Actualidad
¿Cómo renace ‘El Exorcista’ con Scarlett Johansson?
La franquicia de terror más influyente del cine vuelve a moverse. Scarlett Johansson encabezará la nueva película ambientada en el universo de El Exorcista, con Mike Flanagan al frente del guion, la dirección y la producción.

Foto de Harald Krichel, CC BY-SA 4.0.
Scarlett Johansson lidera ‘El Exorcista’ de Mike Flanagan — historia independiente, enfoque radical y rodaje en Nueva York, tras ‘Believer’.
La franquicia de terror más influyente del cine vuelve a moverse. Scarlett Johansson encabezará la nueva película ambientada en el universo de El Exorcista, con Mike Flanagan al frente del guion, la dirección y la producción. El proyecto se define internamente como un “acercamiento radical” a la mitología surgida en 1973 y, dato clave, no será una secuela de The Exorcist: Believer (2023). La producción prepara su rodaje en Nueva York, con calendario y reparto adicional aún por confirmar. El objetivo es claro: devolver a la marca un pulso creativo reconocible, apoyándose en una estrella global y en un autor con sello propio.
El movimiento se produce tras un replanteamiento de estrategia por parte de Universal, que en 2021 invirtió 400 millones de dólares en los derechos de la propiedad intelectual con la idea de reimpulsar la saga a lo grande. A la vista del rendimiento por debajo de expectativas de Believer, el estudio opta ahora por resetear el tablero: otra mirada, otra protagonista, otro tono. En paralelo, se preservan los elementos que hicieron de El Exorcista un hito cultural: una historia de fe puesta a prueba, una amenaza que se infiltra en lo cotidiano y una puesta en escena de presión psicológica sostenida. Con Johansson y Flanagan como binomio creativo, la franquicia busca proyección internacional, identidad artística y un terreno de juego donde el terror vuelva a sentirse serio y contemporáneo.
Lo anunciado y lo que se mantiene en reserva
El paquete confirmado a día de hoy deja pocos equívocos: Johansson es la protagonista y Flanagan escribe, dirige y produce. El proyecto no continúa la trama de The Exorcist: Believer; en su lugar, plantea un relato independiente dentro del mismo universo, con la libertad de renovar personajes, situaciones y punto de vista sin arrastrar decisiones narrativas previas. La localización principal será Nueva York, un escenario que, más allá de su potencia icónica, ayuda a fijar la historia en un entorno reconocible —los templos de barrio, los apartamentos estrechos, los pasillos de hospital— y a contrastar lo urbano con lo sobrenatural. No hay fecha de estreno oficial ni sinopsis pública; tampoco se han comunicado fichajes de reparto adicionales ni el equipo técnico (dirección de fotografía, montaje, música). Es razonable esperar una comunicación escalonada: confirmación de papeles, primeras imágenes de rodaje y, cuando la filmación esté avanzada, un teaser que marque tono.
Que el anuncio subraye el término “acercamiento radical” importa. No se habla de “remake” ni de “reboot” en sentido literal. Se apunta a una relectura de la raíz —radical, en su etimología—, de aquello que convirtió a El Exorcista en algo más que una película de posesiones: el conflicto humano ante lo inexplicable, la fricción entre ciencia y fe, la culpa como grieta por la que se cuela el mal. En ese marco, Nueva York no es solo postal: es ecosistema dramático. La ciudad añade capas verosímiles —ruidos, ritmos, burocracias— que, bien utilizadas, vuelven más perturbador lo sobrenatural.
Mike Flanagan: método, temas y por qué encaja aquí
Mike Flanagan se ha consolidado como un narrador con voz en el género. Su filmografía, que combina cine y televisión, revela un patrón reconocible: terror que escucha a los personajes, crescendo emocional y un uso casi táctil del silencio y el espacio. Títulos como La maldición de Hill House, Bly Manor o Misa de medianoche han demostrado su capacidad para tensar lo íntimo hasta el estremecimiento, mientras que en largometrajes ha afrontado retos con pedigrí, como continuar el legado de Stephen King en Doctor Sueño o adaptar Richard Matheson en su universo televisivo. Su más reciente La vida de Chuck ha corroborado otra constante: dirige actores con precisión, extrae matices de duelo y culpa, y prefiere el desasosiego sostenido al sobresalto gratuito.
Ese enfoque encaja de forma casi natural con El Exorcista. La obra de 1973 no sobrevivió medio siglo por los efectos especiales —que también—, sino por el modo en que articuló personajes heridos frente a un mal implacable. Flanagan se mueve cómodo en esa zona: madres agotadas, sacerdotes en crisis, sanitarios desbordados, comunidades que fallan. En su gramática, lo sobrenatural no es una pirotecnia aislada; es un catalizador dramático que revela fisuras. Si la nueva película respeta ese principio —la gente antes que el mito—, la promesa de “acercamiento radical” cobrará sentido sin necesidad de romper por romper.
