Ciencia
¿Cómo es McGetchin, el enorme cráter que la NASA halló en la Luna?
La NASA ha identificado en la Luna un cráter de 222 metros formado en 2024, una huella reciente que permite estudiar un gran impacto casi desde cero.

Resumen
- La NASA identificó un cráter lunar de 222 metros formado en 2024
- El impacto dejó una huella térmica de unos 6,4 kilómetros alrededor
- McGetchin permite estudiar casi desde cero los efectos de una gran colisión
La NASA ha identificado en la Luna el mayor cráter de formación reciente descubierto hasta ahora en el sistema solar. Se llama McGetchin, mide unos 222 metros de diámetro y 43 metros de profundidad y apareció tras el impacto de un asteroide o fragmento de cometa que golpeó la superficie lunar en la primavera de 2024. El objeto tenía, según las estimaciones de la agencia espacial estadounidense, un tamaño comparable al de un edificio de entre tres y seis plantas.
Conviene precisar el récord: McGetchin no es, ni remotamente, el mayor cráter existente en la Luna. El gigantesco Polo Sur-Aitken, por ejemplo, supera los 2.500 kilómetros de diámetro y pertenece a una historia geológica remotísima. Lo extraordinario aquí es otra cosa: los científicos han podido demostrar que McGetchin nació hace apenas dos años y estudiar casi intactas las cicatrices de una colisión de una magnitud que los modelos consideran excepcional.
Un impacto ocurrido en 2024 que nadie vio en directo
Los investigadores han conseguido acotar bastante bien el momento de la colisión. El cráter no estaba allí el 11 de abril de 2024, pero sí aparecía después del 22 de mayo de ese año. En algún punto de esas seis semanas, una roca espacial se precipitó contra el suelo lunar y abrió una cavidad de más de dos campos de fútbol de diámetro.
Y ocurrió sin espectáculo televisado, sin telescopios siguiendo el objeto y sin una alerta previa. El impacto pasó inadvertido hasta mucho después. La paradoja es llamativa: un golpe capaz de excavar semejante agujero en nuestro vecino cósmico ocurrió prácticamente delante de nosotros y nadie lo observó en directo.
La explicación tiene que ver también con la propia Luna. Allí no existe una atmósfera comparable a la terrestre que frene, caliente o desintegre los objetos pequeños antes de alcanzar el suelo. Una roca que llega a gran velocidad encuentra el terreno prácticamente desnudo. El resultado queda escrito en polvo y piedra.
Los modelos utilizados por los investigadores indican que un impacto capaz de producir un cráter de estas dimensiones ocurre aproximadamente una vez cada 130 años, aunque se trata de una estimación estadística y no de un reloj astronómico. Precisamente por eso McGetchin ofrece algo poco habitual: una superficie recién alterada que todavía conserva con extraordinaria claridad las consecuencias inmediatas del choque.
El cráter apareció durante una revisión rutinaria
El descubrimiento tampoco llegó durante una campaña diseñada para buscar grandes impactos. Robert Wagner, especialista en procesamiento de imágenes que trabaja con los datos de la cámara del Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO), estaba realizando una comprobación rutinaria el 24 de octubre de 2025 cuando una anomalía saltó en la pantalla.
Wagner comparaba enormes conjuntos de fotografías de la superficie lunar tomadas en diferentes momentos. El sistema resalta los lugares que han cambiado y deja prácticamente grises las zonas que permanecen iguales. Normalmente aparecen multitud de variaciones producidas por sombras, iluminación o pequeños movimientos del terreno, una especie de ruido visual que obliga a revisar los resultados uno por uno.
Esta vez había algo distinto: una enorme mancha brillante rodeada por un halo oscuro. No era el cráter propiamente dicho lo que destacaba a primera vista, sino el material expulsado durante el impacto. La señal resultaba tan grande frente a las alteraciones habituales que Wagner detuvo la revisión y comenzó a investigar.
Las imágenes de alta resolución confirmaron el hallazgo
Una vez localizada la anomalía, el equipo recurrió a la cámara de ángulo estrecho del LRO, capaz de fotografiar el terreno con una resolución aproximada de 90 centímetros por píxel. Las nuevas imágenes permitieron medir el cráter, estudiar sus paredes y reconstruir parte de la violencia del impacto.
McGetchin presenta unos 222 metros de anchura y aproximadamente 43 metros de profundidad. Para hacerse una idea, dentro del hueco podrían colocarse verticalmente varios autobuses escolares uno encima de otro. El símil es algo doméstico para una escena bastante poco doméstica: polvo lunar, rocas arrancadas y una depresión abierta en segundos.
El cráter recibió oficialmente el nombre de Thomas McGetchin, científico y volcanólogo estadounidense que realizó importantes aportaciones al estudio de la Luna y de los mecanismos de formación de cráteres durante la época del programa Apolo.
