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¿Ha perdido EEUU Oriente Medio frente a China por la guerra con Irán?

China gana terreno en Oriente Medio mientras la guerra con Irán desgasta a EEUU, altera alianzas y acelera un nuevo reparto de poder regional

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Trump y Xi en 2025

Estados Unidos no ha entregado Oriente Medio a China, al menos no como quien deja unas llaves sobre la mesa y abandona la habitación. Washington conserva la mayor red militar extranjera de la zona, domina buena parte de su mercado de armamento y sigue siendo el socio de seguridad que las monarquías del Golfo llaman cuando los misiles atraviesan el cielo. Pero la guerra con Irán ha acelerado algo más profundo: la pérdida del monopolio político estadounidense sobre una región que ya no quiere depender de una única potencia.

China está ganando terreno sin sustituir a Estados Unidos. Lo hace de otra manera: compra petróleo, vende tecnología, financia infraestructuras y mantiene abiertas las puertas de Riad, Teherán, Doha o Abu Dabi. No ofrece portaaviones a cambio de obediencia, sino comercio a cambio de estabilidad. El resultado es un Oriente Medio más multipolar, donde los gobiernos aceptan la protección militar estadounidense mientras cultivan su relación económica y diplomática con Pekín. Un matrimonio de conveniencia por un lado, una segunda cuenta bancaria por el otro.

La guerra que abrió espacio a Pekín

La ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán comenzó el 28 de febrero de 2026 con la expectativa de debilitar rápidamente la capacidad nuclear, militar y regional de Teherán. Cinco meses después, el conflicto seguía abierto, el estrecho de Ormuz permanecía sometido a interrupciones y Washington buscaba una salida negociada mientras consumía municiones a un ritmo difícil de sostener. El coste directo para Estados Unidos rondaba los 37.500 millones de dólares y 18 militares estadounidenses habían muerto; solo el 35% de los ciudadanos apoyaba ya la guerra.

El problema no es únicamente económico. Fuentes militares estadounidenses reconocieron que la campaña había consumido prácticamente todas las existencias disponibles de determinados misiles de precisión de largo alcance, incluidos proyectiles cuya reposición requiere meses o años. Cada Tomahawk utilizado contra Irán es un Tomahawk que no está disponible para Asia, donde Washington asegura que se juega su competición estratégica principal frente a China. Pekín no necesita vencer en Irán: le basta con observar cómo su rival dispersa recursos, atención y credibilidad.

La crisis de Ormuz ha terminado de desnudar los límites del poder estadounidense. A comienzos de agosto, Irán y Omán negociaban un corredor marítimo que concedería a Teherán capacidad de supervisión sobre la entrada de barcos al Golfo, una condición impensable cuando comenzó la guerra y que Washington rechaza. El acuerdo aún no estaba cerrado el 6 de agosto y seguía condicionado al levantamiento del bloqueo estadounidense sobre puertos iraníes. Nada parecido a una victoria clara; más bien ese barro diplomático donde todos anuncian avances mientras los petroleros esperan con el motor al ralentí.

El Golfo ya no quiere un solo protector

Arabia Saudí, Qatar, Omán y otros gobiernos árabes no están abandonando a Estados Unidos para abrazar a China. Están haciendo algo bastante más pragmático: repartir riesgos. Durante décadas aceptaron un intercambio sencillo —petróleo y alineamiento político a cambio de seguridad estadounidense—, pero la invasión de Irak, las vacilaciones de Washington ante los ataques contra instalaciones saudíes en 2019 y la actual guerra iraní han deteriorado aquella certeza.

Los ataques y amenazas de Teherán han mostrado que albergar bases estadounidenses también convierte a estos países en objetivos. Irán advirtió en agosto a Arabia Saudí, Qatar, Turquía y otros Estados de que golpearía instalaciones petroleras, eléctricas y de agua si permitían nuevas operaciones estadounidenses. Riad respondió presionando a Donald Trump para frenar los ataques y retomar la negociación. El viejo aliado ya no se limita a asentir; calcula cuánto cuesta cada gesto de Washington.

