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¿Dónde pudo pillar hantavirus el paciente cero del crucero?

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Leo Schilperoord
Leo Schilperoord

Un ornitólogo, un crucero y un brote de hantavirus Andes revelan cómo una visita a Ushuaia acabó en alerta sanitaria internacional

Un ornitólogo neerlandés de 70 años, Leo Schilperoord, ha quedado señalado como el probable primer eslabón del brote de hantavirus Andes detectado en el crucero MV Hondius, una crisis sanitaria que ha dejado tres muertos, pasajeros repatriados a varios países y un operativo excepcional en Tenerife. La hipótesis que más ha circulado en las últimas horas apunta a una visita a una discarica de Ushuaia, en Argentina, frecuentada por observadores de aves en busca de especies carroñeras poco comunes; pero la precisión importa: las aves no son, por ahora, las culpables. La sospecha real mira al suelo, al polvo, a los restos orgánicos y a los roedores que pueden contaminar el ambiente con orina, heces o saliva infectadas.

El caso no es una película de catástrofes, aunque haya elementos de sobra para una: un crucero de expedición, el extremo sur del mundo, pasajeros de más de veinte nacionalidades, trajes de protección en un puerto español y una enfermedad rara que, en su variante Andes, tiene una peculiaridad incómoda: puede transmitirse entre personas en circunstancias muy concretas. No se propaga como la COVID, no vuela por la calle ni convierte una escala turística en una amenaza para media Europa. Pero sí obliga a tomarse en serio los contactos estrechos, las cuarentenas y el calendario de vigilancia, porque los síntomas pueden tardar semanas en aparecer.

El viaje que convirtió un vertedero en pista sanitaria

La historia empieza, según la reconstrucción que manejan varios medios europeos, con una pasión bastante menos extravagante de lo que parece desde fuera: el birdwatching. Hay observadores de aves capaces de cruzar medio planeta para ver una especie concreta, igual que otros hacen cola por un restaurante imposible o pagan una fortuna por una final europea. En Ushuaia, algunos acuden a zonas poco amables —vertederos, áreas de residuos, terrenos donde la naturaleza y la basura se dan la mano de mala manera— porque allí se concentran aves carroñeras y oportunistas. Entre ellas se ha citado el caracara de garganta blanca, también conocido como caracara de Darwin, un ave de aspecto severo, casi de funcionario del fin del mundo, que encuentra alimento donde el turismo convencional solo ve un lugar del que conviene alejarse.

Schilperoord y su esposa Mirjam habían viajado durante meses por Sudamérica antes de embarcar en el MV Hondius, que zarpó de Ushuaia el 1 de abril. La secuencia conocida encaja con un brote que empezó a manifestarse a bordo pocos días después: él presentó fiebre, dolor de cabeza y síntomas digestivos, empeoró y murió el 11 de abril. Ella desembarcó más tarde en Santa Elena con el cuerpo de su marido y falleció después en Sudáfrica. La crudeza del relato ha hecho que la etiqueta de paciente cero se pegara al caso con rapidez, aunque conviene no convertir una hipótesis epidemiológica en una sentencia de mármol: la OMS ha hablado de una persona considerada primer caso infectado, pero fallecida antes de poder ser analizada, y las cifras oficiales han seguido moviéndose con las confirmaciones de laboratorio.

La imagen del ornitólogo entrando en una zona de residuos para observar aves raras tiene fuerza narrativa, demasiada quizá. Es fácil quedarse ahí, en la postal torcida: un hombre culto, amante de la naturaleza, acercándose al lugar equivocado por la razón más inofensiva. Pero el virus no entiende de ironías. El hantavirus Andes suele saltar al ser humano por exposición a secreciones de roedores infectados, sobre todo cuando partículas contaminadas se aerosolizan y se inhalan. En lenguaje menos de laboratorio: polvo contaminado, restos secos, espacios sucios, manipulación de materiales o presencia de roedores. El pájaro puede haber atraído al visitante; el riesgo, si se confirma esa ruta, habría estado en lo que pisaba.

El virus Andes, raro pero incómodo

Los hantavirus no son una novedad científica ni una criatura recién salida de una red social febril. Son virus asociados a roedores, conocidos desde hace décadas, con manifestaciones distintas según la región y la especie viral. En América, algunos pueden causar un síndrome pulmonar grave, con fiebre, dolores musculares, malestar digestivo y, en los cuadros severos, dificultad respiratoria que progresa con rapidez. La variante Andes, vinculada a zonas de Sudamérica, destaca porque es la única del grupo con transmisión documentada entre humanos, aunque esa transmisión es rara y suele requerir contacto estrecho y prolongado con una persona sintomática. Ese matiz es todo. Sin él, la información se vuelve gasolina.

El Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades situaba el 11 de mayo el balance del brote del MV Hondius en nueve casos notificados, siete confirmados y dos probables, con tres fallecidos. El mismo organismo explicaba que el barco había llegado el 10 de mayo al puerto de Granadilla, en Tenerife, y que la identificación del virus como hantavirus Andes justificaba medidas estrictas, pero no una alarma generalizada para la población europea. El riesgo, insistía el ECDC, es muy bajo para el público general. Dicho con menos bata blanca: no estamos ante un virus que encuentre en Europa su autopista natural.

La incomodidad del caso está en su punto intermedio. No es un patógeno respiratorio de difusión masiva, pero tampoco una anécdota exótica de crucero para despachar con una mueca. La transmisión persona a persona del virus Andes se ha descrito en brotes previos, sobre todo en entornos familiares, comunitarios o sanitarios con contacto cercano. Y en un barco, claro, lo cercano se vuelve costumbre: camarotes, comedores, pasillos estrechos, asistencia a enfermos, conversaciones a un metro, rutinas compartidas durante días. Un crucero no crea el virus, pero puede convertirse en una caja de resonancia, una lata metálica cruzando el océano con demasiada gente respirando la misma preocupación.

Síntomas y calendario de vigilancia

Los síntomas iniciales del síndrome pulmonar por hantavirus Andes pueden parecer, al principio, demasiado corrientes: fiebre, cansancio, dolores musculares, cefalea, mareos, escalofríos, náuseas, vómitos, diarrea o dolor abdominal. Esa vulgaridad clínica es parte del problema. Muchas enfermedades empiezan igual, con el cuerpo enviando señales torpes, como si golpeara una puerta en mitad de la noche sin decir quién es. Después, en los casos graves, puede aparecer afectación respiratoria y deterioro rápido. La atención temprana no garantiza un desenlace, pero mejora las posibilidades de manejo, porque no existe una pastilla milagrosa que apague el proceso de un día para otro.

El periodo de incubación explica buena parte de las cuarentenas y del nerviosismo burocrático. Las autoridades sanitarias sitúan la aparición de síntomas por virus Andes entre 4 y 42 días tras la exposición; el ECDC habla de vigilancia de hasta seis semanas en el contexto de este brote. Por eso no basta con desembarcar sin fiebre y sonreír a la cámara. El protocolo tiene algo de reloj lento: comprobar, esperar, repetir, no dar por cerrado lo que aún puede estar incubándose en silencio. Es poco vistoso, pero la salud pública casi siempre es eso: paciencia, formularios y termómetros.

El crucero que llevó el brote hasta Tenerife

El MV Hondius, de bandera neerlandesa, se convirtió en el escenario visible de una investigación que en realidad empezó antes de que el barco soltase amarras. El 2 de mayo se notificó un grupo de pasajeros con enfermedad respiratoria grave a bordo; para el 4 de mayo ya se habían identificado varios casos entre confirmados y sospechosos, incluidos tres fallecimientos. La actualización posterior elevó a siete los casos confirmados de hantavirus Andes entre pasajeros y mantuvo el total reportado en nueve, con dos probables o sospechosos, incluido el presunto primer infectado, fallecido antes de la prueba.

La llegada a Tenerife añadió una capa española a una historia que ya venía cargada de geografía: Argentina, Chile, Uruguay, Santa Elena, Sudáfrica, Cabo Verde, Francia, Estados Unidos, Países Bajos. El buque entró en el puerto de Granadilla de Abona el 10 de mayo, tras semanas de travesía y con un dispositivo sanitario de enorme complejidad. Los pasajeros fueron desembarcando por grupos, con equipos de protección, traslados controlados y repatriaciones coordinadas. Los 14 españoles fueron enviados al Hospital Gómez Ulla de Madrid para permanecer bajo vigilancia. La escena, inevitablemente, parecía sacada de 2020. Pero no lo era. Y esa diferencia conviene repetirla sin gritar.

También hubo positivos nuevos en pasajeros evacuados. Francia confirmó el caso de una mujer repatriada desde el MV Hondius, ingresada en cuidados intensivos tras empeorar con rapidez; otros cuatro franceses dieron negativo pero quedaron aislados. En Estados Unidos, un pasajero evacuado dio positivo, aunque sin síntomas en ese momento, y otro presentó síntomas leves bajo vigilancia. Estos episodios no cambian la naturaleza del virus, pero sí explican la prudencia extrema: cuando el calendario de incubación es largo y el viaje ha mezclado nacionalidades, vuelos y contactos, la trazabilidad se convierte en un mapa lleno de chinchetas.

