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¿Por qué Netanyahu impone control en Gaza del Jordán al mar?
Netanyahu veta un Estado palestino en Gaza y exige control de seguridad del Jordán al mar; Rafah y el desarme de Hamás tensan el plan Trump.

Foto: Wiki
Netanyahu veta un Estado palestino en Gaza y exige control de seguridad del Jordán al mar; Rafah y el desarme de Hamás tensan el plan Trump.
Benjamín Netanyahu ha vuelto a fijar el marco, estrecho y deliberadamente duro, de lo que su Gobierno acepta como “día después” en la Franja: Israel mantendrá el control de la seguridad desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, y esa doctrina —remarcó— también se aplica a Gaza. En la misma intervención descartó que vaya a permitir la creación de un Estado palestino en Gaza y, para que no quedara duda, se atribuyó el bloqueo repetido de esa idea a lo largo de su carrera política. Es un mensaje con destinatario múltiple: la comunidad internacional que insiste en la fórmula de los dos Estados, Washington que empuja a una segunda fase del alto el fuego, y su propia coalición, donde cualquier atisbo de concesión se paga caro.
La frase no cae en un día cualquiera. Llega con el tablero moviéndose a la vez en varios frentes: el paso de Rafah, convertido en bisagra entre Gaza y el exterior; el debate sobre desarme y desmilitarización como condición previa a la reconstrucción; y el peso simbólico de los rehenes, reactivado estos días tras la recuperación de los restos del último rehén que quedaba en Gaza, el sargento Ran Gvili, policía fuera de servicio muerto el 7 de octubre de 2023 defendiendo el kibutz Alumim y llevado después a la Franja por combatientes de la Yihad Islámica. En Tel Aviv, la gran pantalla emocional del país —la plaza de los rehenes— apagó el reloj que contaba los días de cautiverio: una imagen casi física de cierre para unas familias y de apertura de otra etapa para la política. Gaza, mientras tanto, sigue en modo supervivencia, con hospitales sin fármacos básicos y miles de personas esperando poder cruzar una frontera para tratarse el corazón, una herida o una infección.
La frase del Jordán al mar y el peso de la palabra “seguridad”
Hay frases que funcionan como un mapa comprimido. “Del Jordán al mar” es una de ellas: no describe un punto, describe un corredor entero. Netanyahu la usa envuelta en una palabra que, en Israel, lo justifica casi todo: seguridad. No habla de anexión formal ni de soberanía en sentido clásico; habla de quién manda cuando la cosa se pone fea, quién decide qué fuerza patrulla, quién controla el cielo, qué puerto se permite, qué frontera se abre y cuándo, qué armas se toleran y cuáles se aplastan.
Esa elección no es inocente. Seguridad es el concepto que permite moverse entre lo legal, lo político y lo militar sin pronunciar palabras que incendian de inmediato el debate internacional. Decir “control de seguridad” suena técnico, casi administrativo; en la práctica puede implicar desde una coordinación policial limitada hasta una presencia militar prolongada, intermitente o permanente, con capacidad de entrada y salida cuando convenga. En Gaza, además, el término tiene una traducción inmediata y muy concreta: control de cruces, de costa, de espacio aéreo, de los corredores internos y del perímetro. Si se quiere, es la diferencia entre un territorio con gobierno propio y un territorio con gobierno condicionado.
Cuando Netanyahu añade que ese control “también aplica a Gaza”, está cerrando una puerta que algunos daban por entornada: la de una Franja reconstruida bajo algún tipo de administración palestina con horizonte estatal. Y cuando remata negando un Estado palestino en Gaza, y diciendo —sin rubor— que él ha bloqueado repetidamente la creación de un Estado palestino, está reafirmando algo que, en su caso, no es un giro: es continuidad, con volumen más alto.
Hay un matiz que conviene no perder: al hablar de Gaza, no se limita a la Franja. La fórmula “del Jordán al mar” coloca Gaza y Cisjordania en el mismo paquete conceptual, como si fueran piezas de un solo problema de seguridad. Ese encuadre borra, o intenta borrar, la idea de que se pueda pactar una solución “a la carta” para Gaza sin tocar lo demás. Si el control es de un extremo al otro, la salida política se convierte en un túnel muy estrecho.
