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¿Quién es Cami Clark, esposa de Dario Amodei que escribió a Epstein?

Cami Clark, esposa de Dario Amodei, pasó del porno para mujeres a Silicon Valley tras buscar financiación de Jeffrey Epstein para su empresa.

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Dario Amodei
Dario Amodei / WIKIPEDIA

Cami Clark, cuyo nombre completo es Camilla Clark, es la esposa de Dario Amodei, cofundador y consejero delegado de Anthropic, la empresa creadora de Claude. Se casaron en 2022, aunque su relación había comenzado años antes, en 2014. Durante buena parte del ascenso de Amodei a la primera división de la inteligencia artificial, su mujer permaneció prácticamente fuera del foco público. Ahora ha salido a la superficie una biografía bastante menos convencional de lo que sugería ese silencio: emprendimiento, tecnología, una fallida compañía de pornografía dirigida a mujeres, contactos empresariales con Jeffrey Epstein y una notable capacidad para moverse por los círculos de poder de Silicon Valley.

Lo sustancial conviene dejarlo despejado desde el principio. Clark contactó con Jeffrey Epstein para intentar conseguir financiación para uno de sus negocios y mantuvo correspondencia con él durante un periodo de aproximadamente dos años, de acuerdo con documentos que posteriormente se hicieron públicos. Eso no equivale a relacionarla con los delitos sexuales de Epstein: la documentación conocida acredita contactos empresariales y sociales, no participación en sus crímenes. El dato incómodo es otro. Cuando Clark buscó su dinero, Epstein ya había sido condenado en Florida por delitos relacionados con prostitución de menores y figuraba como delincuente sexual registrado.

Una figura casi invisible junto al hombre que dirige Anthropic

La historia resulta llamativa porque Clark no es una ejecutiva de Anthropic ni aparece en la estructura corporativa oficial de la compañía. Dario Amodei ocupa el puesto de consejero delegado y cofundador, mientras el consejo de administración está formado por otras figuras del mundo tecnológico y financiero. Clark no figura entre ellas. Sin embargo, personas conocedoras de la pareja la han situado como una de las asesoras privadas más próximas a Amodei, alguien con presencia discreta alrededor de inversores, empresarios y encuentros políticos.

Es una de esas peculiaridades deliciosamente siliconianas: una industria empeñada en construir máquinas capaces de explicarnos el universo puede resultar extraordinariamente eficaz ocultando la biografía de quienes se sientan en la mesa. La presencia digital de Clark ha sido tan escasa que durante mucho tiempo ni siquiera estaba ampliamente documentado que Amodei estuviera casado. Claude, el propio asistente desarrollado por Anthropic, apenas disponía de información fiable sobre ella cuando comenzaron a aparecer detalles de su trayectoria.

También se han señalado intentos por retirar o reducir antiguas referencias sobre Clark disponibles en internet. Eso, por sí mismo, no permite establecer quién promovió esos cambios ni con qué intención. Lo relevante es el contraste: una mujer con conexiones de primer nivel en Silicon Valley había conseguido permanecer prácticamente invisible mientras su marido se convertía en uno de los personajes decisivos de la nueva industria de la inteligencia artificial.

El interés va bastante más allá de la curiosidad sentimental. Anthropic se ha convertido en una de las empresas centrales de la carrera mundial por la IA. En mayo de 2026 cerró una gigantesca ronda de financiación que situó su valoración posdinero en 965.000 millones de dólares, mientras en el mercado se han manejado escenarios todavía más elevados ante una eventual salida a Bolsa. Son previsiones, no cheques firmados, pero ilustran la magnitud del fenómeno. En semejante ecosistema, conocer quién aconseja a un consejero delegado deja de ser material de revista del corazón. Empieza a ser información sobre poder.

De Reno a Silicon Valley, con varios intentos empresariales

Clark nació en Reno, Nevada, en 1979. Su recorrido hasta las proximidades del vértice tecnológico estadounidense estuvo lejos de ser una línea recta. A los 20 años se casó con Waldemar Eklof III, un arquitecto de Reno considerablemente mayor que ella; el matrimonio terminó aproximadamente tres años después. Dejó sus estudios de arquitectura y se trasladó a San Francisco en 1999, donde pasaría buena parte de la década siguiente.

Su vida tampoco fue siempre la de los salones donde circulan inversores y multimillonarios. Atravesó dificultades económicas, perdió una vivienda tras la ejecución de una hipoteca en 2007 y se declaró en bancarrota en 2009, según registros judiciales y de propiedad conocidos posteriormente. Es un detalle importante porque rompe la imagen retrospectiva —tan frecuente cuando alguien termina cerca del poder— de una carrera perfectamente diseñada desde el principio. No la hubo.

Su trayectoria posterior tiene algo del Silicon Valley anterior a los unicornios gigantescos y los modelos fundacionales: ideas que aparecen, cambian de forma, buscan capital, fracasan y vuelven a salir por otra puerta. Clark trabajó en ámbitos relacionados con las finanzas y trató después de impulsar diferentes proyectos empresariales. Uno de ellos acabaría proporcionando, más de quince años después, el episodio más llamativo de su biografía pública.

