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¿Qué supone el ataque hutí que deja 35 militares muertos en Yemen?

El ataque hutí que deja 35 militares muertos en Yemen reabre el temor a una guerra total y tensiona a Arabia Saudí y las rutas del mar Rojo.

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bloqueo hutí a Arabia Saudí

Al menos 35 militares yemeníes murieron este jueves, 6 de agosto de 2026, en una ofensiva con misiles balísticos y drones lanzada por los hutíes contra posiciones del Gobierno reconocido internacionalmente en las provincias de Marib y Hadramut. El ataque, uno de los más graves desde la tregua de 2022, golpeó varios campamentos situados en el centro y el este del país y deja una evidencia difícil de maquillar: la guerra de Yemen nunca terminó, simplemente aprendió a hablar más bajo.

El balance continúa siendo provisional. Las primeras informaciones situaron también en decenas el número de heridos, mientras los hospitales permanecían en alerta y varias unidades buscaban víctimas entre instalaciones dañadas. Sí hay coincidencia en lo esencial: se trata de una escalada de gran envergadura y el número de fallecidos podría aumentar.

Nueve misiles y drones contra los campamentos yemeníes

La operación habría incluido al menos nueve misiles balísticos y un número indeterminado de drones dirigidos contra bases militares al oeste de Hadramut y en Marib. No fue, por tanto, una escaramuza fronteriza ni uno de esos lanzamientos aislados que tantas veces acaban convertidos en una nota breve entre dos discursos diplomáticos. La combinación de proyectiles y aeronaves no tripuladas revela una acción coordinada, diseñada para saturar las defensas y causar daños simultáneos en distintos puntos.

Los hutíes asumieron la autoría. Su portavoz militar, Yahya Sarea, aseguró que los objetivos eran concentraciones de fuerzas vinculadas a Arabia Saudí en las zonas de Al Ruwayk, Al Abr y Al Thaniyah. Según su versión, los ataques destruyeron campamentos, depósitos de armas, vehículos y equipos militares, además de causar “cientos” de bajas entre combatientes aliados de Riad.

Esa cifra no ha sido confirmada de forma independiente. Conviene recordarlo porque en una guerra la propaganda suele llegar antes que las ambulancias. El Ejército yemení reconoció muertos, heridos y daños materiales, aunque inicialmente no difundió un balance completo. El Ministerio de Salud ordenó a los centros médicos de Marib y Hadramut elevar su nivel de preparación para atender a los afectados.

Un ataque presentado como respuesta a Arabia Saudí

El movimiento hutí sostiene que la ofensiva respondió a una supuesta concentración de tropas saudíes en el este de Yemen, preparada, según su relato, para lanzar una nueva campaña contra los territorios bajo su control. Riad no ha reconocido que estuviera organizando una operación de esas características.

El Gobierno yemení, apoyado por Arabia Saudí, ha anunciado medidas militares y de seguridad para contener al grupo rebelde. La cuestión no es menor. Una respuesta amplia podría reactivar los frentes terrestres que permanecían relativamente congelados desde 2022; una reacción limitada, por el contrario, permitiría a los hutíes presentar el ataque como una demostración de superioridad. En Oriente Próximo, como es sabido, hasta la prudencia termina interpretándose como un mensaje militar.

Washington condenó los bombardeos y los presentó como otra muestra de la violencia hutí contra la población yemení. Estados Unidos mantiene una relación estrecha con Arabia Saudí y considera a los hutíes una organización respaldada por Irán. Ese apoyo iraní —armamento, tecnología y asistencia— forma parte esencial del equilibrio regional, aunque no permita concluir automáticamente que cada misil lanzado desde Yemen haya sido decidido en un despacho de Teherán.

Por qué Marib y Hadramut son territorios decisivos

Los lugares elegidos explican buena parte del alcance político del ataque. Marib no es una provincia cualquiera. Alberga recursos de petróleo y gas, infraestructuras energéticas y algunos de los principales centros militares del Gobierno yemení. Durante años ha funcionado como su gran bastión en el norte y como una línea defensiva frente a la expansión hutí.

