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Naturaleza

¿Por qué Galicia se queda sin agua? Baiona activa la alerta por sequía

Baiona afronta reservas para unas dos semanas; la sequía, el calor y la presión turística agravan la escasez de agua en Galicia este verano.

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Baiona activa la alerta por sequía

Galicia, tierra de lluvia horizontal, paraguas y ríos que parecen inagotables, afronta una paradoja bastante menos pintoresca este agosto: empieza a faltar agua en varias zonas de la comunidad. El caso más delicado está en Baiona, en Pontevedra, donde el embalse de Baíña ronda ya el 39% de su capacidad y el Ayuntamiento calcula que, de mantenerse el actual ritmo de consumo, las reservas disponibles pueden resultar suficientes únicamente para unas dos semanas.

No es un susto aislado ni una fotografía engañosa de un embalse bajo. La Xunta mantiene 32 municipios en situación de alerta y otros 59 en prealerta dentro de la demarcación Galicia-Costa. Son 91 ayuntamientos afectados por restricciones o medidas especiales de seguimiento. La combinación es bastante sencilla de entender: meses secos, temperaturas altas, caudales menguantes y, en determinadas localidades costeras, una población que se dispara en verano precisamente cuando menos agua entra en el sistema.

Baiona, el lugar donde todas las tensiones coinciden

Baiona resume casi en miniatura lo que está ocurriendo. Tiene unos 12.000 habitantes durante buena parte del año, pero en julio y agosto la población puede aproximarse a 36.000 personas. Tres veces más duchas, cisternas, lavadoras, terrazas, apartamentos, hoteles y restaurantes consumiendo agua de una infraestructura que, lógicamente, no triplica su capacidad porque haya llegado agosto. El turismo no crea la sequía, pero convierte una situación delicada en otra bastante más difícil de administrar.

Y el embalse lo está contando sin necesidad de demasiados discursos. El 6 de julio, el Concello de Baiona situaba la ocupación de Baíña en el 63,03%, frente al 85,43% registrado un año antes. Ya entonces se prohibieron distintos usos de agua de la red municipal. A mediados de agosto, el nivel comunicado había descendido hasta alrededor del 39%. En poco más de un mes se ha evaporado —en sentido figurado y también algo literal— buena parte del margen disponible.

El Ayuntamiento contempla, si la situación continúa deteriorándose, recurrir al sistema de Zamáns, que abastece al área de Vigo y Nigrán. No significa que los grifos de Baiona vayan a secarse automáticamente dentro de catorce días; significa que, sin nuevas aportaciones o una reducción del consumo, el municipio tendría que buscar recursos alternativos para mantener el abastecimiento.

Del 63% al 39% en unas semanas

La velocidad del descenso ayuda a comprender por qué las administraciones han endurecido las medidas. Baiona ya había prohibido en julio utilizar agua potable de la red municipal para regar jardines y huertas, llenar piscinas particulares, lavar vehículos, baldear calles o terrazas y alimentar fuentes ornamentales sin sistemas de recirculación. También se pidió reducir el tiempo de las duchas, reparar fugas y utilizar lavadoras y lavavajillas únicamente con carga completa.

El 11 de agosto, Augas de Galicia dio un paso más. Los indicadores correspondientes al inicio de mes situaban el subsistema de Baiona en valores propios de una situación de alerta o escasez severa, y la resolución publicada posteriormente en el Diario Oficial de Galicia ordenó aplicar en la zona medidas equivalentes a ese escenario. Es el penúltimo peldaño del sistema de gestión de la escasez; por encima queda la emergencia.

Conviene distinguir dos términos que suelen aparecer mezclados. La sequía describe, fundamentalmente, una anomalía prolongada en las precipitaciones. La escasez de agua aparece cuando el recurso disponible empieza a resultar insuficiente para atender la demanda. En Baiona están chocando las dos cosas: llega menos agua y, al mismo tiempo, mucha más gente abre el grifo.

Una primavera anormalmente seca en Galicia

El problema venía gestándose bastante antes de las vacaciones. AEMET calificó la primavera de 2026 como seca en el conjunto de la España peninsular: se acumularon 134 litros por metro cuadrado, aproximadamente el 75% del valor habitual. Galicia estuvo entre las áreas más afectadas y algunas zonas costeras llegaron a presentar un carácter extremadamente seco.

Después llegó el calor. La propia Xunta señalaba el 11 de agosto que los sistemas más comprometidos acumulaban más de dos meses con indicadores bajos de caudal, sin señales claras de cambio de tendencia. Los embalses destinados al abastecimiento dentro de Galicia-Costa estaban al 72,74% a comienzos de agosto, una cifra que, vista sola, no parece dramática. El detalle incómodo está en la comparación: supone 14,44 puntos menos que en las mismas fechas del año anterior y, sobre todo, esconde enormes diferencias locales.

