Historia
¿Qué pasó el 6 de septiembre? Efemérides clave de España y el mundo
Del regreso de Elcano al golpe argentino de 1930, el 6 de septiembre reúne hechos que cambiaron la política, la ciencia y la historia mundial.

Resumen
- Elcano regresó a España el 6 de septiembre de 1522 tras dar la vuelta al mundo
- La fecha también reúne golpes de Estado, atentados y episodios de la Guerra Fría
- Colón, Múnich y Diana de Gales completan un día cargado de historia mundial
El 6 de septiembre no es una fecha menor en el calendario histórico. Ese día, separados por siglos, Cristóbal Colón dejó atrás La Gomera para internarse definitivamente en el Atlántico; Juan Sebastián Elcano regresó a Sanlúcar de Barrameda después de completar la primera vuelta al mundo; un presidente de Estados Unidos recibió los disparos que acabarían provocando su muerte; Argentina sufrió una ruptura democrática que dejó una larga sombra; murió asesinado uno de los grandes ideólogos del apartheid y los Juegos Olímpicos de Múnich quedaron asociados para siempre al terrorismo. También hubo un MiG soviético aterrizando donde no debía y, mucho después, Londres despidió a Diana de Gales ante la mirada del planeta.
Este 6 de septiembre de 2026 se cumplen, entre otros aniversarios, 534 años de la salida de Colón desde La Gomera, 504 del regreso de la nao Victoria, 125 del atentado contra William McKinley, 96 del golpe argentino de 1930, 60 del asesinato de Hendrik Verwoerd y medio siglo de una de las deserciones más extraordinarias de la Guerra Fría. No son simples números redondos. Mirados juntos, dibujan una curiosa radiografía del mundo moderno: exploración, comercio, imperios, democracia, violencia política, racismo, terrorismo, espionaje y cultura de masas. Bastante equipaje para un solo día.
España y el mundo se hicieron pequeños en dos viajes
Hay fechas que ganan importancia porque distintos acontecimientos terminan hablando entre sí. El 6 de septiembre posee una coincidencia particularmente poderosa para la historia española: está ligado tanto al viaje de Cristóbal Colón como a la expedición de Magallanes y Elcano, dos navegaciones separadas por tres décadas que alteraron para siempre la percepción geográfica del planeta.
No fueron aventuras románticas en el sentido que después les dio cierta literatura. Había ambición comercial, competencia entre coronas, cálculo político, religión, ciencia náutica y una cantidad considerable de incertidumbre. El océano seguía siendo, en buena medida, una enorme zona en blanco. Las cartas marinas tenían bordes borrosos y navegar hacia ellos podía equivaler a desaparecer.
1492: Colón zarpa de La Gomera hacia lo desconocido
El 6 de septiembre de 1492, las tres embarcaciones de la expedición colombina dejaron La Gomera y pusieron rumbo hacia occidente. Habían salido inicialmente de Palos de la Frontera el 3 de agosto, pero Canarias funcionó como la última escala antes de afrontar el océano abierto. En las islas se hicieron reparaciones y se cargaron provisiones; después llegó el salto al vacío.
Por eso La Gomera ocupa un lugar mucho más importante en aquella travesía de lo que a veces deja entrever el relato escolar. Desde allí comenzó realmente el tramo atlántico que culminaría el 12 de octubre de 1492 con la llegada de la expedición a América. El mundo no apareció de repente aquel octubre: empezó a cambiar antes, cuando las costas canarias desaparecieron por la popa.
La consecuencia histórica resulta difícil de exagerar. La expedición abrió una conexión permanente entre Europa y América y desencadenó una transformación gigantesca —política, económica, demográfica y cultural— cuyos resultados incluyeron también conquista, explotación, enfermedades y destrucción de sociedades indígenas. La historia pierde utilidad cuando se barniza demasiado. Aquella navegación amplió el horizonte europeo y, al mismo tiempo, inauguró procesos de dominación que marcarían los siglos siguientes.
1522: Elcano completa la primera vuelta al mundo
Treinta años después, otro 6 de septiembre volvió a colocar a España en el centro de una revolución geográfica. La nao Victoria, comandada por Juan Sebastián Elcano, llegó a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522. Era la única de las cinco naves de la expedición original que conseguía regresar. A bordo quedaban apenas 18 hombres, agotados, enfermos y muy lejos de la orgullosa armada que había partido tres años antes.
