Actualidad
Quién es Roberto Sánchez: ¿puede ganar a Keiko en Perú?

Roberto Sánchez desafía a Keiko Fujimori en una segunda vuelta decisiva para Perú, marcada por castillismo, Lima, voto rural y miedo político
Roberto Sánchez ya no es el invitado inesperado en la mesa peruana: es, salvo vuelco aritmético de última hora, el candidato que disputará la Presidencia a Keiko Fujimori en la segunda vuelta del 7 de junio. Con el escrutinio rozando el cierre, la primera vuelta deja una foto muy peruana, casi de novela áspera: Keiko primera, Sánchez segundo por un margen mínimo sobre Rafael López Aliaga y un país obligado otra vez a elegir entre dos memorias políticas que despiertan adhesiones duras y rechazos igual de intensos. La democracia, cuando no encuentra calma, suele hablar en voz ronca. Perú lleva años haciéndolo.
La posibilidad de Sánchez no es decorativa. Es real, aunque complicada. Parte con menos voto inicial que Fujimori, pero llega con algo que en Perú pesa mucho más que una campaña bien planchada: territorio, agravio social, voto rural, castillismo emocional y antifujimorismo todavía vivo, aunque menos musculado que en otras elecciones. Keiko tiene estructura, apellido, Lima y miedo a la izquierda; Sánchez tiene interior, protesta, sombrero, revancha y una promesa que levanta pasiones y alarmas: indultar a Pedro Castillo si llega a Palacio. Ahí está la segunda vuelta, puesta sobre la mesa como un plato caliente que nadie puede tocar sin quemarse.
Roberto Sánchez entra en la segunda vuelta por la rendija más estrecha
La primera vuelta peruana no ha sido una carrera limpia de manual, sino un escrutinio largo, nervioso, lleno de actas pendientes, acusaciones y ruido. Con el 99,68 % escrutado, Keiko Fujimori obtiene el 17,17 % de los votos válidos, con 2.867.517 apoyos; Roberto Sánchez alcanza el 12 %, con 2.003.902 sufragios; y Rafael López Aliaga queda con el 11,91 %, 1.989.428 votos. La diferencia entre Sánchez y López Aliaga: 14.474 votos. Una línea finísima, sí, pero no todas las líneas finas se rompen. Algunas son alambradas.
El dato clave no está solo en la distancia, sino en el mapa. López Aliaga dependía mucho de Lima, su gran bastión, y allí quedaban pocos votos por contar. Sánchez, en cambio, ha crecido al calor del voto rural, de las zonas alejadas de los grandes núcleos urbanos, donde el Estado se percibe con frecuencia como una promesa que llegó tarde, mal o nunca. Esa geografía explica por qué el margen se volvió cada vez más resistente: no era solo una suma de votos, era una forma distinta de mirar el país. La capital vota con un pulso; la sierra y la periferia, con otro.
López Aliaga ha denunciado fraude y ha pedido que no se proclamen resultados sin una auditoría internacional, pero no ha presentado pruebas concretas que sostengan una alteración decisiva del proceso. Hubo problemas logísticos, retrasos y colegios que abrieron tarde, incluso al día siguiente en algunos casos, pero una cosa es el caos administrativo —Perú lo conoce demasiado bien— y otra muy distinta es convertir el desorden en conspiración. Ahí empieza la política de la sospecha, ese animal que siempre come más de lo que encuentra.
Quién es Roberto Sánchez: psicólogo, exministro y heredero incómodo del castillismo
Roberto Helbert Sánchez Palomino no viene de la nada, aunque para muchos votantes limeños haya aparecido casi como un personaje secundario que de pronto ocupa el centro del escenario. Es psicólogo social, congresista entre 2021 y 2026, exministro de Comercio Exterior y Turismo durante el Gobierno de Pedro Castillo y presidente de Juntos por el Perú. Su propio espacio político lo presenta como huaralino, formado en la educación pública y vinculado al trabajo comunitario y a la administración pública. Es un perfil menos televisivo que el de Keiko, menos reconocible para el gran público internacional, pero con raíces claras en la izquierda peruana organizada.
