Síguenos

Actualidad

¿Cómo logró España una electricidad tan barata en Europa?

Publicado

el

Iberdrola busca 100% Neoenergia

España abarata la electricidad mayorista con renovables, menos gas y una red bajo presión que abre una nueva etapa energética europea en 2026

España ha pasado de país sospechoso habitual en cualquier conversación sobre la factura de la luz a mercado eléctrico inesperadamente barato dentro de Europa. En los cuatro primeros meses de 2026, el precio mayorista español se situó en 44 euros por megavatio hora, muy por debajo de Italia, Alemania o Reino Unido, y ya en una zona que hasta hace poco parecía reservada a los países nórdicos, con sus embalses, sus nucleares y esa electricidad fría, abundante, casi de catálogo.

La explicación no cabe en un eslogan, aunque algunos lo intentarán, claro. España no ha encontrado petróleo debajo de La Mancha ni ha descubierto una lámpara mágica en el BOE. Lo que ha ocurrido es más prosaico y más importante: la solar y la eólica han desplazado al gas en muchas horas del año, el carbón se ha convertido en un fósil administrativo, la nuclear sigue aportando una base estable y la hidráulica ha ayudado cuando tocaba. Resultado: cuando el gas no manda, el precio respira.

España se ha colado donde no se la esperaba

Durante años, España fue presentada como un ejemplo incómodo: muchas renovables prometidas, tarifas altas, dependencia del gas en los momentos tensos y una factura doméstica con tantos conceptos que parecía escrita por alguien que odiaba al consumidor. De repente, el mapa cambia. Italia aparece en 127 euros/MWh, Alemania en 96 euros/MWh, Reino Unido en 103 euros/MWh y España en 44 euros/MWh durante el arranque de 2026. No es una pequeña diferencia contable. Es un abismo. Un café en Madrid frente a una cena en Milán.

El dato tiene truco solo si se confunden planos. Hablamos de precio mayorista, no de la factura final que paga un hogar al cerrar el mes. La factura incluye peajes, cargos, impuestos, costes de ajuste, margen comercial, potencia contratada y esa pequeña selva de conceptos que convierte un precio bajo del mercado diario en una rebaja a veces menos vistosa en el recibo. Pero el mercado mayorista importa muchísimo: es el suelo sobre el que se construye buena parte del coste eléctrico, sobre todo en contratos indexados, industrias intensivas y señales de inversión.

La novedad española no nace de una sola primavera amable. Venía cociéndose. Red Eléctrica cerró 2025 con máximos históricos renovables: 150.988 GWh de generación verde y una cuota del 55,5% en el mix nacional, que subía al 56,6% al incluir autoconsumo estimado. La fotovoltaica alcanzó 50.188 GWh y el 18,4% del mix, mientras la eólica volvió a liderar por tercer año consecutivo con el 21,6%. Eso no es maquillaje; es estructura.

Y luego llegó abril de 2026, con una fotografía todavía más elocuente. Las renovables produjeron 12.126 GWh y cubrieron el 59,8% de la generación nacional; si se añade el autoconsumo, la cuota sube al 61,3%. La solar fotovoltaica fue la primera fuente del mes, con el 25% del total, por delante de la nuclear y de la eólica. Un país que durante décadas miró al cielo solo para quejarse de la sequía ha terminado usando el sol como palanca industrial. Qué cosas.

La fórmula: sol, viento y menos gas al volante

El gran cambio español no es que haya más energía renovable, sino que ya no son un adorno verde sobre un sistema fósil. Esa era la vieja trampa: añadir placas y aerogeneradores mientras el gas seguía decidiendo el precio en demasiadas horas. Ahora el desplazamiento es real. El gas marcaba el precio en España alrededor del 55% de las horas en 2022; en 2024 había bajado al 27%, y en los cuatro primeros meses de 2026 cayó hasta el 9%. Ahí está la puerta secreta del precio.

El mecanismo parece técnico, pero se entiende con una imagen sencilla: el mercado eléctrico europeo funciona como una subasta en la que entran primero las tecnologías más baratas y después las más caras, hasta cubrir toda la demanda. La última central necesaria para satisfacer el consumo fija el precio para todas las demás. Si esa última central es de gas, el precio huele a gas. Si no hace falta encenderla, o aparece mucho menos, el mercado se enfría.

El precio lo sigue marcando el último megavatio

El mercado mayorista europeo funciona con un sistema de precio marginal, en el que todos los generadores cobran el precio de la última tecnología aceptada para cubrir la demanda. Las renovables, al tener costes variables muy bajos, entran primero; después llegan nuclear, hidráulica gestionable, carbón o gas, según el país y la hora. El diseño no es una rareza española, sino la regla general en buena parte de Europa.