Eddice, el intento de reinventar el porno para las mujeres

Alrededor de 2010, Clark y Michelle Capocefalo pusieron en marcha Eddice, una compañía que pretendía producir pornografía concebida específicamente para un público femenino y con valores de producción superiores a los habituales del género. El proyecto se presentaba como una empresa pornográfica “revolucionaria” y utilizaba una identidad deliberadamente provocadora, a medio camino entre la cultura digital, el sexo positivo y esa vieja costumbre de las startups de vender como descubrimiento reciente algo que la humanidad lleva practicando unos cuantos milenios.

Eddice quería recaudar aproximadamente 350.000 dólares para desarrollar su plataforma y producir sus primeras cuatro películas. La propuesta intentaba diferenciarse de una industria pornográfica históricamente construida alrededor del público masculino, mientras su página mezclaba contenidos sexuales con referencias a autores, especialistas tecnológicos y personajes de la cultura empresarial. Su lema, “intellectually promiscuous”, resumía bastante bien la estética: provocación sexual pasada por el filtro intelectual de la California tecnológica.

El negocio no terminó convirtiéndose en la revolución prometida. Pero durante aquella búsqueda de capital, Clark y Capocefalo entraron en contacto con Jeffrey Epstein, cuyo nombre convertiría retrospectivamente aquellos intercambios empresariales en una parte especialmente incómoda de la historia.

Qué ocurrió realmente entre Cami Clark y Jeffrey Epstein

El intermediario fue John Brockman, conocido agente literario vinculado durante décadas a científicos, empresarios y figuras del mundo tecnológico. En 2011 presentó a Clark y Capocefalo a Epstein. Los documentos divulgados posteriormente muestran que Clark escribió a Epstein, le facilitó su teléfono y le propuso cenar. Poco después le remitió material relacionado con las primeras películas que pretendía producir Eddice.

En 2012 volvió a contactar con él para preguntarle por una posible inversión. Epstein inicialmente no parecía recordarla, por lo que Clark tuvo que explicarle de nuevo qué compañía dirigía. Finalmente rechazó participar financieramente en el proyecto pornográfico. La correspondencia no terminó inmediatamente ahí: Clark le habló después de otro proyecto, lo invitó a una fiesta de inauguración de vivienda y ambos llegaron a estar conectados en LinkedIn. El rastro documental conocido abarca aproximadamente dos años.

Aquí importa mucho la fecha. Epstein se había declarado culpable en 2008 de cargos relacionados con prostitución y prostitución de una menor, tras un acuerdo judicial que terminaría rodeado de una enorme polémica. Cuando Clark trató de captar su inversión, por tanto, su condición de delincuente sexual condenado no pertenecía a un futuro todavía desconocido. Era pública.

Eso hace perfectamente legítimo examinar el criterio utilizado para buscar aquel capital, pero no permite dar el salto cómodo —y falso— de convertir a cualquiera que hubiera mantenido correspondencia con Epstein en partícipe de sus delitos. En el caso de Clark, lo documentado es una relación de contactos y búsqueda de financiación. No existen en la información conocida elementos que acrediten su participación en los crímenes sexuales de Epstein. La diferencia puede parecer obvia. En internet, por desgracia, lo obvio suele necesitar manual de instrucciones.

Eric Schmidt, Dario Amodei y el salto al corazón de la IA

Durante aquellos años apareció otra figura decisiva: Eric Schmidt, antiguo consejero delegado de Google. Clark mantuvo con él una relación aproximadamente entre 2011 y 2014. Schmidt también invirtió posteriormente en uno de sus proyectos empresariales relacionados con la salud femenina.

Fue precisamente Schmidt quien presentó a Clark y Dario Amodei. La pareja comenzó su relación en 2014, cuando Amodei todavía era investigador posdoctoral en Stanford y antes de incorporarse a OpenAI, compañía a la que llegó en 2016. Años después abandonaría OpenAI junto a otros investigadores para fundar Anthropic en 2021 con su hermana Daniela Amodei y varios antiguos compañeros.

Clark y Amodei se casaron en 2022. Para entonces, la carrera profesional de él estaba entrando en una dimensión completamente distinta. Anthropic había dejado de ser una startup más en el bosque californiano y comenzaba a perfilarse como uno de los principales rivales de OpenAI en el desarrollo de modelos de inteligencia artificial avanzados.

La cadena de relaciones resulta significativa porque Schmidt acabaría convirtiéndose también en uno de los primeros inversores de Anthropic. A Clark se le atribuye un papel relevante como puente entre Amodei y determinados círculos empresariales e inversores. No es una función inscrita en una tarjeta corporativa, pero tampoco un detalle menor cuando una compañía necesita miles de millones, acceso institucional y relaciones de primer nivel para competir en una industria que consume capital casi a la misma velocidad con la que genera titulares.

