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¿Por qué Lukashenko aprieta al campo tras la gran cosecha bielorrusa?

Lukashenko aprieta al campo bielorruso tras una gran cosecha y condiciona tierras, ayudas y expansión a resultados agrícolas bien concretos.

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Aleksandr Lukashenko ha convertido la buena marcha de la cosecha bielorrusa en algo bastante más político que un simple parte sobre tractores y toneladas. Durante su visita del 14 de agosto al distrito de Zhitkovichi, en la región de Gómel, el presidente dejó una consigna muy concreta: las explotaciones que pidan apoyo estatal deberán demostrar resultados y las tierras que no estén siendo utilizadas de forma suficientemente eficiente pueden acabar en manos de productores con mejores cifras.

El mensaje llega con los graneros llenándose a buen ritmo. Según los últimos datos operativos del Ministerio de Agricultura y Alimentación de Bielorrusia, correspondientes al 14 de agosto, el país había recogido 7,659 millones de toneladas de cereales y colza, casi 1,5 millones más que en la misma fecha de 2025. La campaña alcanzaba aproximadamente el 85% de la superficie prevista, unos 2,066 millones de hectáreas sobre un total de 2,432 millones. Es decir, Minsk no está reaccionando ante una mala cosecha. Más bien al contrario: Lukashenko está utilizando una campaña favorable para elevar el listón.

La cosecha convertida en examen de gestión

La escena tuvo lugar en la explotación de Mikhail Shrub, una empresa agrícola privada que se ha convertido en uno de los escaparates productivos de Zhitkovichi. Allí se habló de rendimientos, ganado, terrenos y expansión. También de una cuestión muy sensible en un país donde el poder conserva una relación casi física con la tierra: qué hacer con las hectáreas de explotaciones que funcionan peor.

Shrub necesita más superficie y planteó las dificultades que le genera trabajar parcelas alejadas de su núcleo productivo. Sobre la mesa apareció entonces la posibilidad de transferirle terrenos de una explotación vecina si esta no logra sacar suficiente rendimiento de ellos. Lukashenko ordenó estudiar el caso y presentar una solución concreta antes de noviembre, teniendo en cuenta tanto la posición de los responsables agrícolas como la de las autoridades locales.

No es una reforma general de la propiedad agraria ni un anuncio de privatización masiva. Es algo más reconocible en el sistema bielorruso: una intervención presidencial directa, caso por caso, con el rendimiento como vara de medir. El principio expresado por Lukashenko fue sencillo: cuando una explotación trabaja buenas tierras y aun así no ofrece resultados aceptables, el Estado se pregunta por qué debería seguir respaldándola en las mismas condiciones.

Tierra y ayudas para quien cumple

La frase que resume la jornada fue precisamente esa obsesión por el resultado. Lukashenko pidió abandonar lo que presentó como una política basada en deseos y vincular el respaldo público a resultados comprobables. Ayuda estatal, sí; cheque en blanco, no. Ese es, al menos, el planteamiento expresado por la Presidencia.

La fórmula tiene una evidente dimensión económica, pero también disciplinaria. En Bielorrusia la agricultura nunca ha sido tratada simplemente como un sector más de la economía. Alimentación, empleo rural, industria agroalimentaria y estabilidad territorial están muy entrelazados, y Lukashenko ha dedicado durante décadas una atención poco habitual a las campañas de siembra y recolección, con visitas constantes a explotaciones, instrucciones sobre maquinaria y objetivos regionales.

El propio calendario de agosto lo muestra. El presidente había recorrido anteriormente zonas agrícolas de Brest, Vileika y Minsk y, el 30 de julio, llegó a situar 12 millones de toneladas como una referencia que supondría un gran resultado para la cosecha nacional de 2026. El Gobierno había hablado previamente de un objetivo de al menos 11 millones. Son referencias de campaña más amplias que el recuento parcial de 7,659 millones difundido el 14 de agosto y no deben confundirse como si midieran exactamente lo mismo.

No solo grano: carne y leche

Hay otro detalle que explica bastante bien la filosofía agrícola del mandatario bielorruso. Durante la visita, Lukashenko rechazó la idea de que las explotaciones que reciben más tierra se concentren únicamente en cultivos vegetales. Su argumento fue que el país necesita también carne y leche, de modo que el aprovechamiento de nuevas superficies debe insertarse en explotaciones más diversificadas.

La finca de Shrub encaja en ese modelo. Produce leche y carne de vacuno, cría cerdos, cultiva verduras y dispone de actividades de procesamiento. Según los datos divulgados por la Presidencia bielorrusa, representa más del 30% de la producción agrícola bruta del distrito. En el último ejercicio citado produjo más de 27.000 toneladas de leche, cerca de 3.000 toneladas de carne, unas 11.000 toneladas de verduras y más de 7.500 toneladas de cereal, incluido maíz.

Ahí está el modelo que Lukashenko quiere exhibir: una explotación capaz de producir desde el campo hasta fases posteriores de transformación. Un pequeño ecosistema rural, vaya, pero juzgado por números bastante terrenales.

