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Economía

El oro vuelve al tablero financiero mundial: qué está cambiando

El metal gana peso como reserva estratégica en un sistema financiero más incierto, aunque no sustituye al dólar.

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lingotes de oro

Los bancos centrales vuelven a comprar oro con una constancia que contrasta con la velocidad de las finanzas digitales. El metal no paga intereses ni promete ganancias inmediatas, pero ofrece una característica difícil de replicar: no es la deuda de otro país ni depende de la decisión de un Gobierno para conservar su valor como reserva. En un escenario de conflictos, sanciones y tensiones entre potencias, esa independencia relativa ha recuperado peso estratégico.

El movimiento no anuncia el final del dólar ni el regreso al patrón oro. Apunta a algo menos espectacular, pero más profundo: los Estados quieren repartir mejor sus riesgos y depender menos de un único activo o sistema de pagos. A la vez, bancos y empresas exploran cómo llevar bonos, fondos y otros activos a redes digitales. El lingote y la tokenización responden a impulsos distintos —proteger valor y moverlo con más agilidad—, pero nacen de una misma pregunta: cómo sostener la confianza cuando el orden económico parece menos previsible.

Un activo antiguo para un riesgo muy actual

Durante años, el oro quedó asociado a una época monetaria ya superada, a las cámaras acorazadas y a los episodios de pánico. Seguía formando parte de las reservas oficiales, pero en un sistema dominado por el dólar, los bonos públicos y los mercados líquidos parecía menos práctico que otros activos. Esa lectura no desapareció: el oro continúa sin generar intereses ni dividendos y resulta más difícil de transportar, custodiar y utilizar en pagos cotidianos que una reserva en divisas.

Lo que ha cambiado es la manera de valorar sus inconvenientes frente a sus ventajas. Un bono depende de quien lo emite; una divisa, de la política monetaria y de las instituciones que la sostienen. El oro también está expuesto a variaciones de precio y a costes de almacenamiento, pero no lleva incorporada la promesa de pago de un Estado concreto. Para un banco central, esa diferencia puede importar cuando crece la preocupación por sanciones, bloqueos financieros o tensiones diplomáticas.

Por eso la compra oficial no se explica solo por la búsqueda de rentabilidad. Las reservas de un país cumplen una función de seguridad: ayudan a sostener la confianza, afrontar tensiones en los mercados y conservar margen de maniobra. El metal no arregla una deuda excesiva, no mejora la productividad ni evita por sí solo una crisis de moneda. Funciona más bien como una pieza de una cartera pública diversificada, un seguro parcial frente a riesgos que el Gobierno no controla.

La geopolítica entra en las cámaras acorazadas

La invasión rusa de Ucrania en 2022 y las sanciones posteriores hicieron más visible la dimensión política de las reservas. La congelación de activos rusos mostró que los recursos financieros depositados en el extranjero pueden quedar sujetos a decisiones de otros Gobiernos y jurisdicciones. Eso no invalida las razones de las sanciones ni convierte el oro en una alternativa libre de riesgos; sí llevó a otros países a considerar con más atención cuánto dependen de activos que pueden quedar expuestos a disputas geopolíticas.

El oro, almacenado físicamente y fuera de la promesa de pago de un emisor extranjero, puede reducir parte de esa exposición. No es completamente inmune: la custodia, el transporte, la propiedad y el acceso efectivo al metal también dependen de instituciones y acuerdos. Pero la diferencia con una cuenta en divisas o un bono es relevante para Estados que quieren evitar que toda su reserva dependa de la misma infraestructura financiera. La soberanía económica, en este caso, no significa aislamiento, sino disponer de más de una vía de protección.

Polonia ha defendido el aumento de sus reservas como una medida de seguridad económica, y sus compras la han situado entre los países con mayores existencias oficiales de oro. El interés no se limita a Europa: China, Kazajistán y otros Estados también han reforzado o revisado el papel del metal en sus carteras. Sus motivos no son idénticos, y no toda compra responde a un plan coordinado para desplazar al dólar. La coincidencia refleja, más bien, una preferencia compartida por reducir dependencias en un mundo de alianzas menos estables.

