Tecnología
¿Cómo un fallo informático expuso los bots que amplificaban a Milei?
Un fallo informático dejó al descubierto respuestas automatizadas a favor de Milei y reabrió el debate sobre bots y propaganda política en X.

Un error tan pequeño como dejar escrita una palabra que debía permanecer oculta ha colocado bajo el foco la maquinaria de amplificación política que rodea al Gobierno de Javier Milei en las redes sociales. Decenas de cuentas respondieron a una publicación del funcionario Santiago Oría con mensajes favorables al oficialismo precedidos por etiquetas como «Reply1:», «Reply3:» o «Reply7:», una numeración impropia de una conversación espontánea y mucho más parecida a las instrucciones internas de un sistema automatizado.
El episodio permite afirmar algo bastante concreto: cuentas con patrones de automatización amplificaron un mensaje de Oría y parte de esa automatización quedó accidentalmente a la vista. Hay, sin embargo, una frontera que conviene no cruzar alegremente. Hasta el momento no se ha presentado una prueba pública que demuestre que Presidencia pagó, contrató o manejó directamente esas cuentas. El propio Oría sostiene que los bots pudieron formar parte de una operación destinada a perjudicarle. Entre una cosa y la otra queda el asunto realmente interesante: cómo se fabrica apariencia de consenso político en una red social.
El «Reply» que convirtió una discusión política en otra cosa
La secuencia comenzó el 25 de agosto. El comunicador libertario Alejandro Rozitchner publicó en X una crítica al kirchnerismo y Oría respondió desde su cuenta con una frase igualmente combativa: «Son pobristas!!! Piden literalmente estar peor!!!».
Nada excepcional en el paisaje argentino de X, donde la discusión política acostumbra a sonar como una sobremesa familiar a la que alguien ha llevado un megáfono. Lo extraño vino después.
El mensaje de Oría comenzó a recibir numerosas respuestas favorables. Algunas arrancaban con «Reply» seguido de un número, antes del comentario político propiamente dicho. La estructura se repitió en diferentes perfiles: frases contra el kirchnerismo, elogios a determinadas decisiones gubernamentales y expresiones habituales del universo libertario.
Precisamente esa repetición es lo que levantó las sospechas. En un sistema preparado para distribuir varias respuestas, nombres como «Reply1», «Reply2» o «Reply8» pueden funcionar como etiquetas internas para distinguir cada texto antes de enviarlo. Si la herramienta está mal configurada, la orden sale publicada junto al mensaje. La tramoya aparece delante del escenario.
Perfiles extranjeros hablando de política argentina
Había otro detalle difícil de pasar por alto. Varias de las cuentas que participaron en la conversación mostraban una actividad anterior muy alejada de la política argentina.
Entre los perfiles señalados aparecieron cuentas asociadas a Indonesia y Nigeria, usuarios que habitualmente publicaban en inglés o difundían contenidos sobre publicidad y criptomonedas. De pronto intervenían en castellano en una discusión muy local, empleando términos propios del enfrentamiento entre libertarios y kirchneristas.
Una de las respuestas utilizaba incluso el «VLLC», abreviatura de «Viva la libertad, carajo», convertida en seña política del movimiento de Milei. Otras reproducían fórmulas similares contra los «kukas».
Que una persona de Yakarta o Nigeria opine sobre Argentina no tiene nada de imposible, por supuesto. Internet no exige pasaporte. Lo llamativo aparece cuando muchos perfiles aparentemente desconectados publican mensajes sincronizados, con estructuras semejantes y restos de instrucciones técnicas. Ahí deja de importar tanto el domicilio del usuario y empieza a importar el patrón.
Santiago Oría estaba ganando peso en la comunicación de Milei
El episodio resultó especialmente incómodo por el momento en que ocurrió. Oría no es simplemente un simpatizante con una cuenta muy activa. Es director de Realización Audiovisual de la Presidencia argentina, cineasta y uno de los hombres que llevan años construyendo la imagen audiovisual de Javier Milei.
Su influencia en el terreno digital había aumentado precisamente durante esos días. Con el repliegue del sector ligado al asesor Santiago Caputo, Oría comenzó a ocupar más espacio dentro del dispositivo comunicativo del Gobierno, aunque la distribución exacta de funciones ha generado versiones contradictorias dentro de la propia Casa Rosada.
La escena, por tanto, tenía una potencia política que habría sido mucho menor en la cuenta de cualquier militante anónimo: un responsable de comunicación presidencial escribe un mensaje y poco después aparecen decenas de perfiles aparentemente automatizados empujándolo.
Según los datos publicados durante la polémica, la intervención de Oría superó las 300.000 visualizaciones. El volumen no demuestra por sí solo manipulación —una publicación polémica puede hacerse viral sin ayuda—, pero las respuestas con «Reply» proporcionaron un indicio mucho más tangible que la simple cifra de impresiones.