De una aplicación de dieta a la salud femenina basada en datos

Después de Eddice, Clark exploró otro terreno empresarial: una plataforma inicialmente concebida como una especie de dieta social, basada en la recopilación y combinación de información personal. El proyecto evolucionaría hacia Female Algorithm Technologies, centrada en salud femenina y análisis de datos.

La propuesta contemplaba integrar información procedente de dispositivos como Fitbit con datos introducidos por las usuarias sobre alimentación, menstruación, estado de ánimo o ubicación. El objetivo consistía en detectar relaciones entre distintos parámetros personales para obtener información útil sobre salud y bienestar.

Visto desde 2026, aquel planteamiento parece bastante menos extravagante que entonces. La combinación de wearables, datos biométricos, hábitos y algoritmos se ha convertido en territorio habitual de la tecnología sanitaria. También plantea cuestiones evidentes sobre privacidad y tratamiento de datos sensibles, especialmente cuando hablamos de información menstrual, localización o comportamientos personales.

Clark, en cualquier caso, llevaba años intentando cruzar comportamiento humano, tecnología y negocio antes de que la inteligencia artificial generativa convirtiera esa intersección en una mina de oro. Sus compañías nunca alcanzaron una dimensión comparable a la de Anthropic, pero su trayectoria muestra que no llegó al ecosistema tecnológico simplemente a través de su matrimonio.

Reducirla a “la esposa de” tampoco describe bien lo que se conoce de ella. Quienes han reconstruido su entorno dibujan una persona con una red social extraordinariamente potente, capacidad para establecer relaciones con inversores y una influencia privada apreciable sobre Amodei. Es una figura entre bastidores: sin puesto oficial, pero tampoco completamente ajena a la maquinaria que rodea al fundador.

La asesora que no aparece en el organigrama

Clark acompaña a Amodei en algunos de los foros donde se cruzan tecnología, dinero y política. También habría intervenido en cuestiones relacionadas con inversiones personales de la pareja y en contactos del ecosistema de Anthropic. Conviene mantener aquí una frontera precisa: influencia informal no significa autoridad corporativa formal. Clark no figura como directiva, consejera ni empleada de Anthropic.

Ese matiz resulta particularmente relevante porque Anthropic ha construido buena parte de su identidad alrededor de la seguridad de la inteligencia artificial y de una gobernanza distinta a la de una tecnológica convencional. Jurídicamente es una Public Benefit Corporation y su arquitectura societaria incluye mecanismos concebidos para introducir consideraciones de beneficio público en el gobierno de la empresa.

En ese contexto, cualquier persona capaz de ejercer una influencia real sobre el máximo ejecutivo, aunque sea desde una relación personal y privada, despierta inevitablemente interés. No necesariamente porque exista algo irregular, sino porque las compañías que desarrollan los sistemas de IA más poderosos están acumulando una capacidad económica y política que hace unos años habría parecido materia de ciencia ficción.

Y el momento multiplica la atención. Anthropic llega a esta exposición pública en plena expansión económica y mientras los mercados estudian posibles escenarios para una salida a Bolsa potencialmente histórica. Su última gran ronda conocida situó su valoración en 965.000 millones de dólares, mientras algunos cálculos financieros han planteado cifras mucho mayores en una futura cotización. Son escenarios especulativos, claro, pero sirven para entender la escala.

Cuando hablamos de empresas de ese tamaño, la intimidad de los fundadores se vuelve bastante menos íntima en el instante en que toca decisiones, financiación o relaciones institucionales. Silicon Valley ha convertido muchas veces la frontera entre amistad, inversión, consejo personal y poder empresarial en una línea dibujada con lápiz. Se ve, pero puede borrarse con bastante facilidad.

La biografía oculta detrás de una de las grandes fortunas de la IA

Lo que emerge de la historia de Cami Clark no es tanto un gran secreto como una biografía que había permanecido fuera del escaparate. Emprendedora, fundadora de Eddice, impulsora de proyectos tecnológicos, antigua pareja de Eric Schmidt y esposa de Dario Amodei: son piezas de una trayectoria singular que adquieren otra dimensión porque Anthropic está sentada en una de las mesas donde se decide el futuro tecnológico y económico del planeta.

El episodio de Epstein es inevitablemente el más incómodo. Está documentado que Clark intentó conseguir su inversión y mantuvo contactos con él cuando su condena por delitos sexuales ya era conocida. También consta que Epstein no terminó financiando Eddice. Lo que no está respaldado por la información disponible es cualquier acusación de que Clark participara o estuviera relacionada con sus delitos. Esa distinción importa.

Queda, sobre todo, una imagen bastante reconocible del poder tecnológico contemporáneo. Los grandes laboratorios de inteligencia artificial hablan de seguridad, transparencia, alineamiento y responsabilidad mientras alrededor de sus fundadores sobreviven redes personales imposibles de encajar del todo en un organigrama. Cami Clark ha pasado de ser casi invisible en internet a convertirse en una de esas figuras cuya relevancia no nace de un cargo escrito debajo del nombre, sino de algo mucho más antiguo que cualquier algoritmo: a quién conoce, quién la escucha y en qué habitaciones consigue entrar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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