Los 7,659 millones que explican el optimismo de Minsk

La cosecha avanza claramente por delante del ritmo registrado un año antes, según los datos oficiales. La región de Minsk encabezaba el recuento con 2,071 millones de toneladas; Brest sumaba 1,6 millones y Grodno, 1,496 millones. Gómel llegaba a 984.000 toneladas, Mogilev a 859.000 y Vitebsk a 649.000. En conjunto, el aumento interanual rondaba esos 1,5 millones de toneladas.

También la meteorología ha ayudado. Días antes, las autoridades agrícolas habían descrito las condiciones de 2026 como especialmente favorables para los cultivos. Los cereales de invierno atravesaron los meses fríos con una cobertura de nieve suficiente para protegerlos de las heladas y mantener unas reservas adecuadas de humedad. No todo es productividad administrativa, por mucho que a los despachos les guste adjudicarse las lluvias cuando llegan a tiempo.

Conviene, con todo, poner una etiqueta clara a las cifras: son datos oficiales bielorrusos, procedentes del Ministerio de Agricultura y difundidos principalmente por organismos y medios estatales. Sirven para conocer el balance comunicado por Minsk, pero no constituyen una auditoría independiente de la campaña.

Gómel, el escaparate elegido por Lukashenko

La elección de Zhitkovichi tampoco fue casual. Gómel se acercaba al millón de toneladas de cereal y las autoridades regionales esperaban alcanzar esa barrera alrededor del 15 de agosto. En el momento de la visita se había cosechado aproximadamente el 95% de la superficie regional dedicada a cereales, leguminosas y colza.

El objetivo comunicado para el cereal era alcanzar unos 1,05 millones de toneladas, a las que posteriormente debería añadirse una cosecha de maíz estimada en unas 450.000 toneladas. Para Minsk, por tanto, Gómel no es solamente una escala en la agenda presidencial: es uno de los territorios utilizados para mostrar que la campaña avanza con fuerza.

La región forma parte, además, de la Polesia del Prípiat, una zona sobre la que existe un programa específico de desarrollo para 2025-2030. Lukashenko volvió a insistir en que el dinero destinado a ese plan debe traducirse en producción concreta. Incluso pidió estudiar maquinaria capaz de aprovechar mejor las llanuras inundables de los ríos para evitar la pérdida de superficie útil. El detalle parece menor; en su manera de gobernar, no lo es. Una hectárea improductiva acaba convertida en asunto presidencial.

Del campo soviético al control presidencial

La intensidad con la que Lukashenko entra en cuestiones agrícolas tiene también una explicación biográfica. Antes de saltar a la política nacional fue director de una granja estatal soviética, y desde su llegada al poder en 1994 ha conservado una forma de gobernar en la que industria, agricultura y gestión territorial aparecen constantemente bajo supervisión personal.

Pero esa imagen del dirigente que inspecciona cosechadoras no puede separarse del sistema político que ha construido. Lukashenko inició en marzo de 2025 su séptimo mandato después de unas elecciones en las que las autoridades le atribuyeron cerca del 87% de los votos. Estados Unidos, la Unión Europea y buena parte de la oposición bielorrusa rechazaron las condiciones del proceso, celebrado con dirigentes opositores encarcelados o exiliados y con fuertes restricciones a los medios independientes.

Ese contexto importa al interpretar la puesta en escena agrícola. Una visita presidencial a una finca es producción, sí, pero también poder: gobernadores dando cifras sobre el terreno, responsables locales respondiendo ante el jefe del Estado y objetivos cuantificados que después sirven para medir obediencia y eficacia. El campo funciona también como escenario político.

Bielorrusia, además, se mueve bajo las consecuencias económicas de su estrecha alianza con Rusia y de las sanciones occidentales impuestas en los últimos años. La Unión Europea elevó desde julio de 2025 los aranceles sobre determinados productos agrícolas y fertilizantes procedentes de Rusia y Bielorrusia, mientras Minsk ha reforzado sus relaciones comerciales con Rusia, China y otros mercados asiáticos.

Una buena cosecha que no relaja el mando

La fotografía que deja agosto de 2026 es bastante nítida. Bielorrusia está recogiendo más grano que a estas alturas de 2025, las condiciones meteorológicas han acompañado y regiones como Minsk, Brest, Grodno y Gómel avanzan con buenos registros oficiales. Nada de eso ha llevado a Lukashenko a rebajar la presión sobre el sector.

Al contrario. El presidente pretende convertir la campaña favorable en un examen sobre quién merece tierra, financiación y capacidad para crecer. Las explotaciones con mejores resultados aparecen como modelo; las que no cumplen, bajo lupa. El mensaje no tiene demasiados adornos: producir más, aprovechar cada parcela y combinar cultivos con ganadería.

Es una política agrícola y, al mismo tiempo, una vieja forma de ejercer el poder. En la Bielorrusia de Lukashenko hasta una cosecha abundante puede terminar pareciéndose a una inspección.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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