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¿Qué es el Majzén y por qué sigue siendo clave en el poder marroquí?
El Majzén concentra poder político, económico y territorial alrededor de Mohamed VI y ayuda a entender quién manda en realidad en Marruecos.

Para entender quién manda realmente en Marruecos no basta con mirar al Parlamento, al Gobierno o al partido que gana unas elecciones. Hay que mirar un poco más arriba —y también alrededor—, hacia una estructura histórica conocida como Majzén, una palabra que designa mucho más que el Palacio Real y bastante menos que esa especie de sociedad secreta que a veces dibujan sus detractores. Es, esencialmente, el ecosistema de poder construido alrededor de la monarquía, donde se cruzan instituciones del Estado, altos funcionarios, aparato de seguridad, élites económicas, notables y redes de confianza.
El rey Mohamed VI ocupa el centro de ese sistema, y no únicamente por influencia informal. La propia Constitución marroquí le reserva competencias de enorme peso: nombra al jefe del Gobierno dentro del partido que obtiene el primer puesto en las elecciones legislativas, preside el Consejo de Ministros, es jefe supremo de las Fuerzas Armadas y encabeza el Consejo Superior de Seguridad. Las urnas cuentan, desde luego; pero en Marruecos no cuentan solas.
El Majzén no es un ministerio: es una forma de organizar el poder
Buscar la sede del Majzén en Rabat sería perder el tiempo. No existe como organismo jurídico independiente, no tiene un presidente, un estatuto ni una lista pública de miembros. El concepto sirve para describir la constelación de relaciones institucionales y personales que gravitan alrededor de la Corona y que históricamente han permitido al poder central gobernar, repartir autoridad, incorporar élites y mantener equilibrios entre grupos distintos.
Por eso la comparación con el llamado “Estado profundo” es tentadora, pero incompleta. Un Estado profundo suele sugerir estructuras clandestinas capaces de condicionar al poder elegido desde las sombras. El Majzén es otra cosa: buena parte de su fuerza está perfectamente a la vista y se encuentra recogida en la arquitectura constitucional marroquí. Lo informal existe —lealtades, proximidad al Palacio, patronazgo, intermediarios—, pero convive con facultades formales de la monarquía. No todo ocurre detrás de una cortina de terciopelo.
De los almacenes del sultán al corazón del Estado
La palabra makhzen procede del árabe y está relacionada originalmente con la idea de almacén o depósito, de la misma raíz que terminó dando al castellano “almacén”. Con el tiempo adquirió un significado político ligado al tesoro, la administración y la autoridad del sultán. La historiografía marroquí utiliza el término desde hace mucho para estudiar la formación del Estado y las relaciones entre el poder central y las distintas élites territoriales.
Ese origen explica bastante bien su supervivencia. El Majzén no nació con Mohamed VI, ni siquiera con su padre, Hasán II. Es anterior al Marruecos contemporáneo y ha demostrado una considerable capacidad para cambiar de piel. Pasó de las estructuras tradicionales del sultanato a convivir con ministerios, partidos, elecciones, grandes empresas, tecnócratas y una burocracia moderna. El decorado cambia; ciertos mecanismos de mediación y fidelidad permanecen.
Mohamed VI tiene poder informal, pero también mucho poder constitucional
La Constitución aprobada en 2011, en plena onda expansiva de las revueltas árabes, reforzó algunas competencias del Gobierno y del Parlamento. El Ejecutivo ejerce formalmente el poder ejecutivo, aplica su programa, ejecuta las leyes y dispone de capacidad reglamentaria y administrativa. No sería correcto presentar Marruecos como un país donde el gabinete es simplemente ornamental.
Pero tampoco sería correcto describirlo como una monarquía parlamentaria europea trasladada al Magreb. El rey conserva el mando sobre piezas estratégicas del sistema. Preside el Consejo de Ministros, donde se abordan las grandes orientaciones de la política del Estado, asuntos militares, determinados nombramientos superiores, las líneas generales de los presupuestos y decisiones extraordinarias como la declaración de guerra. También puede disolver una o ambas cámaras del Parlamento siguiendo el procedimiento constitucional.
La diferencia se ve con una comparación sencilla. En España, el rey reina pero no dirige la política nacional. En Marruecos, el monarca es simultáneamente símbolo de continuidad del Estado y actor institucional con capacidad política efectiva. Y existe otra dimensión que no tiene equivalente real en las monarquías europeas: Mohamed VI ostenta la condición religiosa de Amir al-Muminin, Comendador de los Creyentes, que dota a la Corona de una legitimidad religiosa añadida a la dinástica y constitucional.
Una pirámide cuyo vértice está en Palacio
Ahí aparece la imagen de los círculos concéntricos. En el núcleo está el monarca y su entorno de máxima confianza. Más allá se sitúan responsables de instituciones estratégicas, altos cargos de seguridad, miembros de la administración territorial y personalidades políticas o económicas cuya capacidad de influencia depende, en diferentes grados, de su posición dentro del sistema. La composición no es fija: las personas ascienden, pierden peso, regresan o quedan apartadas.
El poder marroquí funciona así menos como una fotografía que como un sistema solar. El Palacio permanece en el centro; los demás actores se mueven, a veces acercándose y otras alejándose. Investigaciones sobre la política marroquí han señalado precisamente esa combinación entre instituciones modernas y prácticas patrimoniales o clientelares, una elasticidad que ayuda a explicar la extraordinaria continuidad histórica del Majzén.
