deberse a procesos más profundos, como una inflamación interdigital persistente. La exploración veterinaria permite valorar si hace falta buscar un cuerpo extraño, una infección profunda u otra alteración. Cuando la pata duele mucho, forzar la inspección en casa puede aumentar el malestar y dificultar la revisión.

Estrés y lamido repetitivo: una explicación que no debe adelantarse

El lamido puede servir como conducta de autoconsuelo y, en algunos perros, repetirse con más frecuencia ante el aburrimiento, la ansiedad o cambios en el entorno. Una mudanza, nuevas rutinas o periodos prolongados de soledad pueden coincidir con el inicio del comportamiento. A veces se convierte en un hábito que continúa incluso cuando la molestia inicial ha disminuido.

Pero atribuirlo directamente a la ansiedad puede dejar sin tratar una alergia, una infección o una lesión. Antes de asumir que el origen es emocional, es importante valorar la piel, las uñas y el dolor. Si el comportamiento aparece sobre todo cuando el perro se queda solo, esa información resulta útil para el veterinario, aunque no confirma por sí misma ansiedad por separación.

La rutina, el ejercicio y la estimulación pueden formar parte de la valoración del bienestar general, pero no sustituyen la atención a una pata inflamada o dolorida. Si persiste un lamido compulsivo después de abordar las posibles causas físicas, el profesional puede estudiar el componente conductual y decidir si hace falta un plan específico. La conducta puede mantener el problema, pero no debe utilizarse como explicación automática.

Qué observar y cuándo pedir una revisión

En casa puede comprobarse si hay suciedad, una herida superficial, una uña dañada o un objeto visible entre los dedos, siempre sin forzar al perro. También es útil fijarse en si se lame una pata o varias, cuándo empezó, si empeora tras los paseos y si coincide con cambios en la alimentación, el entorno o la rutina. Anotar esa evolución ofrece al veterinario un relato más preciso que la impresión de que ocurre a menudo.

Después de volver de la calle, el agua tibia puede servir para retirar residuos de las patas; secar con cuidado, especialmente entre los dedos, evita que quede humedad atrapada. Si hay una lesión, puede ser necesario impedir temporalmente que el perro la lama, pero cualquier protección debe permitirle caminar y no rozar la zona. Calcetines, botines o un collar protector no corrigen la causa y no conviene mantenerlos sin supervisión si generan molestias o retienen humedad.

La revisión veterinaria es importante si hay hinchazón, mal olor persistente, secreción, costras, pérdida de pelo, dolor al tocar, heridas o cojera. También si el lamido no mejora o reaparece, porque puede haber una alergia de fondo o una infección que requiera tratamiento dirigido. No es necesario esperar a que la piel se abra: el lamido sostenido ya puede irritarla y agravar el cuadro.

Una exploración suele incluir almohadillas, uñas, espacios interdigitales y articulaciones, además de otras zonas de la piel y las orejas. Según lo que encuentre, el veterinario puede recurrir a citología, raspados, cultivos u otras pruebas. Si sospecha dolor, cuerpo extraño o una lesión profunda, podría necesitar una exploración más detallada y, en ciertos casos, pruebas de imagen o una biopsia. El examen busca tanto el problema visible como el factor que lo desencadenó.

El tratamiento depende de la causa, no solo del síntoma

Una infección por levaduras o bacterias puede requerir un tratamiento antifúngico o antibiótico, local o sistémico, según su extensión y el resultado de la evaluación. La clorhexidina y algunos productos que combinan antisépticos con antifúngicos pueden formar parte del manejo veterinario. No son intercambiables ni adecuados para cualquier lesión: la elección depende de lo que se haya encontrado y de la condición de la piel.

Si el origen es alérgico, el plan puede centrarse en controlar el picor y la inflamación, reducir el contacto con irritantes cuando sea posible y tratar las infecciones secundarias. Según el caso, el veterinario puede valorar opciones como oclacitinib, ciclosporina o lokivetmab, además de otros tratamientos. Que un fármaco alivie el picor no demuestra por sí solo qué alergia lo causó; el seguimiento permite comprobar la respuesta y ajustar el abordaje.

Ante una posible alergia alimentaria, la dieta de eliminación requiere constancia y supervisión. Si hay dolor, un cuerpo extraño o una uña lesionada, el tratamiento será distinto del que se utiliza para una dermatitis. Y cuando la causa principal sea conductual, puede ser necesario trabajar la rutina y la conducta una vez descartadas o controladas las molestias físicas. A menudo hay más de un factor actuando a la vez.

No conviene aplicar medicamentos humanos ni remedios irritantes por cuenta propia. Algunos fármacos pueden resultar peligrosos para los perros, y productos como alcohol, agua oxigenada o aceites esenciales pueden dañar la piel o acabar ingeridos cuando el animal vuelve a lamerse. La medicación y los productos para una pata lesionada deben elegirse con criterio veterinario.

Que deje de lamerse no basta: importa corregir la causa

El objetivo no es solo interrumpir el gesto, sino conseguir que el perro deje de sentir la necesidad de hacerlo. Cuando desaparecen el dolor, el picor o la infección, muchas veces el lamido disminuye; si continúa, puede haberse convertido en una conducta aprendida o persistir una causa que aún no se ha resuelto. La evolución ayuda a distinguirlo, pero requiere valorar de nuevo la pata si los signos regresan.

Una mancha rojiza en el pelo, una sola pata que recibe toda la atención o varias patas afectadas no cuentan historias idénticas. Son pistas que cobran sentido junto con el estado de la piel, el olor, la forma de caminar y el momento en que aparece el comportamiento. El patrón orienta la investigación, mientras que la exploración confirma qué necesita tratamiento.

El lamido ocasional forma parte del aseo; el insistente, especialmente cuando deja marcas o altera la marcha, merece algo más que una distracción. Detectar pronto una espiga o una irritación puede evitar que la lengua convierta una molestia pequeña en una lesión persistente. Y cuando el problema reaparece, entender qué lo alimenta es lo que permite que las patas vuelvan a ser, simplemente, el punto de apoyo del perro.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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