Su biografía política está pegada a Pedro Castillo como el polvo al zapato. Fue ministro suyo, lo defendió después de su caída y ha asumido parte de su estética y de su narrativa: el sombrero campesino, la apelación al Perú profundo, la idea de una élite limeña que no entiende ni quiere entender al país rural. No es casualidad, tampoco sutileza. Sánchez ha construido una candidatura con símbolos reconocibles, casi táctiles: el sombrero ancho, la plaza, la comunidad, el caballo, la reivindicación del maestro rural encarcelado. A sus adversarios les parece teatro populista. A sus votantes, memoria de una humillación. Ambas cosas pueden convivir, por mucho que incomode.
La promesa de indultar a Castillo es su bandera más potente y, a la vez, su piedra más pesada. Castillo cumple condena por el intento fallido de golpe de Estado de diciembre de 2022, y Sánchez ha defendido la posibilidad de usar el poder presidencial de gracia si gana. Para su electorado duro, eso significa reparación; para sus críticos, una señal inquietante sobre su relación con la institucionalidad. Perú no necesita demasiadas excusas para sospechar de sus presidentes. Ha tenido demasiados, demasiado rápido, como si el sillón de Palacio quemara por dentro.
Qué propone Sánchez y por qué inquieta a sus adversarios
El programa de Sánchez mezcla izquierda social, nacionalismo económico y una promesa de reordenamiento institucional. Juntos por el Perú habla de un desarrollo humano integral, de fortalecer territorios, de construir un proyecto nacional “desde el pueblo” y de ampliar derechos. En materia de seguridad, su plan incluye la creación de un sistema nacional integrado de información criminal y rastreo de extorsiones y otros delitos, una propuesta que intenta entrar en el gran nervio peruano del momento: la inseguridad cotidiana, esa que no necesita titulares porque se oye en la puerta de casa.
También ha defendido medidas fuertes en educación, como el ingreso libre a la educación superior, elevar el presupuesto educativo del 6 % al 10 % del PIB en cinco años, dotar de psicólogos a los colegios y crear un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. La música suena expansiva, casi de Estado reparador, y ahí está el atractivo para una parte del electorado joven y popular. Pero también surge la duda inevitable: cómo se financia, con qué Congreso, con qué burocracia, con qué margen fiscal y bajo qué reglas. Prometer en campaña es gratis; gobernar, en cambio, cobra intereses.
Lo que más preocupa a sus críticos es su apuesta por una nueva Constitución y por un mayor control estatal sobre los recursos naturales. En un país minero, exportador y muy sensible a la confianza empresarial, ese punto no es un pie de página. Es un tambor. La izquierda peruana sabe que la riqueza mineral convive con pobreza territorial; la derecha responde que tocar demasiado el tablero puede espantar inversión. Entre ambas frases cabe media historia económica de América Latina.
Keiko Fujimori llega fuerte, pero con una mochila conocida
Keiko Fujimori conoce la segunda vuelta como quien conoce una habitación donde siempre se despierta mal. Esta será su cuarta presencia consecutiva en esa instancia tras perder en 2011 frente a Ollanta Humala, en 2016 frente a Pedro Pablo Kuczynski y en 2021 frente a Pedro Castillo. Pocas trayectorias políticas en América Latina condensan tanto poder, tanta resistencia y tanta frustración. Siempre cerca. Nunca dentro. Una especie de maldición electoral con maquinaria propia.
Su ventaja inicial es evidente: ha ganado la primera vuelta, cuenta con una estructura nacional, tiene una marca política consolidada y puede presentarse ante sectores urbanos como la opción de orden frente al temor a un giro castillista. En una campaña marcada por la inseguridad, la extorsión y el hartazgo, el discurso de mano dura puede tener un recorrido ancho. Especialmente en Lima, donde concentra fuerza y donde buena parte del electorado mira a Sánchez con recelo. La capital peruana suele votar con una mezcla de ansiedad económica, miedo al desorden y memoria selectiva. Nada nuevo bajo el cielo gris de Lima.