Por eso la comparación con Italia duele tanto. Si un sistema depende mucho más del gas para cerrar el equilibrio diario, el precio final queda atado a una materia prima internacional, volátil y geopolítica. Basta una tensión en Oriente Medio, una mala noticia en los cargamentos de gas natural licuado o una subida del CO₂ para que el recibo mayorista se ponga nervioso. España no está inmunizada, pero ha reducido el número de horas en las que el gas coge el volante. Menos gas marginal, menos contagio.

La solar ha sido decisiva porque encaja justo en el horario en el que antes había muchas horas caras. A mediodía, cuando la radiación aprieta y la demanda no se dispara, la fotovoltaica mete electricidad barata en grandes cantidades. No siempre, no de noche, no cuando las nubes se ponen tercas. Pero cuando entra, aplasta precios. La eólica, más caprichosa pero más repartida, completa la escena. Y la nuclear, sin hacer ruido ni campaña, mantiene una base que evita que el sistema se convierta en una montaña rusa absoluta.

Por qué Italia, Alemania o Reino Unido pagan más

Italia sigue pagando caro porque su sistema eléctrico depende mucho más del gas. No hay misterio mediterráneo ni maldición latina: hay una matriz de generación distinta. Cuando el gas entra a menudo como tecnología marginal, el precio mayorista se pega a los combustibles fósiles. Alemania ha avanzado mucho en renovables, sí, pero aún arrastra una combinación compleja de demanda industrial, carbón residual, gas y tensiones de red. Reino Unido vive su propia mezcla de gas, eólica marina, nucleares envejecidas y costes de sistema más altos.

España, en cambio, ha tenido una ventaja física evidente: mucho sol, buenos corredores de viento, territorio disponible y una industria renovable que aprendió a instalar rápido después de años de parón, recortes y litigios. Conviene recordarlo: no fue una línea recta. La fotovoltaica española pasó por un purgatorio regulatorio, con inversiones varadas y desconfianza. El país que hoy presume de electricidad barata viene de haberse pegado un tiro reputacional en el pie hace no tanto. A veces la memoria energética dura menos que una batería de móvil.

También ha ayudado el cierre práctico del carbón. En 2000, el carbón aún tenía un peso relevante; hoy es casi una reliquia. La sustitución no ha sido limpia en todos los tramos, porque durante años entró mucho ciclo combinado de gas. Pero después llegó el salto renovable. En 2022, la suma de eólica y solar ya superó por primera vez a toda la generación fósil, y en el arranque de 2026 la distancia se ensanchó: 44% de generación con viento y sol frente a 17% fósil.

Aquí aparece un matiz importante, de esos que arruinan tertulias pero salvan artículos. España no es barata solo porque tenga renovables; es barata cuando esas renovables coinciden con demanda moderada, suficiente red, agua disponible, nuclear funcionando y gas fuera del margen. En una tarde sin viento, con poco sol, embalses reservando agua y demanda alta, el sistema vuelve a mirar al gas. Y el gas, ya se sabe, nunca entra en una habitación sin subir la calefacción.

La factura doméstica va por otro carril

El consumidor medio no compra megavatios hora en OMIE ni se sienta cada mañana ante una pantalla de subastas. Compra una tarifa. Y ahí la historia cambia. En 2025, la tarifa regulada, el PVPC, se abarató más de un 2% entre el primer y el segundo semestre, mientras los clientes del mercado libre pagaron más de un 3,1% de media. Al cierre del año, el cliente medio del mercado libre pagaba casi un 40% más que el de la tarifa regulada.

La paradoja es sabrosa: muchos hogares contrataron tarifas fijas para huir de la volatilidad, y esa decisión, razonable después del trauma de 2022, les impidió beneficiarse del desplome mayorista en determinadas fases. La estabilidad también tiene precio. Cuando el mercado cae, el contrato fijo no siempre acompaña. Cuando sube, protege. Es el viejo dilema: paraguas o manga corta. El problema llega cuando te venden el paraguas como si también refrescara el aire.

En abril de 2026, el precio mayorista medio se situó en torno a los 42,44 euros/MWh, muy parecido al de marzo, con horas solares especialmente baratas por la producción fotovoltaica y por unos embalses con mucha agua. La factura media de un hogar con PVPC bajó alrededor de un 10% respecto a marzo, aunque los costes de ajuste seguían pesando. Esa frase, “costes de ajuste”, parece inofensiva; en realidad es una caja con cables, seguridad del sistema y dinero.

