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¿Cómo cambia Oriente Próximo el histórico pacto entre EEUU e Irán?
El pacto entre EEUU e Irán frena la guerra, refuerza a Teherán y obliga a Israel a afrontar un nuevo equilibrio de poder en Oriente Próximo.

El acuerdo firmado por Donald Trump y Masoud Pezeshkian modifica el equilibrio de Oriente Próximo porque permite a Irán salir de una guerra devastadora con su sistema político intacto, recuperar paulatinamente sus exportaciones de petróleo y negociar el alivio de las sanciones sin haber renunciado, al menos por ahora, a sus misiles ni a su red de aliados regionales. Teherán no ha vencido militarmente, pero tampoco ha sido doblegado. Y en esa región, sobrevivir a la tormenta suele valer casi tanto como ganarla.
Israel aparece en el lado más incómodo de la fotografía. La campaña iniciada junto a Estados Unidos el 28 de febrero perseguía debilitar profundamente a la República Islámica, destruir su infraestructura nuclear y cortar sus vínculos con grupos como Hezbolá. Tres meses y más de 7.000 muertos después, Washington ha reconocido al Gobierno iraní como interlocutor y ha abierto con él una negociación directa. La ironía es áspera: se lanzó una guerra para cambiar Irán y el resultado provisional ha sido cambiar la relación de Estados Unidos con Irán.
El memorando de 14 puntos amplía el alto el fuego durante 60 días, incluye el frente libanés y fija ese plazo para negociar una solución definitiva. Estados Unidos debe retirar completamente el bloqueo naval de los puertos iraníes en un máximo de 30 días, mientras Teherán garantiza el paso seguro y gratuito de barcos comerciales por el estrecho de Ormuz durante el periodo negociador. Pakistán figura como mediador y testigo.
No es todavía un tratado de paz. Es una pasarela tendida sobre un barranco: útil para cruzar, bastante menos sólida de lo que parece desde lejos.
Un acuerdo histórico que no resuelve todavía la guerra
Donald Trump formalizó el pacto el 17 de junio en Versalles, durante los actos vinculados a la cumbre del G7. Pezeshkian lo suscribió desde Teherán. Se trata del primer documento de esta naturaleza firmado por un presidente estadounidense y otro iraní desde la Revolución Islámica de 1979, cuando ambos países rompieron una relación que llevaba décadas deslizándose hacia el desastre.
El texto, denominado Memorando de Islamabad, declara el final inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano. La palabra “permanente” luce bien sobre el papel, aunque queda subordinada a que las partes cumplan sus compromisos y alcancen un acuerdo definitivo. Trump, fiel a una diplomacia que mezcla la firma con la amenaza, ha dejado abierta la posibilidad de reanudar los ataques si considera que Irán incumple.
El plazo negociador empezó oficialmente el 18 de junio. Durante esos dos meses deberán abordarse las cuestiones que precisamente hicieron estallar la guerra: el enriquecimiento de uranio, las inspecciones internacionales, las sanciones, los activos iraníes congelados, la seguridad marítima y el papel regional de Teherán.
El documento provisional paraliza los combates, pero aplaza las decisiones más dolorosas. Algo bastante habitual en la diplomacia: primero se apaga el incendio; después se discute quién compró las cerillas.
Qué obtiene Irán con el pacto
La principal ganancia iraní es elemental, casi física: la supervivencia del régimen. Estados Unidos e Israel mataron al ayatolá Alí Jamenei y a numerosos mandos políticos y militares durante los primeros ataques, pero no lograron desarticular el entramado institucional de la República Islámica. El poder se recompuso alrededor del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, la Guardia Revolucionaria, el Parlamento y la Presidencia.
Teherán llega a la mesa golpeado, con infraestructuras destruidas, graves daños económicos y una población agotada. Sin embargo, negocia como Estado reconocido, no como régimen a punto de capitular. Esa diferencia explica buena parte de la inquietud israelí.
El pacto contempla una posible reducción gradual de las sanciones, la recuperación de fondos iraníes bloqueados y la reanudación de las ventas de crudo. También se ha planteado un fondo privado de reconstrucción y desarrollo de hasta 300.000 millones de dólares, financiado por empresas de Estados Unidos, países del Golfo, Asia, África y América del Sur. No sería una indemnización ni dinero público estadounidense, y su activación dependerá del acuerdo final y del cumplimiento iraní.