La expedición había sido concebida bajo el mando de Fernando de Magallanes para encontrar una ruta occidental hacia las islas de las Especias. Magallanes murió en Filipinas en 1521 y nunca completó la circunnavegación. Elcano asumió el mando del regreso y tomó una decisión descomunal: continuar hacia occidente atravesando el océano Índico y bordeando África para volver a Europa.
La Victoria entró primero en Sanlúcar y llegó a Sevilla dos días después. Había quedado demostrado de manera práctica algo que los sabios ya podían sostener intelectualmente: los grandes océanos estaban conectados y el planeta podía circunnavegarse. La expedición recorrió decenas de miles de millas y convirtió una intuición cartográfica en experiencia humana.
Su importancia económica fue inmediata. Las especias valían fortunas y las rutas marítimas eran las autopistas estratégicas del siglo XVI. Pero el legado más profundo fue otro. Después de aquel viaje, el planeta se volvió, por así decirlo, más pequeño. La globalización tenía todavía velas, madera húmeda y hombres famélicos, pero el mecanismo básico ya estaba allí.
De Buffalo a Buenos Aires: cuando la política saltó por los aires
El 6 de septiembre también conserva episodios bastante menos luminosos. En 1901, el presidente estadounidense William McKinley acudió a una recepción pública durante la Exposición Panamericana de Buffalo, en Nueva York. Mientras saludaba a los asistentes, Leon Czolgosz le disparó dos veces con un arma escondida bajo un pañuelo.
McKinley no murió inmediatamente. Durante varios días pareció incluso recuperarse, pero las heridas se complicaron y falleció el 14 de septiembre de 1901. Su vicepresidente, Theodore Roosevelt, asumió entonces la Presidencia con 42 años. Aquellos disparos cambiaron mucho más que el nombre colocado en la puerta de la Casa Blanca: Roosevelt impulsaría una presidencia mucho más activa, reformas económicas, políticas de conservación y una presencia internacional estadounidense cada vez mayor.
Casi tres décadas después, el 6 de septiembre volvió a aparecer asociado a una ruptura política, esta vez al sur del continente americano. En Argentina, la fecha marcaría el inicio de una etapa que erosionó durante años la confianza en las instituciones democráticas.
El 6 de septiembre de 1930, el general José Félix Uriburu encabezó el golpe de Estado que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, elegido democráticamente. Fue una fractura institucional de enorme importancia: el Congreso quedó clausurado y comenzó un periodo que terminaría siendo conocido como la Década Infame, marcado por fraude electoral, inestabilidad y deterioro democrático.
Lo inquietante del episodio no está únicamente en 1930, sino en lo que vino después. El golpe abrió una puerta que Argentina tardaría décadas en cerrar: la idea de que las Fuerzas Armadas podían interrumpir el orden constitucional cuando ciertos sectores considerasen agotada la política civil. Vendrían nuevos golpes durante el siglo XX, hasta que la recuperación democrática de 1983 convirtió esa experiencia en una advertencia histórica fundamental. Las democracias suelen deteriorarse antes de caer; cuando cae el último ladrillo, el muro llevaba tiempo agrietándose.
Del apartheid a Múnich: la violencia entra en las instituciones
El 6 de septiembre de 1966, Hendrik Frensch Verwoerd, primer ministro de Sudáfrica y uno de los principales arquitectos políticos del apartheid, fue asesinado a puñaladas dentro del Parlamento sudafricano por Dimitri Tsafendas, empleado de la propia Cámara. Verwoerd murió poco después.
Su desaparición no acabó con el apartheid. Al contrario: su sucesor, B. J. Vorster, mantuvo durante años el sistema de segregación racial institucionalizada. Eso ayuda a entender por qué los grandes cambios históricos rara vez dependen exclusivamente de la desaparición de un dirigente. Un régimen es más que un hombre: leyes, burocracias, intereses económicos, fuerzas de seguridad y hábitos sociales pueden sobrevivir perfectamente al individuo que los representa.
Exactamente seis años después, Europa vivía otra clase de violencia política. El 5 de septiembre de 1972, miembros del grupo palestino Septiembre Negro entraron en la Villa Olímpica de Múnich y atacaron a la delegación israelí. Dos israelíes fueron asesinados inicialmente y otros nueve quedaron como rehenes. La crisis se prolongó hasta la madrugada del 6 de septiembre, cuando un intento de rescate en Fürstenfeldbruck terminó catastróficamente.
