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Casi dos millones de bajas en Ucrania: qué cuentan las cifras

Las estimaciones rozan los dos millones, pero no cuentan lo mismo ni permiten un recuento definitivo.

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brazo de soldado ucraniano en el frente

Las bajas militares de Rusia y Ucrania podrían rondar ya los dos millones entre muertos y heridos, según estimaciones difundidas durante 2026. No es un balance oficial ni un recuento completo: los gobiernos mantienen en secreto buena parte de sus pérdidas y las evaluaciones disponibles se elaboran con datos parciales. La cifra, por tanto, describe la escala del desgaste, no un número definitivo de personas identificadas.

Una estimación citada por CNN en español en julio de 2026 situaba las pérdidas rusas en unos 450.000 muertos y 950.000 heridos, y las ucranianas en alrededor de 150.000 muertos y 475.000 heridos. La suma supera los dos millones de bajas, aunque otros cálculos y fechas de corte ofrecen resultados distintos. Además, baja no significa necesariamente fallecimiento: la categoría suele incluir a quienes han muerto o han quedado heridos, y algunas fuentes agregan también a los desaparecidos.

Una cifra enorme, pero no un recuento cerrado

El orden de magnitud ha cambiado con el tiempo. El artículo original recogía una evaluación del Center for Strategic and International Studies (CSIS), difundida por The New York Times, que estimaba en cerca de 1,8 millones las bajas de ambos ejércitos: alrededor de 1,2 millones rusas y 600.000 ucranianas. La previsión de que el total podía acercarse a los dos millones partía de la continuidad de los combates; las estimaciones difundidas más tarde indican que ese umbral ya podría haberse alcanzado.

En los datos de referencia aparecen cálculos distintos porque no corresponden necesariamente al mismo periodo ni usan idénticas categorías. Una evaluación del CSIS divulgada antes situaba las bajas rusas cerca del millón y las ucranianas en torno a 400.000. Otra cifra, atribuida a fuentes occidentales y publicada posteriormente, elevaba el total conjunto. La diferencia no se resuelve escogiendo una sola cifra como si fuera indiscutible: depende de la fecha de corte, de qué se entiende por baja y del método empleado para estimar las pérdidas que no pueden verificarse de manera directa.

También importa separar las estimaciones de las cifras confirmadas por nombre. BBC y Mediazona, por ejemplo, han documentado fallecimientos de militares rusos a partir de registros públicos, noticias locales y otros rastros verificables. Ese trabajo permite comprobar que determinadas personas murieron, pero no ofrece por sí solo el total real: deja fuera los casos que no han podido identificarse o documentarse. Una lista de muertes confirmadas es un mínimo comprobable, no el balance completo de una guerra.

Qué significa hablar de bajas

En el lenguaje militar, las bajas reúnen a quienes quedan fuera de combate, pero la composición exacta varía según la fuente. El grupo puede incluir muertos, heridos y desaparecidos; en algunos recuentos también se considera a prisioneros. Por eso, comparar dos titulares sin comprobar qué categorías incorporan puede llevar a sumar conceptos diferentes. Los cálculos citados en 2026 separan muertos y heridos, mientras que la estimación anterior del CSIS que recogía el artículo original incluía además a desaparecidos.

La diferencia entre muertos y heridos no es una nota al margen. Un soldado herido puede recuperarse y regresar a su unidad, quedar apartado temporalmente o no volver a combatir. La gravedad de las lesiones y la duración de la recuperación varían mucho, y los datos públicos no siempre aclaran cuántos heridos son casos nuevos y cuántos han sido contabilizados de nuevo tras otro episodio. El total de bajas mide el impacto sobre el personal militar, no el número de personas fallecidas.

Los desaparecidos complican todavía más la contabilidad. Puede pasar tiempo antes de saber si alguien murió, fue capturado o sigue sin contacto con su unidad. En zonas disputadas, recuperar cuerpos e identificar restos puede resultar difícil; los registros pueden quedar incompletos y las familias permanecer durante meses sin una respuesta definitiva. De ahí que los recuentos se revisen y que algunos casos cambien de categoría cuando aparece nueva información.