La disputa por Ushuaia y una hipótesis que aún cojea

La hipótesis del vertedero de Ushuaia es poderosa, pero no está cerrada. Y ahí aparece una de esas zonas grises que separan el periodismo serio del titular con espuma. Las autoridades de Tierra del Fuego han rechazado que el contagio se produjera necesariamente en la provincia y han defendido que los tiempos no encajan bien: la pareja habría permanecido apenas dos días en la zona antes de embarcar y los primeros síntomas aparecieron el 6 de abril, un plazo que consideran demasiado corto para el patrón habitual. También han recordado que Tierra del Fuego no registra casos notificados desde que el hantavirus entró en el sistema argentino de vigilancia obligatoria.

Ese argumento no borra la sospecha, pero la obliga a caminar más despacio. La pareja había recorrido antes otras zonas de Sudamérica donde el virus Andes es conocido, y la investigación epidemiológica debe reconstruir movimientos, exposiciones, contactos, fechas y posibles reservorios. No basta con encontrar una imagen potente —un vertedero lleno de aves carroñeras— y convertirla en explicación única. La salud pública trabaja con probabilidades, no con moralejas. A veces el origen está donde parece; otras, un poco antes, en una parada olvidada, en una cabaña, en un almacén, en un sendero, en una estancia rural. La naturaleza no firma recibos.

También conviene pinchar otro globo: las aves necrofágas no son el vector clásico del hantavirus. El papel de esas aves, en esta historia, sería indirecto: atraen a observadores a lugares donde pueden coincidir residuos, roedores y polvo contaminado. Culpar al caracara es cómodo, casi literario, pero científicamente pobre. El animal aparece como reclamo, no como acusado principal. Y quizá ahí esté la lección más incómoda para el turismo de naturaleza: no todo espacio interesante para mirar fauna es un espacio seguro para meter los zapatos, la mochila y la curiosidad hasta el fondo.

Por qué no es otro covid, aunque obligue a aislar

El miedo viaja más rápido que un virus, especialmente cuando aparece la palabra transmisible junto a un barco y varios muertos. Pero comparar el hantavirus Andes con la COVID sería como comparar una cerilla con un incendio forestal solo porque ambas queman. El ECDC ha sido claro: el virus Andes no se propaga fácilmente entre personas y la transmisión humana requiere, por lo general, contacto estrecho y prolongado, a menudo en espacios cerrados. Además, el reservorio natural del virus no está establecido en Europa, lo que reduce mucho la posibilidad de una transmisión sostenida en la comunidad.

Eso no significa bajar la guardia. Significa colocarla donde toca. La cuarentena de pasajeros, el seguimiento diario de síntomas, las pruebas a quienes desarrollan fiebre o clínica compatible y el aislamiento de contactos de riesgo son medidas proporcionadas al problema. No están pensadas para tranquilizar al público como quien pone música suave en una sala de espera; están diseñadas para cortar las pocas vías plausibles de transmisión. En este caso, el exceso aparente es parte de la eficacia: cerrar puertas antes de comprobar si detrás hay algo.

La reacción española en Tenerife ha dejado además una escena política bastante castiza: prudencia sanitaria, tensión institucional, discusión sobre el fondeo del barco y hasta temores sobre roedores que pudieran llegar a tierra. El informe técnico del Ministerio de Sanidad respondió que el reservorio natural del virus Andes no son ratas comunes nadadoras, sino el ratón colilargo patagónico, no presente en Canarias. La anécdota roza el esperpento, sí, pero debajo hay una cuestión seria: en una emergencia sanitaria, la comunicación pública debe distinguir entre riesgo real, riesgo imaginado y ruido con traje oficial.

El aviso que llega desde el borde del mapa

El brote del MV Hondius deja una enseñanza menos cinematográfica que el vertedero de Ushuaia, pero bastante más útil: los viajes remotos ya no son remotos. Una exposición ambiental en el extremo sur de América puede terminar convertida en un operativo sanitario en Canarias, un ingreso en París, una cuarentena en Nebraska y una investigación internacional con la OMS mirando el tablero. La globalización no siempre lleva contenedores y turistas en chanclas; a veces transporta dudas microscópicas, síntomas tardíos y expedientes epidemiológicos con demasiadas escalas.

La figura de Leo Schilperoord, si se confirma definitivamente como caso índice, quedará atrapada en una paradoja triste: un hombre que buscaba aves raras pudo acercarse, sin saberlo, a un ambiente contaminado por roedores portadores de un virus severo. No hay épica ahí. Tampoco culpa fácil. Hay una mezcla muy humana de curiosidad, azar, naturaleza alterada y movilidad global. Y una advertencia sobria, casi de manual viejo: cuando el mundo salvaje se cruza con residuos, turismo y espacios cerrados, la frontera entre aventura y riesgo puede ser tan fina como el polvo que se levanta al caminar.

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