Otro rasgo distintivo de Flanagan es el tempo. Sus planos largos, la respiración del montaje, la forma de administrar la información, todo conspira para que el miedo entre despacio y se instale. En Hill House, la casa respiraba a través de la puesta en escena; en Misa de medianoche, la teología y la duda eran puro dramatismo. Trasladado a El Exorcista, cabe esperar un guion que ponga el énfasis en la asfixia emocional, en la ambigüedad —¿qué vemos, qué preferimos no ver?— y en el clímax como desenlace inevitable de lo sembrado, no como atracción de feria.
Scarlett Johansson: impacto de taquilla y registro interpretativo
Scarlett Johansson aporta dos activos inmediatos. En primer lugar, tracción comercial. Su participación en “Jurassic World Rebirth” —estrenada este verano— ha empujado la recaudación global de la saga por encima de los 868 millones de dólares, un dato que subraya su capacidad para anclar blockbusters en mercados muy distintos. En segundo lugar, versatilidad dramática. Doble nominada al Óscar, ha alternado cine independiente y gran espectáculo con solvencia, y ha dejado interpretaciones de cuerpo pequeño que sostienen relatos de alta exigencia emocional. En una historia donde la posesión —o la amenaza de lo demoníaco— funciona como metáfora del deterioro íntimo, ese registro contenido puede ser decisivo.
Su rol específico no se ha desvelado, pero el arco interpretativo probable apunta a tres ejes en los que Johansson se mueve bien: maternidad bajo presión, responsabilidad profesional frente a lo inexplicable —piénsese en una médica, trabajadora social o periodista que choca con un límite— y liderazgo en una comunidad que duda. Nada de esto descarta la otra posibilidad: que la película invierta el punto de vista y coloque a Johansson como observadora que, a medida que avanza el relato, se ve obligada a tomar partido. En cualquier caso, su presencia es señal de intención: el estudio quiere una cinta de terror adulto con vocación amplia, y la actriz encaja en ese molde.
Para el estudio, además, Johansson es una marca propia. Aporta reconocimiento global, facilita campañas internacionales y permite construir una narrativa de lanzamiento —“estrella + autor”— que, si el tono acompaña, puede romper la frontera del público estrictamente fan del género. Y hay otro detalle no menor: su timing cómico-dramático, particularmente cuando el guion le exige ironía mínima o contención frente a algo que no entiende, suele alzar escenas que podrían caer en el exceso. En El Exorcista, el exceso mal calibrado sería una trampa; la contención, una virtud.
El legado que pesa: datos, memoria y expectativas
Para medir la ambición del movimiento conviene recordar los números. La película original de 1973, dirigida por William Friedkin y basada en la novela de William Peter Blatty, fue un fenómeno sin precedentes: 441 millones de dólares recaudados en todo el mundo y diez nominaciones a los Óscar, de las que se llevó dos estatuillas (guion adaptado y sonido). Pero más allá del box office, dejó una huella cultural medible: debates públicos, controversias religiosas, colas en los cines en medio de temporales, una iconografía —la farola, la habitación helada, el vaho en la noche— absorbida por el imaginario popular.
Ese legado implica un listón peculiar. Por un lado, la marca atrae de por sí; por otro, la comparación es inevitable e implacable. Las entregas posteriores lo han sufrido. Quien se aproxime a El Exorcista debe afinar el equilibrio entre homenaje y mirada nueva. Repetir postales es tentador y estéril. Reescribir la raíz, en cambio, obliga a tomar decisiones: qué iconografía se cita, qué temas se recuperan, qué límites se fijan para que la película no se convierta en museo de sí misma. El aviso de “acercamiento radical” sugiere que veremos ecos, sí, pero subordinados a una historia con vida propia.
Ese equilibrio también atañe al tratamiento visual y sonoro. El Exorcista no es un catálogo de “jump scares”; es una atmósfera sostenida que, cuando explota, lo hace con sentido. Aquí Flanagan tiene terreno abonado: luz que entra torcida, silencios que pesan, fuera de campo que amenaza. La música y el diseño de sonido serán piezas de precisión. Y el montaje —otra seña del director— debería evitar el subrayado, dejando que el horror se cueza a fuego lento y que, cuando llega, duela por lo que descompone, no por lo que grita.
La estrategia de Universal: inversión, corrección de rumbo y Nueva York
La decisión de Universal de adquirir en 2021 los derechos de El Exorcista por 400 millones de dólares marcó un compromiso a largo plazo con la saga. El primer paso de ese plan, “The Exorcist: Believer” (2023), funcionó por debajo del listón que arrastra una operación de ese tamaño. No fue un colapso, pero no consolidó la senda. La respuesta ahora es ordenar el tablero: fiarlo a un autor con método y a una estrella con tracción, y separar el nuevo proyecto de lo anterior para no heredar inercias ni sobrecargar la narrativa de expectativas cruzadas.
La elección de Nueva York como base de rodaje encaja con esa corrección de rumbo. La ciudad ofrece infraestructura y ecosistema profesional de primer nivel, pero también —y esto afecta a lo creativo— una realidad urbana que hace verosímil el enfrentamiento entre instituciones (parroquias, hospitales, servicios sociales) y lo irracional. El mal, cuando irrumpe en un piso de Queens o en un pasillo de urgencias, pesa diferente. Y la fotografía de la ciudad en invierno —si el calendario acompaña— puede aportar textura sin necesidad de subrayados.
