Síguenos

Salud

Por qué el cáncer es la principal causa de muerte en España

En 2024, el cáncer se situó como primera causa de muerte en España. Fueron 115.578 fallecimientos, el 26,5 % del total. Por detrás quedaron las enfermedades del sistema circulatorio, con 113.620 muertes, un 26,1 %.

Publicado

el

cáncer principal causa de muerte en España

El cáncer fue la primera causa de muerte en España en 2024: cifras clave, por qué ocurrió y qué medidas están cambiando el panorama nacional.

En 2024, el cáncer se situó como primera causa de muerte en España. Fueron 115.578 fallecimientos, el 26,5 % del total. Por detrás quedaron las enfermedades del sistema circulatorio, con 113.620 muertes, un 26,1 %. El cambio no es menor: consolida una transición silenciosa que ya apuntaban los datos del año previo y confirma que los tumores pesan más que la patología cardiovascular en la mortalidad del país. En el cómputo general, España cerró el año con 436.118 defunciones, exactamente seis menos que en 2023, lo que dibuja un escenario de mortalidad estable tras los vaivenes pandémicos. El liderazgo oncológico llega, por tanto, en un contexto llano: no muere más gente, cambia el motivo principal por el que se muere.

Las razones están bastante claras. Por un lado, España envejece y el cáncer es una enfermedad cuya incidencia crece con la edad. Por otro, la mortalidad cardiovascular continúa descendiendo gracias a décadas de prevención, control de factores de riesgo y tecnología aplicada al infarto y al ictus. Y hay un tercer vector, menos fotogénico pero decisivo: hábitos de vida. El tabaquismo de largo recorrido, el sobrepeso y la obesidad persistentes y un consumo de alcohol todavía extendido siguen alimentando el riesgo de tumores, mientras que el cribado de colon o la vacunación frente al VPH y la mejora terapéutica en mama y próstata amortiguan parte del golpe. En conjunto, la foto de 2024 es la de un país más viejo, con mejor cardiología y con un mapa oncológico que reclama políticas de prevención y diagnóstico temprano más ambiciosas.

Las cifras de 2024, con nombres y apellidos

De las 436.118 defunciones registradas, 220.090 fueron hombres (50,5 %) y 216.028 mujeres (49,5 %). El 95,8 % de las muertes obedeció a causas naturales; el 4,2 %, a causas externas. Que el cáncer alcance el 26,5 % del total significa que una de cada cuatro muertes tuvo como causa básica un tumor. El sistema circulatorio quedó en segundo lugar con 113.620 fallecidos (26,1 %) y, a distancia, se situaron las enfermedades del sistema respiratorio, con 50.132. Debajo, aunque con cifras relevantes para la gestión del día a día, aparecen el sistema nervioso y de los órganos de los sentidos (más relacionadas con demencias y trastornos neurodegenerativos) y el sistema digestivo, con algo más de 22.000 muertes.

Las causas externas —accidentes, suicidios, ahogamientos, caídas— no mueven el total, pero sí dicen cosas. Las caídas son la primera causa externa de muerte, muy vinculada al envejecimiento, la fragilidad y la polimedicación en mayores. El suicidio continúa como la tragedia silenciosa en población masculina de mediana edad, con una bajada respecto al año anterior que, aun así, no permite bajar la guardia. La COVID-19 sale definitivamente de la primera línea de la estadística: ya no figura entre las quince principales causas, lo cual no significa ausencia de impacto, pero sí que su peso en la mortalidad anual ha caído a cifras residuales en comparación con 2020–2022.

Qué tumores matan más y por qué

El liderazgo oncológico no es homogéneo. Hay tumores que tiran del total. El cáncer de tráquea, bronquios y pulmón fue el más letal en 2024: 23.297 fallecimientos, alrededor del 20 % de todas las muertes por cáncer. Le siguió el cáncer de colon, con 10.451 decesos; después, páncreas (8.392), mama (6.659) y próstata (5.967). Los números cuentan una historia reconocible para cualquier servicio de oncología: el pulmón continúa condicionando la mortalidad por la inercia del tabaco de décadas anteriores y porque muchos diagnósticos llegan tarde, en estadios avanzados; el colon se mueve a la baja donde el cribado poblacional está maduro y alcanza altas tasas de participación; páncreas apenas cede —diagnóstico tardío, biología agresiva—; y mama y próstata consolidan descensos de mortalidad a lomos de mejores fármacos, cirugía menos invasiva y radioterapia más precisa.

Por sexo, el reparto cambia. Entre los hombres, el cáncer de bronquios y pulmón y el de próstata concentran buena parte de la mortalidad oncológica, junto al colon y páncreas. Entre las mujeres, mama y pulmón se disputan los primeros puestos, con colon y páncreas inmediatamente detrás. Coincide con lo que se ve en la consulta: aumentan los diagnósticos de pulmón en mujeres, un efecto del tabaquismo femenino que creció a partir de los años noventa y cuya onda llega ahora a la mortalidad.

