Salud
¿Por qué los cirujanos visten de verde y no de blanco en quirófano?
El verde del quirófano no es casual: reduce reflejos, fatiga visual y revela cómo el cerebro puede jugar malas pasadas durante una operación.

Los cirujanos visten habitualmente de verde o azul verdoso porque esos tonos reducen el deslumbramiento, descansan la visión durante procedimientos prolongados y ofrecen un entorno visual más favorable cuando se pasan horas observando sangre y tejidos rojizos. No es una superstición hospitalaria ni una decisión meramente decorativa: detrás hay óptica, fisiología de la visión y más de un siglo de historia quirúrgica.
El blanco, durante décadas símbolo casi religioso de limpieza y modernidad, tenía un inconveniente bastante terrenal. Bajo una iluminación intensa podía reflejar demasiada luz y, después de mirar durante un tiempo un campo dominado por rojos, el cirujano podía percibir posimágenes de colores complementarios al levantar la vista. El verde comenzó a abrirse paso precisamente para reducir ese castigo visual. Ahora bien, de ahí a afirmar que los quirófanos blancos provocaron por sí solos miles de muertes hay un trecho que la evidencia disponible no permite recorrer.
El problema del quirófano completamente blanco
A comienzos del siglo XX, el quirófano ideal parecía recién sumergido en lejía. Paredes blancas, sábanas blancas, mobiliario blanco, batas blancas. La estética tenía una lógica poderosa: el blanco permitía detectar suciedad y transmitía aquella nueva obsesión —muy saludable, esta sí— por la higiene, la asepsia y la esterilización.
Pero llegó la electricidad con más potencia, mejoraron las lámparas y aquello empezó a parecerse menos a un templo de la limpieza y más a una caja de luz. Las superficies claras devolvían hacia los ojos una parte importante de la iluminación. Los médicos de la época describieron fatiga ocular, reflejos molestos y pérdida momentánea de comodidad visual al apartar la mirada de la herida. Con el tiempo, varios cirujanos empezaron a experimentar con fondos más oscuros, verdes e incluso negros para controlar ese exceso de reflexión.
Uno de ellos dejó un rastro histórico especialmente claro. El cirujano estadounidense Harry M. Sherman publicó en mayo de 1914 un artículo sobre el quirófano verde del St. Luke’s Hospital de San Francisco. Su propuesta no consistía en cambiar de color por capricho: había comprobado que un entorno verde brillante resultaba más cómodo que el blanco para trabajar durante una intervención.
Así que no, el verde quirúrgico no nació en los años 60. Para entonces llevaba décadas dando vueltas por hospitales, revistas médicas y despachos de arquitectos.
Qué hace el cerebro después de mirar tanto rojo
Aquí aparece la parte más curiosa. Basta un pequeño experimento casero —sin bisturí, por fortuna— para entenderla: mire fijamente durante un rato una superficie de un color intenso y después desvíe los ojos hacia un fondo neutro. Puede aparecer durante unos instantes una mancha con un tono aproximadamente complementario.
Es una posimagen negativa, un fenómeno normal del sistema visual. La explicación popular dice que los conos de la retina se “cansan” y el cerebro inventa el color contrario. Sirve como aproximación, aunque la fisiología real es algo más compleja. La adaptación comienza en la retina y continúa en distintas etapas del procesamiento visual; determinadas respuestas de las células ganglionares retinianas contribuyen a la señal que acaba convirtiéndose en esa imagen residual.
Después de contemplar durante bastante tiempo tejidos dominados por tonos rojos, mirar una superficie blanca puede hacer aparecer una sensación cromática verdosa o cian. El fondo blanco, además, ofrece una especie de pantalla perfecta para que esa imagen residual destaque. Durante una operación larga, donde unos milímetros importan bastante más que en casi cualquier otro oficio, introducir distracciones visuales no parece precisamente una gran idea.
El verde no borra una ilusión: cambia el entorno visual
Decir que el verde “cura” la posimagen sería demasiado. Lo que hace es proporcionar un fondo menos agresivo y cromáticamente más próximo al efecto que puede aparecer tras la exposición prolongada al rojo, de modo que este resulta menos llamativo.
También existe un segundo beneficio, más elemental: una superficie verde mate refleja menos luz molesta que una superficie blanca brillante. Para los cirujanos de principios del siglo pasado esto era fundamental. Trabajaban mientras los sistemas de iluminación quirúrgica evolucionaban deprisa y el control moderno de luminancia, temperatura de color y reflejos sencillamente no existía.
Sherman había probado un tono que describió como verde espinaca. En su hospital de San Francisco se comparó un quirófano verde con otro blanco y los médicos acabaron mostrando una marcada preferencia por el primero. Otros cirujanos siguieron caminos parecidos. En los años 20, el anestesista Paluel Flagg profundizó en la cuestión y desarrolló un verde azulado pensado específicamente para aliviar la fatiga cromática producida durante la cirugía.
Ahí está buena parte del origen del paisaje que hoy reconocemos al instante: paños verdes, batas verdes, pijamas azules. Una estética que el cine convirtió después en uniforme universal del quirófano.
¿El blanco llegó realmente a matar a miles de pacientes?
Es la parte espectacular de la historia. También la más problemática.
