Naturaleza
¿Cómo ha llegado el mar de Mallorca a 33 grados frente a Dragonera?
El mar de Mallorca alcanza 33 grados frente a Dragonera, un récord que revela el calor acumulado y sus efectos en la costa y la fauna balear.

El mar situado frente a la costa occidental de Mallorca alcanzó el miércoles 5 de agosto una temperatura de 33,02 grados. La medición se produjo a las 16:00 en la boya de Dragonera, perteneciente a la Red Exterior de Boyas de Puertos del Estado, y supera en 1,15 grados la anterior marca de la estación: los 31,87 registrados en agosto de 2024. Es, a falta de la validación técnica definitiva, el valor más alto observado en esta red española de aguas profundas.
El récord responde a una combinación bastante menos misteriosa de lo que parece: semanas de calor persistente, fuerte radiación solar, escaso intercambio con aguas más frías y una ola de calor marina que elevó el punto de partida del Mediterráneo mucho antes de agosto. El golpe diario del sol terminó de empujar el termómetro. Dicho de otro modo, el mar no amaneció convertido de repente en una bañera; llevaba meses calentándose y perdiendo capacidad para enfriarse.
Un récord medido a tres metros de profundidad
El dato de Dragonera no procede de un termómetro colocado junto a una playa poco profunda, donde el agua puede calentarse rápidamente sobre la arena. La boya está fondeada mar adentro, en una zona de gran profundidad, y su sensor mide la temperatura aproximadamente a tres metros bajo la superficie. Eso concede al registro una relevancia especial: no se trata únicamente de una fina capa recalentada durante unas horas.
Tampoco significa que todas las calas de Mallorca estuvieran exactamente a 33 grados. La temperatura marina varía según el viento, las corrientes, la orientación de la costa, la profundidad y la hora. Una cala abierta a corrientes más frescas puede presentar varios grados menos; otra, resguardada y poco profunda, puede acercarse al valor de la boya o incluso superarlo durante un periodo breve.
Pero el récord no quedó como una aguja aislada en el gráfico. Durante la mañana del jueves 6 de agosto, la boya volvía a rondar los 32,7 grados, una señal de que el episodio mantenía una intensidad excepcional incluso después del descenso nocturno. El Mediterráneo balear no solo tuvo una tarde muy caliente: estaba almacenando una cantidad extraordinaria de calor.
Cómo ha podido calentarse tanto el Mediterráneo
El agua posee una enorme capacidad para conservar energía. Se calienta más lentamente que el aire, pero también tarda mucho más en enfriarse. Cuando se suceden días despejados, noches cálidas y vientos débiles, la radiación solar va engordando esa reserva térmica, jornada tras jornada, como una cuenta corriente que solo admite ingresos.
La primavera de 2026 ya había sido la segunda más cálida de la serie histórica española y junio resultó extremadamente cálido. En mayo, Puertos del Estado detectó máximos históricos en numerosas boyas: Mahón llegó a 26,58 grados y Dragonera alcanzó 26,2. El verano, por tanto, comenzó con el mar cargado de calor antes de que llegara su tramo tradicionalmente más cálido.
Sol, calma y una mezcla insuficiente
El viento funciona como una cuchara gigantesca. Agita la capa superficial, mezcla el agua caliente con otra más fría situada debajo y favorece la evaporación. Cuando sopla poco durante periodos prolongados, ese mecanismo pierde eficacia y el calor queda concentrado cerca de la superficie.
También importan las corrientes y los episodios de afloramiento, en los que asciende agua profunda y fría. Si esos intercambios son débiles, el Mediterráneo occidental puede calentarse con rapidez. Y hay una cuestión de fondo: se trata de un mar semicerrado, con una renovación relativamente limitada a través del estrecho de Gibraltar. No es una piscina, aunque últimamente se empeñe en imitarla.
La meteorología explica cuándo y dónde se produce un máximo concreto. El cambio climático explica por qué esos máximos parten de una base cada vez más elevada y encuentran más facilidad para romper marcas. Confundir ambas escalas sería simplificar demasiado; separarlas por completo, también.
Qué cambia en la costa con el agua a 33 grados
Para un bañista, la consecuencia inmediata es bastante palpable: el mar deja de ofrecer un alivio eficaz frente al calor. El cuerpo entra en el agua esperando ese pequeño latigazo fresco y encuentra una temperatura cercana a la de la piel. El baño puede seguir resultando agradable, pero su capacidad para enfriar el organismo disminuye.
El efecto continúa cuando cae el sol. Un mar muy caliente libera calor y humedad durante la noche, especialmente si el aire se encuentra más fresco que el agua. Eso favorece mínimas nocturnas elevadas, una sensación de bochorno persistente y habitaciones que apenas se ventilan, incluso cerca de la costa. La brisa puede circular y, aun así, llegar tibia y cargada de humedad.
