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¿Quién es Alejandro Betancourt, el empresario que une a Delcy y Trump?

Alejandro Betancourt reaparece entre Delcy Rodríguez, Trump, petróleo venezolano y una investigación judicial reabierta en España en marcha.

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Alejandro Betancourt
Alejandro Betancourt / WIKIPEDIA

Alejandro Betancourt vuelve a ocupar un lugar incómodo —y bastante revelador— en la Venezuela que intenta recomponerse tras la caída de Nicolás Maduro. El empresario venezolano de 46 años, enriquecido durante el chavismo y sometido durante años a investigaciones por presunta corrupción y blanqueo, ha reaparecido alrededor del poder de Delcy Rodríguez y de los intereses económicos de la Administración de Donald Trump. Su función no figura en un organigrama. Precisamente ahí está buena parte de la historia.

Mauricio Claver-Carone, hasta hace pocas semanas una de las figuras más influyentes en la política estadounidense hacia Venezuela, reconoció que él y otros responsables estadounidenses habían utilizado a Betancourt como intermediario con el Gobierno de Rodríguez. Su utilidad estaba en conocer el negocio petrolero de ambos países y poder tender puentes entre Caracas y Washington. Es decir: un empresario rodeado de expedientes judiciales convertido en canal de comunicación en uno de los negocios más codiciados del planeta. La política internacional tiene esas ironías; el petróleo suele pulirlas bastante.

Quién es Alejandro Betancourt y de dónde salió su fortuna

Leopoldo Alejandro Betancourt López nació en Caracas en 1980 y construyó su perfil empresarial alrededor del sector energético. Su nombre quedó especialmente asociado a Derwick Associates, compañía que obtuvo contratos para construir instalaciones eléctricas durante los años en los que Venezuela sufría una grave crisis de generación. Betancourt consiguió contratos de plantas eléctricas valorados en unos 2.000 millones de dólares y aquellos negocios provocaron investigaciones y controversias sobre los precios, la contratación y la experiencia de las empresas implicadas. Betancourt ha negado irregularidades.

Fue precisamente aquella generación de jóvenes empresarios enriquecidos alrededor de los contratos públicos chavistas la que terminó popularizando el término “bolichicos”. No es una categoría jurídica, claro, sino política y social: empresarios relativamente jóvenes que hicieron fortunas extraordinarias durante el auge petrolero y la expansión del gasto estatal bajo Hugo Chávez. Betancourt se convirtió en uno de los nombres más reconocibles de aquel fenómeno.

Después llegó Europa. Parte del patrimonio generado en Venezuela terminó transformándose en propiedades, inversiones y participaciones empresariales fuera del país. Una investigación publicada en 2021 calculó que Betancourt había invertido más de 300 millones de dólares en propiedades y negocios internacionales. Entre sus inversiones más conocidas figura Hawkers, la compañía española de gafas que creció con enorme rapidez gracias al comercio electrónico y las redes sociales.

Hawkers, España y una segunda vida empresarial

La operación Hawkers ayudó a construir una imagen muy distinta de la que acompañaba a Derwick. En lugar de centrales eléctricas venezolanas aparecieron gafas de sol, marketing digital, capital riesgo y reuniones con emprendedores. Betancourt encabezó en 2016 una inversión de 50 millones de euros en la empresa española y pasó a ocupar una posición central en la compañía. El dinero venezolano había cambiado de paisaje: del calor industrial de las turbinas a las oficinas minimalistas de las start-ups.

Pero el pasado nunca desapareció del todo. Investigaciones judiciales en distintos países continuaron examinando movimientos financieros vinculados a empresarios venezolanos, sociedades internacionales y operaciones relacionadas con PDVSA. Betancourt ha sostenido reiteradamente que sus negocios son legítimos y ha rechazado las acusaciones de corrupción que se han formulado contra él.

Por qué Betancourt conecta ahora a Delcy Rodríguez con Trump

La explicación está, otra vez, bajo tierra. Petróleo, gas, oro, minerales y deuda. Tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en enero de 2026, Delcy Rodríguez pasó a dirigir Venezuela de forma interina mientras Washington aumentaba considerablemente su peso sobre el futuro económico del país. Estados Unidos ha impulsado desde entonces una apertura de los sectores energético y minero hacia compañías estadounidenses.

En ese escenario, Betancourt posee algo extremadamente valioso: relaciones a ambos lados del tablero. Claver-Carone admitió que fue utilizado como intermediario porque conocía tanto el entorno venezolano como el estadounidense. La cercanía del empresario a Claver-Carone había generado inquietud entre algunos aliados de Trump y personas vinculadas a las negociaciones sobre Venezuela. El propio Claver-Carone sostiene que no tiene intereses económicos en el país y que su actividad buscaba facilitar la política estadounidense.

La relación con Rodríguez, sin embargo, resulta menos transparente. Diversas fuentes sostienen que Betancourt estaría asesorando informalmente al Ejecutivo venezolano en asuntos petroleros y que su influencia alcanzaría también la minería y la reestructuración de la enorme deuda del país. No existe, por ahora, un nombramiento oficial conocido que confirme ese cometido. Esa diferencia importa: una cosa es acreditar contactos e intermediación; otra, convertirlos en un cargo institucional que nadie ha anunciado.