Esta incertidumbre no vuelve inútiles las estimaciones. Sirven para comparar tendencias, dimensionar el desgaste y analizar la capacidad de cada ejército para mantener sus fuerzas, siempre que se lean con cautela. Cuando distintas fuentes independientes apuntan a cifras elevadas, el dato gana relevancia como señal general; eso no convierte cada detalle del cálculo en una certeza. La precisión aparente de una cifra no elimina los márgenes de error que hay detrás.

Cómo se calcula lo que no se publica

Rusia y Ucrania no difunden de forma regular balances completos y comparables de sus muertos y heridos. En una guerra, publicar pérdidas puede revelar información sensible, afectar a la moral o alimentar la propaganda del adversario. El Ministerio de Defensa ruso confirmó en septiembre de 2022 que habían muerto 5.937 de sus militares, pero no presentó desde entonces un balance público equivalente que permita seguir el total hasta la actualidad. Kiev tampoco ofrece un recuento completo y periódico de sus pérdidas militares.

Ante ese vacío, investigadores y medios reúnen señales distintas: evaluaciones de inteligencia, declaraciones oficiales, registros regionales, necrológicas, cementerios, anuncios de funerales y noticias sobre personal militar. Cada rastro ilumina una parte del cuadro, pero ninguno cubre por sí solo todas las pérdidas. Los métodos basados en nombres pueden comprobar casos concretos; los análisis estratégicos, en cambio, intentan estimar el total mediante información más amplia, que no siempre puede revisarse públicamente.

El CSIS, un centro de estudios con sede en Washington, elaboró una de las estimaciones más citadas en la información de referencia. The New York Times difundió sus cálculos y atribuyó a Rusia una parte mayor de las pérdidas que a Ucrania. La estimación más reciente recogida en los datos, publicada por CNN en español en julio de 2026, utilizó cifras de muertos y heridos para ambos bandos. Son evaluaciones externas, no partes oficiales de Moscú o Kiev, y deben atribuirse como tales.

Una comparación también puede desajustarse si las cifras proceden de fechas diferentes. Un total de un año anterior no se puede enfrentar directamente con otro publicado meses después sin tener en cuenta el tiempo transcurrido. Tampoco es lo mismo contar solo a militares regulares que incorporar contratistas, movilizados u otros combatientes. Los ejércitos emplean distintas formas de reclutamiento, y los registros disponibles no siempre permiten clasificar a cada persona de manera uniforme.

Rusia soporta la mayor parte del desgaste estimado

Las evaluaciones citadas atribuyen a Rusia el mayor número de bajas militares. En el cálculo difundido en julio de 2026, cerca de 1,4 millones correspondían a sus fuerzas: unos 450.000 muertos y 950.000 heridos. Es una estimación externa, no una confirmación del Gobierno ruso, y no debe confundirse con el recuento de fallecimientos que medios como BBC y Mediazona documentan caso por caso.

La diferencia entre ambos tipos de cálculo es considerable. En abril de 2023, BBC y Mediazona habían identificado por nombre a más de 19.000 militares y contratistas rusos fallecidos. La propia BBC advirtió entonces que su lista podía quedar muy por debajo del número real, porque muchos funerales y muertes no llegaban a hacerse públicos. Ese recuento ayuda a mostrar la composición de las pérdidas documentadas, pero no permite deducir automáticamente el total de muertos ni, mucho menos, el de heridos.

El impacto tampoco se reparte de manera homogénea por el país. La información de referencia describe la participación de profesionales, movilizados, contratistas y convictos, así como diferencias en el origen regional de quienes llegan al frente. Cuando una guerra se prolonga, el efecto se extiende más allá de las unidades: alcanza a las familias, a los sistemas de atención médica y a las comunidades que reciben a heridos o esperan noticias de sus desaparecidos. Un balance nacional puede ocultar que el coste se concentra de forma desigual.

En el plano militar, sustituir efectivos no equivale a recuperar la experiencia perdida. Un combatiente veterano puede conocer el terreno, los procedimientos y las rutinas de su unidad; una persona recién incorporada necesita tiempo para adquirir esa práctica. Las cifras disponibles no permiten medir con exactitud cuánto ha afectado esto a cada formación, pero sí explican por qué las pérdidas humanas no se compensan de manera automática con nuevos reclutas. La capacidad de seguir combatiendo y la calidad de las fuerzas son cuestiones relacionadas, aunque no idénticas.

Ucrania afronta una presión distinta

La estimación publicada en julio de 2026 atribuía a Ucrania unos 625.000 militares muertos o heridos: alrededor de 150.000 fallecidos y 475.000 heridos. Al igual que el cálculo ruso, no es un balance oficial ucraniano ni una cifra auditada públicamente. Otras evaluaciones anteriores ofrecían totales diferentes, una variación que refleja tanto la reserva de información militar como los cambios de periodo y metodología.

La magnitud de las pérdidas tiene un peso particular para un país que combate en su propio territorio y cuya población es menor que la rusa. Mantener efectivos en primera línea, facilitar descansos y sostener al mismo tiempo las actividades civiles y económicas plantea exigencias que se acumulan con la duración del conflicto. La movilización y la disponibilidad de personal se han convertido en asuntos políticos y sociales, además de militares. La presión no se mide solo por cuántos efectivos faltan, sino por cuánto tiempo puede sostenerse el esfuerzo.

La rotación permite que parte de las tropas salga temporalmente del frente, pero requiere que otras unidades ocupen sus posiciones. Si escasea el personal disponible, ese relevo se vuelve más difícil y algunos combatientes pueden permanecer más tiempo en condiciones exigentes. La información de referencia no ofrece una cifra única sobre la duración de esos despliegues ni una medida completa del efecto en cada unidad. Sí deja claro que las bajas acumuladas condicionan la capacidad de sostener posiciones y recomponer fuerzas.

En ambos bandos, el problema va más allá de cubrir vacantes. Las heridas graves pueden exigir tratamientos prolongados, rehabilitación y apoyo continuado, mientras que el estrés y las secuelas de combate no siempre son visibles. Una persona puede sobrevivir y, aun así, quedar incapacitada para volver al servicio o necesitar meses antes de hacerlo. Por eso, los heridos también representan una carga humana y operativa duradera, aunque no todos queden permanentemente fuera de combate.

El frente de desgaste y la tecnología

El tamaño de las pérdidas se entiende mejor al observar el tipo de guerra que se ha desarrollado. La invasión iniciada a gran escala en febrero de 2022 no produjo una victoria rápida; tras los primeros movimientos, el conflicto se prolongó y las ofensivas y contraofensivas dejaron amplias zonas disputadas. En un frente así, la pérdida de terreno puede ser limitada mientras se mantienen los combates, los bombardeos y los ataques locales. Los kilómetros del mapa no son una medida suficiente del coste humano.

La artillería y las minas pueden causar heridas graves lejos de un combate cuerpo a cuerpo. Los drones, que han adquirido un papel central, permiten vigilar movimientos y atacar posiciones o vehículos. Según los datos de referencia, en 2025 se les atribuyó el 70% de las bajas en el campo de batalla. El porcentaje se refiere a esa evaluación concreta y no debe tomarse como una proporción universal para toda la guerra, pero muestra cuánto ha cambiado la exposición de las tropas.

La tecnología no hace desaparecer el riesgo; modifica la forma en que aparece. Un movimiento para abastecer una posición, evacuar a un herido o relevar a una unidad puede quedar expuesto a la observación y al fuego. Las fortificaciones, el camuflaje y la dispersión ayudan a reducir algunos peligros, pero no los eliminan. En ese entorno, un frente aparentemente quieto puede seguir generando pérdidas, aunque no haya una gran operación que ocupe titulares.

La medicina también influye en la manera de leer el balance. Si más heridos sobreviven, el número de muertos puede ser menor que en conflictos pasados en relación con el total de bajas, pero aumenta la necesidad de atención y rehabilitación. Eso no resta gravedad a las lesiones ni permite asumir que todo herido volverá a su vida anterior. La supervivencia puede trasladar parte del coste desde el campo de batalla hacia los hospitales y los años posteriores.

Los civiles quedan fuera de la suma militar

Las estimaciones cercanas a los dos millones se refieren a pérdidas militares de Rusia y Ucrania, no a todas las personas afectadas por la guerra. Los civiles constituyen un balance separado. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos había verificado, hasta el 30 de junio de 2026, al menos 16.431 civiles muertos y 48.613 heridos desde el comienzo de la invasión a gran escala. La propia ONU advirtió que el total real podía ser superior, porque no todos los casos pueden verificarse mientras continúan los combates.

Ese registro incluye víctimas civiles de distintas edades y lugares, entre ellas niños. En febrero de 2023, la Fiscalía General ucraniana comunicó que al menos 461 menores habían muerto y otros 923 habían resultado heridos desde el inicio de la invasión; era un balance de ese momento, no una cifra actualizada para toda la guerra. La diferencia entre fechas vuelve a ser esencial: los números de víctimas civiles aumentan a medida que se verifican nuevos casos y no deben sumarse sin más a estimaciones militares que emplean otros periodos.

La guerra también ha causado desplazamientos, destrucción de viviendas e infraestructuras y una crisis humanitaria que no cabe en el recuento de muertos y heridos. La información de referencia recoge más de 7,3 millones de ucranianos que habían salido del país y más de 7,1 millones desplazados dentro de Ucrania. Esas cifras describen una etapa concreta de la emergencia y no equivalen a bajas, pero ayudan a entender por qué el coste del conflicto supera ampliamente el de los ejércitos.

Lo que el umbral de dos millones no explica por sí solo

Una cifra tan alta permite dimensionar la escala del conflicto, pero no determina por sí misma qué ejército está más cerca de vencer ni cuánto tiempo puede continuar la guerra. Para responder a eso también habría que valorar los reemplazos disponibles, el entrenamiento, la logística, la munición, el equipo y la capacidad de mantener la cohesión de las unidades. Las pérdidas son una medida del desgaste, no un marcador que decida automáticamente el resultado.

Tampoco puede deducirse del total que cada muerte y cada herida tengan el mismo efecto militar. La ubicación de las pérdidas, la experiencia de quienes faltan y la rapidez con que se cubren los puestos cambian las consecuencias. Un ejército puede seguir operando pese a un balance elevado y, a la vez, ver erosionadas sus capacidades o depender de personal con menos preparación. Esa tensión ayuda a explicar por qué el mapa puede moverse lentamente mientras el coste humano sigue creciendo.

Las cifras también deben leerse con cuidado en el debate público. Una declaración oficial puede servir a objetivos políticos; una estimación de inteligencia puede apoyarse en datos que no se hacen públicos; un recuento periodístico puede ser verificable, pero necesariamente incompleto. Contrastar fuentes no consiste en promediar números incompatibles, sino en revisar quién los publica, qué periodo cubren y qué categorías cuentan. La cautela no significa que todas las cifras valgan lo mismo: significa distinguir entre evidencia comprobada y cálculo aproximado.

Una guerra que se mide también por lo que no se ve

La estimación de casi dos millones resume una realidad que las cifras oficiales no alcanzan a describir por completo. Hay muertos cuyos nombres aún no se han publicado, heridos que atraviesan tratamientos largos y desaparecidos cuyo destino sigue sin aclararse. En paralelo, los civiles soportan ataques, desplazamientos y pérdidas que no forman parte de los balances militares. Cada categoría cuenta una parte distinta del daño, y ninguna lo abarca todo.

Desde la invasión a gran escala, el conflicto ha pasado de la expectativa de una campaña breve a una guerra prolongada de desgaste. El volumen de pérdidas estimadas muestra la presión que soportan ambos ejércitos, pero también sus límites: no hay una manera simple de traducir un total en capacidad de combate, voluntad política o posibilidades de negociación. El dato más sólido es el orden de magnitud; el número exacto sigue abierto.

Mientras continúen los combates y los gobiernos no publiquen balances completos, las estimaciones seguirán cambiando. Lo importante es no confundir una proyección con una cifra confirmada ni un herido con un fallecido, y recordar que detrás de cada recuento hay trayectorias humanas distintas. La guerra puede avanzar o estancarse sobre el terreno; su coste, entretanto, se acumula en los cuerpos, las familias y las comunidades mucho después de que un parte militar deje de actualizarse.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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