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Salud

¿Por qué el 28 % de las mujeres sufrió coerción sexual en España?

Casi tres de cada diez mujeres en España sufrieron coerción sexual, un dato que destapa graves carencias sobre consentimiento y salud sexual.

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coerción sexual en mujeres españolas

El 28,1 % de las mujeres en España afirma haberse visto forzada alguna vez a hacer algo que no quería durante una relación sexual. Son casi tres de cada diez. Frente a ellas, el porcentaje de hombres que describe una experiencia similar se sitúa en el 12,8 %. La brecha no es pequeña ni parece fruto de un malentendido estadístico: habla de límites ignorados, presiones normalizadas y encuentros en los que la voluntad femenina todavía puede quedar relegada a un incómodo segundo plano.

La segunda Encuesta Nacional de Salud Sexual, elaborada por el Ministerio de Sanidad y el Centro de Investigaciones Sociológicas, añade otro dato difícil de esquivar: el 13,6 % de los hombres reconoce haber tenido la sensación de obligar a su pareja en alguna ocasión. No estamos ante una discusión abstracta sobre modales íntimos. Se trata de consentimiento, libertad y una idea elemental que, por lo visto, sigue necesitando subtítulos: aceptar un encuentro sexual no significa aceptar cualquier práctica ni renunciar a detenerse.

El consentimiento, la grieta que aún no se ha cerrado

La encuesta, construida a partir de 9.009 entrevistas, actualiza una fotografía que llevaba desde 2009 acumulando polvo. Durante esos 16 años España ha cambiado de aspecto: aplicaciones de citas, redes sociales, pornografía disponible en segundos, nuevas formas de relacionarse y una mayor visibilidad de identidades y orientaciones sexuales. La tecnología corrió como una liebre; la educación afectiva, con frecuencia, siguió esperando el autobús.

Uno de los resultados más reveladores aparece cuando se plantea si una persona que ha aceptado mantener un encuentro debe llegar hasta el final cuando la otra así lo desea. El 54,3 % de los hombres se muestra bastante o muy de acuerdo. Entre las mujeres lo hace el 36,6 %, mientras que el 60,5 % de ellas rechaza esa idea.

El dato descubre una noción del consentimiento parecida a un contrato con cláusula de permanencia. Un sí inicial, según esa lectura, serviría para todo lo que venga después. Pero el deseo no funciona así. Puede cambiar, apagarse, incomodar o desaparecer en mitad de una relación, y ninguna aceptación previa convierte la voluntad de una persona en propiedad de la otra.

Aceptar el encuentro no obliga a terminarlo

La coerción sexual no siempre adopta la forma más evidente ni deja señales físicas. Puede surgir mediante insistencia, chantaje emocional, enfado, miedo a perder la relación, dependencia económica o esa presión difusa que convierte un no en un sí pronunciado para evitar problemas. La ausencia de resistencia tampoco garantiza una decisión libre. A veces solo indica que alguien ha calculado que enfrentarse resultaba peor.

El porcentaje de mujeres que declara haber realizado prácticas no deseadas refleja precisamente esa zona gris que durante años fue despachada con expresiones como “cedió”, “se dejó convencer” o “al final aceptó”. Palabras suaves para situaciones nada suaves. Ceder por agotamiento o miedo no equivale a desear, y soportar una práctica tampoco la vuelve consentida.

El 13,6 % de los hombres reconoce haber presionado

Que una parte de los varones admita haber sentido que estaba obligando a su pareja puede interpretarse como una señal de mayor conciencia, pero no conviene embellecer demasiado el espejo. Reconocer la presión es apenas el primer peldaño; lo decisivo ocurre cuando se detiene la conducta coercitiva.

La cifra también revela que el problema no vive únicamente en relatos enfrentados sobre un mismo episodio. Hay hombres que identifican la incomodidad, la negativa o la falta de deseo de la otra persona y, aun así, recuerdan haber seguido adelante. La percepción del límite estaba ahí. Lo que falló fue respetarlo.

Pornografía y educación sexual, dos escuelas opuestas

El 71,9 % de los hombres declara haber consumido pornografía durante el último año, frente al 24,9 % de las mujeres. El consumo alcanza su mayor extensión entre las personas de 25 a 34 años, grupo en el que supera el 60 %, y disminuye progresivamente con la edad.

La encuesta no permite concluir que ver pornografía conduzca por sí mismo a ejercer presión sexual. Sería una simplificación cómoda, casi de tertulia con café frío. Sí muestra, en cambio, que la pornografía ocupa un espacio enorme dentro del aprendizaje sexual masculino mientras persisten concepciones defectuosas sobre el consentimiento, el placer compartido y la posibilidad de parar.

Gran parte de ese contenido está construido como espectáculo: cuerpos siempre disponibles, deseo instantáneo, ausencia de conversaciones y prácticas que avanzan sin dudas, molestias ni preservativos. La ficción se presenta con la naturalidad de un manual de instrucciones, aunque detrás haya montaje, contratos, pausas y cámaras. Confundir representación con educación sería como aprender a conducir viendo persecuciones de cine, solo que aquí la colisión ocurre en la intimidad.

Las pantallas llegan antes que las aulas

El 91,1 % de la población respalda que exista educación sexual en Primaria, ESO y Formación Profesional. El consenso es abrumador, aunque periódicamente la cuestión reaparece en el debate político vestida de escándalo, como si explicar respeto, prevención y límites constituyera una extravagancia ideológica.

