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Economía

¿Por qué el empleo en EE.UU. vuelve a desafiar a la Fed?

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trabajadores con bandera de EEUU

El empleo en EE.UU. sorprende en abril y complica el pulso de la Fed entre inflación, tipos altos, petróleo caro y dudas económicas abiertas.

La economía de Estados Unidos volvió a hacer algo muy suyo: desobedecer el guion. En abril creó 115.000 empleos no agrícolas, bastante más de lo que esperaban los analistas, mientras la tasa de paro se mantuvo en el 4,3%. No es una explosión de entusiasmo, desde luego. Tampoco una fiesta con confeti en Wall Street. Pero sí es un dato suficiente para recordar que el mercado laboral estadounidense sigue teniendo músculo incluso cuando casi todo alrededor parece diseñado para ponerlo nervioso: inflación persistente, petróleo más caro, tensión geopolítica, dudas empresariales y una Reserva Federal que mira cada cifra como quien escucha un ruido en la cocina de madrugada.

El dato importa porque llega justo cuando los mercados buscaban señales de debilidad que permitieran anticipar bajadas de tipos de interés. Y no las han encontrado con claridad. La Reserva Federal mantiene el precio oficial del dinero en el rango del 3,50% al 3,75%, y este informe de empleo refuerza la idea de que no tiene demasiada prisa por mover ficha. Cuando el paro no sube, los salarios aún avanzan y las empresas siguen contratando más de lo previsto, pedir recortes inmediatos de tipos suena razonable para los endeudados, agradable para los mercados y políticamente cómodo, pero no necesariamente convincente para un banco central que sigue peleando contra una inflación demasiado pegajosa.

Un dato mejor de lo esperado, pero no exactamente eufórico

El crecimiento de 115.000 empleos en abril superó de largo la previsión recogida por Reuters, que apuntaba a unos 62.000 puestos. El mes de marzo, además, fue revisado al alza, hasta 185.000 empleos, aunque febrero quedó peor de lo calculado inicialmente, con una caída de 156.000 puestos. Ese vaivén obliga a leer el informe con menos espuma y más calma. La foto del mes sale razonablemente bien; la película, sin embargo, enseña una economía que avanza a trompicones, como un coche que sigue en marcha pese a llevar varias luces amarillas encendidas en el salpicadero.

La tasa de paro, estable en el 4,3%, es quizá el dato que más protege a la economía estadounidense de un diagnóstico sombrío. El número total de desempleados apenas cambió y se situó en torno a 7,4 millones de personas. A primera vista, la lectura es limpia: se crea empleo, el desempleo no repunta y el consumo, al menos en teoría, conserva una base de apoyo. Pero debajo hay matices menos vistosos. La participación laboral se mantuvo en el 61,8%, la ratio empleo-población quedó en el 59,1% y aumentó el número de personas que trabajan a tiempo parcial por razones económicas, es decir, gente que preferiría un empleo a jornada completa pero no lo encuentra o ha visto recortadas sus horas.

Ahí aparece la doble cara del informe. Estados Unidos sigue creando empleo, sí, pero no todos los empleos cuentan la misma historia. Hay sectores que tiran del carro con una constancia casi burocrática y otros que empiezan a parecer habitaciones donde alguien ha apagado la luz. La sanidad, el transporte, el comercio minorista y la asistencia social concentraron buena parte del avance. En cambio, el empleo federal y el sector de la información siguieron perdiendo trabajadores. No es el derrumbe de una economía, ni mucho menos. Es algo más extraño: una economía que no se cae, pero tampoco camina con la ligereza de antes.

Sanidad, logística y comercio sostienen el pulso

La sanidad añadió 37.000 empleos en abril, en línea con su papel de gran columna vertebral del mercado laboral estadounidense. Los centros de cuidados, la atención residencial y los servicios de salud a domicilio volvieron a sumar trabajadores. No es casualidad. Una población que envejece necesita más cuidados, más personal sanitario, más asistencia cotidiana. La economía digital podrá hablar de algoritmos y automatización, pero al final alguien tiene que levantar a un paciente, ajustar una medicación, acompañar una recuperación. La modernidad también huele a pasillo de hospital y café recalentado de madrugada.