Hay evidencia histórica de que los quirófanos excesivamente blancos producían deslumbramiento y fatiga visual, y existe evidencia experimental sólida sobre las posimágenes cromáticas. Lo que no está documentado con la misma consistencia es una cadena causal capaz de demostrar que esos efectos provocaron miles de muertes quirúrgicas durante décadas.
Las operaciones de comienzos del siglo XX eran mucho más peligrosas que las actuales por una combinación brutal de factores: infecciones, limitaciones de la anestesia, hemorragias, técnicas todavía rudimentarias, escasez de antibióticos —la penicilina ni siquiera entraría en uso clínico general hasta mucho después— y medios diagnósticos que hoy parecerían arqueología.
Atribuir una cantidad concreta de fallecimientos al color blanco del quirófano exigiría conocer cuántos errores fueron provocados específicamente por una posimagen o por el deslumbramiento y demostrar después que el desenlace habría sido distinto con otro color. Ese dato histórico no está establecido.
El blanco fue un problema ergonómico real. Convertirlo en un asesino con una estadística de víctimas sería otra cosa: un titular extraordinario, quizá; una conclusión científica, no.
El verde tampoco protege contra las infecciones
Hay otra confusión frecuente. Una bata verde no es más estéril por ser verde. El color y la protección microbiológica juegan partidos distintos.
En prevención de infecciones importan el material, la impermeabilidad, el mantenimiento del campo estéril, el lavado, la sustitución de las prendas contaminadas y los protocolos de higiene. Las batas quirúrgicas estériles actúan como barrera para reducir la transmisión de microorganismos entre el equipo y el paciente; el color no funciona como mecanismo protector.
Los uniformes, además, pueden contaminarse durante una jornada. Investigaciones realizadas con personal quirúrgico han encontrado una mayor carga bacteriana en prendas utilizadas que en ropa limpia de control, aunque eso no significa automáticamente que esos microorganismos terminen provocando una infección en el paciente. Encontrar bacterias en una tela y demostrar una infección causada por ellas son dos cosas muy distintas.
Las recomendaciones actuales se concentran precisamente en lavado, cambio de ropa contaminada y control de microorganismos, no en decidir si el pijama debe recordar más al césped de Wimbledon o al Mediterráneo en septiembre.
El giro de 2026: demasiada luz verde también puede ser mala
La historia tiene una ironía estupenda. Después de un siglo explicando las ventajas del verde, la medicina moderna está comprobando que tampoco conviene convertirlo en dogma.
Una cosa son las batas, paños y superficies verdes alrededor del campo quirúrgico y otra bastante diferente iluminar toda una sala con luz espectralmente verde o azul. En cirugía mínimamente invasiva se utilizan a veces ambientes de iluminación modificada para facilitar la visualización de pantallas. Y ahí aparecen nuevos problemas.
Un ensayo aleatorizado publicado en 2026 en Anesthesia & Analgesia estudió a personal de quirófano sometido a iluminación blanca, azul y verde. Con luz azul o verde, los participantes tardaron más en determinadas pruebas de identificación y aumentaron los errores relacionados con etiquetas de medicamentos. La probabilidad estimada de error fue 3,67 veces mayor bajo iluminación azul o verde que bajo luz blanca en la prueba analizada.
El resultado no contradice la vieja intuición de Sherman. Habla de otra cosa. Una pared verde mate puede reducir reflejos; alterar el espectro luminoso de toda la habitación puede, en cambio, dificultar la discriminación entre colores. La medicina, como casi siempre, acaba estropeando las explicaciones demasiado bonitas.
Ni blanco nuclear ni mundo verde
Los quirófanos contemporáneos ya no dependen de una batalla infantil entre dos colores. La iluminación se diseña controlando intensidad, reflejos, temperatura de color y reproducción cromática, además de las necesidades concretas de cada procedimiento. Hay blancos, grises, verdes, azules y combinaciones de todos ellos.
También los uniformes han perdido buena parte de aquella uniformidad. Azul y verde siguen dominando en muchos hospitales por tradición, comodidad visual y facilidad para diferenciar determinadas áreas o funciones, pero no existe una ley fisiológica que obligue al cirujano a parecer siempre recién salido de una piscina.
Lo que permanece es la lección de 1914. El quirófano no debe diseñarse únicamente para parecer limpio; tiene que permitir que quienes trabajan dentro vean bien durante horas, distingan tejidos, detecten cambios sutiles y no peleen contra reflejos innecesarios.
Cuando un color dejó de ser decoración
La bata verde cuenta, al final, una historia bastante moderna: el cuerpo humano impone límites incluso a la tecnología más sofisticada. Podemos construir lámparas potentísimas, superficies impolutas y equipos capaces de operar a través de incisiones diminutas, pero seguimos mirando el mundo con una retina que se adapta, se fatiga y fabrica posimágenes.
Hace más de un siglo algunos cirujanos entendieron que cambiar el entorno podía resultar más sensato que exigir al ojo que se comportara como una cámara perfecta. El blanco absoluto cedió terreno. Llegaron el verde y el azul.
No porque escondieran un secreto médico ni porque salvaran por sí solos una cifra fabulosa de vidas. Simplemente porque, bajo aquellas lámparas y frente a aquel mar de rojo, permitían mirar mejor. A veces una revolución hospitalaria cabe en algo tan humilde como una lata de pintura.












