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¿Qué significa la amenaza de Ben-Gvir y Smotrich contra el Líbano?
Ben-Gvir y Smotrich piden incendiar el Líbano tras la muerte de cuatro soldados israelíes. Sus amenazas elevan el riesgo de guerra regional.

No, no es una traducción exagerada ni una frase sacada de contexto. El ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, ha pedido que “todo el Líbano arda” y que por cada madre israelí que llore lo hagan mil madres libanesas. Poco después, el titular de Finanzas, Bezalel Smotrich, reclamó “hablar con fuego” y “abrir las puertas del infierno”. Lo dijeron públicamente tras la muerte de cuatro soldados israelíes en un ataque de Hezbollah en el sur del Líbano.
Las declaraciones no equivalen, por sí mismas, a una orden militar ni demuestran que Israel haya aprobado incendiar literalmente un país entero. Pero tampoco son una bravuconada de barra de bar. Proceden de dos ministros del Gobierno israelí y plantean con todas sus letras una represalia colectiva contra la población libanesa, no únicamente una operación contra Hezbollah. Ahí está la gravedad. Y sí: cuando un dirigente propone que mil madres sufran por cada madre del propio bando, algo esencial se ha roto.
Cuatro soldados muertos y una noche de bombardeos
La escalada comenzó durante la madrugada del 19 de junio en los alrededores de Tibnin y la colina de Ali al-Taher, dentro del sur del Líbano. Las primeras informaciones israelíes señalaron que un artefacto aéreo lanzado por Hezbollah alcanzó un carro de combate. Entre los cuatro militares fallecidos estaba el teniente coronel Dor Gedaliah Ben Simhon, comandante del 52.º Batallón de la 401.ª Brigada Acorazada.
Hezbollah ofreció una versión más amplia: aseguró haber tendido una emboscada a una fuerza israelí, destruido tres carros Merkava con misiles guiados y atacado a las tropas con cohetes y artillería. Como suele ocurrir mientras todavía humea el terreno, ambos relatos no coinciden por completo y algunos detalles siguen bajo investigación. Lo indiscutible es el saldo israelí: cuatro soldados muertos en uno de los episodios más graves de esta fase de la guerra.
La respuesta llegó de inmediato. Israel lanzó ataques intensos sobre varias zonas meridionales, especialmente en el distrito de Nabatieh, y también golpeó objetivos en el valle oriental de la Bekaa. El Ministerio de Salud libanés comunicó un balance provisional de 18 muertos y 33 heridos, mientras denunciaba que los bombardeos dificultaban el acceso de ambulancias y equipos de rescate. Israel afirmó que sus blancos eran miembros e infraestructuras de Hezbollah.
Es un matiz necesario: Hezbollah mató a cuatro militares israelíes y continúa atacando posiciones de Israel. Esa responsabilidad no se diluye porque Ben-Gvir pronuncie una barbaridad. Pero reconocerla tampoco obliga a aceptar la idea, bastante primitiva, de que un país entero constituye un objetivo legítimo. Entre la impunidad de Hezbollah y la devastación indiscriminada existe un espacio llamado derecho internacional. Últimamente parece una habitación con las luces apagadas, pero sigue existiendo.
Lo que dijeron realmente Ben-Gvir y Smotrich
Ben-Gvir no pidió únicamente una respuesta más contundente contra la organización armada. Escribió que “todo el Líbano debe arder” y defendió una proporción de sufrimiento de mil madres libanesas por cada madre israelí. También rechazó las respuestas “medidas” y la moderación, antes de emplear verbos como “aniquilar” y “derrotar”. No hay demasiada filología que hacer aquí. El mensaje es diáfano.
Smotrich fue más breve, aunque no precisamente más templado. Describió la jornada como una mañana difícil, reclamó hablar “con el fuego” y abrir “las puertas del infierno”. Lenguaje apocalíptico, de ese que convierte la guerra en una ceremonia purificadora y a los seres humanos en decorado.
Una amenaza política, no todavía una orden militar
Conviene mantener la cabeza fría incluso cuando otros la pierden. Ben-Gvir dirige el Ministerio de Seguridad Nacional y Smotrich el de Finanzas; sus publicaciones no constituyen automáticamente instrucciones operativas para las Fuerzas de Defensa de Israel. Las decisiones militares pasan por otros órganos del Ejecutivo, el gabinete de seguridad y la cadena de mando.
Eso impide afirmar que Israel haya adoptado oficialmente el plan de quemar el Líbano. No impide observar que dos integrantes relevantes de su Gobierno están presionando para que la respuesta sea mucho más destructiva. Las palabras de un ministro no disparan un misil, pero pueden ensanchar el terreno político en el que dispararlo parece aceptable.
La retórica extrema suele presentarse como desahogo después de una pérdida. Ese argumento puede explicar la ira; no la justifica. Un gobernante no es un ciudadano escribiendo impulsivamente desde el sofá. Tiene autoridad, audiencia y capacidad para influir en quienes deciden dónde cae la siguiente bomba.
