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¿Florentino Pérez convocará elecciones en plena crisis?

Florentino Pérez afronta presión interna, vestuario agitado y debate electoral en un Real Madrid que vuelve a mirarse al espejo de su poder.
El Real Madrid vuelve a mirar hacia arriba. No al marcador, no al banquillo, no solo al vestuario. Mira a Florentino Pérez, que aparece otra vez en el centro exacto del temporal blanco, ese punto donde se mezclan los malos resultados, la fractura interna, el enfado del socio y la vieja pregunta que el madridismo saca del cajón cuando el aire huele a final de ciclo: si lo lógico, en una situación así, sería convocar elecciones para medir de verdad el pulso del club.
No hay, a día de hoy, una convocatoria oficial nueva. Ese matiz conviene ponerlo pronto, antes de que el ruido convierta el rumor en estatua. Florentino Pérez fue proclamado presidente hasta 2029, después de un proceso sin oposición, y sigue teniendo el control institucional del Real Madrid. Lo que sí hay es otra cosa: presión, desgaste, voces críticas, movimientos de empresarios próximos al madridismo y una sensación bastante áspera de que el club atraviesa una crisis que ya no cabe solo en la palabra deportiva. El balón se ha salido del césped y ha entrado en los despachos.
La frase que abre una grieta incómoda
La idea de que “lo lógico es convocar elecciones” cae sobre el Real Madrid como una piedra en un vaso fino. No porque sea jurídicamente inevitable, sino porque tiene una carga simbólica enorme. En el Madrid, votar no es un trámite cualquiera; es abrir una habitación que durante años ha permanecido casi cerrada por la fuerza política de Florentino, por su legado de títulos, por el nuevo Bernabéu, por una estructura estatutaria exigente y por una oposición que rara vez ha logrado pasar de la tertulia al aval bancario.
El problema para el presidente no es que haya perdido de repente su autoridad formal. La autoridad legal sigue ahí, intacta sobre el papel. El problema es más resbaladizo: la autoridad emocional. Esa que no se proclama en una junta electoral, sino que se gana cuando el socio cree que el club va por delante del caos. Y en este momento el Madrid transmite otra cosa. Transmite nervio. Transmite desconcierto. Transmite esa electricidad sucia de los clubes grandes cuando la temporada empieza a parecer una mudanza antes de tiempo.
El debate electoral tiene, además, un punto de ironía muy madridista. Florentino ha ganado durante años sin necesidad de jugar el partido de las urnas porque nadie se presentaba contra él. Ahora, cuando voces críticas empiezan a oler debilidad, la pregunta ya no es solo quién podría competir, sino si alguien podría hacerlo de verdad. El Real Madrid exige requisitos muy duros para ser candidato, entre ellos una antigüedad elevada como socio y un aval económico gigantesco. La democracia blanca existe, sí, pero la puerta no se abre empujando con el hombro. Hace falta llave, músculo financiero y una candidatura que no sea espuma de bar.
Una crisis que empezó en el campo y ya sube por la escalera
La situación deportiva ha actuado como gasolina. Dos temporadas seguidas sin grandes títulos en un club como el Real Madrid no son una mala racha cualquiera; son una herejía administrativa. En otros equipos se hablaría de transición, paciencia, proceso, palabros de manual. En el Bernabéu esas palabras duran lo que tarda el público en mirar el reloj. El Madrid puede tolerar perder, incluso caer con estrépito de vez en cuando. Lo que tolera peor es parecer un equipo sin mando.
El episodio entre Fede Valverde y Aurélien Tchouaméni ha convertido el malestar en imagen. Una discusión interna, una lesión, expedientes disciplinarios, versiones cruzadas y una plantilla que aparece retratada como un grupo al borde del chasquido. El vestuario, que en los grandes ciclos del Madrid funcionó como cámara acorazada —Ramos, Modrić, Kroos, Benzema, Casemiro, Nacho, tipos con galones de verdad—, parece ahora un pasillo lleno de puertas mal cerradas. Y cuando un vestuario se rompe, el presidente acaba entrando en la foto aunque no haya dado una patada al balón.
Ahí está el nudo. Florentino Pérez construyó su poder sobre una idea de excelencia, casi de inevitabilidad: fichar a los mejores, modernizar el club, blindar el patrimonio, convertir el estadio en una máquina de ingresos y sostener una ambición deportiva que no pidiera permiso. Pero la excelencia tiene una pega: malacostumbra. Cuando el edificio tiembla, nadie mira al fontanero. Se mira al arquitecto.
El pulso en la cúpula blanca
La crisis tampoco se queda en la caseta. En la cúpula del club se habla de tensión entre sensibilidades distintas, de desgaste en áreas clave y de una pugna soterrada sobre cómo debe gobernarse el Real Madrid que viene. José Ángel Sánchez, durante años pieza esencial en la maquinaria ejecutiva blanca, aparece en el centro de muchas lecturas sobre el final de una etapa. Anas Laghrari, asociado al brazo financiero y a la gran arquitectura económica del club, simboliza otro tipo de Madrid: más corporativo, más global, más cercano a las grandes operaciones que al viejo trato de pasillo.
