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¿Por qué una experta en China vincula al Mosad con la crisis de Ceuta?
La teoría sobre el Mosad y la crisis de Ceuta sitúa a España, Marruecos, Israel y China en un tablero geopolítico marcado por las sospechas.

No existen pruebas públicas que permitan afirmar que el Mosad organizó la crisis migratoria de Ceuta. La acusación procede de un análisis firmado por la politóloga egipcia Nadia Helmy, especialista en política china y relaciones chino-israelíes, que atribuye esa sospecha a círculos estratégicos y de inteligencia de Pekín. El artículo es llamativo, incluso explosivo, pero no equivale a una declaración oficial del Gobierno chino ni aporta documentos verificables del Ministerio de Seguridad del Estado.
La hipótesis aparece después de la entrada de unas 72.000 personas en Ceuta desde Marruecos, de las cuales alrededor de 70.000 regresaron posteriormente. Juan Jesús Vivas, presidente de la ciudad autónoma, situó el número de fallecidos en torno al centenar, mientras otros recuentos elevaron la cifra hasta 141. A la tragedia se suma una nueva convocatoria difundida por redes sociales para intentar otro cruce masivo el 15 de agosto, una campaña que el CNI considera creíble y más intensa que la anterior.
Una tesis explosiva, pero no oficial
Nadia Helmy publicó en Modern Diplomacy un análisis según el cual sectores militares, políticos y de inteligencia chinos sospechan que el Mosad habría aprovechado la presión migratoria entre Marruecos y España para castigar al Gobierno de Pedro Sánchez. El motivo sería la posición española sobre Gaza, el reconocimiento del Estado palestino y el deterioro de las relaciones diplomáticas entre Madrid e Israel.
La autora llega bastante lejos. Afirma que el Noveno Buró del Ministerio de Seguridad del Estado chino estaría siguiendo posibles operaciones israelíes en el norte de África y protegiendo los intereses vinculados a la Nueva Ruta de la Seda. También relaciona la crisis de Ceuta con la llegada de Roman Gofman a la dirección del Mosad, un militar con experiencia operativa que sustituyó a David Barnea en 2026. El nombramiento de Gofman es real; la conexión con Ceuta, de momento, pertenece al terreno de la interpretación.
El razonamiento se apoya en una sucesión de piezas que, colocadas juntas, dibujan un mapa inquietante. España reconoció oficialmente el Estado de Palestina el 28 de mayo de 2024 y desde entonces ha mantenido una posición especialmente crítica con la actuación israelí en Gaza. Israel, por su parte, ha endurecido su discurso contra el Ejecutivo español. Hay fricción. Mucha.
Durante la propia crisis de Ceuta, el embajador israelí ante Naciones Unidas, Danny Danon, reprochó a España que criticara la política de seguridad de Israel mientras conservaba lo que llamó enclaves coloniales en África. El ministro Óscar Puente respondió en X con una frase deliberadamente ambigua: “Pues empieza a estar todo bastante claro”. Un intercambio diplomático agrio, sí; una confesión de espionaje, evidentemente no.
A ese clima se añade la estrecha relación entre Marruecos e Israel. Ambos países normalizaron sus vínculos en 2020 y en enero de 2026 firmaron un plan conjunto de cooperación militar. Esa alianza proporciona contexto a la sospecha, aunque contexto y prueba son animales distintos. A veces se parecen de lejos, como dos sombras bajo una farola, pero al acercarse dejan de coincidir.
El agujero probatorio de la acusación
El problema central de la tesis es sencillo: faltan pruebas contrastables. El artículo de Helmy no reproduce informes del Ministerio de Seguridad del Estado chino, comunicaciones internas, nombres de funcionarios ni documentos de centros militares vinculados al Ejército Popular de Liberación. Presenta sus afirmaciones como conclusiones de círculos chinos, pero el lector no puede seguir el camino documental que conduciría hasta ellas.
Tampoco las informaciones publicadas por los grandes medios estatales chinos sostienen abiertamente esa acusación. La cobertura procedente de Pekín ha explicado la crisis mediante el volumen de entradas, las víctimas, las decisiones judiciales españolas, las tensiones dentro de la Unión Europea y la respuesta de Madrid y Rabat. En esos relatos no aparece una atribución directa al Mosad.
Eso no demuestra que los servicios chinos no estén analizando la posibilidad. Los servicios secretos, por definición, no reparten sus conclusiones como folletos en una estación de tren. Pero tampoco permite transformar una hipótesis publicada por una académica en una certeza institucional de Pekín. La acusación debe permanecer en cuarentena mientras no aparezcan documentos, testimonios o indicios verificables.
Qué explica mejor la crisis migratoria de Ceuta
Los elementos comprobados apuntan, por ahora, hacia una combinación menos cinematográfica y bastante más cercana. Circularon mensajes en Facebook, WhatsApp y TikTok asegurando que quienes alcanzaran Ceuta por mar no serían devueltos de inmediato. La desinformación en redes sociales se mezcló con una resolución judicial española del 8 de julio que limitó las devoluciones inmediatas de personas llegadas a nado, aunque seguía permitiendo su retorno mediante los procedimientos legales correspondientes.
