Tecnología
¿RoRo copió a Galita Ari? Las pruebas, dudas y respuesta completa
Galita Ari acusa a RoRo de copiar su estilo durante años. Las pruebas, el desmentido y las dudas de una polémica que sacude TikTok en España.

RoRo Bueno afronta una nueva polémica después de que la creadora ecuatoriana Galita Ari la acusara de haber reproducido su estilo de vídeos y de perjudicarla durante años. Para sostener su relato, Galita ha difundido grabaciones antiguas, archivos y capturas de pantalla que, según afirma, documentan una historia iniciada mucho antes de que la influencer española alcanzara la fama. RoRo lo niega: asegura que no conoce a la joven, que nunca había visto sus publicaciones y que no escribió los mensajes ofensivos que se le atribuyen.
Por ahora, no existe una prueba concluyente e independiente que permita confirmar el supuesto plagio, el hostigamiento o la intervención de RoRo en el cierre de las cuentas de Galita. Hay vídeos con parecidos evidentes, capturas discutidas, fechas bajo sospecha y dos versiones incompatibles. Mucho material para alimentar TikTok; bastante menos para dictar sentencia.
La controversia ha crecido deprisa porque toca un nervio reconocible de internet: quién inventa realmente un formato viral. RoRo se convirtió en una de las grandes figuras españolas de TikTok con vídeos de cocina, manualidades y preparaciones elaboradas para su pareja, Pablo, narrados mediante una voz suave y una edición minuciosa. Galita sostiene que ella ya utilizaba años antes una fórmula parecida, con recetas dedicadas a familiares, narración pausada y escenas de vida cotidiana.
No discute únicamente una receta de pasta o una determinada frase. Afirma que se apropiaron de una parte de su identidad digital, ese conjunto de gestos pequeños —entonación, ritmo, estética, manera de dirigirse al público— que acaba funcionando como una firma. El problema es que una firma hecha de tonos de voz, gafas, delantales y planos de cocina resulta bastante más resbaladiza que una canción o una fotografía.
Una acusación construida con vídeos antiguos
Galita Ari asegura que empezó a publicar este tipo de contenido en 2018. Entre el material presentado figura una grabación fechada el 17 de enero de 2022 en la que prepara pasta para su hermano y explica que le preguntó qué le apetecía comer. La estructura recuerda a los comienzos que RoRo popularizó posteriormente: una persona cercana expresa un deseo y la creadora se pone manos a la obra, cuchillo, harina y voz aterciopelada mediante.
La ecuatoriana también ha mostrado vídeos de maquillaje y momentos domésticos en los que aparece hablando con una entonación dulce. Su argumento no es que RoRo copiara una única publicación de principio a fin, sino que habría absorbido la arquitectura del personaje: la voz, la edición, las frases introductorias y el contraste entre una apariencia delicada y tareas laboriosas.
Hay semejanzas. Negarlas sería absurdo. Otra cuestión, bastante más difícil, es determinar si proceden de una observación directa, de una tendencia compartida o de coincidencias propias de una plataforma donde miles de creadores repiten encuadres, sonidos y fórmulas. TikTok fabrica originalidad en serie: todos quieren diferenciarse, aunque medio mundo termine hablando a la cámara desde la misma cocina beige.
Las grabaciones antiguas respaldan que Galita producía contenido antes del auge de RoRo. No demuestran automáticamente que la española lo hubiera visto. Anterioridad no equivale a copia, del mismo modo que un parecido no revela por sí solo quién conocía a quién ni qué intención había detrás.
Pablo aparece en la cronología, pero no prueba nada
El elemento más personal del relato es Pablo, pareja de RoRo. Galita cuenta que lo conoció mediante Tinder y que ambos conversaron durante dos días, sin llegar a mantener una relación sentimental. Después, siempre según su versión, observó que RoRo aparecía con frecuencia entre las primeras personas que veían sus historias de Instagram.
Más adelante habría recibido mensajes desde una cuenta desconocida preguntándole si conocía a Pablo. También atribuye a perfiles aparentemente relacionados con el nombre de RoRo varios comentarios ofensivos, algunos de carácter xenófobo. La propia Galita reconoce, sin embargo, que no puede identificar a la persona que manejaba aquellas cuentas.
Ese matiz sostiene buena parte del caso y, al mismo tiempo, marca su límite. Un nombre de usuario parecido, una fotografía o una cuenta que observa historias pueden despertar sospechas; no prueban quién estaba detrás del teléfono. En redes, cualquiera puede colocar una foto ajena y adoptar un nombre reconocible en pocos segundos. La máscara digital cuesta menos que un café.
Galita también afirma que descubrió que RoRo la había bloqueado en perfiles nuevos que supuestamente la española no podía conocer. Es un indicio que la creadora presenta como señal de un seguimiento previo, aunque tampoco permite reconstruir por sí mismo cómo llegaron esas cuentas hasta la lista de bloqueados.
Las capturas alimentan el caso y también las dudas
La denuncia ganó fuerza con la publicación de capturas, archivos recuperados y antiguas grabaciones. Sin embargo, la revisión pública del material abrió varios interrogantes. Algunas imágenes mostraban elementos aparentemente incompatibles: menús en español junto a fechas en inglés, fotografías de perfil que podrían ser posteriores al mensaje atribuido y una interfaz de Instagram que no encajaría con el año indicado.
También se cuestionaron los nombres de varios archivos usados para acreditar la fecha de los vídeos, porque seguían una estructura distinta a la del resto de documentos visibles. Después apareció otra anomalía: publicaciones relacionadas con Halloween supuestamente fechadas en julio. Ninguno de esos detalles demuestra, de manera aislada, que Galita falsificara el material. Sí obliga a tratarlo con cautela.