Gaza en el “día después”: rehenes, Rafah y la segunda fase
La discusión sobre el futuro de Gaza se ha reactivado con un combustible emocional que Israel conoce bien: los rehenes. La recuperación de los restos de Ran Gvili, tras más de dos años de guerra y angustia, ha tenido un efecto inmediato en el debate interno. Su madre, Talik, habló públicamente de “cierre” para la familia; su hermana, Shira, participó en la ceremonia de la plaza de los rehenes; el Hostages and Families Forum, que ha sido un actor central en la presión social, volvió a ocupar el centro simbólico del país. En paralelo, el Gobierno vincula el avance del acuerdo —y en particular lo relativo a Rafah— a hitos como este, como si cada paso fuera un candado que se abre cuando se cumplen condiciones.
Rafah no es un paso fronterizo cualquiera. Es, en la jerga de Gaza, una tráquea: por ahí ha entrado ayuda cuando otros accesos se cerraban, y por ahí se ha soñado con salir cuando el resto del mundo parecía una pared. En enero, el anuncio de reapertura “la semana que viene” por parte del dirigente tecnócrata Ali Shaath, respaldado por Washington para administrar Gaza en un escenario postguerra, colocó el cruce en el centro del escenario internacional. El anuncio se hizo en un entorno de máxima visibilidad política, en Davos, durante un acto impulsado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que pretende vender su plan como una arquitectura de fases: alto el fuego, retorno de rehenes, aperturas controladas, retirada parcial, y una reconstrucción condicionada a un punto que Israel repite como mantra: desmilitarización.
El alto el fuego y el reloj que marca otra cosa
El alto el fuego pactado en octubre abrió una etapa extraña: menos ofensiva abierta, más fricción sostenida. Israel mantiene presencia y control sobre una parte significativa del territorio —en torno a la mitad larga de Gaza, según lo que reconocen tanto fuentes israelíes como el propio marco del acuerdo— y Hamás retiene control en el resto. Ese reparto no suena a final; suena a pausa con los dedos apretando el gatillo. En esas condiciones, cada incidente reaviva el miedo a una vuelta a la guerra total.
Desde la entrada en vigor del alto el fuego se han registrado centenares de muertos en Gaza por fuego israelí, según las autoridades sanitarias del enclave, cuyos recuentos Israel discute sin publicar una contabilidad alternativa detallada. También han muerto soldados israelíes en ataques atribuidos a milicianos. La guerra, en la vida real, no se apaga como un interruptor: baja el volumen, pero el zumbido sigue.
Rafah como palanca de presión y símbolo político
La reapertura de Rafah se ha presentado como el gran “señal” de la segunda fase. Egipto ha presionado para que se abra, porque Rafah también es un punto de control estratégico para El Cairo: por seguridad, por política regional y por gestión de flujos humanos. Para Gaza, el cruce es una esperanza práctica: salida para enfermos, entrada de suministros, respiración.
Pero Israel ha dejado claro que no concibe Rafah como un portón abierto sin más. La fórmula que se maneja es la de una reapertura limitada, con mecanismos de inspección y verificación bajo control israelí. Ese control encaja perfectamente con el mensaje de Netanyahu: si la seguridad la controla Israel, entonces ningún cruce importante puede quedar fuera de su supervisión real, aunque la administración cotidiana se maquille con otros actores.
El pulso con Washington: Witkoff, Kushner y el plan de Trump
En este enero, Netanyahu ha recibido a emisarios de la Casa Blanca con un objetivo concreto: empujar a Israel a entrar de lleno en la segunda fase del acuerdo. Entre esos nombres destacan Steve Witkoff, enviado de Trump, y Jared Kushner, asesor y yerno del presidente, que vuelve a aparecer en la ecuación como figura de peso en el diseño del marco regional. Las conversaciones han girado alrededor de lo que Washington considera piezas imprescindibles: el avance en Rafah, una retirada israelí más amplia, el despliegue de algún tipo de mecanismo internacional de supervisión y, sobre todo, un plan de “gobernanza” para Gaza que no devuelva el control a Hamás.
