Historia
¿Qué han encontrado en Albacete? Una escultura ibérica de 2.000 años
Libisosa saca a la luz una excepcional cabeza ibérica de piedra caliza, quizá de un joven, reutilizada siglos después en un edificio romano.

Resumen
- Una cabeza ibérica de piedra caliza apareció en Libisosa, Albacete
- Data de los siglos V-IV a. C. y pudo representar a un joven
- Siglos después fue reutilizada en el muro de un granero romano
Una cabeza de piedra caliza casi a tamaño natural, sin rostro pero con el cabello todavía trabajado en trenzas y tirabuzones, ha emergido del Parque Arqueológico de Libisosa, en Lezuza, Albacete. Los investigadores la sitúan inicialmente entre los siglos V y IV a. C. y creen que pudo pertenecer a un monumento funerario ibérico. No es una pieza completa, ni falta que le hace para resultar extraordinaria: conserva suficiente información como para abrir una ventana a la sociedad que habitó esta zona hace más de dos milenios.
El fragmento fue recuperado durante las excavaciones de 2025, aunque el hallazgo se ha dado a conocer en septiembre de 2026 tras avanzar su estudio. Su historia tiene, además, una segunda vida bastante menos solemne. Siglos después de ser esculpida, la cabeza terminó reutilizada como material de construcción en el muro de un granero del foro de la colonia romana de Libisosa. De símbolo de prestigio a piedra de obra. Roma también reciclaba, aunque sin demasiados miramientos arqueológicos.
Una cabeza sin rostro que todavía cuenta una historia
La escultura conserva los dos laterales y la parte posterior de la cabeza, pero ha perdido prácticamente todo el rostro. A primera vista podría parecer una mutilación fatal para interpretar la figura; ocurre lo contrario. Los detalles que sobrevivieron son precisamente algunos de los que permiten a los arqueólogos aproximarse a la identidad social del personaje.
El cabello aparece trabajado mediante trenzas, un recogido posterior y tirabuzones laterales. En la escultura ibérica el peinado no era un adorno escogido al azar. Podía comunicar edad, sexo, posición social e incluso el papel que desempeñaba la persona representada. La visibilidad y el tratamiento de las orejas aportan otra pista.
La combinación de esos elementos inclina provisionalmente la identificación hacia un varón joven, posiblemente un adolescente. Conviene mantener el condicional: falta el rostro, falta el resto del cuerpo y todavía queda investigación por delante. La arqueología seria suele avanzar así, más cerca del bisturí que del espectáculo.
Podría haber sido un jinete o una figura de pie
Los especialistas conocen muy pocas esculturas ibéricas de bulto redondo comparables. Entre las referencias femeninas aparece una pieza procedente de la necrópolis de El Cigarralejo, en Mula, Murcia. El paralelo masculino más próximo podría ser el jinete de Los Villares, hallado en Hoya Gonzalo, también en Albacete.
Esa semejanza abre dos posibilidades principales: la cabeza de Libisosa pudo formar parte de una figura representada de pie o pertenecer a la escultura de un jinete. En ambos casos estaríamos lejos del retrato doméstico y mucho más cerca de una representación monumental, ligada al prestigio y a las ceremonias de las élites ibéricas.
El peinado ofrece pistas sobre quién fue representado
El cabello esculpido funciona casi como una credencial social. La complejidad de la talla, la disposición de los rizos y la forma en que quedan visibles las orejas no encajan fácilmente con una figura masculina adulta y apuntan hacia una edad juvenil. Tampoco parece una escultura anónima concebida para llenar un espacio cualquiera.
La calidad de la talla refuerza esa interpretación. Libisosa no estaba produciendo únicamente cerámica, armas o arquitectura funcional; había allí una sociedad capaz de encargar obras complejas y de utilizar la imagen monumental para representar rango, memoria familiar y poder.
Una escultura ibérica convertida en piedra romana
El lugar donde apareció la cabeza añade una capa especialmente reveladora. No estaba en una tumba intacta ni presidiendo un santuario. Se encontraba asociada al muro perimetral norte de un horreum, el granero del foro de la colonia romana, construido en época de Augusto.
La explicación más probable es que el monumento ibérico original hubiese perdido siglos después su significado político y religioso. Sus piedras pasaron entonces a convertirse en cantera disponible para nuevas construcciones. Para quienes levantaban la Libisosa romana, aquella escultura quizá ya no representaba a un antepasado prestigioso ni a un héroe. Era piedra caliza. Buena piedra, además.
No sería un comportamiento extraño. La reutilización de piezas anteriores está documentada en otros asentamientos romanizados de la península. Las ciudades antiguas crecían literalmente sobre sus predecesoras: muros, templos y monumentos podían desmontarse y reaparecer varias generaciones después desempeñando funciones mucho más prosaicas.