El socio medio no vive pendiente de organigramas. Normal. Bastante tiene con mirar la alineación, sufrir el Clásico y entender por qué un equipo con semejante nómina de estrellas puede parecer a ratos una orquesta afinando durante noventa minutos. Pero los organigramas importan. Mucho. Cuando el resultado falla, la estructura queda desnuda. Lo que antes era modernidad se ve como distancia; lo que antes era discreción se interpreta como opacidad; lo que antes era autoridad se empieza a confundir con soledad.
Florentino siempre ha gobernado el Real Madrid con un modelo muy presidencialista. No es un secreto ni una acusación: es su marca. El club ha funcionado durante años alrededor de su figura, de su visión y de su capacidad para cerrar grandes operaciones cuando el resto todavía estaba discutiendo el precio del mantel. Esa forma de mando ha dado Copas de Europa, dinero, estadio y prestigio. También genera un riesgo evidente: cuando todo depende de un vértice, cualquier grieta parece una grieta del vértice.
El socio, entre el orgullo y el cansancio
El madridismo vive en una contradicción permanente. Puede reconocer el peso histórico de Florentino y al mismo tiempo preguntarse si el ciclo necesita oxígeno. No son ideas incompatibles. Uno puede agradecer una época y sospechar que esa época empieza a gastar demasiada pintura. El fútbol, que tiene memoria de pez para algunas cosas y memoria de elefante para las humillaciones, juzga con una crueldad doméstica: ayer levantabas Europa, hoy te piden explicaciones por un vestuario encendido.
La pregunta electoral entra por ahí. Para una parte del entorno blanco, convocar elecciones sería una forma de legitimarse de nuevo, una especie de baño de realidad ante el socio. No porque Florentino esté obligado a hacerlo, sino porque podría convertir el ruido en un marcador claro. Si no hay rival, quedaría reforzado. Si aparece una candidatura seria, el club tendría al menos una conversación adulta sobre su futuro. Y si el socio empieza a exigir otra cosa, mejor saberlo en urna que intuirlo entre silbidos.
Pero también hay una lectura contraria. Abrir un proceso electoral en mitad de una crisis puede multiplicar el incendio. El Real Madrid no es un club pequeño donde una campaña pasa de puntillas. Cada nombre se convierte en bando, cada fichaje en promesa, cada filtración en arma blanca. Una elección podría ordenar el debate o convertirlo en una mascletà dentro de una biblioteca. Florentino lo sabe. Y por eso la palabra elecciones pesa tanto aunque nadie haya pulsado todavía el botón.
La reforma societaria y el miedo a perder el alma
Hay otro asunto de fondo que ayuda a explicar la sensibilidad del momento: la idea de modificar la estructura societaria del club para crear una filial y permitir la entrada de un inversor minoritario. El 5% puede sonar pequeño, casi decorativo, pero en el Real Madrid los porcentajes no se leen solo con calculadora. Se leen con historia. El club presume de pertenecer a sus socios, de no ser una sociedad anónima deportiva, de mantener una identidad distinta en un fútbol cada vez más lleno de fondos, jeques, magnates y capital de procedencia variada, a veces tan transparente como un vaso de café.
Florentino ha defendido esa línea como una forma de proteger el patrimonio y preparar al club para competir en un mercado brutal. La tesis tiene lógica económica. El fútbol europeo se ha vuelto una selva cara: salarios disparados, estadios convertidos en plataformas comerciales, clubes-Estado, multipropiedad, derechos audiovisuales fragmentados y una guerra global por talento adolescente. El romanticismo no paga nóminas, aunque conviene no decirlo demasiado alto en una asamblea de socios.
La sospecha nace en otro punto. Muchos madridistas temen que la modernización acabe convirtiéndose en una puerta entreabierta. Hoy un 5%, mañana un modelo híbrido, pasado mañana una discusión sobre quién manda realmente. Puede ser una alarma exagerada. Puede ser prudencia democrática. En cualquier caso, la crisis deportiva hace que cualquier reforma institucional parezca más delicada. Cuando el equipo gana, el socio firma casi todo con una sonrisa. Cuando pierde, hasta una coma parece una amenaza.
Valverde, Tchouaméni y el síntoma de una plantilla sin jerarquía
El choque entre Valverde y Tchouaméni importa menos como episodio aislado que como síntoma. Los vestuarios competitivos discuten, se empujan, se enfadan, se dicen barbaridades y luego ganan. Nadie debería fingir que un equipo de élite es un seminario de buenos modales. Pero en el Madrid actual el incidente se interpreta dentro de un clima más amplio: egos altos, liderazgo difuso, entrenador debilitado, estrellas con agendas propias y una grada que empieza a notar el olor a habitación cerrada.
La salida de veteranos con autoridad ha dejado un hueco difícil de rellenar. No basta con llevar años en el club ni con cobrar mucho. Mandar en un vestuario exige una mezcla rara de respeto, fútbol y carácter. Los antiguos líderes podían mirar a un compañero y ahorrarse un discurso. Ahora el Madrid parece tener excelentes futbolistas, algunos de ellos de dimensión mundial, pero no siempre un centro de gravedad. Y cuando falta gravedad, todo flota: las quejas, las filtraciones, los gestos, las pequeñas guerras de posición.