Para los hombres, el ámbito educativo es la principal fuente de información sexual, citado por el 30,6 %. Entre las mujeres continúa siendo la madre, con un 29 %. Ambas vías pueden resultar valiosas, pero también dependen demasiado del centro, del profesorado, de la confianza familiar y de la información que cada generación recibió —o no recibió— antes.

Una educación sexual completa no consiste en describir aparatos reproductores sobre una lámina plastificada y dar por terminada la faena. Debe hablar de deseo, consentimiento, anticoncepción, infecciones, diversidad, placer y relaciones igualitarias. También del derecho a cambiar de opinión. Y debe hacerlo antes de que el algoritmo decida qué imágenes, modelos y fantasías ofrecer a un adolescente.

Preservativos, pruebas y una satisfacción sexual a la baja

El 75,2 % de las personas no utilizó preservativo en su última relación con penetración vaginal. Entre quienes prescindieron de él, el 29,2 % señaló que solo mantenía relaciones con su pareja; el 21,6 % utilizaba otro método anticonceptivo, y el 24,5 % indicó que alguno de los miembros no estaba en edad fértil.

Estas razones pueden explicar la prevención del embarazo, pero no siempre protegen frente a las infecciones de transmisión sexual. La confianza en una pareja no funciona como una barrera médica y la infertilidad, por supuesto, tampoco inmuniza frente al VIH, la gonorrea, la sífilis o el virus del papiloma humano.

El 62,3 % de la población nunca se ha realizado una prueba de VIH. Al mismo tiempo, un 2,4 % recibió durante el último año algún diagnóstico de infección de transmisión sexual. Entre las mujeres, el virus del papiloma humano fue el más frecuente; entre los hombres destacaron la gonorrea y las micosis.

La fotografía no habla necesariamente de despreocupación absoluta. En relaciones estables, muchas personas recurren a tratamientos hormonales, vasectomías u otros métodos para evitar embarazos. El problema aparece cuando la protección se reduce solo a ese objetivo y se olvida la salud sexual. No quedarse embarazada y no contraer una infección son asuntos distintos, aunque a menudo se guarden en el mismo cajón mental.

La aceptación de las relaciones entre personas del mismo sexo se ha disparado desde la primera encuesta. El 88,1 % de la población las considera tan respetables como las heterosexuales, frente al 41 % registrado en 2009. Pocas transformaciones culturales han avanzado con tanta claridad en un periodo tan corto.

La nueva edición también incorpora con mayor visibilidad las experiencias de las personas no binarias. El 0,7 % de los participantes se define de ese modo y otro 0,2 % utiliza una identificación distinta. No son simples casillas añadidas al formulario: su inclusión permite observar realidades que durante décadas permanecieron fuera de las estadísticas, como si lo que no se medía tampoco existiese.

La apertura social no ha venido acompañada, sin embargo, de una mayor satisfacción sexual. El 77,2 % se declara satisfecho, frente al 85,8 % de 2009. Entre las personas mayores de 75 años el porcentaje cae hasta el 51,3 %. El descenso puede relacionarse con la edad, la salud, la soledad, las expectativas o las nuevas formas de evaluar la propia intimidad; la encuesta describe la tendencia, no ofrece una causa única.

También pierde fuerza la idea de que una vida sexual activa sea indispensable para ser feliz. Entre las mujeres, el respaldo a esa afirmación cae del 39,3 % de 2009 al 28,5 %. Entre los hombres pasa del 36,9 % al 34,6 %. Tal vez haya menos fascinación por contar encuentros como quien colecciona sellos y más espacio para reconocer que el bienestar adopta muchas formas.

La encuesta deja otra cifra reveladora: el 27,5 % de los hombres afirma haber pagado alguna vez por mantener relaciones sexuales. Un 9,6 % lo hizo una sola vez y un 17,9 % en más de una ocasión. Entre quienes recurrieron al sexo de pago, la mayoría señala que ocurrió hace más de cinco años, aunque el 9,5 % lo hizo durante el último año. La práctica continúa, pues, lejos de ser residual y sigue concentrándose de forma abrumadora en los varones.

España se abrió antes de aprender a poner límites

La nueva radiografía sexual del país contiene avances indiscutibles. Hay más respeto hacia la diversidad, más libertad para nombrar identidades y un apoyo casi unánime a la educación afectivo-sexual. España parece haberse desprendido de buena parte de aquella moral que vigilaba dormitorios ajenos mientras guardaba silencio ante los abusos ocurridos dentro de ellos.

Pero la modernidad no se mide solo por aceptar orientaciones sexuales distintas o hablar de sexo con menos rubor. También exige reconocer que el consentimiento puede retirarse, que una pareja no adquiere derechos sobre el cuerpo de la otra y que ninguna relación necesita llegar hasta el final para ser legítima.

Casi tres de cada diez mujeres recuerdan haberse visto forzadas a hacer algo que no deseaban. Esa es la cifra central, el hueso duro bajo el resto de porcentajes. Una sociedad puede declararse abierta, tolerante y sexualmente libre; si una parte considerable de sus mujeres continúa cediendo bajo presión, la libertad sigue repartida de manera bastante desigual.

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