Oría niega que la operación procediera de su equipo
Hay una versión alternativa y debe formar parte de los hechos. Oría rechazó que aquella red fuese una operación organizada por su entorno y planteó que podía tratarse de bots utilizados deliberadamente para hacerle quedar en evidencia.
La hipótesis no es técnicamente absurda. Cualquiera con acceso a una red automatizada puede dirigir respuestas hacia una cuenta ajena. Que cien bots elogien a un político no demuestra automáticamente que ese político haya contratado a los cien bots; del mismo modo que recibir cien insultos coordinados tampoco demuestra que los haya encargado el adversario.
Este matiz cambia bastante la lectura. Las etiquetas «Reply» permiten observar una actividad coordinada y automatizada, pero no identifican por sí mismas a quien dio la orden, pagó el servicio o configuró el sistema. Para atribuir esa responsabilidad harían falta registros de administración, pagos, comunicaciones internas, datos de infraestructura o alguna evidencia equivalente. Eso no ha aparecido públicamente.
El tropiezo técnico existe. La conexión directa con el Gobierno, de momento, permanece en el terreno de la atribución política y periodística, no de una prueba informática concluyente.
Qué es una granja de bots y por qué puede alterar una conversación
Un bot es, en esencia, una cuenta cuyo comportamiento está total o parcialmente automatizado. No todos son fraudulentos: existen cuentas automáticas que informan de terremotos, publican datos meteorológicos o responden consultas. El problema comienza cuando se utilizan decenas o miles de perfiles para fabricar una popularidad que aparenta proceder de ciudadanos independientes.
En comunicación política esa práctica suele relacionarse con el llamado astroturfing: construir artificialmente algo que parece un movimiento espontáneo de base. Una idea minoritaria puede adquirir así el aspecto de una multitud; un mensaje mediocre, el de una tendencia irresistible.
La mecánica es sencilla. Una publicación recibe respuestas rápidas, réplicas, menciones y adhesiones. El usuario común entra y encuentra una plaza digital aparentemente abarrotada. Tal vez cientos de voces estén repitiendo lo mismo. La percepción cambia antes incluso de leer los argumentos: «todo el mundo habla de esto».
Y ahí está el valor real de estas operaciones. No necesitan convencer a cada persona. Les basta con alterar la percepción del tamaño de una corriente de opinión.
X prohíbe las conductas destinadas a amplificar artificialmente contenidos mediante actividad coordinada o automatización engañosa. Otra cosa, bastante distinta, es detectar todas las redes que lo hacen. Las granjas más sofisticadas mezclan publicaciones normales, idiomas, fotografías, contenidos comerciales y actividad aparentemente cotidiana para que cada cuenta tenga una pequeña biografía digital. Una multitud sintética con manchas, aficiones y desayuno.
Los perfiles torpes se reconocen antes. Los buenos, no necesariamente.
La política de Milei y una batalla que también se libra con algoritmos
La comunicación digital ocupa un lugar singular en el fenómeno político de Javier Milei. Su ascenso no puede explicarse por bots —hacerlo sería una simplificación bastante cómoda—: existe un electorado real, organizado y electoralmente comprobable que le llevó a la Presidencia y mantiene una identidad política muy activa.
Otra cuestión es cómo ese apoyo convive con las técnicas contemporáneas de amplificación. Las campañas digitales ya no consisten solamente en publicar un vídeo atractivo o acertar con una frase. Incluyen redes de simpatizantes, cuentas partidistas, creadores, publicidad segmentada, algoritmos y automatizaciones y, en los márgenes más opacos, perfiles diseñados para fingir espontaneidad.
Eso afecta a la derecha, a la izquierda y a casi cualquier organización que descubra que una tendencia en redes vale minutos de televisión y titulares en prensa. La tecnología no tiene ideología; quien pulsa el botón sí puede tenerla.
Lo ocurrido alrededor de Oría resulta revelador precisamente por su vulgaridad. No hubo una sofisticada investigación forense que descifrara servidores secretos. Bastó una palabra. «Reply». Una instrucción que aparentemente debía quedarse entre bambalinas y salió a escena vestida todavía con el mono de trabajo.
Cuando el apoyo político empieza a parecer demasiado perfecto
El incidente no demuestra que el respaldo social a Milei sea ficticio ni permite atribuir automáticamente aquella red de cuentas a la Presidencia argentina. Sí deja una evidencia mucho más concreta: una conversación política vinculada a un alto responsable de comunicación fue amplificada por perfiles con claros signos de automatización, y un fallo hizo visible el mecanismo.
También deja una advertencia menos partidista y bastante más incómoda. Las redes sociales ofrecen números exactos —visualizaciones, seguidores, respuestas, tendencias— que producen una sensación de precisión casi científica. Pero detrás de una cifra puede haber personas, campañas pagadas, militantes coordinados, robots o una mezcla de todo eso.
La plaza pública digital sigue llena. Solo que, algunas noches, cuesta saber cuántos de los que aplauden tienen pulso.

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