Su posición conecta varias provincias y mantiene rutas terrestres hacia Arabia Saudí. También ha recibido a numerosas familias desplazadas durante la guerra. Controlar Marib, o al menos erosionar la seguridad de sus bases, debilita al Gobierno en el terreno, en la economía y en el relato: perder capacidad allí sería como ver cómo se agrieta una columna central mientras el edificio todavía está habitado.

Hadramut tiene un peso parecido, aunque su geografía sea distinta. Es la provincia más extensa del país, posee importantes yacimientos petrolíferos, limita con Arabia Saudí y se abre hacia el mar Arábigo. Sus carreteras, instalaciones y campamentos forman parte del corredor que sostiene a las fuerzas gubernamentales en el este. Marib, Shabwa y Hadramut componen, de hecho, el corazón energético de la zona controlada por el Gobierno reconocido internacionalmente.

Golpear las dos provincias en una misma operación sirve a varios objetivos: castigar a las fuerzas gubernamentales, poner a prueba la reacción saudí y recordar que los hutíes pueden alcanzar posiciones alejadas de su núcleo territorial. Es una exhibición de alcance. También una advertencia.

La tregua frenó los combates, pero no resolvió la guerra

La ofensiva adquiere mayor gravedad porque rompe la relativa estabilidad surgida tras la tregua auspiciada por Naciones Unidas. El acuerdo entró en vigor el 2 de abril de 2022, fue prorrogado en dos ocasiones y expiró formalmente seis meses después. Las partes no consiguieron renovarlo, pero tampoco regresaron inmediatamente a una guerra abierta.

Aquel paréntesis redujo las operaciones militares de gran escala, permitió cierta recuperación de las comunicaciones y frenó buena parte de los ataques transfronterizos. Los frentes quedaron inmóviles, casi fosilizados. No había paz ni un alto el fuego definitivo; había, más bien, un equilibrio sostenido por el cansancio, las negociaciones indirectas y el temor de todas las partes a pagar otra factura imposible.

Durante casi cuatro años se sucedieron choques locales, ataques esporádicos y acusaciones mutuas sin que el conflicto terrestre recuperase toda su intensidad. Naciones Unidas continuó buscando un acuerdo nacional, medidas económicas y una salida política dirigida por los propios yemeníes. El ataque del 6 de agosto agujerea esa calma y demuestra que los arsenales nunca fueron guardados demasiado lejos.

Los hutíes controlan Saná y gran parte del norte y noroeste, las áreas más pobladas. Las fuerzas vinculadas al Gobierno dominan buena parte del sur y del este. Entre ambos espacios no existe una frontera limpia, sino un mapa de carreteras vigiladas, montañas, tribus, bases militares y alianzas que cambian de temperatura según sopla el dinero regional.

La guerra comenzó a finales de 2014, cuando los hutíes tomaron la capital y obligaron al Gobierno a abandonar Saná. Arabia Saudí intervino militarmente al año siguiente al frente de una coalición que pretendía restituir a las autoridades reconocidas internacionalmente. Más de una década después, ningún bando ha logrado imponerse. Un empate devastador, de esos en los que el marcador permanece quieto porque el estadio ya está medio destruido.

Arabia Saudí e Irán vuelven a tensar el tablero

La ofensiva también debe leerse dentro de la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán. Los hutíes son un movimiento yemení con agenda propia, arraigado en el norte del país y perteneciente al zaidismo, una rama del islam chií. Al mismo tiempo, reciben respaldo iraní y forman parte del entramado de fuerzas que Teherán utiliza para ampliar su influencia regional.

Arabia Saudí considera que una presencia militar hutí consolidada junto a su frontera supone una amenaza directa. Durante años, el territorio saudí fue alcanzado por misiles y drones, incluidas instalaciones energéticas. Riad buscó después una desescalada que le permitiera salir de una campaña costosa, impopular y sin una victoria clara.

El ataque contra Marib y Hadramut vuelve a colocar al reino ante el dilema que trataba de evitar: responder y arriesgarse a una espiral o contenerse y aceptar que su red de aliados puede ser golpeada con impunidad. La decisión saudí condicionará el rumbo inmediato de la guerra de Yemen.