Aquí hay una tensión casi de manual. Estados Unidos necesita un relato que se pueda vender como progreso: “fase dos”, “reconstrucción”, “normalización”, “gobierno tecnócrata”. Israel, con Netanyahu al frente, insiste en un orden distinto: antes de hablar de reconstrucción, desarme; antes de hablar de gobernanza, control de seguridad. Y, encima, Netanyahu deja caer el ancla ideológica: no habrá Estado palestino en Gaza. Ese ancla limita el margen de maniobra de Washington, porque hace que cualquier fórmula de administración palestina suene a autonomía vigilada, no a horizonte estatal.
El plan de Trump incluye una idea que, leída sobre el papel, parece ordenada: reconstrucción empezando por Rafah, corredores de salida para civiles, mecanismos de verificación, una autoridad local “nueva” que gestione lo diario. En la realidad, cada punto roza una herida. Reconstruir Rafah mientras el resto de Gaza sigue devastada crea asimetrías internas. Abrir “corredores” sin que suenen a expulsión forzada es un equilibrio imposible. Y pedir a Hamás que entregue las armas equivale a pedirle que acepte su propia muerte política.
Por eso, cuando Netanyahu repite que la fase siguiente es “desmilitarización, no reconstrucción”, está diciendo algo más que una preferencia: está marcando el ritmo, como un director que golpea el atril con el dedo. Y, si el ritmo no se acepta, el escenario que muchos temen es el de una reanudación de la ofensiva.
El campamento de Rafah y el fantasma del desplazamiento
En medio de esta discusión, ha emergido otra pieza polémica: la idea de un gran campamento organizado en Rafah para concentrar a población palestina desplazada. Quien la ha explicado con más detalle en público no es un portavoz oficial del Ejército, sino un general retirado, Amir Avivi, asesor y fundador de un influyente foro de reservistas. Su descripción es reveladora: un recinto en un área “limpia” de túneles, con control de entradas y salidas por personal israelí, y con sistemas de verificación de identidad que podrían incluir reconocimiento facial. El objetivo, según ese planteamiento, sería alojar a quienes quieran “quedarse” y también a quienes aspiren a cruzar hacia Egipto.
El problema es que, en Gaza, nada de esto se escucha como un proyecto logístico. Se escucha como una palabra que pesa: traslado. Las autoridades de Hamás han denunciado que un campamento así sería una cobertura para el desplazamiento forzado, una idea que toca el nervio histórico palestino —la Nakba, los exilios, las expulsiones— y que también incomoda a Egipto, reacio a convertirse en receptor masivo de población gazatí por razones de seguridad y de política interna.
Israel insiste en negar que busque una transferencia por la fuerza. Pero a la vez han circulado, en los últimos meses, declaraciones de responsables israelíes hablando de “fomentar” la emigración de gazatíes. En ese marco, un campamento con control biométrico no se interpreta como un centro de ayuda, sino como un filtro: quién sale, quién entra, quién desaparece del conteo.
Netanyahu, con su frase sobre el control de seguridad, coloca este tipo de iniciativas dentro de una lógica coherente: el territorio se ordena desde la seguridad, no desde la política civil. Y, si el territorio se ordena así, la vida cotidiana queda subordinada a dispositivos de control: inspecciones, perímetros, zonas de exclusión, líneas amarillas dibujadas en la arena.
La política israelí por dentro: coalición, asentamientos y la tentación de blindar el “no”
El mensaje de Netanyahu no se entiende del todo sin mirar su coalición. En ella pesan figuras como el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, y el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, representantes del ala más dura del nacionalismo religioso. Son actores que han presionado de forma constante contra cualquier gesto que huela a reconocimiento de soberanía palestina, y que han empujado, en paralelo, por una agenda de hechos consumados en Cisjordania.