El transporte y el almacenamiento añadieron 30.000 puestos, aunque con una advertencia incómoda: el sector sigue por debajo de su máximo reciente de febrero de 2025. El aumento se apoyó sobre todo en mensajería y paquetería, una rama muy sensible al comercio electrónico, a los cambios de consumo y a esa ansiedad contemporánea por recibirlo todo mañana, o ayer, si la logística obrara milagros. El dato mensual es bueno, pero no borra la pérdida acumulada. En la economía estadounidense actual, incluso las buenas noticias suelen venir con letra pequeña, como contrato de telefonía.

El comercio minorista sumó 22.000 empleos, especialmente en grandes superficies, clubes de almacén y tiendas de materiales de construcción y jardinería. La señal puede leerse como una muestra de resistencia del consumidor, aunque conviene no sobreactuar. Parte del comercio tradicional sigue presionado y algunos segmentos, como grandes almacenes o tiendas de electrónica y electrodomésticos, registraron pérdidas. El consumidor estadounidense no ha desaparecido. Sigue comprando. Pero compra de otra manera, compara más, se mueve entre precios, promociones, necesidades y caprichos pequeños. La cartera manda; la confianza acompaña cuando puede.

La asistencia social también mantuvo una tendencia positiva, con 17.000 empleos más. Sumada a la sanidad, esta rama confirma un cambio de fondo: buena parte del empleo nuevo se concentra en servicios vinculados al cuidado, la dependencia, la familia y la atención personal. Es una economía menos de chimeneas y más de manos. Menos épica industrial, más turnos, movilidad urbana, residencias, centros de atención, trabajadores que sostienen lo que rara vez sale en las portadas económicas. Y aun así, ahí está el corazón del dato.

Las grietas: empleo federal, tecnología y trabajos a tiempo parcial

El reverso aparece en el empleo público federal, que volvió a caer en abril con 9.000 puestos menos. Desde su máximo de octubre de 2024, el empleo en el Gobierno federal ha bajado en 348.000 trabajadores, un recorte del 11,5%. Es una cifra políticamente cargada, porque no habla solo de nóminas. Habla de administración, servicios, capacidad pública y del efecto directo que las decisiones de Washington tienen sobre miles de hogares. La tijera presupuestaria suele presentarse como abstracción virtuosa; luego aterriza en una oficina, una ventanilla, una familia.

El sector de la información también siguió flojo, con 13.000 empleos menos en abril. Las pérdidas afectaron a telecomunicaciones, cine, sonido, infraestructuras informáticas, procesamiento de datos y alojamiento web. Desde su último máximo en noviembre de 2022, el empleo en información ha retrocedido en 342.000 puestos, un 11%. El dato tiene cierta ironía. La economía habla sin parar de inteligencia artificial, nube, datos, plataformas y automatización, pero parte del empleo vinculado a esa galaxia no vive precisamente una primavera perpetua. La tecnología puede prometer abundancia; el mercado laboral, más prosaico, reparte facturas.

También pesa el aumento de quienes trabajan a tiempo parcial por motivos económicos, que subieron en 445.000 personas, hasta 4,9 millones. Es uno de esos indicadores que no gritan, pero murmuran algo importante. Una persona ocupada no siempre está en una posición cómoda. Puede estar ocupada y llegar justa. Ocupada y buscando más horas. Ocupada y sin margen. El paro estable tranquiliza, pero la calidad del empleo y la suficiencia salarial son otra conversación, bastante menos luminosa.

Los salarios medios por hora subieron 0,2% en abril, hasta 37,41 dólares, y acumularon un avance interanual del 3,6%. Para los trabajadores, cualquier subida es oxígeno. Para la Reserva Federal, cualquier subida salarial sostenida puede ser también una señal de presión inflacionaria, aunque no toda mejora de sueldos deba tratarse como amenaza, faltaría más. El problema es el equilibrio: si los salarios crecen demasiado poco, los hogares pierden poder adquisitivo; si crecen demasiado rápido en un entorno de precios tensos, la Fed teme que la inflación se enquiste. El banco central vive ahí, en esa incomodidad permanente.