Con este movimiento, el estudio también envía un mensaje al mercado: no renuncia a la IP, reencuadra su uso. En lugar de forzar una trilogía como punto de partida, prioriza una película sólida, con posibilidades de continuidad si el resultado acompaña. Es una estrategia que el terror comercial ha premiado en los últimos años: menos macroarquitectura previa, más confianza en el tono y en personajes que importen por sí mismos.
Lo que cabe esperar ahora: ventanas, tono y piezas por encajar
Mientras no haya fecha de estreno y sinopsis oficiales, toca atender a señales razonables. La fase inmediata pasa por cerrar casting, detallar equipo técnico y ajustar calendario de producción en Nueva York. Es probable que el relato nazca con un foco íntimo —una familia, una comunidad, una institución— y que la posesión o lo demoníaco aparezcan dosificados, como amenaza que, al entrar, rompe dinámicas previas. Ahí el tema de la fe —o de sus sustitutos seculares— será central: creer o no creer en algo, pagar el precio de cualquiera de las dos opciones.
En términos de iconografía, la prudencia parece buena consejera. Un guiño que signifique algo pesa más que cinco postales. La habitación helada puede volver si lo justifica la historia; la silueta bajo la farola solo si su presencia está orgánicamente ganada. Esta línea no solo protege el legado; protege la función de la película como obra autónoma, no como apéndice de un museo. Y si algo ha demostrado Flanagan es que configura sus mundos a partir de personajes, no a partir de colecciones de referencias.
También hay margen para lo institucional. El Exorcista siempre fue tanto una historia de hogar como un choque con estructuras —la Iglesia, la medicina, el Estado—. En una Nueva York contemporánea, esos choques tienen nuevos rostros: saturación sanitaria, desigualdad, burocracias que no llegan a todo. Conviven el escepticismo y la necesidad de creer. Si la película decide entrar por ahí, encontrará material dramático de primer orden.
En el plano industrial, cabe esperar una campaña construida sobre dos pilares: “no es la secuela anterior” y “terror adulto con firma”. El primer teaser —cuando aparezca— marcará si el tono se inclina por el drama inquietante o por el espectáculo puro. El histórico de Flanagan apunta a lo primero. La presencia de Johansson amplía la ventana internacional y abre la puerta a colaboraciones publicitarias de alto alcance, algo que la franquicia agradecerá si busca trascender el nicho.
Un reinicio con nombres propios y margen de riesgo
La jugada tiene lógica y vértigo. Johansson ofrece rostro, oficio y taquilla; Flanagan aporta método, atmósfera y dirección de actores; Universal ajusta la brújula de una IP colosal tras una primera tentativa que no terminó de cuajar. La decisión de no seguir a Believer y, en su lugar, reimaginar la raíz de El Exorcista con un relato independiente parece la vía más sensata para reconciliar memoria y presente. Quedan incógnitas —calendario, reparto completo, línea visual—, pero el tablero ya está claro: una gran ciudad como escenario, una estrella de primera línea y un autor que entiende que el miedo funciona mejor cuando nace de dentro.
Si la promesa de “acercamiento radical” se traduce en humanidad y tensión sostenida, la franquicia puede recuperar esa cualidad rara que la hizo única: el temblor que te acompaña después de los créditos, cuando vuelves a casa y todo suena un poco diferente. No por nostalgia ni por ruido, sino porque, por un rato, has creído que lo imposible podía irrumpir en la vida normal. Ahí está, desde 1973, la esencia que convirtió a El Exorcista en un fenómeno. Y ahí se decidirá si el regreso de Scarlett Johansson y Mike Flanagan pone de nuevo la saga en el centro de la conversación o se queda en un gesto más. De momento, hay proyecto, dirección y ambición. Falta ver —en pantalla— si el mal vuelve a mirarnos de frente.

Actualidad¿Qué se sabe hoy de los terremotos de Venezuela y cómo sigue el país?
Salud¿Por qué me duelen las piernas por dentro? Causas, síntomas y alertas
Naturaleza¿Dónde siguen activos los incendios en España este 28 de septiembre?
Actualidad¿Qué pasó con el terremoto de Colombia? Balance, víctimas y réplicas
Economía¿Cómo funciona la nueva cuenta de Revolut al 3,51% TAE en España?
ActualidadSan Miguel 2026: fecha, día de la semana y santoral
Economía¿Cuándo llega Kaufland a España y qué ciudades tendrán compra online?
Actualidad¿Cuánto cuesta el desfile de la Fiesta Nacional en Madrid en 2026?
Ocio¿Cuándo es Halloween 2026 en España y qué día se celebra este año?
ActualidadCalendario laboral 2026: ¿cuántos días festivos tendrás en España?
Salud¿Por qué mi sudor huele mal y antes no? Causas y cuándo preocuparse
Ocio¿Cómo queda la Liga Endesa? Fichajes, bajas y renovaciones 2026-27