En septiembre de 2025, Netanyahu firmó un acuerdo para impulsar la expansión de asentamientos en Cisjordania, con especial atención a proyectos sensibles como el E1, la zona cercana a Maale Adumim que, según muchos analistas, fractura la continuidad territorial necesaria para un futuro Estado palestino viable. En aquel contexto, el primer ministro ya elevó el tono: no habrá Estado palestino al oeste del Jordán. El mensaje de ahora, aplicado explícitamente a Gaza, es una extensión natural de esa línea: negar el Estado en Cisjordania y negar el Estado en Gaza, con la seguridad como argumento envolvente.
La expansión de asentamientos tiene dos efectos políticos. Uno externo: erosiona la viabilidad práctica de una solución de dos Estados y aumenta el aislamiento diplomático de Israel en ciertos foros. Otro interno: fortalece a los socios de coalición que exigen anexión de facto y castigan cualquier ambigüedad. Netanyahu, que ha sido maestro en el arte de equilibrar presiones, sabe que en su campo político la ambigüedad se interpreta como debilidad. Por eso su frase sobre haber bloqueado repetidamente un Estado palestino funciona también como credencial ante los suyos: “he sido yo, no otro”.
A esto se suma el choque con una parte de la comunidad internacional que en 2025 dio pasos de reconocimiento formal del Estado palestino. Entre los países que anunciaron o formalizaron ese reconocimiento se citó a Reino Unido, Canadá, Australia y Francia, entre otros. En Israel hubo una reacción política casi transversal: desde el Gobierno hasta parte de la oposición se rechazó el movimiento como un premio a la violencia después del 7 de octubre. Netanyahu lo interpretó como una presión externa que debía contestarse, y esa lectura alimenta su insistencia actual: no solo no habrá Estado; además, Israel intensificará su control.
El rompecabezas palestino: Hamás, la Autoridad Palestina y el tecnócrata Ali Shaath
En el lado palestino, la discusión sobre un “Estado” choca con una realidad fragmentada. Gaza y Cisjordania no están unidas políticamente. Hamás gobierna en Gaza desde hace años; la Autoridad Palestina, dominada por Fatah, administra partes de Cisjordania con competencias limitadas y bajo una estructura de control y coordinación que nunca ha cuajado en soberanía plena. En medio de la guerra, Estados Unidos ha buscado una fórmula que evite dos cosas a la vez: que Hamás siga gobernando Gaza y que la Autoridad Palestina vuelva “tal cual” al enclave sin capacidad real ni legitimidad suficiente.
Ahí aparece la figura de Ali Shaath, presentado como cabeza de un futuro gobierno tecnocrático para la gestión diaria de Gaza. Su anuncio sobre la reapertura de Rafah pretendía ser un gesto de normalización: “Rafah es una puerta, un salvavidas”. Pero incluso en ese mensaje late la dependencia: Israel controla el área adyacente al cruce desde 2024, y sin visto bueno israelí el anuncio es poco más que una promesa pronunciada desde un auditorio lejano.
A esto se suma un punto delicado que se comenta en círculos diplomáticos y de seguridad: cómo integrar o neutralizar el aparato interno de Hamás. Se ha hablado de absorber miles de policías en una estructura “nueva”, de crear un órgano de seguridad bajo paraguas internacional, de imponer un desarme gradual. Cada opción tiene un defecto grande. Integrar a policías vinculados a Hamás se interpreta en Israel como continuidad del enemigo bajo otro uniforme. Expulsarlos crea vacío y caos. Desarmar de golpe provoca resistencia. Y sin seguridad mínima no hay reconstrucción que aguante: la reconstrucción requiere rutas, materiales, trabajadores, empresas, dinero, y un entorno donde todo eso no sea botín o objetivo.
Netanyahu, al negar un Estado palestino en Gaza, dinamita la narrativa de “transición” hacia una soberanía palestina. La sustituye por otra idea: administración local —si acaso— bajo tutela de seguridad israelí. Eso hace que la figura de Shaath y cualquier gobierno tecnócrata queden, desde el inicio, encajonados: podrían gestionar basura, electricidad, burocracia, pero no decidir sobre fronteras ni sobre armas, que es donde se juega el poder real.
