Salud
¿Por qué hay más enfermos renales que personas en paro en España?
España afronta una epidemia renal silenciosa que afecta a millones de personas, supera al paro y puede avanzar durante años sin dar síntomas claros.

España convive con una enfermedad que apenas hace ruido y, precisamente por eso, inquieta más. La enfermedad renal crónica (ERC) afecta a millones de personas, muchas de ellas sin saberlo, hasta el punto de que las estimaciones más extendidas sitúan en torno a 7 millones el número de españoles con algún grado de daño renal. Como comparación, la última Encuesta de Población Activa disponible contabiliza 2.495.300 parados en el segundo trimestre de 2026. Dicho de otra manera: tomando la estimación de prevalencia más utilizada, habría cerca de tres personas con ERC por cada desempleado.
Conviene afinar el dato porque aquí los matices importan. No significa que siete millones de españoles estén en diálisis ni que padezcan insuficiencia renal terminal. La ERC comprende distintos grados de deterioro, desde alteraciones que únicamente aparecen en un análisis hasta situaciones graves que requieren diálisis o trasplante. El Ministerio de Sanidad maneja una estimación conservadora superior al 10% de la población adulta, más de cuatro millones de personas; otras estimaciones clínicas elevan la prevalencia aproximadamente al 15%, cerca de siete millones. Incluso tomando la cifra más prudente, hay claramente más afectados por enfermedad renal crónica que personas en paro.
La comparación tiene algo de paradoja española. Del desempleo hablamos cada trimestre, décima arriba, décima abajo. Del riñón, bastante menos. Y ahí está el problema: la enfermedad puede deteriorar los riñones durante años sin provocar síntomas evidentes.
La epidemia silenciosa que puede pasar años escondida
Los riñones funcionan como una pequeña planta depuradora instalada dentro del cuerpo. Filtran la sangre, eliminan residuos, regulan líquidos y minerales, participan en el control de la presión arterial y cumplen funciones hormonales esenciales. Mientras realizan correctamente buena parte de ese trabajo, una lesión renal puede avanzar sin producir señales suficientemente claras.
Por eso los nefrólogos llevan años utilizando una expresión que parece periodística pero es estrictamente clínica: epidemia silenciosa. No suele haber un dolor inequívoco, una fiebre reveladora o una alarma corporal que obligue a acudir al médico. Cuando aparecen cansancio intenso, hinchazón, alteraciones de la orina, náuseas o síntomas propios de fases avanzadas, el riñón puede haber perdido ya una parte importante de su capacidad.
Ese silencio explica buena parte del infradiagnóstico. Alberto Ortiz, jefe del Servicio de Nefrología e Hipertensión de la Fundación Jiménez Díaz y uno de los especialistas españoles que ha estudiado la evolución internacional de la ERC, ha advertido precisamente del escaso protagonismo que todavía tiene la albuminuria en la práctica cotidiana.
La palabra suena aparatosa. La prueba, en cambio, no lo es.
La albuminuria cuenta lo que el riñón todavía no dice
La albúmina es una proteína que normalmente permanece en la sangre. Cuando el filtro renal comienza a dañarse, pequeñas cantidades pueden pasar a la orina. Detectar ese escape permite encontrar daño renal en fases tempranas, cuando la persona quizá se siente perfectamente.
Por eso no basta siempre con mirar únicamente la creatinina en una analítica convencional. La valoración renal combina fundamentalmente el filtrado glomerular estimado, calculado a partir de parámetros sanguíneos, y la presencia de albúmina en la orina.
Una alteración aislada tampoco equivale automáticamente a una enfermedad renal crónica. Para hablar propiamente de ERC, las anomalías deben persistir durante un periodo determinado, habitualmente al menos tres meses. Ahí empieza la diferencia entre descubrir a tiempo una señal y esperar a que el riñón levante la bandera blanca.
España ha cambiado su estrategia ante la enfermedad renal
La alerta científica de marzo ha tenido entretanto una continuación política relevante. El 9 de abril de 2026, el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud aprobó el Documento de Consenso para el Abordaje de la Enfermedad Renal Crónica, integrado en la Estrategia para el Abordaje de la Cronicidad 2025-2028.
No es un detalle burocrático perdido entre carpetas ministeriales. El documento coloca el diagnóstico precoz en el centro y propone un cribado periódico mediante análisis de sangre y orina en las personas con mayor riesgo. Entre ellas figuran los mayores de 60 años y quienes padecen hipertensión arterial, diabetes, obesidad o enfermedades cardiovasculares.
Son precisamente enfermedades muy frecuentes y muy relacionadas entre sí. El corazón, las arterias, el metabolismo y el riñón no viven en compartimentos estancos; cuando una pieza empieza a fallar, las demás reciben parte del golpe.
La diabetes tiene un peso particularmente importante. Entre los pacientes que alcanzan fases avanzadas y comienzan tratamiento renal sustitutivo en España, aproximadamente uno de cada cuatro casos está relacionado con ella. La hipertensión constituye otro de los grandes enemigos, tanto como causa como consecuencia del deterioro renal.
Más de 68.000 personas necesitan diálisis o un trasplante
La cifra de millones de afectados puede parecer abstracta hasta que la enfermedad llega a su expresión más grave. Los últimos datos oficiales disponibles del registro español sitúan en 68.403 las personas con enfermedad renal avanzada que necesitaban tratamiento renal sustitutivo: un 43% mediante diálisis y un 57% con un trasplante renal funcionante.
En 2024 comenzaron uno de estos tratamientos unas 7.300 personas. La prevalencia de pacientes que necesitan diálisis o trasplante ha aumentado alrededor de un 30% durante la última década. España, eso sí, mantiene una fortaleza excepcional dentro de este panorama: su sistema de trasplantes. En 2024 se realizaron 4.049 trasplantes renales, máximo histórico registrado hasta entonces.
Pero el éxito del trasplante no debería convertirse en la coartada perfecta para llegar tarde. El objetivo médico está unos cuantos kilómetros antes en la carretera: evitar o retrasar todo lo posible que una persona termine necesitando ese tratamiento.
Una enfermedad que puede convertirse en tercera causa de muerte
La dimensión internacional tampoco invita a despacharlo como un problema menor. Un gran estudio internacional publicado en 2026, con participación destacada de investigadores españoles, calcula que alrededor de 850 millones de personas viven con enfermedad renal en el mundo.
Cada año mueren aproximadamente 1,5 millones de personas por ERC, el equivalente estadístico a una muerte cada 20 segundos. En Europa se estiman unos 93 millones de adultos afectados y alrededor de 210.000 fallecimientos anuales.
La proyección resulta especialmente llamativa. Mientras las tasas de mortalidad por cardiopatía isquémica y accidente cerebrovascular deberían seguir descendiendo gracias a décadas de prevención y mejores tratamientos, la mortalidad por enfermedad renal crónica presenta la dirección contraria. Los modelos prevén un incremento superior al 30% respecto a 2022 y sitúan a la ERC como tercera causa de muerte en Europa occidental en 2050.
Aquí merece la pena evitar otro titular tramposo: la previsión no dice que será la tercera causa de muerte mundial. Las proyecciones globales la sitúan más abajo. El tercer puesto corresponde a Europa occidental y a determinados países especialmente longevos. España reúne muchas de las características demográficas que alimentan ese fenómeno.
Hay una ironía incómoda detrás de estos números. Parte del crecimiento de la ERC es consecuencia de algo indiscutiblemente bueno: vivimos más años.
El envejecimiento constituye uno de los grandes factores de riesgo renal. Y si la medicina consigue que más personas sobrevivan durante décadas a enfermedades cardiovasculares, cánceres, diabetes y otras patologías que antes acortaban la vida, también aumenta el número de ciudadanos que llegan a edades en las que el deterioro renal es más frecuente.
A eso se suman obesidad, hipertensión, diabetes tipo 2 y sedentarismo, entre otros componentes de una sociedad que ha aprendido a prolongar la vida bastante mejor de lo que ha aprendido a conservar intactos todos sus órganos.
La ERC tampoco es solamente una enfermedad que termina eventualmente en diálisis. Un paciente con función renal deteriorada presenta mayor riesgo cardiovascular, y muchos afectados sufren antes complicaciones del corazón y de los vasos sanguíneos que una insuficiencia renal terminal.
De ahí que el riñón haya dejado de ser un asunto exclusivo de la consulta del nefrólogo. Atención Primaria, cardiología, endocrinología y nefrología forman cada vez más piezas del mismo tablero.
Detectarla pronto cambia considerablemente el pronóstico
La parte menos sombría de esta historia es también la más sencilla de explicar: hay margen para actuar antes. Durante los últimos años han aparecido tratamientos capaces de ralentizar la progresión de la enfermedad renal y reducir determinados riesgos cardiovasculares en grupos concretos de pacientes. El resultado depende, como tantas veces en medicina, de no encontrar el problema cuando prácticamente ha terminado la película.
La nueva estrategia española insiste justamente en localizar a quienes presentan mayor riesgo mediante pruebas accesibles desde Atención Primaria. Una extracción de sangre permite calcular el filtrado glomerular; una muestra de orina puede revelar albuminuria. Nada particularmente exótico.
Tampoco se trata de convertir cada analítica en una competición para encontrar enfermedades escondidas. El cribado indiscriminado de toda la población y la detección dirigida a grupos de riesgo no son lo mismo. El plan sanitario aprobado en 2026 pone el foco en estos últimos: mayores de 60 años y pacientes con diabetes, hipertensión, obesidad o enfermedad cardiovascular, entre otros perfiles clínicos.
Luego está lo de siempre, menos vistoso que una nueva máquina hospitalaria pero bastante más rentable: controlar adecuadamente la presión arterial y la diabetes, mantener un peso saludable, reducir el tabaquismo, evitar el uso inadecuado de medicamentos potencialmente perjudiciales para el riñón y realizar seguimiento médico cuando existen factores de riesgo.
El gran problema renal empieza mucho antes de la diálisis
La comparación con el paro funciona porque obliga a mirar una cifra que, de otro modo, podría pasar de largo entre estadísticas sanitarias. España tiene alrededor de 2,5 millones de desempleados según la última EPA y varios millones de personas con enfermedad renal crónica. Incluso las estimaciones epidemiológicas más conservadoras sitúan la ERC claramente por encima.
Pero el dato verdaderamente importante no está en ganar esa peculiar competición estadística. Está en la enorme cantidad de afectados que todavía no saben que lo están.
Durante décadas hemos asociado la enfermedad del riñón con la imagen visible del paciente conectado a una máquina de diálisis. Es apenas la punta del iceberg. Debajo hay hipertensión, diabetes, albuminuria y filtrados renales que descienden lentamente, además de personas que hacen vida normal mientras el daño avanza sin ruido.
Quizá ahí esté la anomalía más reveladora. España ha construido uno de los mejores sistemas de trasplantes del mundo y sabe reemplazar un riñón cuando este fracasa. El reto de esta década parece bastante menos espectacular, casi doméstico: encontrar antes al paciente cuyo riñón todavía puede conservarse.