A ello se sumaron la falta de oportunidades económicas, el desempleo juvenil y la esperanza —muchas veces construida sobre un bulo— de llegar a la península o solicitar protección en España. Miles de personas se desplazaron hacia Fnideq, la antigua Castillejos, mientras los mensajes se multiplicaban y las fuerzas fronterizas eran desbordadas. La multitud se convirtió en corriente; después, en estampida. Una movilización masiva alimentada desde las pantallas.
Marruecos niega haber reducido deliberadamente los controles y atribuye el episodio a las redes de tráfico de personas y al efecto provocado por la sentencia española. Vivas, en cambio, acusa a Rabat de haber alentado o permitido la entrada. Entre ambas versiones queda una duda incómoda: cómo pudieron concentrarse decenas de miles de personas junto a una frontera especialmente vigilada sin una reacción preventiva suficiente.
Marruecos, las redes sociales y la presión fronteriza
La sospecha sobre Rabat no nace en el vacío. En mayo de 2021, alrededor de 8.000 personas entraron en Ceuta después de que Marruecos relajara los controles durante la crisis diplomática causada por la hospitalización en España de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario. Aquella experiencia dejó una idea grabada en la política española: la migración también puede emplearse como instrumento de presión exterior.
El nuevo llamamiento para cruzar el 15 de agosto confirma, al menos, que existe una campaña digital organizada. El CNI está rastreando grupos y perfiles donde se difunden falsos avisos sobre brechas de seguridad y supuestas facilidades para permanecer en España. Lo que todavía no está demostrado es quién dirige esa maquinaria. Señalar que hay reclutamiento activo resulta razonable; colocar al Mosad al otro extremo del cable exige algo más que intuición geopolítica.
Por qué China observa con atención a Marruecos y Ceuta
Pekín tiene razones propias para seguir la crisis. China y Marruecos mantienen una asociación estratégica desde 2016, cooperan dentro de la iniciativa de la Franja y la Ruta y han ampliado sus relaciones comerciales, industriales y logísticas. China lleva años entre los principales socios comerciales del reino alauí y considera a Marruecos una plataforma relevante para sus inversiones en África y el Mediterráneo.
Una frontera desestabilizada junto al estrecho de Gibraltar toca varios nervios chinos: rutas marítimas, puertos, cadenas de suministro, inversiones industriales y relaciones con la Unión Europea. Desde esa perspectiva, resulta lógico que organismos chinos analicen la crisis como un episodio de seguridad no convencional. Lo discutible es saltar desde ese interés evidente hasta una operación concreta del Mosad sin mostrar las piezas intermedias.
China, además, procura conservar una relación útil con Rabat. Apoya la estabilidad marroquí, desarrolla proyectos industriales y presenta al país como socio de la Nueva Ruta de la Seda. Una acusación contra Israel permite interpretar el episodio sin cargar directamente sobre Marruecos toda la responsabilidad. Es una lectura posible del enfoque de Helmy: Pekín protege su relación con Rabat mientras desplaza el foco hacia la pugna entre Israel y España. Una inferencia, no un hecho probado.
La guerra híbrida entra por la pantalla del móvil
El concepto de guerra híbrida sirve para describir operaciones que combinan desinformación, presión económica, movimientos de población, ciberataques y acciones diplomáticas sin llegar a una guerra abierta. En Ceuta hay componentes compatibles con ese patrón: mensajes falsos, movilización rápida, presión sobre una frontera europea y explotación política posterior. El escenario encaja. La autoría sigue en penumbra.
Una campaña puede ser impulsada por mafias, activistas, estructuras estatales, grupos oportunistas o una mezcla de todos ellos. También puede crecer sin una dirección única, alimentada por el rumor y por miles de personas que repiten aquello que desean creer. Internet es así: una chispa, una pantalla iluminada de madrugada y, de pronto, una multitud caminando hacia el mar. La propagación del bulo hace el resto.
Atribuir una operación de influencia exige identificar redes coordinadas, financiación, cuentas matrices, conexiones personales, mensajes originales y órdenes. Nada de eso se ha hecho público respecto al Mosad. Mientras no aparezca, hablar de una intervención israelí puede ser una línea de investigación o una hipótesis política, pero no una acusación demostrada.
Ceuta, entre los hechos y la niebla geopolítica
La teoría difundida por Nadia Helmy merece atención porque refleja cómo una parte del pensamiento estratégico próximo a China interpreta la crisis: no como un fenómeno migratorio aislado, sino como una batalla lateral entre España, Israel, Marruecos, Estados Unidos y la propia China. Su valor está en mostrar ese tablero geopolítico, no en demostrar quién movió cada ficha.
Lo conocido es grave por sí solo. Decenas de miles de personas cruzaron una frontera en pocas horas, al menos un centenar perdió la vida, Marruecos no logró —o no quiso— detener la concentración inicial y una campaña de desinformación consiguió movilizar a miles. También está acreditado el enfrentamiento diplomático entre España e Israel y la cooperación militar israelí-marroquí.
Lo que no está acreditado es que el Mosad diseñara la operación. Presentarlo como certeza sería cambiar periodismo por cartomancia. La sospecha existe, el contexto la hace atractiva y los intereses geopolíticos son reales. Falta lo esencial: la prueba que una los puntos sin dibujar la línea a mano.

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