Pero Keiko también arrastra el peso del fujimorismo. Su padre, Alberto Fujimori, sigue siendo para unos el símbolo del orden y la derrota de la insurgencia; para otros, el rostro de un autoritarismo con corrupción y violaciones de derechos humanos. Keiko ha intentado durante años modular esa herencia, acercarse o alejarse según soplara el viento. Ahora parece abrazarla con menos pudor, lo que puede movilizar a sus fieles, pero también reactivar el antifujimorismo, esa corriente subterránea que ya le cerró la puerta de Palacio varias veces.
Las opciones reales de Sánchez: menos favorito, más peligroso de lo que parece
Sánchez no parte como favorito cómodo. Sería absurdo venderlo así. Keiko ha quedado primera, tiene más votos, más reconocimiento y una derecha que probablemente tenderá a reagruparse en torno a ella por miedo al castillismo. Pero Perú no vota segundas vueltas como una simple suma de primeras vueltas. En el balotaje cambian las lealtades, los miedos, los silencios. Los candidatos dejan de competir contra 30 rivales y empiezan a competir contra su propio fantasma. Keiko compite contra Keiko. Sánchez compite contra Castillo. Y contra la caricatura de Castillo, que también pesa.
La mejor noticia para Sánchez es que Keiko tiene un techo emocional muy bajo en parte del electorado. Hay votantes que pueden no ser de izquierda, ni castillistas, ni simpatizantes de Juntos por el Perú, pero que vuelven a cerrar filas contra Fujimori cuando la papeleta se reduce a dos nombres. Ese reflejo no es tan intenso como en 2011 o 2021, pero no ha desaparecido. Está más cansado, más cínico, menos romántico. Pero sigue ahí. La política peruana, con su admirable capacidad para no dejar morir sus traumas, lo mantiene respirando bajo la alfombra.
La mejor noticia para Keiko es que Sánchez también tiene un techo de desconfianza. Su vínculo con Castillo, su promesa de indulto, la idea de una nueva Constitución y su discurso sobre recursos naturales pueden espantar a votantes moderados, clases medias urbanas, sectores empresariales y ciudadanos que no quieren otra sacudida institucional. Para muchos peruanos, Castillo no es un mártir: es el expresidente que intentó romper el orden constitucional en una maniobra torpe y peligrosa. Sánchez tendrá que convencer a ese electorado de que no es una reedición corregida del castillismo, sino otra cosa. Y no tiene demasiado tiempo para hacerlo.
Las primeras mediciones de segunda vuelta apuntan a una batalla mucho más abierta de lo que sugiere la primera ronda. Keiko parte con ventaja simbólica por haber ganado, pero Sánchez tiene margen si logra sumar voto antifujimorista, voto rural y una parte del electorado que desconfía de Fuerza Popular. Eso no lo convierte en favorito, pero sí destruye la idea de que sea un rival testimonial. En Perú, cuando el voto antisistema se organiza y el voto antifujimorista se activa, la elección puede girar rápido. Como una puerta mal engrasada: chirría, pero se mueve.
Lima contra el interior, una fractura que vuelve a decidir
La segunda vuelta no será solo derecha contra izquierda. Será, de nuevo, Lima contra parte del interior, centro contra periferia, miedo al cambio contra hartazgo del abandono, orden contra reparación, continuidad contra revancha. Todo eso mezclado en una urna, con el ruido de fondo de una economía que resiste mejor que la política y una ciudadanía que mira a sus candidatos con una confianza más bien escasa. Perú ha demostrado una capacidad extraordinaria para crecer pese a sus gobiernos, lo cual es mérito de su economía y acusación contra su política.
Sánchez necesita convertir el voto rural en una coalición nacional. No le basta con ganar donde ya gana; debe entrar en ciudades medianas, conquistar jóvenes urbanos, suavizar temores económicos y atraer a quienes no soportan a Keiko pero tampoco quieren firmar un cheque en blanco al castillismo. Su campaña tendrá que caminar por una cuerda estrecha: si se modera demasiado, puede desilusionar a su base; si se radicaliza, puede regalar a Fujimori el centro asustado. Viejo dilema de la izquierda latinoamericana: hablar al pueblo sin asustar al mercado, hablar al mercado sin traicionar al pueblo.