Los viajes discretos que devolvieron su nombre a Caracas

La reaparición física de Betancourt en Venezuela añadió todavía más interés. Según registros de vuelo conocidos públicamente, un avión procedente de Palm Beach aterrizó en Caracas el 27 de junio de 2026 con Betancourt entre sus pasajeros. También se han documentado movimientos posteriores en julio y discrepancias en la documentación de uno de esos vuelos, aunque dos personas que aparecían inicialmente como pasajeros negaron haber viajado a Venezuela.

El detalle parece menor —papeles de aviación privada, nombres que entran y salen de una hoja—, pero ilustra la naturaleza del personaje. Betancourt no necesita aparecer detrás de un atril. Su terreno son los contactos empresariales, los inversores, los operadores financieros y los intermediarios capaces de hablar con gobiernos enfrentados públicamente mientras negocian privadamente.

La investigación española que fue archivada y volvió a abrirse

El capítulo judicial exige precisión porque ha cambiado de dirección en apenas unos meses. En marzo de 2026, el juez Santiago Pedraz, de la Audiencia Nacional, archivó una investigación contra Betancourt y otros empresarios por un supuesto blanqueo relacionado con fondos de PDVSA. El magistrado entendió entonces que los hechos de origen habían sido investigados previamente en Venezuela y que no se había acreditado la existencia del delito precedente necesario para sostener el blanqueo.

La Fiscalía Anticorrupción recurrió. Consideraba que quedaban diligencias fundamentales por practicar y que la investigación española abordaba aspectos distintos, entre ellos posibles sobornos, movimientos de fondos hacia Europa y operaciones patrimoniales realizadas en España.

Qué decidió finalmente la Audiencia Nacional

El 2 de junio, la Sala de lo Penal dio la razón a la Fiscalía y ordenó reabrir la causa. La investigación analiza un presunto fraude vinculado a un préstamo entre PDVSA y Administradora Atlantic y el posterior movimiento de enormes cantidades de dinero. Entre los extremos que Anticorrupción pretende esclarecer figura el supuesto pago de sobornos y la llegada a España de fondos destinados a inversiones y activos.

Que la investigación esté abierta no equivale a una condena, ni siquiera a que las acusaciones hayan quedado probadas. Es una distinción elemental, pero imprescindible cuando las cantidades se cuentan por miles de millones y los titulares corren más deprisa que los tribunales. Betancourt no ha sido condenado por estos hechos en España y ha rechazado las acusaciones de corrupción formuladas contra él.

La dimensión internacional complica todavía más el expediente. Las pesquisas españolas nacieron en parte de información procedente de Suiza y de investigaciones anteriores relacionadas con fondos venezolanos. Autoridades suizas han examinado durante años movimientos de dinero procedentes de Venezuela a través de su sistema bancario, dentro de investigaciones más amplias sobre presunto blanqueo.

Petróleo y minería: donde vuelve a crecer su influencia

Mientras los tribunales examinan el pasado, el negocio mira hacia delante. Betancourt se encuentra de nuevo cerca de uno de los grandes centros de gravedad de Venezuela: la producción petrolera privada. En agosto trascendió que el empresario estadounidense Harry Sargeant III había acordado vender por unos 300 millones de dólares su participación en NABEP, compañía petrolera venezolana, a una parte cercana a Betancourt, accionista de control de la empresa.

No es un movimiento aislado. Washington está promoviendo activamente la llegada de capital estadounidense a Venezuela y ha mostrado especial interés por el petróleo y los minerales. En marzo, una delegación encabezada por el secretario del Interior de EE.UU., Doug Burgum, viajó a Caracas acompañada por más de dos docenas de empresas mineras y de minerales. Rodríguez anunció entonces una reforma de la legislación minera para facilitar nuevas inversiones extranjeras.

Ahí se entiende mejor por qué un personaje como Betancourt vuelve a resultar útil. Conoce las redes de negocios venezolanas, posee capital, mantiene relaciones internacionales y puede moverse en ese espacio gris donde se cruzan empresarios, gobiernos y fondos de inversión. La experiencia enseña que esos espacios rara vez están vacíos mucho tiempo.

El poder de ser útil cuando cambia el poder

La historia de Alejandro Betancourt no consiste únicamente en saber cuánto dinero posee o cuántos expedientes han llevado su nombre. Lo llamativo es su capacidad de adaptación. Hizo fortuna durante el chavismo, trasladó buena parte de su actividad empresarial al extranjero, invirtió en compañías españolas y ahora reaparece en una Venezuela mucho más dependiente de Washington, convertido en interlocutor útil para quienes intentan reconstruir su industria energética.

Donald Trump ha elogiado públicamente la gestión de Delcy Rodríguez mientras su Administración mantiene una influencia decisiva sobre la reorganización política y económica venezolana. En paralelo, capital estadounidense busca posiciones en petróleo, minería, banca y deuda. Betancourt encaja en ese paisaje no porque represente una ruptura limpia con la Venezuela anterior, sino justamente porque conoce sus tuberías —las literales y las otras—.

La paradoja es difícil de esconder. Un empresario cuya trayectoria continúa siendo examinada por la justicia española puede actuar al mismo tiempo como puente entre Washington y Caracas. No demuestra culpabilidad alguna; tampoco borra las preguntas pendientes. Demuestra otra cosa, quizá más vieja que cualquier revolución: cuando hay petróleo, miles de millones y gobiernos necesitados de intermediarios, la frontera entre pasado y futuro puede caber entera en el asiento trasero de un avión privado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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