Los nueve rehenes restantes murieron, además de un policía alemán y cinco de los atacantes. La masacre de Múnich cambió la manera de entender la seguridad de los grandes acontecimientos internacionales. Unos Juegos Olímpicos concebidos para proyectar una Alemania democrática, abierta y muy distinta del país que había organizado Berlín 1936 quedaron atravesados por imágenes de hombres armados, negociaciones interminables y un operativo policial fallido.
El deporte ya no podía presentarse ingenuamente como una burbuja aislada de la política. Quizá nunca lo había sido. Pero después de Múnich 1972 resultaba imposible fingir lo contrario. La seguridad de los grandes eventos deportivos internacionales entró desde entonces en otra época.
1976 y 1997: un MiG soviético y el funeral de Diana
El 6 de septiembre de 1976, en plena Guerra Fría, ocurrió algo que habría parecido demasiado exagerado incluso para una novela de espías. El teniente soviético Viktor Belenko despegó en un MiG-25 y voló hasta Hakodate, Japón, donde pidió asilo. No llegó con las manos vacías: llevó consigo uno de los interceptores más secretos y temidos de la Unión Soviética.
Para los servicios de inteligencia occidentales fue un regalo caído del cielo, literalmente. Especialistas estadounidenses y japoneses pudieron examinar el aparato antes de que fuese desmontado y devuelto a la URSS. El análisis permitió comprobar que algunos aspectos del MiG-25 Foxbat, presentado durante años como una máquina casi prodigiosa, habían sido sobrevalorados por la inteligencia occidental.
Cincuenta años después, el episodio sigue siendo una magnífica postal de la Guerra Fría: dos bloques obsesionados con descifrar la tecnología del adversario, un piloto tomando una decisión individual que desencadena un problema diplomático internacional y un avión convirtiéndose de repente en un documento secreto de varias toneladas.
El calendario guarda un último episodio de naturaleza completamente distinta. El 6 de septiembre de 1997, Londres celebró el funeral de Diana, princesa de Gales, fallecida seis días antes tras el accidente de tráfico ocurrido en París. La ceremonia tuvo lugar en la Abadía de Westminster y después sus restos fueron trasladados a Althorp, la propiedad de su familia.
La importancia histórica no estuvo solamente en la muerte de una figura enormemente popular. El duelo por Diana de Gales mostró hasta qué punto la televisión había convertido la vida privada de las celebridades en una experiencia global compartida. Calles cubiertas de flores, multitudes silenciosas, cámaras retransmitiendo cada movimiento. La monarquía británica quedó sometida además a una presión pública extraordinaria, síntoma de que incluso las instituciones más antiguas empezaban a moverse dentro de una nueva esfera mediática, mucho más rápida y emocional.
Un día que explica medio milenio de historia
La gracia de las efemérides no está en coleccionar fechas como quien guarda cromos. Sirven cuando permiten descubrir conexiones. Y el 6 de septiembre ofrece unas cuantas. Desde los viajes oceánicos del siglo XV y XVI hasta el terrorismo internacional, los golpes militares o la Guerra Fría, la fecha atraviesa algunos de los procesos que construyeron el mundo contemporáneo.
Colón salió de La Gomera hacia un océano casi desconocido; Elcano regresó demostrando que aquel océano formaba parte de un planeta navegable. McKinley cayó bajo las balas y la Presidencia estadounidense pasó a Roosevelt. Un golpe quebró la democracia argentina. El asesinato de Verwoerd recordó que eliminar a un dirigente no elimina el sistema que ha construido. Múnich enseñó brutalmente que ni siquiera los Juegos Olímpicos estaban fuera del alcance del terrorismo. Belenko convirtió un caza soviético en una mina de información para Occidente. Diana mostró, finalmente, que a finales del siglo XX también el duelo podía convertirse en un acontecimiento planetario.
Hay en todos esos episodios un hilo incómodo pero útil: la historia nunca queda quieta. A veces cambia con una nao que aparece destrozada en la desembocadura del Guadalquivir; otras, con dos disparos entre una multitud, un tanque frente a un palacio presidencial, un comando entrando en una villa olímpica o un avión militar aterrizando inesperadamente en Japón.
El calendario es lo de menos. Lo importante es lo que cada fecha deja detrás. Y pocas jornadas muestran con tanta claridad como el 6 de septiembre que el mundo moderno se construyó navegando, conquistando, votando, derribando gobiernos, resistiendo dictaduras, negociando bajo presión y observándolo todo —cada vez más— a través de una pantalla.












