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¿Irán prepara misiles de 15.000 km capaces de alcanzar Estados Unidos?

Irán plantea misiles de 15.000 km capaces de alcanzar EEUU, pero su desarrollo, el papel de Rusia y su capacidad real continúan bajo la lupa.

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Sejil, el misil iraní

Irán ha puesto sobre la mesa una amenaza que hasta hace poco pertenecía más al terreno de las hipótesis estratégicas que al de sus capacidades militares demostradas: desarrollar misiles con un alcance de 15.000 kilómetros, suficiente para alcanzar territorio estadounidense. La afirmación procede de Abdolnabi Mousavifard, influyente clérigo iraní e imam del viernes en Ahvaz, quien aseguró el 7 de agosto que el país se estaba preparando para ampliar drásticamente el radio de acción de sus armas.

Pero hay una diferencia considerable entre anunciarlo desde un púlpito y disponer de un misil intercontinental operativo. No existe por el momento evidencia pública sólida de que Irán haya probado o desplegado un misil de 15.000 kilómetros, ni tampoco está demostrado que Rusia esté transfiriendo directamente a Teherán la tecnología necesaria para fabricar semejante arma. Sí existen, en cambio, varios indicios importantes: una cooperación militar ruso-iraní cada vez más estrecha, visitas de especialistas rusos en misiles a Irán y un programa espacial iraní que proporciona conocimientos tecnológicos aprovechables para desarrollar proyectiles de mayor alcance.

Qué ha dicho realmente Irán sobre el misil de 15.000 kilómetros

Las palabras de Mousavifard fueron bastante menos diplomáticas de lo habitual. El religioso sostuvo que Irán se prepara para elevar el alcance de sus misiles hasta 15.000 kilómetros con la intención expresa de poder golpear en profundidad dentro de Estados Unidos. También afirmó que las armas iraníes actuales ya pueden alcanzar Jerusalén, situada dentro del radio de acción de los principales misiles de medio alcance del país.

La declaración tiene peso político, pero no equivale a un anuncio técnico del Ministerio de Defensa iraní ni de la fuerza aeroespacial de la Guardia Revolucionaria. Esa distinción no es un detalle burocrático. En programas estratégicos tan sensibles, la diferencia entre intención, propaganda y capacidad operativa puede medirse en años de desarrollo, miles de millones de euros y unos cuantos lanzamientos fallidos.

Las evaluaciones públicas más recientes siguen situando a Irán lejos de esos 15.000 kilómetros. El país posee uno de los arsenales de misiles más amplios y diversos de Oriente Próximo, pero todavía no ha demostrado públicamente disponer de un misil capaz de golpear el territorio continental estadounidense. La mayoría de sus sistemas estratégicos conocidos se mueve alrededor del límite tradicional de los 2.000 kilómetros.

De 2.000 a 15.000 kilómetros hay algo más que gasolina

El salto que plantea Mousavifard sería enorme. Un misil balístico pasa a considerarse intercontinental o ICBM cuando supera aproximadamente los 5.500 kilómetros de alcance. Llegar a 15.000 kilómetros colocaría a Irán en otra liga militar: permitiría cubrir prácticamente todo el territorio continental de Estados Unidos desde posiciones adecuadas dentro del país.

Los misiles iraníes conocidos están bastante por debajo. El Sejjil ronda los 2.000 kilómetros; el Emad, alrededor de 1.700; el Ghadr puede acercarse a los 2.000, y las versiones conocidas del Khorramshahr se sitúan aproximadamente entre 2.000 y 3.000 kilómetros dependiendo de la configuración, la carga y las estimaciones. Las afirmaciones que atribuyen alcances muy superiores a determinados modelos iraníes deben manejarse con cautela mientras no existan pruebas verificables.