No todo es biología y azar. El tabaco sigue detrás de una proporción enorme de muertes por cáncer de pulmón; el alcohol aumenta el riesgo de tumores de cavidad oral, faringe, laringe, esófago, hígado y colon; y el exceso de peso se asocia con más riesgo de mama posmenopáusico, colon, endometrio o páncreas, entre otros. La Encuesta de Salud de España 2023 dejó un dato incómodo: el 55 % de los adultos tiene exceso de peso (obesidad o sobrepeso) y la obesidad afecta al 15,2 % de la población adulta. En paralelo, los informes de drogas y adicciones detectan un uso creciente de cigarrillos electrónicos en población joven, señal de alerta sanitaria por su potencial puerta de entrada a la nicotina. No se trata de demonizar, sino de asumir que los estilos de vida condicionan —y mucho— la estadística del año siguiente.

Cardiovasculares a la baja: qué hay detrás del “sorpasso”

La otra mitad de la historia la escriben las enfermedades del sistema circulatorio. Las isquémicas del corazón (infartos y sus secuelas) dejaron 26.851 muertes en 2024; las cerebrovasculares (ictus), 22.786. Ambas categorías descendieron respecto a 2023, un patrón que viene de lejos. Las razones son conocidas y, en cierto modo, son la buena noticia de la estadística: control más estricto de hipertensión y colesterol, estatinas bien utilizadas, antihipertensivos eficaces, cambios —aunque insuficientes— en dieta y ejercicio, y una red asistencial que maneja el tiempo como factor terapéutico: angioplastias primarias para el infarto con elevación del ST y unidades de ictus con trombólisis y trombectomía que salvan cerebro y, con él, autonomía. El resultado es una caída paulatina de la mortalidad cardiovascular que, en 2024, deja por detrás a este grupo frente a los tumores.

No conviene, con todo, cantar victoria. Las enfermedades circulatorias siguen sumando más de 113.000 muertes y se ceban en población muy mayor y en personas con multimorbilidad. Además, el efecto del sedentarismo y del ultraprocesado no afloja y puede lastrar el descenso en los próximos años si las políticas de salud pública no escalan. Pero el mensaje del dato de 2024 es claro: en España se muere menos por corazón y no menos por cáncer.

Edad, sexo y territorio: matices que importan

El envejecimiento inclina la balanza. Más de la mitad de las muertes por cáncer se concentran a partir de los 75 años. Otro bloque relevante —algo más del 40 %— se da entre 45 y 74 años, con enorme variabilidad por tipo de tumor. En el tramo 15–44, el peso relativo es bajo, pero no anecdótico, con diagnósticos de mama, tiroides, melanoma o cerebrales que alteran vidas en plena etapa productiva. La mortalidad por causas externas —sobre todo suicidio en hombres y caídas en mujeres— añade un componente social y de salud mental que la estadística fría no termina de capturar, aunque esté ahí, insistente.

Por sexo, los patrones difieren. Entre los hombres, el cáncer ocupa el primer lugar con holgura, seguido del corazón; entre las mujeres, el peso del cáncer es alto, pero convive con la demencia, el ictus y la insuficiencia cardiaca como causas muy frecuentes. Ese retrato obliga a políticas específicas: prevención de tabaco y alcohol con foco masculino, campañas de cribado y vacunación VPH con enfoque femenino y una agenda de fragilidad y caídas orientada a mayores, especialmente en residencias y domicilios.

Por territorios, el mapa no es uniforme. Hay comunidades con cribados de colon más maduros —tasas de participación por encima del 65–70 %— y otras en consolidación, lo que se traduce en diferencias medibles en mortalidad por colorrectal. También cambia la exposición histórica al tabaco o la prevalencia de obesidad y sedentarismo, que modulan la carga de enfermedad. A escala local, programas piloto de cribado de pulmón por TC de baja dosis —como CASSANDRA, impulsado desde la neumología— ya están en marcha en varios hospitales, y Galicia ha anunciado una ampliación autonómica de su proyecto, con invitaciones activas a población de riesgo. No son aún cartera común, pero el debate está en la mesa.

Qué funciona: cribados, vacunas y prevención que sí cambia curvas

Cuando se mira dónde bajan las muertes, aparecen políticas concretas. El cribado de cáncer colorrectal —prueba de sangre oculta en heces seguida de colonoscopia si es positiva, para personas de 50–69 años— salva vidas: detecta y permite resecar pólipos avanzados antes de que progresen a cáncer, y diagnostica tumores en estadios precoces, operables con intención curativa. En 2024 se observó de nuevo un descenso de la mortalidad por colon frente a 2023, alineado con la expansión y madurez de estos programas. Importa la participación: cuantos más ciudadanos acepten la invitación, más cae la curva.