En ese contexto, varios gobiernos del Golfo han pedido a China que utilice su relación económica con Irán para contener a Teherán y facilitar la navegación por Ormuz y el mar Rojo. La petición es significativa porque reconoce a Pekín como interlocutor regional. También revela sus límites: China protege sus petroleros y conversa con todas las partes, pero evita enfrentarse públicamente al Gobierno iraní o asumir compromisos militares que puedan arrastrarla al conflicto. Influencia no equivale a responsabilidad, y Pekín conoce bien esa diferencia.

El precedente decisivo llegó en marzo de 2023, cuando China acogió el acuerdo para restablecer las relaciones diplomáticas entre Arabia Saudí e Irán. No resolvió la rivalidad entre ambos países, pero permitió a Pekín presentarse como mediador en Oriente Medio, una región donde Estados Unidos solía ocupar hasta la última silla de la sala.

Desde entonces, Riad ha profundizado sus vínculos comerciales, tecnológicos y energéticos con China sin romper su alianza defensiva con Washington. Esa combinación resume el nuevo orden: armamento y paraguas aéreo estadounidenses; refinerías, redes digitales, vehículos eléctricos y negocios chinos. Arabia Saudí no pretende cambiar un tutor por otro. Pretende no tener tutor.

La fórmula se extiende por el Golfo. Qatar conserva estrechos acuerdos militares con Estados Unidos mientras vende gas natural licuado a Asia. Emiratos Árabes Unidos coopera con Washington e Israel, pero mantiene una intensa relación económica con China. Omán conversa con todos porque su ubicación geográfica le obliga a dominar ese arte regional tan antiguo: no cerrar ninguna puerta mientras afuera se oyen disparos.

China gana en energía y tecnología, no en portaaviones

La ventaja más sólida de Pekín no está en el campo de batalla, sino en los almacenes, las fábricas y las cadenas de suministro. China concentra alrededor del 85% de la capacidad industrial solar y cerca del 80% de la producción vinculada a las baterías de ion-litio. En segmentos concretos, como las obleas fotovoltaicas o los materiales para ánodos, su peso se acerca al monopolio. Cada crisis energética empuja a los gobiernos a instalar más paneles, baterías, redes eléctricas y vehículos eléctricos; buena parte de ese escaparate lleva una etiqueta china.

La guerra iraní ha reforzado ese argumento. Quien depende del crudo transportado por Ormuz descubre de repente el valor estratégico de una batería, una central solar o un coche eléctrico. China puede vender los tres. Estados Unidos conserva empresas tecnológicas formidables, pero no posee la misma capacidad para fabricar equipos energéticos baratos y en volúmenes gigantescos. Mientras Washington despliega destructores, Pekín envía contenedores. A veces el ruido de una turbina pesa más que el de un misil.

El vídeo que presenta a China como ganadora absoluta exagera, sin embargo, la resistencia energética del país. Pekín dispone de enormes reservas comerciales y estratégicas de petróleo, aunque sus cifras exactas son opacas. Los cálculos publicados durante la crisis indicaban que esas existencias podrían compensar durante unos siete meses el crudo que normalmente llegaba a China a través de Ormuz, no sostener indefinidamente toda su economía ni reemplazar durante un año cuatro millones de barriles diarios sin consecuencias. China está mejor preparada, pero no es inmune a un bloqueo prolongado.

El truco de las cifras militares

También conviene manejar con cuidado la afirmación de que más del 80% de las exportaciones militares chinas hacia Oriente Medio terminan en países del Golfo. Puede ser cierta según el periodo y el denominador escogidos, pero no significa que China domine el mercado armamentístico regional. Es como decir que la mayoría de los paraguas de una pequeña tienda se venden en Galicia y concluir que esa tienda controla la lluvia.

Los datos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo muestran que China representó apenas el 0,3% de las importaciones de grandes sistemas de armamento de Oriente Medio entre 2021 y 2025. Estados Unidos suministró el 77% de las compras saudíes, el 48% de las cataríes, el 42% de las emiratíes y el 99% de las de Baréin. Drones baratos, misiles y acuerdos de fabricación pueden aumentar la presencia china, pero la arquitectura militar continúa siendo abrumadoramente occidental.

Washington mantiene el cuartel naval de su Quinta Flota en Baréin, una comandancia avanzada terrestre en Kuwait y su principal centro aéreo regional en Qatar. China posee una base militar en Yibuti y realiza escalas navales, ejercicios y operaciones antipiratería, pero carece de una red comparable. Hablar de una sustitución militar inmediata sería confundir un cambio de corriente con el vaciado completo del océano.

El renminbi avanza, pero el dólar no se ha hundido

Irán y China han impulsado mecanismos de pago en renminbis para reducir su exposición a las sanciones estadounidenses, y la crisis de Ormuz ha dado más espacio político a esas operaciones. Algunos cargamentos energéticos pueden liquidarse en moneda china, sobre todo cuando las empresas implicadas tienen restringido el acceso al sistema financiero occidental. Es una evolución relevante. No es, todavía, el funeral del dólar.

Durante el primer trimestre de 2026, el dólar representó el 57,13% de las reservas mundiales de divisas, ligeramente más que al final de 2025. La moneda estadounidense ha perdido peso durante las últimas décadas, pero conserva mercados financieros profundos, liquidez, seguridad jurídica y una red de pagos que el renminbi aún no puede replicar. China controla estrictamente los movimientos de capital y no ofrece la misma libertad para comprar, vender o sacar dinero del país. Una moneda puede usarse por necesidad sin convertirse en moneda de confianza.

La verdadera amenaza para Washington no es que el dólar desaparezca de repente, sino que surjan rutas alternativas suficientes para reducir la eficacia de sus sanciones. Un pago en renminbis aquí, una operación en dirhams allá, acuerdos bilaterales, trueques energéticos. Pequeños agujeros en una presa todavía sólida. China no necesita derribar el sistema financiero estadounidense; le basta con hacerlo menos inevitable.

Una victoria de imagen con límites muy reales

La guerra ha deteriorado la reputación internacional de Estados Unidos y ha ofrecido a China una plataforma propagandística extraordinaria. Una encuesta de Pew realizada en decenas de países durante 2026 encontró que China era valorada más favorablemente que Estados Unidos en 25 de ellos, mientras Xi Jinping inspiraba más confianza que Donald Trump en 22. La mejora china se explica tanto por sus propios avances como por el desplome de la imagen estadounidense.

No obstante, esa fotografía cambia al mirar los países ricos. En buena parte de Europa, Japón, Corea del Sur o Australia siguen predominando la desconfianza hacia Xi, las críticas a la falta de libertades y el temor al poder económico chino. Israel continúa claramente alineado con Estados Unidos. Pekín puede parecer más previsible que Washington sin ser considerado más democrático, transparente o deseable. La estabilidad también tiene sombras; basta observar la censura, la vigilancia política o la represión de la disidencia dentro de China.

Su política exterior ofrece préstamos, inversiones y no injerencia, una expresión atractiva para gobiernos que prefieren evitar preguntas incómodas sobre derechos humanos. Pero esa misma prudencia limita su capacidad para resolver guerras. China pudo facilitar la reconciliación saudí-iraní porque ambos países deseaban rebajar tensiones; contener a un Irán en guerra, proteger las rutas marítimas y garantizar la seguridad de las monarquías árabes exige otra clase de poder. Más caro. Más arriesgado. Menos fotogénico.

Oriente Medio cambia de equilibrio, no de dueño

Estados Unidos no ha regalado Oriente Medio a China. Ha facilitado que China avance al convertir otra vez la región en escenario de una guerra costosa, incierta y difícil de terminar. Pekín recoge beneficios diplomáticos, industriales y narrativos mientras evita asumir la factura militar. Washington continúa siendo indispensable, aunque cada vez resulta menos exclusivo y, para muchos aliados, menos previsible.

La gran transformación no consiste en sustituir banderas estadounidenses por banderas chinas. Consiste en que Arabia Saudí, Qatar, Emiratos, Omán o Turquía ya no consideran necesario escoger una sola. Comprarán armas a Washington, tecnología a Pekín, negociarán con Teherán y defenderán sus propios márgenes de maniobra. El Golfo ha aprendido a jugar con varias barajas.

China ha ganado espacio, sin duda. Estados Unidos ha perdido autoridad y recursos. Pero Pekín aún no puede garantizar la seguridad regional, imponer acuerdos ni reemplazar la infraestructura militar norteamericana. El nuevo Oriente Medio no pertenece a China. Tampoco pertenece ya por completo a Estados Unidos. Se parece más a un zoco al anochecer: muchas voces, varias monedas sobre el mostrador y nadie dispuesto a entregar todas sus llaves a un único cliente.

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