Ahí reside parte de la fascinación del hallazgo. La misma pieza refleja dos mundos. Primero, el de una aristocracia ibérica que utilizaba la escultura como símbolo de identidad y prestigio; después, el de una sociedad romana que reorganizó aquel territorio, sus edificios y hasta sus piedras.
El rastro apunta hacia una necrópolis todavía desconocida
La hipótesis de que la cabeza perteneciera a un monumento funerario tiene consecuencias que van bastante más allá de la propia pieza. Si aquella escultura coronó una tumba, acompañó un espacio heroico o formó parte de un conjunto funerario, en algún lugar del entorno tuvo que existir la estructura original a la que pertenecía.
Ese es uno de los horizontes que abre el descubrimiento: la posible existencia de una necrópolis ibérica cercana a Libisosa que todavía no ha sido localizada arqueológicamente. La comparación con Los Villares resulta especialmente sugerente porque allí aparecieron monumentos funerarios de carácter aristocrático acompañados de esculturas y ajuares de enorme valor histórico.
Encontrar esa necrópolis permitiría conocer mejor no solo cómo enterraban a sus muertos los habitantes de Libisosa, sino también cómo se organizaba su sociedad, quién concentraba el poder y qué mecanismos utilizaban las familias dominantes para exhibirlo. Los cementerios antiguos, paradójicamente, suelen decir mucho sobre cómo vivían los vivos.
Libisosa, una ciudad ibérica bajo la ciudad romana
El Parque Arqueológico de Libisosa ocupa el Cerro del Castillo, junto a Lezuza, y contiene una sucesión histórica poco habitual. El asentamiento tiene antecedentes desde la Edad del Bronce, se convirtió después en un importante oppidum ibérico y más tarde dio origen a la colonia romana de Libisosa.
El enclave ocupaba una posición estratégica en las rutas que comunicaban el sureste y el interior de la península. Durante la etapa ibérica perteneció al ámbito de los oretanos, uno de los pueblos que Roma encontraría cuando extendió su dominio por esta parte de Hispania.
Libisosa resulta especialmente valiosa porque determinadas zonas quedaron sepultadas tras episodios violentos de finales de la época ibérica, conservando armas, cerámicas y objetos cotidianos prácticamente en el lugar donde fueron abandonados. Ese carácter de cápsula temporal explica que el yacimiento haya proporcionado durante décadas conjuntos arqueológicos poco corrientes.
Y queda muchísimo suelo por estudiar. El recinto arqueológico ronda las 30 hectáreas y solo una pequeña parte ha sido excavada. Cada campaña trabaja, por tanto, sobre un mapa todavía lleno de espacios desconocidos.
Las excavaciones también han revelado una escalinata monumental
La campaña de 2025 y 2026 no gira únicamente alrededor de la cabeza ibérica. Los trabajos en la conexión entre el decumano —una de las grandes calles de la ciudad romana— y el sector noroeste del foro han permitido completar una escalinata monumental de acceso.
Hasta ahora se conocían cuatro escalones de su parte superior. La intervención ha permitido localizar otros seis escalones descendentes, ampliando la comprensión de cómo se organizaba arquitectónicamente la plaza pública romana y de qué manera circulaban sus habitantes por ella.
Los arqueólogos están estudiando también las fases inmediatamente anteriores a la fundación colonial romana y su relación con las últimas estructuras ibéricas. No se trata simplemente de colocar una fecha sobre cada muro. En Libisosa interesa especialmente observar cómo una ciudad cambia de cultura política, de arquitectura y de símbolos sin cambiar de cerro.
Dos milenios después, Libisosa vuelve a enseñar su rostro
Resulta inevitable cierta ironía: precisamente el rostro es lo que no conserva la escultura. Y, sin embargo, pocas piezas permiten mirar con tanta nitidez hacia quienes vivieron allí hace unos 2.400 años. El peinado de un muchacho, la calidad de una talla, una piedra arrancada de un monumento y reaprovechada siglos después en un granero dibujan una historia bastante más compleja que la de un simple objeto antiguo.
El hallazgo confirma el alto nivel de la escultura ibérica presente en esta zona de Albacete y aporta una pista poderosa sobre la monumentalización funeraria de las élites de Libisosa. También deja abierta una cuestión arqueológica de enorme interés: dónde estaba el lugar funerario del que salió aquella cabeza.
Bajo el suelo de Lezuza todavía queda la inmensa mayoría de la antigua ciudad. La escultura ibérica de Libisosa no resuelve ese rompecabezas. Hace algo quizá mejor: coloca una pieza nueva sobre la mesa y cambia la imagen que empezábamos a creer completa.

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