En mama, la mamografía periódica de 50–69 (con umbrales y periodicidades que cambian levemente por comunidad) y un arsenal terapéutico que ha crecido —anticuerpos conjugados, inhibidores de CDK4/6, inmunoterapia en subgrupos— explican una mortalidad en descenso sostenido, a pesar de una incidencia elevada. En cérvix, la combinación de cribado con VPH y vacunación ha reducido lesiones precancerosas y, con el tiempo, tumores invasivos. La vacuna del VPH —hoy extendida en niñas y en muchos territorios también en niños— es una de las intervenciones de prevención del cáncer más efectivas y coste-eficientes que existen.

El punto más discutido es el cribado de cáncer de pulmón. La evidencia internacional —ensayos como NLST y NELSON— muestra reducción de mortalidad con TC de baja dosis en fumadores y exfumadores de alto riesgo. En España, CASSANDRA y otros pilotos generan datos locales para decidir si se incorpora a la cartera común y cómo se implementa (criterios de elegibilidad, periodicidad, integración con deshabituación tabáquica). Con el pulmón como principal tumor mortal en 2024, la discusión ha dejado de ser académica: si los pilotos confirman viabilidad y coste-efectividad, será el debate sanitario de los próximos años.

No hay que perder de vista la prevención primaria. Dejar de fumar —o no empezar— es la medida con mayor retorno en salud para reducir pulmón, laringe, vejiga y otros tumores. Limitar el alcohol, aumentar la actividad física, corregir la obesidad con políticas de entorno —desde fiscalidad hasta urbanismo activo— y una protección solar sensata son decisiones que cambian estadísticas. A 31 de diciembre de 2024, España llegaba con consumo de tabaco en mínimos de tres décadas entre adultos, pero con vapeo en expansión en jóvenes; y con más de la mitad de la población adulta con exceso de peso. El margen de mejora existe, y es grande.

Qué viene ahora: incidencia en 2025 y supervivencia a medio plazo

El calendario oncológico no se detiene. Para 2025, la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) y la Red Española de Registros de Cáncer (REDECAN) estiman 296.103 nuevos diagnósticos, un 3,3 % más que en 2024. La subida no es necesariamente una mala noticia en sí misma: envejecimiento poblacional, mejor detección y mayor supervivencia aumentan el número de personas que viven con cáncer y están en seguimiento activo. Además, muchos tumores se diagnostican antes y mejor, lo que eleva la prevalencia sin aumentar en la misma proporción la mortalidad.

La supervivencia a cinco años mejora de forma sostenida en la mayoría de tumores gracias a terapias dirigidas, inmunoterapia, cirugía más precisa y radioterapia adaptativa. Próstata y tiroides se mueven en cifras altas; mama y colon suben peldaños; pulmón y páncreas siguen siendo el gran reto, aunque en pulmón el salto de PD-1/PD-L1, TKI contra dianas como EGFR, ALK o ROS1 y la medicina de precisión están cambiando pronósticos que hace una década parecían inamovibles. El acceso equitativo a innovación —y su financiación sostenible— será clave para que la estadística nacional no esconda brechas por código postal.

La agenda pública ya está en ello. Varias comunidades han reforzado sus programas de colon y cérvix, y algunas han abierto vías rápidas de acceso a pruebas ante síntomas de alarma oncológica. En pulmón, Galicia ha ampliado su piloto a decenas de miles de candidatos, y hospitales de Madrid, Cataluña, Murcia y otras autonomías trabajan en circuitos de TC de baja dosis y deshabituación. Al mismo tiempo, el Ministerio debate nuevas restricciones para productos de nicotina —incluido el vapeo— y campañas para frenar su uso en menores. En paralelo, Sanidad y las consejerías negocian objetivos de participación en cribados que sirvan de palanca para seguir bajando curvas de mortalidad.

Un dato que obliga a políticas sostenidas

El dato duro es difícil de ignorar: 115.578 muertes por cáncer en 2024, 26,5 % del total, por delante de 113.620 cardiovasculares. La lectura no es apocalíptica, es operativa. Confirma que la estrategia que sacó al corazón del primer lugar —prevención, detección, respuesta organizada y medicación eficaz— funciona y ofrece una hoja de ruta para los tumores. Lo que recorta muertes está bastante identificado: menos tabaco, menos alcohol, menos obesidad, más ejercicio, cribados que lleguen y convenzan, vacunación VPH y acceso equitativo a tratamientos innovadores. En pulmón, el cribado de alta precisión en población de riesgo asoma como el próximo gran paso si los pilotos terminan de cuadrar.

España no muere más; muere distinto. El liderazgo del cáncer no es una fatalidad, sino la señal de que la transición epidemiológica ha dado otro paso. Si la respuesta sanitaria y social mantiene el pulso —políticas de entorno, educación, fiscalidad inteligente, cartera de cribados bien ejecutada, circuitos rápidos ante síntomas de alarma y oncología de precisión accesible—, el titular de 2024 podrá leerse dentro de unos años como el punto de inflexión que empujó a redoblar la prevención y a afinar el diagnóstico temprano. En eso se decide la estadística del 2026, del 2028, del 2030. Y, sobre todo, las vidas concretas que no aparecerán nunca en una tabla.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído