Síguenos

Economía

¿Qué ha hecho China para romper el consenso del G20 en Estados Unidos?

China bloquea el consenso del G20 en EEUU por los desequilibrios comerciales y reabre la batalla sobre subsidios, exportaciones y aranceles.

Foto del avatar

Publicado

el

Sede del banco popular de China

Por Max12Max - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • China impide un comunicado común del G20 al rechazar cuatro apartados
  • El choque gira en torno a subsidios, exportaciones y desequilibrios comerciales
  • Los otros 19 miembros respaldaron el texto impulsado por Estados Unidos

China ha impedido que la reunión financiera del G20 celebrada en Estados Unidos terminara con un comunicado respaldado por todos sus miembros. La razón está en unas pocas palabras con bastante pólvora económica: Pekín rechazó el compromiso que reclamaba eliminar las políticas y prácticas “no orientadas al mercado” que agravan los desequilibrios comerciales y favorecen una dependencia excesiva de las exportaciones. Los otros 19 miembros presentes sí apoyaron ese planteamiento.

El desacuerdo va bastante más allá de una batalla semántica. Estados Unidos y varias economías europeas llevan tiempo señalando el enorme superávit comercial chino, sus subsidios industriales, la debilidad del consumo interno y la creciente salida al exterior de vehículos eléctricos, semiconductores y otros bienes fabricados en China. Pekín responde que el problema no puede cargarse sobre sus hombros y que también los países deficitarios —Estados Unidos en primera fila— deben reducir sus desequilibrios fiscales y aumentar el ahorro interno. Dos diagnósticos, una misma mesa y ningún comunicado conjunto.

China se queda sola frente a los otros miembros del G20

La reunión de ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales tuvo lugar en Asheville, Carolina del Norte, entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre de 2026, bajo la presidencia estadounidense del G20. Washington había convertido los desequilibrios globales en uno de los asuntos centrales del encuentro y logró reunir detrás de su propuesta al resto de participantes. China fue la excepción.

Conviene precisar algo porque la diplomacia internacional tiene su pequeño museo de palabras que parecen iguales y no lo son. China no paralizó el funcionamiento del G20 ni invalidó los acuerdos alcanzados en otros asuntos. Lo que hizo fue impedir el consenso necesario para presentar determinadas conclusiones como posición común de todo el grupo.

El Departamento del Tesoro estadounidense terminó publicando una declaración de la presidencia, no un comunicado consensuado por los veinte. Una nota al propio documento especifica que China se opuso a cuatro apartados: los relativos a las cadenas de suministro y restricciones a las exportaciones, los desequilibrios globales, la supervisión de esos desequilibrios y determinados aspectos de la deuda soberana.

El párrafo que puso a Pekín contra las cuerdas

El pasaje más delicado sostiene que los países deberían adoptar medidas para eliminar las políticas no orientadas al mercado capaces de agravar los desequilibrios. También reclama a las economías con superávits externos excesivos y persistentes que retiren distorsiones que frenan el consumo interno y generan una dependencia desmesurada de las exportaciones.

No aparece escrito “China” con letras mayúsculas y una flecha al lado. Tampoco hacía mucha falta.

El secretario estadounidense del Tesoro, Scott Bessent, afirmó tras la reunión que las economías que funcionan con fuertes distorsiones de mercado no pueden mantener indefinidamente una corriente de exportaciones baratas hacia el resto del mundo. Para Washington, que 19 integrantes del G20 respaldaran el texto demuestra la dimensión del problema.

Qué preocupa de la economía china a Estados Unidos y Europa

El trasfondo es el formidable músculo exportador que China ha construido mientras su demanda doméstica continúa mostrando debilidades. El país registró en 2025 un superávit comercial récord cercano a 1,2 billones de dólares, una cifra que ha aumentado la inquietud de numerosos socios comerciales ante la posibilidad de que la capacidad productiva china termine volcándose todavía más sobre los mercados extranjeros.

Europa tiene motivos bastante tangibles para mirar las estadísticas con el ceño fruncido. El superávit chino en el comercio de bienes con la Unión Europea alcanzó 360.600 millones de euros en 2025, un 15% más que un año antes, y siguió aumentando durante 2026. Los vehículos eléctricos, los semiconductores y distintos productos industriales se encuentran en el centro de una discusión que ya no es solamente estadounidense.

La preocupación occidental puede resumirse de una manera menos burocrática. Si una gran economía subvenciona determinados sectores, mantiene una demanda interna insuficiente y produce mucho más de lo que consume, parte de ese excedente industrial acaba necesariamente buscando compradores fuera. Cuando el productor es China, la escala cambia todo: una pequeña corriente se convierte enseguida en río.

Washington sostiene, además, que sus elevados aranceles contra determinados productos chinos han desviado parte de esas mercancías hacia terceros mercados. Eso explicaría por qué el debate sobre la sobrecapacidad industrial china se ha extendido desde Estados Unidos hasta Bruselas, Berlín, Tokio o Ottawa.

Pekín responde: el desequilibrio no es solo cosa de China

China rechaza esa lectura unilateral. El gobernador del Banco Popular de China, Pan Gongsheng, aseguró que Pekín no persigue deliberadamente un superávit comercial y defendió que su Gobierno trabaja para ampliar la demanda interna y mantener abierta la economía china.