La geopolítica no explica cada movimiento del precio. También influyen las expectativas sobre los tipos de interés, la inflación, la evolución de las divisas y las decisiones de inversores privados. Cuando mantener activos que generan intereses parece menos atractivo o aumenta la inquietud por la deuda pública, el oro puede recibir más demanda. El metal es así una especie de barómetro imperfecto: revela preocupación, aunque su cotización no permite medir por sí sola la intensidad ni la causa del miedo.

Qué dicen las cifras y qué no dicen

Las compras de los bancos centrales llevan varios años en niveles elevados. En 2025, las adquisiciones oficiales rondaron las 850 toneladas, menos que las más de 1.000 toneladas anuales registradas entre 2022 y 2024, pero todavía una cifra destacada frente a periodos anteriores. El dato muestra que el impulso no se ha extinguido, aunque también impide describir cada año como una aceleración constante. La tendencia importa más que la idea de una carrera sin pausas.

Al cierre de 2025, el oro representaba alrededor del 27% de las reservas oficiales globales a precios de mercado, frente al 22% de los bonos del Tesoro estadounidense y el 15% del euro. La comparación necesita una salvedad: el fuerte encarecimiento del metal elevó automáticamente el valor de las reservas ya existentes. Si se calcula con el precio del oro de finales de 2023, los bonos del Tesoro mantienen una proporción mayor. El cambio refleja tanto compras como revalorización, y confundir ambas cosas exageraría el alcance de la transformación.

El precio también ha marcado máximos históricos y ha superado los 4.000 dólares por onza, con cotizaciones que llegaron a situarse alrededor de 4.374 dólares el 13 de agosto, según datos publicados durante ese periodo. La cifra puede quedar desactualizada con rapidez porque el oro se negocia en mercados internacionales y su cotización cambia continuamente. Más que presentar un precio puntual como permanente, conviene entender que la subida encarece las nuevas compras y, al mismo tiempo, aumenta el valor contable de las reservas acumuladas.

La demanda tiene además efectos distintos según quién compra. Un banco central puede mantener el metal durante años como reserva estratégica; un inversor privado puede buscar protección ante una caída de los mercados o intentar aprovechar una subida. La joyería, en cambio, suele resentirse cuando el precio se dispara, porque el mismo anillo o collar exige más gasto. En el primer trimestre de 2026, la demanda total alcanzó un valor récord, impulsada por el precio, la inversión y las compras oficiales, mientras el volumen de joyería acusó el encarecimiento. El oro caro puede pasar del escaparate a la cartera institucional sin que cambie su composición física.

El dólar conserva su ventaja, aunque ya no está solo

El aumento de las reservas de oro no equivale a una sustitución inmediata del dólar. La moneda estadounidense continúa en el centro del sistema financiero internacional: sirve para financiar operaciones, comerciar, fijar precios y mantener reservas. En abril de 2025, el dólar estuvo presente en el 89,2% de las operaciones globales de divisas registradas por el Banco de Pagos Internacionales. Como cada operación implica dos monedas, las participaciones pueden sumar más del 100%. Su alcance en los mercados diarios sigue siendo muy superior al de cualquier alternativa individual.

El euro tampoco ofrece por sí solo un reemplazo completo. Tiene una economía amplia detrás y un banco central consolidado, pero la zona euro no cuenta con un mercado único de deuda pública comparable en profundidad al estadounidense ni con una unión fiscal equivalente. El yuan, por su parte, afronta límites vinculados a los controles de capital y a la estructura del sistema financiero chino. Las criptomonedas tampoco reúnen la estabilidad ni el marco institucional necesarios para ocupar el lugar de una moneda de reserva dominante.

