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¿Por qué Trump vuelve a centrarse en Corea del Norte y Kim Jong-un?

Trump reactiva el expediente de Corea del Norte mientras Seúl cuestiona unas sanciones que no han frenado el arsenal nuclear de Kim Jong-un.

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Kim Jong Un en 2023

Donald Trump pretende devolver Corea del Norte a su agenda internacional. Así se lo comunicó al presidente surcoreano Lee Jae Myung durante los encuentros mantenidos en el G7 de Évian-les-Bains, en Francia. Lee reveló este 19 de junio en Seúl que el mandatario estadounidense considera llegado el momento de prestar atención al expediente norcoreano, congelado durante años, aunque nunca resuelto.

No existe todavía una negociación anunciada, una fecha para reunirse con Kim Jong-un ni un plan público de Washington. Lo que sí ha cambiado es el lenguaje. Lee animó a Trump a encabezar una nueva ofensiva diplomática y le trasladó una idea incómoda para buena parte de Occidente: las sanciones y la presión han dejado de funcionar como palanca real sobre Pyongyang. El castigo continúa escrito en las resoluciones; su efecto, bastante menos.

Trump vuelve a colocar a Pyongyang en el mapa

La conversación entre Trump y Lee fue más extensa de lo que sugerían las primeras imágenes del G7. Según el presidente surcoreano, ambos hablaron durante cerca de 90 minutos en una cena de dirigentes sobre la paz en la península coreana, la relación bilateral y el futuro de los contactos con el Norte. Hubo también gestos muy del gusto del mandatario estadounidense: una estilográfica de regalo, elogios personales y hasta una invitación para jugar al golf.

Detrás de esa coreografía —porque la diplomacia también tiene camerino— apareció una cuestión seria. Lee pidió a Trump que asumiera el papel de mediador y este respondió mostrando disposición a ocuparse de Corea del Norte. No prometió una cumbre, pero tampoco cerró la puerta. En Washington, una frase así rara vez es accidental.

Trump conoce bien el valor político y televisivo de una reunión con Kim Jong-un. Durante su primer mandato convirtió el conflicto coreano en una sucesión de amenazas, cartas personales y fotografías históricas. Aquello rebajó temporalmente la tensión, aunque no produjo un acuerdo capaz de frenar de manera verificable el programa nuclear norcoreano.

Lee cuestiona una política de presión agotada

El mensaje de Lee Jae Myung no consiste en aceptar que Corea del Norte posea armas nucleares ni en abandonar la desnuclearización. Su planteamiento es más pragmático: continuar aplicando una política de sanciones que no modifica la conducta de Pyongyang resulta poco útil, por solemnes que sean los comunicados.

El presidente surcoreano ya había señalado que las sanciones eran prácticamente inútiles en las condiciones actuales. A su juicio, el comercio y los suministros procedentes de Rusia siguen llegando, mientras que el grado de cumplimiento de China es difícil de comprobar. Lee mantiene la desnuclearización como objetivo, pero quiere sustituir el automatismo de presión y aislamiento por una combinación más flexible de diálogo, incentivos y garantías de seguridad.

La posición no carece de riesgo. Las sanciones también cumplen una función política: indican que la comunidad internacional no acepta las pruebas nucleares, los misiles balísticos ni las redes financieras clandestinas. Retirarlas sin contrapartidas podría ser interpretado por Kim como una victoria. Mantenerlas sin capacidad para hacerlas cumplir, en cambio, empieza a parecerse a cerrar con llave una puerta que ya no tiene pared.

Rusia y China han cambiado el terreno

El contexto es muy distinto al de 2018. Corea del Norte ha estrechado su cooperación militar y económica con Rusia, mientras Moscú necesita munición, personal y socios dispuestos a soportar el aislamiento occidental. China sigue siendo imprescindible para la economía norcoreana, aunque Pekín evita empujar al régimen hacia una desestabilización que podría llevar refugiados y tropas estadounidenses hasta su frontera.

La relación con Rusia ha dado a Kim más margen estratégico y menos motivos para negociar con urgencia. El Gobierno norcoreano tampoco muestra, por el momento, especial interés en abrir canales sustanciales con Estados Unidos, Corea del Sur o Japón. Su prioridad parece ser reforzar la disuasión militar y presentarse como una potencia nuclear irreversible, no como un Estado dispuesto a entregar su arsenal nuclear a cambio de promesas.

Ese giro se aprecia también en la relación entre las dos Coreas. Pyongyang abandonó la reunificación como objetivo oficial, endureció su discurso y pasó a considerar al Sur un Estado hostil. Seúl, mientras tanto, intenta rebajar los riesgos de incidentes fronterizos sin renunciar a su alianza militar con Estados Unidos. Un equilibrio delicado: acercar una mano y mantener el escudo levantado.