Los hutíes hablan de una lucha contra el “enemigo saudí” y denominan mercenarios a los militares yemeníes alineados con el Gobierno. Esa fórmula borra de un plumazo la identidad de las víctimas y presenta el conflicto como una resistencia nacional contra una potencia extranjera. El Gobierno emplea la imagen contraria: una milicia subordinada a Irán que secuestró las instituciones del país. Dos relatos enfrentados. En medio, millones de yemeníes intentando conseguir comida, combustible y medicamentos.

Del frente terrestre a la presión sobre el mar Rojo

La escalada no se limita a los campamentos militares. En las últimas semanas, los hutíes han reivindicado ataques contra embarcaciones relacionadas con Arabia Saudí y han amenazado con restringir su navegación por el estrecho de Bab el Mandeb, la puerta meridional del mar Rojo.

Por ese paso estrecho circula alrededor del 12 % del comercio mundial y una parte considerable del tráfico de contenedores que utiliza el canal de Suez. Una interrupción prolongada obliga a los buques a bordear el cabo de Buena Esperanza, añade entre una y dos semanas a algunas rutas y eleva el precio de seguros, combustible y transporte. El conflicto yemení deja entonces de parecer remoto: acaba reflejado en el coste de las mercancías que llegan a Valencia, Róterdam o Hamburgo.

Los hutíes han demostrado que no necesitan cerrar físicamente un estrecho para alterarlo. Basta con lanzar algunos proyectiles, mantener la amenaza y convertir cada travesía en un cálculo de riesgos. La incertidumbre hace el resto. Navieras, aseguradoras y mercados suelen ser poco aficionados al heroísmo.

La ofensiva terrestre y la presión marítima forman parte de una misma estrategia: ampliar los puntos de fricción de Arabia Saudí, presentar al movimiento como una fuerza regional y obtener capacidad de negociación. Cuantos más tableros pueda agitar, mayor será el precio político exigido para dejar de hacerlo.

Yemen vuelve a escuchar el ruido de la guerra abierta

El mayor peligro no es únicamente que se repitan los ataques, sino que se derrumbe la contención mantenida desde 2022. Una cadena de represalias podría reactivar los frentes de Marib, provocar operaciones aéreas saudíes y extender los enfrentamientos hacia otros territorios. Nada de eso garantizaría una victoria rápida. La experiencia de la última década apunta justamente hacia lo contrario: una guerra larga y fragmentada.

Yemen entra en esta nueva fase con una población exhausta. Más de 22 millones de personas necesitan asistencia humanitaria y protección, unos 18 millones sufren inseguridad alimentaria y más de cinco millones viven desplazados dentro del país. Apenas seis de cada diez centros sanitarios funcionan plenamente.

Las cifras son enormes, pero detrás hay escenas pequeñas: una madre que reduce las comidas, un dispensario sin electricidad, un niño cuyo tratamiento depende de una carretera abierta. La crisis humanitaria no ocupa siempre los grandes titulares, aunque continúa siendo la parte más constante y cruel del conflicto.

Cada nueva ofensiva desvía recursos, corta rutas, encarece alimentos y dificulta el trabajo humanitario. También fortalece a quienes viven de la guerra: comandantes, redes de contrabando, intermediarios y autoridades que han descubierto que un país fragmentado puede ser ruinoso para casi todos y bastante rentable para unos pocos beneficiarios.

El ataque del 6 de agosto no demuestra todavía que Yemen haya regresado a una guerra total. Sí señala que el equilibrio se ha vuelto mucho más frágil. Los hutíes han probado su capacidad para golpear simultáneamente objetivos estratégicos; el Gobierno necesita recuperar iniciativa y Arabia Saudí deberá decidir hasta dónde está dispuesta a implicarse otra vez.

La tregua sobrevivió durante años sin convertirse en paz. Era una pared cuarteada, sostenida por negociaciones, agotamiento y miedo. Los misiles lanzados sobre Marib y Hadramut han abierto un boquete considerable. Lo que ocurra después dependerá menos de las declaraciones solemnes —de esas hay almacenes llenos— que de si los actores regionales deciden contener la respuesta o volver a encender una guerra nunca apagada.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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