La Fed recibe justo el dato que no le simplifica la vida

La Reserva Federal venía de mantener los tipos en el rango del 3,50% al 3,75%, con el argumento de que debía seguir evaluando los datos, la evolución de la economía y el balance de riesgos. Dicho de otro modo: no quiere precipitarse. El empleo de abril le da motivos para esperar. No porque la economía esté desbocada, sino porque no parece lo bastante débil como para justificar una rebaja rápida del precio del dinero. La Fed no necesita una economía perfecta para quedarse quieta; le basta con una economía resistente y una inflación que no se rinde del todo.

Para los mercados, esto tiene una traducción directa. Menos debilidad laboral significa menos presión para recortar tipos. Y menos recortes significan crédito más caro durante más tiempo: hipotecas exigentes, financiación empresarial menos amable, consumo más medido y bolsas obligadas a recalcular expectativas. Es el clásico menú de banco central: nadie queda plenamente satisfecho, pero todos fingen entender la receta. La Fed, además, está atrapada entre dos riesgos. Si baja tipos demasiado pronto, puede alimentar otra ronda inflacionaria. Si espera demasiado, puede enfriar más de la cuenta una economía que ya muestra zonas frágiles.

La expresión que sobrevuela el informe es “contratación lenta, despido lento”. No es brillante como lema, pero sí bastante precisa. Las empresas no están contratando con entusiasmo, aunque tampoco están despidiendo en masa. Muchas prefieren esperar, conservar plantilla, retrasar decisiones y mirar de reojo la política comercial, la inmigración, los costes energéticos y el crédito. Es una economía en pausa activa. No corre. No se desploma. Permanece. Y a veces permanecer, en medio de tanto ruido, ya parece una forma menor de victoria.

El problema es que una economía que permanece también puede ocultar cansancio. El dato de abril supera previsiones, pero no borra la volatilidad de los últimos meses. Febrero fue peor de lo esperado, marzo mejoró, abril sorprende al alza. La media de tres meses ayuda a no marearse con cada publicación, porque el mercado laboral estadounidense se ha vuelto más difícil de medir y más sensible a revisiones. Un mes ya no basta para proclamar una tendencia. Ni para enterrarla.

Irán, petróleo y el ruido que todavía no aparece del todo en el empleo

El informe llega con la guerra entre Estados Unidos e Israel e Irán como telón de fondo económico. Los analistas advierten de que aún es pronto para ver sus efectos completos en el empleo de abril, pero el conflicto ya ha elevado los precios de la gasolina, el diésel y otras materias primas vinculadas al tránsito por el estrecho de Ormuz. Es decir: el golpe no se ve todavía con nitidez en las nóminas, pero sí empieza a sentirse en los costes. Y los costes, tarde o temprano, llaman a la puerta de empresas y consumidores.

El petróleo caro es una vieja sombra en la economía estadounidense. Encarece transporte, producción, agricultura, distribución, viajes y calefacción. Entra por las tuberías del sistema y acaba en lugares inesperados: el supermercado, la factura logística, el margen de una pequeña empresa, el precio de una reforma doméstica. La Fed sabe que no puede bombear petróleo ni abrir rutas marítimas, pero sí puede decidir cuánto freno monetario mantiene para evitar que un shock energético se convierta en inflación más persistente. Gobernar tipos no es controlar el mundo; es intentar que el mundo no prenda fuego a los precios internos.

Por eso el dato laboral de abril es tan incómodo. Si el empleo se hubiera desplomado, la presión para bajar tipos sería mayor. Si hubiera salido disparado, la Fed tendría motivos para endurecer el tono. Pero el informe queda en una zona intermedia: suficientemente bueno para retrasar recortes, suficientemente irregular para no cantar victoria. El mercado laboral aguanta, sí, pero lo hace con una composición desigual y con riesgos externos que aún no han terminado de entrar en la estadística. La economía, esa señora tan elegante en los gráficos, a veces camina sobre cristales.