Una captura de pantalla suele circular por las redes con el prestigio de un acta notarial. No lo es. Puede estar recortada, recuperada, reenviada, alterada por una actualización del dispositivo o directamente manipulada. Para verificarla harían falta archivos originales, metadatos completos y acceso a las cuentas implicadas. Nada de eso se ha examinado públicamente de forma independiente.
Galita defiende que las imágenes no fueron alteradas. Explica que parte del contenido procede de dispositivos antiguos y que tuvo que recuperar publicaciones guardadas después de perder su perfil original. Esa circunstancia podría explicar determinados cambios de formato, aunque no resuelve todas las contradicciones señaladas.
RoRo niega conocer a Galita Ari
RoRo no ha difundido, hasta el momento de esta actualización, una respuesta detallada en sus propios perfiles. Su versión fue trasladada por el creador de contenido Javi Hoyos, quien afirma haberse puesto en contacto con ella por iniciativa propia. La influencer española niega haber visto anteriormente el contenido de Galita, rechaza haber copiado sus recetas y asegura que tampoco escribió los comentarios racistas u ofensivos incluidos en las capturas.
También sostiene que su formato nació a partir de la influencia de otra creadora internacional especializada en vídeos domésticos y recetas elaboradas desde cero. La explicación sitúa su contenido dentro de una corriente estética más amplia: cocinas impecables, movimientos tranquilos, productos hechos a mano y una narración casi susurrada, como si amasar pan fuese una escena de cine nórdico.
Un desmentido indirecto y otra posible inspiración
El hecho de que la respuesta haya llegado mediante un tercero ha generado críticas entre quienes reclaman una intervención directa de RoRo. Galita cuestionó que figuras con mayor alcance participaran en la discusión, mientras Hoyos aclaró que nadie le pidió defender a la española y que contactó con ella para incorporar su versión de los hechos.
El desmentido es rotundo, pero tampoco clausura el debate. Que RoRo diga no conocer a Galita no permite verificar automáticamente su versión; del mismo modo, que Galita muestre parecidos no demuestra que existiera una copia consciente. Las dos afirmaciones necesitan algo más que la confianza de sus respectivas audiencias.
Aquí aparece uno de los vicios más cansinos de las redes: convertir la popularidad en una medida de credibilidad. Una cuenta con millones de seguidores no dice necesariamente la verdad. Una creadora pequeña tampoco adquiere razón por enfrentarse a alguien poderoso. La asimetría de audiencia explica el impacto, no decide los hechos.
El giro de las cuentas borradas
La historia se complicó el 6 de agosto. Galita afirmó que llevaba varios días recibiendo códigos de verificación e intentos de cambio de contraseña desde distintos países. Después de publicar un nuevo vídeo defendiendo la autenticidad de sus pruebas, una de sus cuentas desapareció y el contenido de otro perfil fue eliminado.
La creadora ha descrito estos hechos como un ataque y ha relacionado su retirada temporal con la presión sufrida. No obstante, no existe ninguna evidencia pública que vincule a RoRo con los accesos, la eliminación de publicaciones o la desaparición de los perfiles. Presentar esa relación como un hecho sería saltar desde la sospecha hasta la acusación sin puente alguno.
Tampoco está acreditado quién denunció en 2024 la antigua cuenta de TikTok de Galita por una supuesta suplantación de identidad. La plataforma suspendió aquel perfil y la creadora perdió años de publicaciones, pero no le comunicó la identidad del denunciante. Ella considera el episodio parte de la misma secuencia; objetivamente, no puede atribuírselo a RoRo.
Galita ha anunciado que dejará de hablar del enfrentamiento debido al estrés y al deterioro de su salud. Antes de retirarse, insistió en que sus archivos son auténticos y pidió frenar los ataques. La paradoja resulta amarga: una denuncia presentada para contar un supuesto hostigamiento digital ha terminado desatando otra oleada de hostilidad, esta vez pública, masiva y perfectamente visible.
Entre el parecido y la prueba hay un trecho
El material difundido permite afirmar que Galita Ari publicaba vídeos con rasgos similares antes de que RoRo se hiciera famosa. También permite afirmar que la ecuatoriana se siente perjudicada y que lleva tiempo interpretando determinados bloqueos, comentarios y cierres de cuentas como partes de una misma historia. Lo que no permite, al menos por ahora, es demostrar un plagio deliberado, la autoría de los mensajes ofensivos o una intervención contra sus perfiles.
Las dudas sobre algunas capturas debilitan la acusación, pero tampoco autorizan a declarar falso todo el relato. Los archivos recuperados pueden presentar anomalías; las anomalías también pueden revelar una manipulación. Para salir de ese círculo harían falta datos verificables, no montajes acelerados con música de suspense y comentarios escritos en mayúsculas.
RoRo ha negado los hechos. Galita mantiene su versión. Entre ambas queda una zona gris poblada por vídeos antiguos, algoritmos opacos y recuerdos personales imposibles de comprobar desde fuera. El caso continúa abierto en el terreno público, aunque sin pruebas suficientes para repartir culpabilidades con la alegría habitual del tribunal de las redes.
La cuestión de fondo va más allá de las dos creadoras. Internet convierte los estilos personales en plantillas, las plantillas en tendencias y las tendencias en negocios. Cuando alguien triunfa con una fórmula que otra persona cree haber utilizado antes, la sensación de despojo puede ser real, incluso aunque la copia no pueda demostrarse. Pero sentir el daño y probar su autoría son cosas distintas. Esa distancia —incómoda, poco viral— es precisamente la que todavía separa la acusación de una certeza.

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