La cifra impresiona, pero conviene no confundir un fondo anunciado con un río de dinero entrando mañana en Teherán. Aún deben definirse su administración, las garantías para los inversores y la relación entre cada desembolso y los compromisos nucleares.
Ormuz devuelve a Teherán su capacidad de presión
El estrecho de Ormuz ha sido la gran palanca iraní durante la guerra. Por ese corredor marítimo pasa aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializados en el mundo. Su cierre parcial disparó los precios energéticos, alteró las rutas de navegación y recordó a las grandes economías que un canal de apenas unas decenas de kilómetros puede hacer temblar mercados situados a miles de distancia.
Tras la firma, los primeros grandes cargamentos volvieron a cruzar el estrecho. Según las autoridades estadounidenses, unos 12,5 millones de barriles de crudo atravesaron la zona durante las primeras horas de reapertura. El precio del petróleo cayó hacia niveles anteriores al comienzo de la guerra, aunque recuperar completamente la producción y el tráfico marítimo puede llevar meses.
Irán ha demostrado así algo incómodo para sus adversarios: posee capacidad para infligir un daño económico mundial aunque sus fuerzas convencionales sean inferiores. Estados Unidos ha conseguido que reabra Ormuz, sí, pero Teherán ha obtenido concesiones precisamente después de estrangular esa arteria. El precedente no pasa inadvertido en Riad, Abu Dabi ni Doha.
El expediente nuclear permanece abierto
El acuerdo recoge compromisos generales para impedir que Irán desarrolle un arma atómica y contempla la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica sobre la reducción del grado de enriquecimiento de parte del uranio acumulado. Quedan pendientes, sin embargo, los números que importan: cuánto material conservará, dónde estará almacenado, qué instalaciones seguirán funcionando y hasta dónde podrán llegar los inspectores.
Tampoco se ha pactado el desmontaje del programa de misiles balísticos. Esa ausencia resulta especialmente grave para Israel, que considera los misiles iraníes una amenaza directa incluso aunque el programa nuclear quede contenido.
Teherán, por su parte, se niega a aceptar una rendición tecnológica que lo deje indefenso frente a futuros ataques. Ahí está el nudo. Para Washington, unas inspecciones rigurosas deben garantizar que Irán no fabrique una bomba; para las autoridades iraníes, las inspecciones no pueden convertirse en una ocupación silenciosa de sus laboratorios.
Por qué Israel considera el acuerdo una derrota
Israel entró en la guerra esperando que la presión militar estadounidense terminara con la capacidad nuclear iraní y, quizá, provocara la caída del sistema clerical. El memorando no garantiza ninguna de las dos cosas. Irán conserva su estructura política, mantiene sus misiles y no abandona a Hezbolá ni a sus demás aliados.
El acuerdo también revela los límites de la influencia de Benjamin Netanyahu sobre Donald Trump. Durante años, el primer ministro israelí presentó la estrecha relación con Washington como una garantía de que ninguna gran decisión regional se tomaría contra los intereses de Israel. Esta vez, Estados Unidos negoció con Teherán un marco que afecta directamente a la seguridad israelí sin conceder a Netanyahu derecho de veto.
La tensión ha dejado de ocultarse bajo el lenguaje diplomático. El vicepresidente estadounidense, JD Vance, ha reprochado públicamente a los dirigentes israelíes su rechazo al pacto y les ha recordado que Trump continúa siendo su principal aliado. El mensaje lleva una traducción poco elegante pero muy comprensible: Washington paga buena parte de la factura militar israelí y no está dispuesto a recibir instrucciones sobre cuándo debe terminar su propia guerra.
Israel teme que el alivio económico permita a Irán reconstruir sus defensas, financiar de nuevo a sus aliados y regresar dentro de unos años con mayor capacidad. Estados Unidos responde que continuar los ataques podía arrastrar al Golfo a una guerra de décadas. Las dos lecturas contienen algo de verdad. Precisamente por eso resultan difíciles de reconciliar.