Keiko necesita algo parecido desde el otro lado: ampliar sin encerrarse en su apellido. Si hace una campaña demasiado fujimorista, movilizará a los convencidos y reavivará a sus enemigos. Si intenta parecer una candidata nueva, muchos le recordarán que lleva década y media en la primera línea. Su baza es el orden; su riesgo, el pasado. Puede beneficiarse del miedo a Sánchez, sí, pero la política basada solo en el miedo tiene un problema: también despierta el miedo contrario. Y en Perú hay mucho miedo acumulado, de todos los colores.
Un duelo entre dos herencias, no solo entre dos candidatos
La segunda vuelta peruana queda planteada como una elección entre dos herencias incómodas. Keiko lleva el apellido Fujimori y todo lo que ese nombre significa: orden, autoritarismo, estabilidad económica, corrupción, mano dura, nostalgia y rechazo. Sánchez lleva la sombra de Pedro Castillo: identidad rural, revancha social, improvisación, golpe fallido, agravio andino y promesa de restitución. Ninguno llega limpio de símbolos. Ninguno llega ligero. La urna peruana vuelve a parecer una balanza con piedras en ambos platos.
Sánchez puede ganar si logra que la segunda vuelta sea un plebiscito contra Keiko y no contra Castillo. Keiko puede ganar si consigue que la elección sea un referéndum sobre el miedo al castillismo y no sobre el regreso del fujimorismo. Ahí está el tablero. Lo demás será campaña, televisión, mítines, ataques, auditorías, encuestas y esa coreografía conocida de promesas graves dichas bajo luces demasiado blancas. La política peruana no concede aburrimiento; a veces se agradecería que lo hiciera.
Una papeleta con dos memorias encima
Roberto Sánchez tiene posibilidades porque representa algo que no cabe del todo en los porcentajes: el voto de quienes sienten que Lima decide, reparte y luego se sorprende de que el resto del país conteste. Keiko Fujimori tiene posibilidades porque encarna para muchos la idea de orden en un país cansado de sobresaltos. Los dos llegan con flancos enormes. Los dos pueden perder por lo que son antes que por lo que prometen.
La segunda vuelta del 7 de junio no resolverá por arte de urna la crisis peruana, pero sí marcará el próximo capítulo de un país que ha normalizado lo excepcional: presidentes fugaces, congresos beligerantes, partidos frágiles, campañas broncas y ciudadanos que votan muchas veces contra algo antes que a favor de alguien. Sánchez no es un accidente; Keiko tampoco. Son productos de una fractura persistente. Y en esa fractura, áspera como una pared sin enfoscar, Perú vuelve a escribir su elección más difícil: escoger no solo un gobierno, sino el miedo que está dispuesto a soportar.

Economía¿Cómo funciona la devolución mutualistas Hacienda este 2026?
TecnologíaPor qué matrícula vamos: las últimas asignadas en mayo 2026
Actualidad¿Cómo está Manolo García tras su caída viral en Barcelona?
Historia¿Qué santo se celebra hoy 11 de mayo? El santoral del día
HistoriaTal día como hoy: ¿qué pasó el 11 de mayo en la historia?
ActualidadNominados Supervivientes 2026: ¿quién cae el 14 de mayo?
ActualidadPartidos de fútbol hoy 11 de mayo: quién juega y a qué hora
Actualidad¿Dónde ver Barcelona-Real Madrid? El Clásico en TV hoy
SaludHantavirus hoy 11 de mayo: casos confirmados y países
Más preguntas¿Qué pasó en Igorre con la lotería y sus casi 3 millones?
Más preguntas¿Qué signo gana hoy? Horóscopo completo para 11 de mayo
NaturalezaZumaia: 24 atrapados por una tormenta en pleno flysch vasco





