Su argumento introduce una incómoda simetría en el debate. Los países con grandes superávits deberían estimular consumo e inversión, admite Pekín; pero las economías persistentemente deficitarias también tendrían que reducir sus déficits fiscales y elevar el ahorro doméstico. Es decir: China acepta que existe un problema mundial de desequilibrios, pero rechaza el reparto de culpas propuesto desde Washington.

Pan también señaló al proteccionismo, al uso cada vez más amplio de argumentos de seguridad nacional para limitar intercambios comerciales y a la imprevisibilidad de determinadas políticas económicas como causas del deterioro de las relaciones comerciales. La pulla hacia Estados Unidos tampoco necesitaba subtítulos.

Tierras raras, aranceles y otra batalla que ya estaba abierta

El desencuentro del G20 tampoco puede separarse de la disputa sobre los minerales críticos y las tierras raras. China domina buena parte del procesamiento mundial de estos materiales y estableció restricciones a determinadas exportaciones en abril de 2025, después del endurecimiento arancelario impulsado por Donald Trump. Las consecuencias alcanzaron también a empresas de terceros países.

Japón llevó expresamente esa preocupación a Asheville. La declaración de la presidencia del G20 terminó incluyendo una petición para evitar restricciones innecesarias a las exportaciones que puedan alterar las cadenas globales de suministro. China también objetó ese apartado.

Aquí aparece uno de los grandes dilemas económicos de esta década. Occidente quiere reducir su dependencia de China en sectores estratégicos pero, al mismo tiempo, necesita muchos de los productos, componentes y materias primas que proceden del ecosistema industrial chino. Pekín, por su parte, protesta contra el proteccionismo mientras conserva instrumentos de política industrial y comercial que sus competidores consideran difícilmente compatibles con una competencia abierta. Todos defienden el mercado; casualmente, cada uno prefiere el mercado que mejor encaja con su fábrica.

El G20 refleja una fractura comercial cada vez más profunda

La excepcionalidad del episodio no reside tanto en que Estados Unidos y China discrepen —eso empieza a formar parte del mobiliario de la política mundial— como en que Washington consiguiera que los otros miembros del G20 apoyaran un lenguaje especialmente duro sobre los desequilibrios comerciales.

Incluso Europa, que mantiene diferencias importantes con la política arancelaria estadounidense, comparte parte del diagnóstico sobre China. El comisario europeo de Economía, Valdis Dombrovskis, señaló que el gigante asiático constituye una fuente importante de desequilibrios, aunque recordó que Estados Unidos y Europa también tienen responsabilidades en el ajuste de la economía mundial.

Ese matiz importa. El G20 no se ha convertido de pronto en un bloque económico contra Pekín. Alemania criticó durante la misma reunión las disputas arancelarias promovidas por Estados Unidos y advirtió de que la incertidumbre comercial perjudica al crecimiento. Reino Unido, mientras tanto, defendió una relación pragmática con China. El frente común existe en determinados problemas; la armonía occidental completa, bastante menos.

También el Fondo Monetario Internacional mantiene una posición más equilibrada. Su directora gerente, Kristalina Georgieva, considera que China necesita actuar para corregir sus desequilibrios, pero vincula esa corrección con medidas en otros países, entre ellas una reducción de los déficits fiscales estadounidenses, que alimentan la demanda de importaciones.

Por qué este desacuerdo importa fuera de las salas del G20

A primera vista, discutir sobre la redacción de un párrafo puede parecer una especialidad diplomática diseñada para que el resto del planeta cambie de canal. Pero debajo de esas palabras aparecen cuestiones bastante reconocibles: fábricas, empleos industriales, precios y aranceles, junto a decisiones empresariales sobre dónde invertir y cómo reorganizar las cadenas de suministro.

Si los grandes países compradores concluyen que China está exportando su exceso de capacidad industrial, aumentará la presión para imponer aranceles, cuotas e investigaciones antisubvenciones. Bessent ya ha planteado que otros miembros del G20 consideren mayores obstáculos a determinados bienes chinos. Pekín, previsiblemente, interpreta esa receta como una nueva capa de proteccionismo.

Ese es el riesgo de fondo: pasar de una disputa sobre cómo corregir los desequilibrios a una carrera en la que cada potencia intenta corregirlos levantando su propio muro. Una guerra comercial prolongada puede proteger sectores concretos a corto plazo, pero también encarece productos, altera inversiones y obliga a las empresas a rehacer cadenas de suministro que durante décadas se construyeron pensando justo en lo contrario: producir donde resultara más barato.

Un consenso de 19 que revela el tamaño del desacuerdo

China salió de Asheville aislada en la redacción final, pero no derrotada ni obligada a modificar su política económica. El G20 funciona por consenso y carece de instrumentos para imponer a Pekín una reducción de sus subsidios, un aumento del consumo doméstico o una transformación de su modelo exportador. Lo ocurrido tiene sobre todo peso político: demuestra hasta qué punto la preocupación por los excedentes industriales chinos ha dejado de ser una obsesión exclusiva de Washington.

Pekín, por su parte, ha dejado claro que no aceptará una discusión en la que los enormes superávits chinos sean examinados mientras quedan fuera de foco los déficits presupuestarios estadounidenses, los aranceles occidentales o las nuevas restricciones justificadas en nombre de la seguridad económica.

El G20 pretendía encontrar un lenguaje común para una economía mundial desequilibrada y terminó ofreciendo una fotografía bastante más interesante: 19 países mirando hacia China y China devolviendo la mirada hacia ellos. No hubo comunicado conjunto. Hubo, quizá, algo más revelador.

Newsletter

Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.