Líbano puede hacer saltar la tregua
La inclusión de Líbano en el pacto constituye una victoria diplomática para Irán y un problema de soberanía para Beirut. Teherán exigió que el alto el fuego cubriera a Hezbolá, su principal aliado árabe, y estuvo dispuesto a suspender las conversaciones si Israel mantenía abierta la ofensiva libanesa.
El presidente libanés, Joseph Aoun, ha advertido de que Irán no puede negociar en nombre de su país ni decidir cuestiones como la retirada israelí del sur. La objeción parece evidente: Líbano es un Estado, no una ficha que Teherán pueda mover sobre el tablero. La realidad militar, bastante menos pulcra, es que Hezbolá conserva armas, territorio e influencia suficientes para impedir que Beirut controle por completo sus propias fronteras.
Israel, que no participó en la negociación estadounidense-iraní, ha seguido atacando objetivos en Líbano y ha presentado un mapa de una zona de ocupación ampliada en el sur. Sus tropas operan más allá de las posiciones inicialmente anunciadas y condicionan cualquier retirada al desarme de Hezbolá.
Más de un millón de libaneses han sufrido desplazamientos durante el conflicto. Para esas familias, el debate sobre quién obtuvo ventaja estratégica resulta casi obsceno: la paz se mide en si pueden volver a casa, si el edificio sigue en pie y si la carretera conserva más asfalto que cráteres.
El frente libanés es el punto donde el acuerdo puede quebrarse primero. Una gran ofensiva israelí, un ataque letal de Hezbolá o una disputa sobre la retirada bastarían para tensar de nuevo la relación entre Washington y Teherán.
El Golfo aprende a convivir con un Irán resistente
Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y las demás monarquías del Golfo han acogido el pacto con alivio, aunque su lectura estratégica resulta menos festiva. Durante la guerra comprobaron que las bases estadounidenses y los sistemas de defensa desplegados durante décadas no garantizaban una protección absoluta ante misiles, drones o interrupciones del comercio marítimo.
El acuerdo confirma que Irán seguirá siendo una potencia regional. Está debilitado, pero conserva territorio, población, recursos energéticos, industria militar y una red de organizaciones aliadas. No puede dominar por completo Oriente Próximo; tampoco puede ser borrado del mapa político mediante unas semanas de bombardeos.
Esa constatación acelera una tendencia que ya se observaba antes de la guerra: los países árabes buscan reducir sus disputas con Teherán mientras diversifican sus alianzas con China, Europa e India y otras potencias. No abandonarán a Estados Unidos, pero confiarán menos en una única garantía de seguridad.
La conclusión saudí o emiratí no es que Irán sea invencible. Es más pragmática: una confrontación permanente sale demasiado cara y nadie sabe con certeza si Washington estará dispuesto a librar la próxima guerra hasta el final.
Sesenta días entre la paz posible y otra guerra
El pacto entre Estados Unidos e Irán ha detenido una escalada que amenazaba con hundir el Golfo, multiplicar el precio de la energía y extender el hambre en los países más dependientes de las importaciones. Ese resultado, por sí solo, no es menor. Cada jornada sin ataques evita muertos, desplazados y nuevas ruinas.
Pero el acuerdo favorece provisionalmente a Teherán porque transforma su resistencia militar en legitimidad diplomática y oportunidades económicas. Israel pierde la posibilidad de imponer por la fuerza todos sus objetivos; Líbano entra en una negociación sobre la que apenas tiene control; las monarquías árabes revisan su confianza en Estados Unidos. El mapa no cambia de fronteras, cambia de jerarquías.
Todo dependerá de lo que ocurra durante los próximos 60 días. Si Irán acepta límites nucleares comprobables, Estados Unidos convierte el alto el fuego en un acuerdo estable e Israel contiene sus operaciones en Líbano, puede nacer un orden regional menos explosivo. Si alguna pieza falla, las bombas regresarán a un escenario donde cada actor conoce mejor las debilidades del contrario.
Versalles ha producido una tregua de gran alcance, no una reconciliación. Oriente Próximo respira. Todavía con el chaleco antibalas puesto.

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