Ese es uno de los engaños habituales de los porcentajes generales. Galicia puede presentar unas reservas razonables en conjunto y, simultáneamente, sufrir problemas serios en determinadas cuencas. El agua almacenada a decenas o cientos de kilómetros no aparece mágicamente en otro depósito porque allí haga falta.

La alerta se extiende mucho más allá de Baiona

La situación más exigente afecta también al sistema del río Lérez y la ría de Pontevedra y al del río Anllóns y la costa de A Coruña. La Xunta declaró la alerta en ambas unidades territoriales después de comprobar un descenso prolongado de caudales y reservas. Baiona, aunque integrada en una unidad territorial más amplia, recibe medidas equivalentes por su situación particular.

Entre los municipios afectados por el nivel de alerta aparecen Pontevedra, Sanxenxo, Cangas, Moaña, Marín, Poio, Bueu, A Estrada, Carballo, Arteixo, Culleredo y Malpica, además de la propia Baiona, entre otros. Otros territorios de las cuencas del Tambre, río Grande, Mendo, Landro y Ouro se encuentran en prealerta, con controles reforzados sobre consumos, ríos y embalses.

La diferencia no es decorativa. Cuando se activa la alerta pueden limitarse usos considerados prescindibles, como el llenado de piscinas, el riego de jardines o el baldeo de calles. Y el plan contempla incluso cortes puntuales de suministro si fueran necesarios para preservar el agua destinada al consumo humano. La prioridad cambia: primero beber, cocinar y mantener los servicios esenciales; después viene todo lo demás.

El turismo agrava el problema, pero no explica todo

Resulta tentador reducir la historia a una ecuación bastante cómoda: llegan turistas, se acaba el agua. La realidad es menos complaciente. El fuerte aumento estacional de población dispara el consumo y tiene un peso evidente en municipios como Baiona, pero las restricciones aparecen sobre un territorio que lleva meses registrando precipitaciones escasas y caudales bajos.

El turismo funciona como un amplificador. Una localidad diseñada para abastecer durante el invierno a unos pocos miles de vecinos tiene que responder de repente a decenas de miles de residentes, visitantes y trabajadores. Hoteles llenos, segundas viviendas abiertas, restaurantes funcionando a pleno rendimiento y playas abarrotadas. Todo ocurre durante las semanas más cálidas y secas del calendario. Mal momento para descubrir que el depósito tiene fondo.

Ahí aparece una cuestión que va más allá de este agosto: muchas localidades costeras han crecido como destinos turísticos con mucha más rapidez que sus infraestructuras hidráulicas. Redes interconectadas, depósitos, reducción de fugas, reutilización de aguas depuradas o sistemas capaces de absorber grandes oscilaciones estacionales dejan de ser asuntos técnicos escondidos en un despacho cuando el embalse baja al 39%.

¿Puede aliviarse pronto la situación?

Una lluvia de verano puede refrescar el ambiente y llenar titulares, pero no necesariamente resuelve una escasez acumulada durante meses. Para recuperar ríos, suelos y embalses hacen falta precipitaciones suficientes y, sobre todo, persistentes. Un episodio tormentoso intenso puede dejar mucha agua en pocas horas y aportar bastante menos de lo esperado al sistema de abastecimiento.

La previsión estacional de AEMET para agosto, septiembre y octubre mantiene una probabilidad muy alta de temperaturas superiores a las normales en España. Respecto a las precipitaciones, el noroeste peninsular no presenta actualmente una señal clara hacia un trimestre más seco o más húmedo de lo habitual. Es decir, no existe base para prometer que la lluvia vaya a resolver rápidamente el problema gallego.

En Baiona, mientras tanto, la aritmética manda. Menos aportaciones, un embalse que pierde volumen y una población estival multiplicada por tres. De ahí las restricciones y la búsqueda de alternativas de suministro. Dos semanas no son una fecha de caducidad exacta, sino una estimación basada en las reservas y el consumo actuales; puede variar si baja la demanda, llega agua de otro sistema o cambian las condiciones meteorológicas.

El agua también tiene temporada alta

Galicia no se está quedando sin agua de golpe ni afronta una escasez generalizada en todo su territorio. Pero determinados sistemas han entrado en una situación que ya obliga a tomar medidas serias, y Baiona es el ejemplo más visible. El descenso del embalse de Baíña desde algo más del 63% a comienzos de julio hasta alrededor del 39% a mediados de agosto explica mejor la situación que cualquier adjetivo.

La lluvia volverá, claro. Siempre vuelve. El asunto incómodo es qué ocurre mientras tanto y qué sucederá cuando otro verano reúna otra vez calor, pocas precipitaciones y localidades que multiplican su población en unas semanas. Durante décadas, en Galicia hablar de falta de agua parecía casi una broma meteorológica. Este agosto tiene bastante menos gracia.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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