Tras el gran apagón ibérico de abril de 2025, Red Eléctrica reforzó la operación del sistema, con más servicios de ajuste y más generación gestionable en determinados momentos. Eso puede encarecer el recibo aunque el mercado diario esté bajo. La electricidad no solo tiene que ser barata; tiene que llegar, mantenerse estable y no convertir el país en una linterna gigante. La seguridad de suministro también se paga, aunque políticamente sea menos fotogénica que una placa solar al atardecer.

La red, el gran examen pendiente

El éxito español tiene un reverso: cuanto más renovable barata entra, más falta hacen redes, almacenamiento, demanda flexible e interconexiones. La Península sigue siendo una isla eléctrica a medias. Red Eléctrica recuerda que España está conectada con Francia, Portugal, Andorra y Marruecos, pero la capacidad de intercambio con el resto de Europa ronda los 3 GW, un nivel bajo para el tamaño del sistema. La ratio transfronteriza con la Europa continental es del 2%, muy lejos de los objetivos comunitarios.

Esa falta de interconexión tiene efectos muy concretos. Cuando España produce electricidad solar o eólica muy barata y no puede exportarla suficientemente, el precio se hunde aquí, pero también aumentan los vertidos renovables o las restricciones técnicas. Es como tener una huerta magnífica y una carretera estrecha para sacar la fruta. Parte se vende barata, parte se queda esperando, parte obliga a reorganizar el tráfico.

El proyecto del golfo de Vizcaya debe elevar la capacidad de intercambio entre España y Francia de 2.800 a 5.000 MW, con un trazado de unos 400 kilómetros, la mayor parte submarino. Será una infraestructura clave para integrar mejor la Península en el mercado eléctrico europeo, aunque no resolverá por sí sola todos los cuellos de botella internos.

El otro gran asunto es el almacenamiento. Baterías, bombeo hidráulico, gestión de la demanda, vehículos eléctricos cargando en horas solares, industrias adaptando consumos. Suena menos épico que levantar parques solares, pero es la segunda mitad del partido. Sin flexibilidad, mucha electricidad barata aparece justo cuando no se necesita del todo y desaparece cuando más se la echa de menos. El futuro barato no será solo producir más, sino mover mejor el consumo.

También está la cuestión nuclear, inevitable aunque incomode. España mantiene un calendario de cierre progresivo de sus centrales, y esa decisión pesa en cualquier análisis serio sobre precios, emisiones y estabilidad. La nuclear no baja el precio como la solar a mediodía, pero aporta continuidad. Retirarla sin suficiente almacenamiento, red y potencia firme alternativa puede devolver más horas al gas. Y entonces el gas, que nunca se fue del todo, volvería a pedir mesa en primera fila.

La ventaja barata que aún hay que cuidar

España ha conseguido una posición eléctrica envidiable porque ha reducido la dependencia del gas en la formación del precio, ha aumentado de forma masiva la generación solar y eólica, conserva una base nuclear relevante y ha contado con hidráulica suficiente en momentos decisivos. No es un milagro: es una acumulación de decisiones, inversiones, geografía y algo de meteorología favorable. El sol no firma decretos, pero ayuda bastante.

La mala noticia, o más bien la advertencia, es que ser barato no equivale a tenerlo todo resuelto. El mercado mayorista puede caer y la factura no acompañar del todo. Las renovables pueden dispararse y la red quedarse corta. El gas puede parecer arrinconado y volver en cuanto cambie el viento, baje el agua o suba la demanda nocturna. España ha entrado en una liga nueva, sí, pero no conviene pavonearse demasiado: en electricidad, el exceso de confianza suele durar hasta la siguiente curva de demanda.

La buena noticia es más profunda. Durante años se dijo que un sistema con muchas renovables sería necesariamente caro, frágil o dependiente de subvenciones eternas. La experiencia española está contando otra cosa: con suficiente volumen, las tecnologías limpias pueden empujar los precios hacia abajo y reducir la exposición a combustibles importados. No eliminan todos los problemas; cambian cuáles son los problemas. Antes era pagar gas caro. Ahora es construir redes, almacenar excedentes, electrificar consumos y ordenar un sistema que ya no funciona como una vieja central con chimenea.

España no tiene la electricidad barata por casualidad. La tiene porque el mercado, al mirar la pila de ofertas cada hora, encuentra cada vez más sol y viento antes de llegar al gas. Esa es la imagen: menos llama y más cielo. Y ahí, justo ahí, se está jugando buena parte de la competitividad del país.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

Lo más leído