Florentino ha sido muchas veces protector de sus estrellas. Esa fue parte de su éxito. Figo, Zidane, Ronaldo, Cristiano, Benzema, Mbappé, Vinicius, Bellingham: el presidente entiende el poder magnético del gran nombre como pocos dirigentes en el mundo. El riesgo aparece cuando la estrella se siente más fuerte que la institución. Entonces el modelo galáctico deja de ser una estrategia y se convierte en una guardería de lujo, con botas de colores y contratos blindados. Duro, pero bastante reconocible.
El Clásico como escaparate del derrumbe
El calendario ha sido cruel, como suele serlo cuando huele sangre. La crisis llega en la previa de un Clásico en Barcelona, con el equipo azulgrana en posición de sentenciar la Liga y el Madrid obligado a evitar una escena dolorosa: ver al rival celebrar mientras la casa blanca discute sobre heridas propias. No hay escenario más incómodo para un presidente del Real Madrid que un Clásico convertido en juicio público de su proyecto.
La ausencia de Florentino en el palco azulgrana, sostenida desde el estallido del caso Negreira, añade otra capa institucional al cuadro. El Real Madrid y el Barcelona ya no solo compiten: se miran con desconfianza de cancillería rota. Sin comida de directivas, sin cordialidad aparente, sin foto amable. Es fútbol español en versión mármol frío. Y en ese ambiente, cualquier derrota pesa doble. Una por el resultado. Otra por el relato.
El Madrid ha vivido otras tormentas y ha salido con una Copa de Europa bajo el brazo, como quien vuelve de comprar pan. Esa es su grandeza y también su coartada. Pero no todas las crisis son iguales. Esta mezcla vestuario, banquillo, despachos, reforma institucional y desgaste presidencial. Demasiadas capas para esconderlas debajo de un fichaje brillante en verano. Un delantero tapa goles; no siempre tapa un modelo.
Elecciones: solución, gesto o espejismo
Convocar elecciones podría ser un golpe de autoridad. También podría ser un error táctico. La utilidad dependería de lo que Florentino quisiera demostrar. Si busca una ratificación, el proceso puede reforzarle. Si pretende ordenar el debate sucesorio, quizá sirva para que el madridismo se mire al espejo. Si lo hace solo para apagar el incendio, el riesgo es evidente: las urnas no son extintores. A veces echan aire.
El gran problema de una hipotética oposición es pasar de la crítica a la alternativa. Decir que Florentino debe marcharse resulta fácil en una mala semana. Construir un proyecto serio para el Real Madrid es otra liga. Hace falta equipo, dinero, conocimiento del club, credibilidad internacional, una idea deportiva y una respuesta clara sobre el Bernabéu, la deuda, la plantilla, la Superliga, la estructura societaria y la relación con los socios. No vale con llegar al atril, carraspear y prometer madridismo puro, como si el madridismo fuera una infusión.
Ahí Florentino conserva ventaja. Su legado es enorme. El nuevo Bernabéu, los títulos europeos, la potencia comercial y la marca global no desaparecen porque una temporada salga torcida. Nadie con un mínimo de rigor puede reducir su presidencia a esta crisis. Sería injusto y, además, bastante infantil. Pero tampoco puede esconderse la otra mitad: los grandes legados no se rompen de golpe, se erosionan. Un día una pitada, otro día una pelea, otro una filtración, otro una asamblea áspera. La piedra, gota a gota.
La sensación de final de ciclo no siempre significa final de presidente. A veces significa final de plantilla, de método, de ejecutivos, de entrenador, de lenguaje. Florentino puede sobrevivir políticamente a esta crisis, pero difícilmente podrá hacerlo sin tocar piezas importantes. El Madrid necesita autoridad en el vestuario, claridad en la cúpula y un proyecto reconocible que no dependa solo de otra estrella en portada. El club no puede vivir eternamente de una mezcla de músculo financiero y memoria gloriosa.
El poder también se oxida
Florentino Pérez está ante una de esas horas incómodas en las que el poder debe decidir si escucha o si solo aguanta. Convocar elecciones no es una obligación inmediata, pero el simple hecho de que la idea circule con fuerza ya dice algo sobre el estado del Real Madrid. El socio no está discutiendo únicamente un mal resultado. Está preguntando quién manda, cómo manda y hacia dónde va el club cuando el césped deja de dar respuestas.
El presidente todavía tiene mando, historia y recursos. Muchísimos. Pero el Madrid ha entrado en una zona de aire denso, con el vestuario agrietado, la cúpula observada y el futuro institucional bajo lupa. El reto de Florentino ya no es ganar una votación que ni siquiera está convocada. Es recuperar la sensación de que el Real Madrid no va a remolque de sus crisis. Porque en Chamartín, cuando el silencio empieza a sonar más fuerte que los himnos, hasta las urnas parecen moverse solas dentro del armario.

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