Qué significa “control de seguridad” sobre el terreno: fronteras, zonas y vida diaria
Las grandes frases se aterrizan en cosas pequeñas. En Gaza, el control de seguridad se concreta en movimiento: de personas, de mercancías, de ambulancias, de combustible, de cemento. Si Israel mantiene control de seguridad, decide cuánto entra y cuánto sale, y con qué condiciones. Decide si Rafah abre en ambos sentidos o solo en uno, si se abre “para peatones” o también para transporte, si la inspección es israelí, egipcia o híbrida, y cuántas horas al día.
Se concreta también en el mapa interno. Durante esta guerra, Israel ha dibujado líneas de control y zonas de exclusión, y ha hablado de áreas “seguras” que, en ocasiones, han dejado de serlo por ataques o por cambios en la ofensiva. En el norte, en barrios de Gaza ciudad como Shujaiya o Tuffah, las operaciones para recuperar restos de rehenes han incluido entradas en cementerios y despliegues con expertos forenses. En el sur, la presión se concentra alrededor de Rafah y de los corredores costeros donde se hacinan desplazados. El campamento del que se habla encajaría ahí: una infraestructura de concentración y filtrado, en un entorno donde la gente ya vive en tiendas y edificios dañados, con el invierno como enemigo silencioso.
Mientras tanto, en los hospitales del sur, como Nasser en Khan Younis, se repite una escena que resume el conflicto sin necesidad de grandes discursos: padres pidiendo una evacuación médica que depende de un sello, de una lista, de un cruce. Un joven con un defecto cardíaco esperando poder salir. Un niño con una bala alojada en la cabeza sin medicación adecuada. Esa es la dimensión “doméstica” del control de seguridad: la política convertida en puerta cerrada o en puerta entreabierta.
En Israel, el control de seguridad se vende como garantía de que el 7 de octubre no se repetirá. La sociedad israelí sigue marcada por aquel ataque, por la brutalidad y por el trauma colectivo. El reloj de Tel Aviv contando los días de cautiverio era una especie de metrónomo nacional. Apagarlo tras recuperar al último rehén muerto no borra el dolor, pero cambia el foco: deja de ser “traedlos a casa” y pasa a ser “qué hacemos ahora”. Netanyahu ha respondido con una frase que pretende cerrar el debate: “ahora” se hace lo mismo que “antes”, pero más explícito.
El ‘día después’ bajo llave
La declaración de Netanyahu no es un simple titular; es un intento de fijar el marco antes de que lo fijen otros. En pleno empuje hacia la segunda fase del alto el fuego, con Washington presionando, Egipto reclamando movimiento en Rafah y un gobierno tecnócrata palestino intentando asomar, el primer ministro israelí se adelanta y coloca tres candados: Israel controla la seguridad, eso incluye Gaza, no habrá Estado palestino en Gaza. A partir de ahí, todo lo demás —reconstrucción, administración local, fuerza internacional de supervisión, reapertura de pasos— queda subordinado a una premisa israelí que limita cualquier horizonte de soberanía palestina real.
En lo inmediato, el tablero se juega en Rafah y en la gestión de la posguerra: cómo se articula una apertura que permita evacuaciones médicas y entrada de suministros sin que Israel sienta que pierde el control; cómo se impide que Hamás se rearme sin empujar a Gaza a un vacío de poder; cómo se evita que un plan de campamento “organizado” en Rafah suene —y termine siendo— un desplazamiento masivo. En lo político, la frase “del Jordán al mar” aplicada también a la Franja conecta Gaza con Cisjordania, y sugiere que el futuro que Netanyahu propone es uno donde la seguridad —es decir, el control israelí— es el marco permanente, no una fase transitoria.
Y en lo humano, que es donde la retórica se vuelve carne, el “control de seguridad” se mide por cosas mucho más pedestres: si el cruce abre o no, si una ambulancia puede salir, si llega combustible, si un hospital tiene analgésicos, si una familia puede volver a su barrio o se queda atrapada en una franja de arena húmeda frente al mar. Entre el Jordán y el Mediterráneo caben muchas fórmulas políticas; Netanyahu ha elegido una que reduce el espacio de las otras. El resultado no es una solución cerrada: es un escenario con más vigilancia, menos soberanía palestina y una posguerra que, aun con el alto el fuego, sigue oliendo a guerra.

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