También han circulado informaciones sobre un supuesto Khorramshahr-5, al que algunas publicaciones iraníes han llegado a atribuir hasta 12.000 kilómetros. El problema vuelve a ser el mismo: existen afirmaciones y referencias al proyecto, pero no datos técnicos oficiales ni ensayos confirmados que permitan tratar esas prestaciones como una capacidad militar demostrada.

El combustible sólido cambia mucho las reglas

Un misil intercontinental moderno tampoco consiste simplemente en fabricar una versión más grande de uno existente. Necesita propulsión de varias etapas, sistemas de guiado capaces de trabajar durante trayectorias enormes y, especialmente, un vehículo de reentrada que sobreviva al regreso a la atmósfera a velocidades extremas conservando suficiente precisión.

El combustible sólido añade otra ventaja militar: permite almacenar el misil prácticamente preparado para ser lanzado, reduce los preparativos previos y facilita ocultarlo y moverlo. Eso complica la detección anticipada por el adversario. No es casualidad que Corea del Norte haya dado tanta importancia al Hwasong-18, su primer misil intercontinental conocido de combustible sólido.

Y ahí aparece Rusia.

Rusia, Corea del Norte e Irán: una conexión con interrogantes

El Hwasong-18 norcoreano es uno de los precedentes que explican la inquietud. Se le atribuye un alcance cercano a los 15.000 kilómetros, tres etapas y propulsión sólida. Los ensayos realizados desde 2023 mostraron características compatibles con un verdadero misil intercontinental, y sus trayectorias indican que podría amenazar buena parte del territorio estadounidense.

Su posible parentesco tecnológico con el Topol-M ruso lleva años provocando debate. Las dimensiones y determinados parámetros del Hwasong-18 presentan similitudes llamativas con sistemas desarrollados por Rusia, algo que ha alimentado las sospechas sobre una posible cooperación exterior. Otros especialistas, sin embargo, han señalado diferencias importantes entre ambos diseños. Las pruebas disponibles no permiten dar por demostrada una transferencia directa de tecnología rusa al programa norcoreano.

Ese matiz importa mucho cuando la misma teoría se traslada a Irán. Decir que Moscú posee tecnología capaz de acelerar el programa de misiles iraní es razonable. Afirmar que Rusia está construyendo el nuevo ICBM de Teherán, con lo conocido públicamente, supone ir bastante más lejos de lo demostrado.

Lo que sí sabemos de los expertos rusos en Irán

Aquí el terreno se vuelve bastante más interesante. Durante los últimos años se han documentado viajes a Irán de especialistas militares rusos relacionados con tecnología de misiles, defensa aérea y armamento avanzado. Entre ellos figuran oficiales y expertos desplazados desde Moscú a Teherán en distintas ocasiones, aunque sus actividades concretas dentro del país no se han podido establecer públicamente.

A eso se suma una relación bilateral que dejó hace tiempo de ser circunstancial. Rusia e Irán firmaron en enero de 2025 una asociación estratégica de 20 años que contempla cooperación en seguridad, intercambio de información, ejercicios conjuntos y desarrollo de la llamada cooperación militar-técnica. El acuerdo no constituye una alianza automática de defensa mutua, pero formaliza una aproximación que la guerra de Ucrania había acelerado considerablemente.

El intercambio funciona, además, en ambos sentidos. Irán ha suministrado a Rusia tecnología militar y drones, mientras Moscú tiene capacidad para aportar conocimientos en defensa aérea, aviación, propulsión y tecnología de misiles. Dos países sometidos a fuertes sanciones descubriendo que compartir talleres, diseños y experiencia resulta bastante más práctico que cultivar la autosuficiencia patriótica en los discursos. La geopolítica también tiene sus ironías.

Por qué el programa espacial iraní preocupa tanto

Irán dispone de otra vía para adquirir conocimientos relacionados con los misiles de gran alcance: su programa espacial. Lanzar un satélite y enviar una ojiva a miles de kilómetros no son exactamente la misma tarea, pero comparten tecnologías importantes, desde motores y estructuras multietapa hasta sistemas de separación y control de vuelo.