La transformación, por tanto, se parece menos a un relevo que a una diversificación. Algunos Estados pueden mantener dólares y, al mismo tiempo, incrementar el oro, explorar pagos en monedas locales o desarrollar otras infraestructuras financieras. El dólar conserva una posición central, pero los Gobiernos buscan evitar que una sola moneda, custodio o red concentre demasiado riesgo. No se está desmontando el sistema en un día: se están añadiendo salidas de emergencia a un edificio que sigue en uso.

Ese proceso tiene costes. Duplicar sistemas de pago, custodias y acuerdos comerciales puede reducir la eficiencia y elevar la complejidad. Un orden financiero fragmentado también puede traducirse en más controles, primas de riesgo y volatilidad. La diversificación no elimina la incertidumbre; cambia dónde se concentra. En ese sentido, la compra de oro expresa tanto una búsqueda de seguridad como una percepción de que la interdependencia económica ya no garantiza por sí sola estabilidad política.

Europa entre las compras y las decisiones del pasado

En Europa, la evolución de las reservas dibuja estrategias diferentes. Polonia ha ampliado sus tenencias, mientras otros países han vendido parte de su oro o han mantenido posiciones más estables. España conserva reservas que se redujeron de forma notable antes de la Gran Recesión, cuando se priorizaron otros criterios de gestión y rentabilidad. La comparación no convierte automáticamente aquella decisión en un error: las condiciones y objetivos de entonces eran distintos. Pero sí muestra cómo una estrategia que parecía eficiente en un entorno puede suscitar nuevas preguntas cuando cambia el contexto.

La discusión no consiste en volver al patrón oro ni en sostener que todos los países deberían acumular el mismo porcentaje. El metal no puede sustituir las políticas económicas, la credibilidad institucional ni una gestión responsable de las cuentas públicas. Además, una reserva concentrada en oro puede perder valor si baja su precio y no produce ingresos mientras se mantiene. La cuestión de fondo es cómo equilibrar activos líquidos, divisas, deuda y reservas físicas para que un país no dependa de una sola protección.

Para la zona euro, un sistema global más fragmentado plantea una oportunidad y una dificultad. La estabilidad jurídica y la solidez de sus instituciones pueden atraer actividad, pero competir con el dólar requiere mercados financieros profundos y una coordinación que todavía tiene límites. España, como economía abierta y expuesta al comercio internacional, no queda al margen de esos cambios: las variaciones del dólar, la energía importada y los costes de financiación terminan filtrándose en empresas, precios y deuda pública. La política de reservas puede parecer lejana, pero forma parte del entorno que condiciona la economía cotidiana.

Del lingote a la economía tokenizada

El regreso del oro coincide con otra transformación que parece venir del extremo opuesto: la tokenización. Consiste en representar digitalmente un activo o ciertos derechos asociados a él mediante una infraestructura basada en registros digitales, como una cadena de bloques. En teoría, esos instrumentos pueden transferirse, fraccionarse o liquidarse con más rapidez. Ya se exploran aplicaciones para stablecoins, bonos, fondos, materias primas y otros activos del mundo real. La tecnología no crea el valor del activo: crea una forma distinta de registrar y mover derechos sobre él.

Joseph Lubin, cofundador de Ethereum y consejero delegado de Consensys, defendió en Consensus Miami 2026 que una parte muy amplia de la economía podría acabar representada en blockchain. Su posición está vinculada a una empresa que trabaja en ese sector, un interés que conviene tener en cuenta al evaluar sus pronósticos. Aun así, la tokenización ya ha dejado de ser solo una idea teórica: instituciones financieras y gestores estudian su uso para ciertos instrumentos. Eso no significa que toda la economía vaya a migrar a una cadena de bloques ni que las ventajas estén garantizadas.

Para bancos y gestores, la promesa incluye liquidaciones más rápidas, mercados abiertos durante más horas, fraccionamiento de activos y automatización de algunas operaciones. Pero la representación digital no resuelve por sí sola quién es el propietario legal, cómo se ejecutan los derechos, quién custodia las claves o qué ocurre ante un fallo tecnológico. También persisten cuestiones de protección de datos, ciberseguridad, blanqueo de capitales y supervisión. La eficiencia de una transacción no equivale automáticamente a seguridad jurídica ni a transparencia para todos los participantes.