Cuando el vocabulario oficial transforma a millones de libaneses en una masa culpable, la diferencia entre Hezbollah, el Estado libanés y la población civil comienza a borrarse. Y cuando esa diferencia desaparece en los discursos, corre el riesgo de desaparecer también sobre los mapas militares.
Por qué “quemar todo el Líbano” no es legítima defensa
Israel tiene derecho a defender a sus ciudadanos y a sus tropas frente a los ataques de Hezbollah. Ese derecho, sin embargo, no es ilimitado. Las leyes de la guerra obligan a distinguir entre combatientes y civiles, prohíben los ataques indiscriminados y exigen que el daño previsto a la población no sea excesivo respecto a la ventaja militar concreta esperada.
El castigo colectivo también está prohibido. Eso significa que una población no puede ser castigada por actos que no ha cometido personalmente. Decir que todo un país debe arder porque una milicia ha matado a cuatro soldados expresa precisamente la lógica que el derecho humanitario intenta contener: la culpa transmitida por nacionalidad, como si un panadero de Beirut, una enfermera de Tiro y un combatiente de Hezbollah fueran la misma persona. No lo son.
La frase, aislada, no permite dictar una sentencia penal ni afirmar automáticamente que se haya cometido un crimen de guerra. Eso requiere hechos, órdenes, intención, operaciones concretas y una investigación competente. Sí permite describirla como una defensa explícita del castigo masivo y como una señal política alarmante. La prudencia jurídica no consiste en fingir sordera.
La civilización no se mide por la capacidad de llorar a los propios muertos. Eso lo hace cualquier comunidad humana. Se mide por la negativa a convertir el dolor propio en permiso para multiplicar el dolor ajeno.
El Líbano no es Hezbollah
Hezbollah es una organización armada respaldada por Irán, con estructura militar, presencia política y una considerable autonomía frente al Estado libanés. Ha lanzado cohetes, drones y ataques contra fuerzas israelíes. También utiliza el territorio del Líbano para desarrollar su estrategia regional. Nada de ello convierte a todos los libaneses en miembros de Hezbollah.
El Líbano es un país de más de cinco millones de habitantes, con profundas divisiones religiosas y políticas, una economía devastada y unas instituciones que llevan años intentando gobernar bajo el peso simultáneo de las élites sectarias, la influencia exterior y las armas de la milicia. Muchos ciudadanos libaneses rechazan a Hezbollah; otros lo apoyan; una gran parte intenta sencillamente sobrevivir entre apagones, inflación, ruinas y funerales.
Confundir un Estado entero con el grupo armado que opera dentro de sus fronteras sería tan absurdo como identificar a toda la sociedad israelí con Ben-Gvir y Smotrich. Los gobiernos no agotan a sus pueblos, por mucho que algunos gobernantes se esfuercen en hablar como si los representaran hasta el último suspiro.
Una escalada que golpea también a la diplomacia
El estallido llega en un momento especialmente frágil. Un acuerdo impulsado por Estados Unidos e Irán pretendía detener las hostilidades en los distintos frentes regionales y preservar la soberanía territorial libanesa. Israel y Hezbollah no eran firmantes directos, un agujero importante en el diseño, pero la expectativa era reducir la violencia y abrir una negociación más estable.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, había anunciado que sus tropas permanecerían en una franja de seguridad de hasta diez kilómetros dentro del sur del Líbano mientras lo exigieran las necesidades de Israel. Hezbollah, mientras tanto, siguió atacando posiciones israelíes. El alto el fuego se parecía así a una puerta cerrada con el marco arrancado: formalmente estaba allí, aunque cualquiera podía atravesarla.
La nueva oleada de combates contribuyó a aplazar las conversaciones previstas en Suiza entre Washington y Teherán. La Casa Blanca habló de problemas logísticos, mientras fuentes regionales vincularon la retirada iraní con los ataques en el Líbano y las posiciones de Netanyahu. Una emboscada en una colina libanesa acabó, de este modo, sacudiendo negociaciones nucleares, rutas petroleras y relaciones entre aliados. Oriente Próximo: el lugar donde ninguna cerilla arde sola.
El abismo empieza mucho antes de las bombas
La muerte de los cuatro soldados israelíes es real, grave y atribuida a Hezbollah. También son reales los civiles y combatientes muertos bajo los ataques israelíes, las poblaciones evacuadas y el deterioro de cualquier intento de tregua. No hace falta elegir un sufrimiento y negar el otro; esa contabilidad moral es precisamente el combustible de las guerras interminables.
Lo nuevo, o quizá lo inquietantemente viejo, es que ministros de un Gobierno democrático hablen abiertamente de incendiar un país y hacer llorar a sus madres por millares. No es firmeza, es deshumanización. La legítima defensa persigue detener una amenaza. La venganza colectiva necesita que todos sean culpables.
Ben-Gvir y Smotrich no han demostrado que exista una decisión oficial de arrasar el Líbano. Han mostrado algo distinto: que dentro del poder israelí hay voces dispuestas a presentarlo como deseable. Y una democracia empieza a extraviarse cuando deja de responder a quienes prometen el infierno y comienza, simplemente, a discutir cuántas puertas debería abrir.

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