El Simorgh iraní, por ejemplo, puede colocar pequeñas cargas en órbita. Su conversión directa en un misil intercontinental tendría limitaciones importantes y no bastaría, tal como está concebido, para convertir automáticamente a Irán en una potencia capaz de atacar Estados Unidos. Aun así, desarrollar lanzadores espaciales permite acumular experiencia en tecnologías necesarias para intentar posteriormente el salto hacia sistemas intercontinentales.

Por eso Washington lleva años observando el programa espacial iraní con bastante menos entusiasmo que un aficionado a la astronomía. Un lanzamiento civil proporciona datos sobre motores, combustibles, materiales, separación de etapas y comportamiento del vehículo durante el vuelo. No convierte automáticamente un cohete en un ICBM, pero construye parte del conocimiento industrial que haría falta.

Qué cambiaría si Irán lograra realmente los 15.000 kilómetros

Hasta ahora, la lógica del arsenal iraní ha sido fundamentalmente regional. Sus misiles permiten amenazar Israel, instalaciones estadounidenses en Oriente Próximo y objetivos situados en países vecinos. Esa capacidad ya es considerable y ha dejado de ser meramente teórica: Teherán ha empleado misiles balísticos en ataques reales durante las sucesivas escaladas militares de los últimos años.

Un ICBM iraní modificaría el tablero. Estados Unidos dejaría de estar expuesto únicamente a través de sus bases y aliados en Oriente Próximo y pasaría, al menos técnicamente, a encontrarse dentro del radio directo de las fuerzas estratégicas de Teherán. Eso afectaría a los cálculos de disuasión, a las defensas antimisiles estadounidenses y a cualquier futura negociación sobre el programa militar iraní.

No significa que un lanzamiento contra Estados Unidos se volviera probable. Capacidad y voluntad de empleo son cosas distintas. Los misiles intercontinentales funcionan sobre todo como instrumentos de disuasión: buena parte de su utilidad política reside precisamente en que el adversario tenga que incorporarlos a sus cálculos aunque jamás lleguen a dispararse.

También existe una cuestión mucho más delicada: la nuclear. Un ICBM convencional de 15.000 kilómetros sería militarmente relevante, pero la preocupación estratégica aumenta de forma radical cuando se combina con la posibilidad de transportar una ojiva atómica. Irán ha negado repetidamente que pretenda fabricar armas nucleares, mientras sus adversarios consideran que un sistema intercontinental podría convertirse en un futuro vector nuclear. Esa posibilidad explica buena parte de la atención internacional que recibe cualquier avance iraní en lanzadores de gran alcance.

Una amenaza declarada que todavía no es una capacidad demostrada

La fotografía de agosto de 2026 es, por tanto, bastante precisa aunque menos espectacular que algunos titulares. Irán ha expresado públicamente la ambición de alcanzar los 15.000 kilómetros, y la amenaza fue formulada por una figura religiosa estrechamente vinculada al sistema político iraní. El país posee una experiencia considerable en misiles balísticos, mantiene relaciones históricas con la tecnología norcoreana y ha estrechado enormemente su cooperación militar con Rusia. Todo eso hace técnicamente plausible que Teherán aspire a desarrollar un ICBM.

Lo que falta es justamente lo decisivo: una prueba verificable. No hay constancia pública de un misil iraní ensayado con un alcance intercontinental comparable al Hwasong-18, ni evidencia concluyente de un sistema de 15.000 kilómetros operativo, ni una demostración pública de que Moscú haya entregado a Irán la tecnología del Topol-M o un equivalente.

La amenaza, en suma, existe como proyecto político y posibilidad tecnológica. El misil capaz de cruzar medio planeta, todavía no como capacidad iraní demostrada. En asuntos estratégicos esa diferencia parece pequeña escrita sobre un mapa; en el mundo real separa un discurso incendiario de la aparición de una nueva potencia intercontinental.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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