La tokenización puede conectar mercados antes separados y abrir nuevas formas de circulación, mientras el oro conserva atractivo porque no es un pasivo digital emitido por una empresa o un Estado. Uno privilegia la custodia; la otra, la movilidad. No son necesariamente rivales: un activo físico podría representarse digitalmente sin que desaparezca la necesidad de verificar su existencia, propiedad y almacenamiento. La tecnología puede cambiar el envoltorio, pero la confianza sigue dependiendo de instituciones, reglas y controles que no se programan con facilidad.

El precio del refugio también puede corregirse

El oro suele beneficiarse de la incertidumbre, pero no sube de manera automática cada vez que estalla una crisis. La relación depende también de los tipos de interés, la fortaleza del dólar, las expectativas de inflación y el comportamiento de los inversores. Cuando los activos que pagan intereses ofrecen una rentabilidad atractiva, el coste de oportunidad de mantener oro aumenta. Si el miedo se disipa o cambia la demanda, el precio puede caer. Su papel de refugio no es una garantía de rentabilidad ni una protección perfecta frente a cualquier pérdida.

Las cotizaciones elevadas pueden atraer compras motivadas por la expectativa de que el precio seguirá subiendo. Ese comportamiento puede amplificar movimientos en ambas direcciones y dejar expuestos a quienes entran tarde. También existe una diferencia entre el uso institucional del oro y la decisión de un ahorrador: los bancos centrales gestionan reservas con objetivos públicos y horizontes distintos a los de una persona o una empresa. Por eso, el aumento de las compras oficiales no demuestra que el metal sea adecuado para cualquier cartera particular.

La misma cautela se aplica a la idea de una desdolarización completa. Las reservas en oro han ganado peso a precios de mercado, pero el dólar conserva una ventaja amplia en transacciones y en la infraestructura financiera. El cambio puede ser real sin ser total: varios activos pueden ganar espacio a la vez y el sistema seguir dependiendo en gran medida de la moneda estadounidense. La lectura más sólida no es que un orden haya desaparecido, sino que sus participantes están tratando de reducir la vulnerabilidad ante sus puntos débiles.

Una economía con más de un refugio

La vieja imagen de una economía que avanzaba hacia un mundo sin fronteras financieras ha perdido parte de su atractivo. Guerras, sanciones, rivalidad entre potencias y tensiones comerciales han devuelto la política al centro de las decisiones monetarias. En ese contexto, el oro recupera una función que nunca perdió del todo: ofrecer una reserva material y diversificar la exposición a activos emitidos por otros países. No vuelve como una moneda capaz de ordenar por sí sola el comercio global, sino como una pieza estratégica de un sistema más desconfiado.

Al mismo tiempo, las finanzas digitales prometen acelerar la circulación de activos y transformar procesos que hoy dependen de intermediarios y registros separados. La promesa es considerable, pero su alcance dependerá de la regulación, la seguridad y la capacidad de conectar los derechos digitales con las leyes del mundo físico. Ni el metal elimina los riesgos de mercado ni una blockchain los hace desaparecer por arte de tecnología. Cada alternativa resuelve algunos problemas y crea otros.

La imagen que emerge no es la de un ganador único, sino la de un mapa con varios centros de gravedad. El dólar seguirá siendo esencial; el oro puede funcionar como cobertura política; el euro conservará un papel importante y las redes digitales podrían modificar la forma de emitir y transferir activos. La economía mundial no está retrocediendo a una época anterior: está recuperando viejas precauciones con herramientas nuevas. El brillo del lingote y la velocidad del código cuentan, cada uno a su manera, la misma historia: la confianza sigue siendo la base del dinero, pero ya no se deposita en un solo lugar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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