No todo se reduce a pasar una mala noche pegado a la sábana. Las temperaturas nocturnas altas dificultan la recuperación del organismo después del calor diurno, sobre todo entre personas mayores, bebés, trabajadores expuestos y quienes padecen enfermedades cardiovasculares o respiratorias. El mar, tradicional amortiguador térmico de las islas, puede convertirse durante estos episodios en una fuente adicional de calor.
La posidonia y la fauna marina entran en zona de estrés
Bajo el agua, 33 grados no tienen nada de anecdótico. Muchas especies mediterráneas están adaptadas a veranos cálidos, pero poseen límites fisiológicos. Cuando el calor es intenso y prolongado, aumenta su metabolismo, necesitan más oxígeno y, al mismo tiempo, encuentran menos disponible, porque el agua caliente retiene menos oxígeno disuelto.
La posidonia oceánica, una planta marina esencial para la claridad del agua, la protección de las playas y la reproducción de numerosas especies, es especialmente vulnerable. La mortalidad de sus praderas aumenta cuando las temperaturas permanecen por encima de unos 28 grados durante periodos prolongados. Un máximo puntual no arrasa una pradera de un día para otro, pero varias semanas de estrés térmico pueden debilitarla y reducir su capacidad de recuperación.
Las olas de calor marinas no afectan por igual a todo el ecosistema. Algunas especies móviles buscan aguas más profundas o se desplazan hacia el norte. Otras, adheridas al fondo, sencillamente no tienen adónde ir. Corales, gorgonias, moluscos y organismos filtradores pueden sufrir mortalidades importantes si la temperatura extrema se mantiene.
Al mismo tiempo, determinadas especies de afinidad tropical encuentran condiciones más favorables para instalarse y reproducirse. El Mediterráneo va cambiando de aspecto, poco a poco: peces que antes eran raros se vuelven habituales, mientras otros asociados a aguas más templadas pierden terreno. No es una sustitución limpia ni ordenada. Los ecosistemas marinos no cambian como quien renueva los muebles del salón; dejan huecos, desequilibrios y relaciones rotas.
También pueden proliferar microorganismos, algas y medusas en determinadas circunstancias, aunque sería incorrecto atribuir cada aparición masiva exclusivamente al calor. Influyen los nutrientes, las corrientes, los depredadores, la contaminación y la sobrepesca. El agua caliente actúa como un acelerador ecológico, no como explicación universal.
Más calor marino no significa una DANA automática
Un Mediterráneo a 33 grados contiene más energía y favorece una evaporación intensa. Si posteriormente llega aire frío en altura y concurren humedad, inestabilidad y una circulación atmosférica adecuada, ese calor puede alimentar tormentas muy eficientes, capaces de descargar grandes cantidades de agua en poco tiempo.
Conviene evitar el atajo habitual: el mar caliente no crea por sí solo una DANA. Una depresión aislada en niveles altos es una configuración de la atmósfera que puede aparecer sin necesidad de temperaturas marinas récord. Lo que hace un Mediterráneo muy cálido es proporcionar más vapor de agua y energía cuando el mecanismo meteorológico ya está presente. Más combustible, no necesariamente la chispa.
La evolución de las próximas semanas dependerá del viento, de posibles temporales y de la llegada de masas de aire menos cálidas. Un episodio de fuerte oleaje puede mezclar las capas y hacer caer rápidamente la temperatura superficial. Pero el calor almacenado no desaparece sin más: parte queda a mayor profundidad y puede regresar a la superficie cuando se calme el mar.
Mallorca entra en una nueva escala térmica
Los 33,02 grados de Dragonera son un registro puntual, pero no están solos. La misma boya alcanzó 31,36 grados en 2022, elevó el récord a 31,87 en 2024 y lo ha pulverizado dos años después. La escalera térmica avanza con peldaños cada vez más llamativos. Lo excepcional empieza a repetirse, una contradicción solo aparente.
El seguimiento de la temperatura media diaria permite observar los efectos del cambio climático sobre los ecosistemas marinos y las costas. Las boyas no predicen por sí solas el futuro, pero guardan algo más incómodo: la memoria exacta del Mediterráneo y de aquello que, hasta hace poco, parecía improbable.
Mallorca sigue teniendo un mar luminoso, vivo y reconocible. Sin embargo, bajo esa superficie azul se acumula un cambio menos fotogénico. Treinta y tres grados no son solo una cifra llamativa para comentar después del baño. Son el síntoma de un Mediterráneo que conserva demasiado calor, lo pierde demasiado despacio y obliga a revisar qué entendíamos, hasta hace muy poco, por un verano normal.

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