El impacto alteró mucho más terreno del que parece
El agujero de 222 metros es solo la parte más evidente. Al analizar la región, los científicos descubrieron que la colisión había modificado una extensión muchísimo mayor que la cavidad visible.
El instrumento térmico Diviner, instalado también en el Lunar Reconnaissance Orbiter, detectó alrededor del cráter una zona de aproximadamente 6,4 kilómetros de anchura que durante la noche lunar puede encontrarse unos nueve grados centígrados más fría que el terreno circundante.
Por qué existe una enorme zona fría alrededor de McGetchin
La causa está en el regolito, la capa de polvo, fragmentos minerales y roca triturada que cubre buena parte de la superficie lunar. El impacto removió ese material y lo dejó menos compacto, casi como cuando se airea una tierra endurecida. Al disminuir su densidad, también cambió su capacidad para almacenar y liberar calor.
Así aparece esa huella térmica, mucho más extensa que el cráter visible. El detalle importa porque demuestra que una colisión no transforma únicamente los metros de terreno arrancados por el proyectil: puede alterar las propiedades físicas del suelo a kilómetros de distancia.
Para futuras misiones lunares no es una cuestión puramente académica. La densidad y consistencia del regolito influyen en cómo se desplazan los vehículos, cómo responden las ruedas de un rover y cómo podría comportarse el terreno alrededor de instalaciones permanentes. La Luna parece inmóvil vista desde una terraza terrestre; de cerca, no tanto.
Una Luna que continúa cambiando
El LRO lleva más de 17 años orbitando la Luna y ha permitido identificar al menos un millar de nuevos cráteres de impacto. Los equipos científicos han señalado también alrededor de 100.000 modificaciones superficiales relacionadas directamente con impactos o con los fragmentos expulsados por ellos.
La mayoría son diminutas comparadas con McGetchin. Los investigadores calculan que pueden aparecer unos 140 cráteres de alrededor de nueve metros o más cada año en toda la superficie lunar. Por debajo de ese tamaño ocurre una lluvia mucho más abundante de impactos microscópicos imposibles de distinguir individualmente desde la órbita.
Esto desmonta una imagen muy arraigada de nuestro satélite como un museo congelado desde hace miles de millones de años. Su geología es lentísima a escala humana, desde luego, pero el paisaje continúa siendo trabajado por meteoritos, desprendimientos y otros procesos. No hay lluvia ni viento que borren rápidamente las marcas; tampoco hay una quietud absoluta.
McGetchin es especial precisamente porque permite observar un cráter prácticamente recién nacido, antes de que millones de pequeños impactos empiecen a suavizar sus rasgos y mezclar sus materiales con el terreno circundante.
Un laboratorio natural para el regreso humano a la Luna
La relevancia del descubrimiento va más allá del récord. La NASA y otras agencias preparan una etapa de exploración lunar mucho más intensa que la vivida durante las misiones Apolo, con astronautas, módulos, vehículos, instrumentos científicos e infraestructuras destinadas a permanecer durante periodos cada vez mayores.
Conocer la frecuencia real de los impactos y hasta dónde pueden extenderse sus efectos ayuda a comprender mejor el entorno en el que tendrán que funcionar esas instalaciones. No significa que una roca del tamaño de un edificio vaya a caer junto a una futura base lunar —un fenómeno de estas dimensiones es excepcional—, pero sí recuerda que el riesgo de impacto forma parte del paisaje.
También permite comprobar sobre el terreno modelos desarrollados durante décadas. Los cráteres antiguos cuentan qué ocurrió hace millones o miles de millones de años; McGetchin ofrece una referencia con fecha, dimensiones medibles y fotografías anteriores y posteriores al choque. Para la ciencia planetaria eso vale mucho.
Hay otra ironía bonita en esta historia. El científico que da nombre al cráter dedicó parte de su carrera a comprender cómo los impactos expulsan y distribuyen material alrededor de estas estructuras. Décadas después, una colisión recién descubierta permite afinar precisamente ese tipo de modelos bajo el nombre de McGetchin.
Una cicatriz joven en un mundo antiguo
La Luna está cubierta por las huellas de una historia violentísima, pero casi todas pertenecen a un pasado tan remoto que cuesta concebirlo. McGetchin cambia la escala. Se formó entre abril y mayo de 2024, mientras en la Tierra continuaba la vida corriente, sin que nadie advirtiera el golpe.
Ahora sabemos que aquella roca abrió una cavidad de 222 metros, removió el regolito durante kilómetros y dejó una extensa región térmicamente distinta a su alrededor. Todo quedó allí, desnudo y sin viento que lo barriera.
Y fue una revisión rutinaria de imágenes la que terminó encontrándolo más de un año después. A veces el sistema solar no necesita grandes telescopios apuntando hacia el abismo para ofrecer una sorpresa. Basta con mirar dos veces el mismo lugar y descubrir que, entre una fotografía y otra, la Luna había cambiado.