Seguridad, administración y economía: las otras capas del Majzén
Uno de los espacios donde la centralidad de la Corona aparece con mayor claridad es la seguridad. Constitucionalmente, Mohamed VI es jefe supremo de las Fuerzas Armadas y preside el Consejo Superior de Seguridad, órgano encargado de coordinar las estrategias de seguridad interior y exterior y la gestión de crisis. Entre sus integrantes figuran representantes del Gobierno, responsables de Interior, Exteriores, Justicia y Defensa, altos mandos militares y dirigentes de los organismos de seguridad.
También pesa la administración territorial. Los walis y gobernadores ocupan posiciones fundamentales entre el Estado central y provincias y regiones, y algunos de esos nombramientos pasan por el Consejo de Ministros. Es una estructura que permite al centro conservar una presencia poderosa sobre el territorio incluso mientras Marruecos desarrolla instituciones regionales y locales electas.
Cuando la proximidad política también tiene valor económico
El Majzén tampoco puede entenderse sin observar la economía. Distintos estudios han documentado durante décadas la existencia de redes empresariales políticamente conectadas, sistemas de patronazgo y una fuerte relación entre determinados grupos económicos y el poder. El problema, desde el punto de vista de la competencia, aparece cuando el acceso a quienes deciden puede valer casi tanto como la productividad de una empresa.
El conglomerado Al Mada ilustra además el enorme peso de los grandes holdings en la economía marroquí: invierte en banca, seguros, minería, distribución, energía, telecomunicaciones, inmobiliario y turismo. Los análisis internacionales sobre el Majzén suelen incorporar precisamente esta dimensión económica porque poder político y poder empresarial han mantenido históricamente vasos comunicantes en el reino.
Conviene, eso sí, no convertir esta realidad en una caricatura donde cualquier empresario de éxito es automáticamente “Majzén”. El término describe relaciones de poder y proximidad, no un carné de afiliación. Hay competencia empresarial, inversión extranjera y compañías privadas que funcionan fuera de los círculos palaciegos; la cuestión relevante es que la cercanía a las estructuras centrales de decisión puede proporcionar una ventaja difícil de medir con una simple hoja de balances.
Las elecciones importan, aunque no repartan todo el poder
Marruecos celebra elecciones multipartidistas y dispone de Parlamento, oposición y gobiernos surgidos de mayorías parlamentarias. Tras las legislativas de 2021, Aziz Akhannouch encabezó un Ejecutivo apoyado por el RNI, el PAM e Istiqlal. La Constitución obliga al rey a escoger al jefe del Gobierno dentro del partido que queda primero en las elecciones a la Cámara de Representantes.
El sistema, sin embargo, establece una frontera bastante clara entre la gestión cotidiana y las grandes orientaciones estratégicas. El Gobierno puede legislar, administrar y desarrollar políticas públicas, mientras la Corona conserva una capacidad determinante en los ámbitos considerados esenciales para el Estado. Algunos estudios describen por eso Marruecos como un sistema político híbrido: existe competición electoral auténtica, pero el centro último de gravedad continúa situado en Palacio.
Esta dualidad vuelve a estar de actualidad ante las elecciones legislativas previstas para el 23 de septiembre de 2026. Akhannouch ha anunciado que no concurrirá a estos comicios, de modo que Marruecos se encamina hacia un relevo en la jefatura del Gobierno. El nombre cambiará; la cuestión más profunda está en cuánto modifica ese relevo el reparto estructural del poder.
La entrada en la batalla electoral de figuras procedentes de la alta administración, como Fouzi Lekjaa, ministro delegado de Presupuesto y presidente de la federación marroquí de fútbol, ha alimentado precisamente ese debate sobre las fronteras entre tecnocracia, partidos y aparato estatal. A pocas semanas de las elecciones, la política marroquí vuelve a mostrar su particular mezcla: urnas, élites administrativas, partidos y Palacio jugando sobre el mismo tablero, aunque las piezas no tengan todas el mismo valor.
El Majzén sobrevive porque no necesita llamarse Majzén
La verdadera fuerza del Majzén está probablemente ahí. No necesita presentarse como una institución separada porque forma parte de la propia lógica histórica del Estado marroquí. Se adapta, absorbe cambios y convive con estructuras democráticas sin renunciar a la centralidad de la Corona. Lo hizo durante la modernización posterior a la independencia, atravesó el largo reinado de Hasán II y se reajustó con Mohamed VI, incluidas las reformas constitucionales de 2011.
Esto tampoco significa que Marruecos permanezca congelado. El Gobierno dispone de competencias reales, el Parlamento legisla, existen partidos enfrentados entre sí y las elecciones pueden modificar quién administra el país. La propia reforma de 2011 trasladó nuevas facultades al Ejecutivo. Pero las decisiones estratégicas y los principales resortes del Estado continúan fuertemente vinculados a la monarquía.
Por eso llamar al Majzén simplemente “Estado profundo” se queda corto. Es más antiguo, más visible y bastante más complejo. Mezcla Constitución y costumbre, autoridad religiosa y política, burocracia y relaciones personales, seguridad y economía. Y sobre todo explica una peculiaridad esencial de Marruecos: los gobiernos pasan, los partidos suben y bajan, cambian los nombres alrededor de la mesa. El centro de la mesa, sin embargo, sigue estando en Palacio.

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