También pesan las políticas migratorias y comerciales. Una menor inmigración reduce el crecimiento de la población activa y cambia el nivel de empleo necesario para mantener estable la tasa de paro. Algunos economistas estiman que, con menos entrada de trabajadores y una población más envejecida, Estados Unidos necesita crear muchos menos empleos mensuales que en etapas anteriores para sostener el equilibrio del mercado laboral. Eso explica por qué un avance de 115.000 puestos puede considerarse sólido sin parecer espectacular. El listón se ha movido. La demografía, silenciosa pero implacable, siempre acaba cobrando protagonismo.

Qué significa para hogares, empresas y mercados

Para los hogares, el informe deja una lectura mixta. Que el paro no suba es una buena noticia. Que se creen empleos también. Pero unos tipos altos durante más tiempo significan hipotecas más caras, préstamos menos cómodos, tarjetas de crédito más dolorosas y una sensación general de economía con freno de mano. En España lo sabemos bien: el tipo de interés no se ve en la calle como un cartel luminoso, pero se nota en la cuota, en la compra aplazada, en la empresa que retrasa una inversión, en la familia que decide esperar antes de mudarse.

Para las empresas estadounidenses, el dato confirma que la demanda laboral no se ha evaporado, aunque muchas compañías actúan con prudencia. Contratar cuesta, despedir también. En un entorno de incertidumbre, muchas prefieren conservar trabajadores formados antes que lanzarse a grandes ampliaciones de plantilla. La memoria reciente pesa: pandemia, inflación, subidas de tipos, tensiones comerciales, guerra, petróleo. Nadie quiere quedarse corto si la demanda aguanta; nadie quiere pasarse si llega el frenazo. Así se construye esa economía de movimientos pequeños, de decisiones aplazadas, de reuniones donde se dice “esperemos al próximo dato” con una solemnidad casi litúrgica.

Para los mercados financieros, la consecuencia más clara es que la Fed tiene margen para mantener su pausa. Las bolsas suelen celebrar el empleo fuerte cuando confirma crecimiento, pero se incomodan si ese empleo retrasa bajadas de tipos. Es la paradoja habitual: una buena noticia económica puede ser una mala noticia monetaria. O al revés. Los inversores llevan años intentando adivinar no solo qué ocurre, sino cómo interpretará la Fed lo que ocurre. La realidad ya no se cotiza sola; se cotiza la reacción esperada del banco central ante la realidad.

En el plano global, el empleo estadounidense sigue siendo una referencia porque Estados Unidos marca el ritmo financiero del mundo. Si la Fed mantiene tipos altos durante más tiempo, el dólar puede conservar fuerza, la financiación internacional se encarece y otras economías sienten el tirón. Europa, incluida España, no mira estos datos por curiosidad académica. Los mira porque influyen en divisas, deuda, materias primas, crédito y expectativas de inversión. La economía estadounidense estornuda menos que antes, quizá, pero cuando carraspea todavía se giran muchas cabezas.

El mercado laboral resiste, pero ya no presume

La noticia de abril no cuenta una economía eufórica. Cuenta una economía resistente, que es distinto. Estados Unidos crea más empleo del esperado, mantiene el paro estable y conserva un suelo laboral que impide hablar de deterioro severo. Pero también muestra dependencia de unos pocos sectores, pérdida de empleo público federal, debilidad en información, más trabajadores a tiempo parcial involuntario y una Fed sin incentivos claros para abaratar el dinero de inmediato. Es un informe con buena portada y páginas interiores más discutibles.

La política monetaria seguirá pendiente de una pregunta que nadie puede responder con limpieza: cuánto aguante queda antes de que la presión de tipos, precios y geopolítica empiece a romper algo importante. Por ahora, el mercado laboral sigue esquivando cuchillos. No con gracia de acróbata, sino con esa torpeza eficaz de quien llega tarde, despeinado, pero llega. La Fed toma nota. Los mercados también. Y los hogares, que son quienes pagan la fiesta cuando la música se apaga, miran el dato con una mezcla conocida de alivio y cansancio: hay empleo, sí; falta saber a qué precio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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