Un sistema de sanciones con grietas visibles

Las restricciones de Naciones Unidas comenzaron en 2006 y fueron ampliadas especialmente entre 2016 y 2017. Incluyen controles sobre armas, combustibles, exportaciones, trabajadores en el extranjero, operaciones bancarias y personas o entidades vinculadas con los programas nuclear y balístico.

El problema no es que el régimen haya desaparecido. Sigue vigente. La grieta está en su aplicación y vigilancia. En marzo de 2024, Rusia vetó la renovación del mandato del grupo de expertos encargado de investigar incumplimientos y evasiones. El comité de sanciones continuó existiendo, pero perdió uno de sus principales mecanismos independientes de supervisión. Moscú apagó la cámara de seguridad y luego sostuvo que el edificio seguía perfectamente vigilado.

Lee se apoya en esa realidad para defender un cambio de método. Si Rusia protege abiertamente a Corea del Norte y China aplica las medidas con distinta intensidad según sus intereses, la presión multilateral pierde mordiente. No desaparece, pero muerde menos.

El precedente de Hanói todavía pesa

Trump y Kim se reunieron por primera vez en Singapur en junio de 2018. Después llegaron Hanói, en febrero de 2019, y el encuentro en la zona desmilitarizada coreana unos meses más tarde. Fue una secuencia inédita: un presidente de Estados Unidos en ejercicio cruzando la frontera del Norte, apretones de manos y declaraciones grandiosas.

El punto de ruptura fue Hanói. Kim buscaba un alivio gradual de sanciones a cambio del desmantelamiento parcial de instalaciones nucleares. Estados Unidos exigía pasos mucho más extensos y verificables. Las posiciones estaban demasiado alejadas y Trump abandonó la reunión sin acuerdo. El espectáculo había avanzado más deprisa que la negociación técnica.

Aquel fracaso dejó una lección sencilla. La relación personal puede abrir una puerta, pero no sustituye los inventarios de armas, las inspecciones, los calendarios ni las garantías de seguridad. El átomo no se desmantela con una fotografía.

Kim Jong-un llega más fuerte a una posible negociación

Una nueva ronda de conversaciones no repetiría el escenario de 2018. Corea del Norte ha continuado desarrollando misiles, instalaciones de enriquecimiento y capacidad nuclear. También ha ganado apoyos exteriores y normalizado la idea de que su arsenal forma parte permanente del paisaje asiático.

Kim probablemente exigiría ser tratado como dirigente de una potencia nuclear, una condición que Washington y Seúl rechazan. El G7 volvió a expresar su preocupación por los programas nuclear y balístico norcoreanos y mantuvo la desnuclearización como referencia política. Al mismo tiempo, Lee plantea que quizá sea necesario comenzar por objetivos más modestos: detener ensayos, congelar parte de la producción o recuperar canales militares que reduzcan el peligro de un accidente.

Ahí puede estar el espacio para Trump. No en un desarme total e inmediato, poco creíble, sino en un acuerdo provisional que pueda presentar como avance: una moratoria, inspecciones limitadas, restricciones sobre determinados misiles o un alivio gradual de sanciones ligado a acciones verificables. Todo ello exigiría una paciencia poco compatible con la política del gran anuncio, aunque la realidad suele tener ese mal gusto.

Una puerta entreabierta, no una cumbre pactada

La declaración de Lee Jae Myung confirma un movimiento político, no un acuerdo. Trump ha aceptado volver a mirar hacia Corea del Norte y Seúl quiere aprovechar su inclinación por la diplomacia personal para romper el bloqueo. Falta lo esencial: que Kim Jong-un responda y que las partes acepten discutir algo más concreto que sus posiciones de siempre.

El debate sobre las sanciones será central. Lee sostiene que la presión aislada ha fracasado; los sectores más duros temen que flexibilizarla premie la expansión nuclear. Ambas afirmaciones pueden convivir. Las medidas no han desarmado a Corea del Norte, pero levantarlas sin condiciones tampoco garantiza moderación.

La diplomacia vuelve, pero el átomo sigue ahí

Por ahora, el resultado del G7 es una señal política. Washington vuelve a pronunciar el nombre de Pyongyang con intención diplomática y Corea del Sur intenta colocarse en el centro de cualquier negociación, evitando que Trump y Kim decidan el futuro de la península coreana por encima de Seúl.

La puerta está entornada. Al otro lado, sin embargo, nadie ha confirmado todavía que vaya a cruzarla. El expediente norcoreano vuelve a moverse, pero el núcleo del conflicto permanece intacto: un régimen con armas nucleares, una red de alianzas alterada por Rusia y China, y una diplomacia que deberá demostrar que esta vez existe algo más que una fotografía.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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